Las bibliotecarias de Lisboa 1. Octubre de 1943 #3
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1. Octubre de 1943 #3

—Ese idiota lo va a perder todo —comentó otra mujer.

— Senhor Caldeira, por favor. —El croupier le habló en una voz baja, casi comprensiva—. No tiene más escudos.

—Tómelo. —Como el croupier no se movió, el hombre le tiró la moneda—. ¿Qué me importa?

—No lo acepto. —El croupier puso la moneda en la palma del senhor Caldeira—. Váyase a casa, senhor , antes de que se busque algún problema.

—¿A casa? —El hombre soltó una carcajada repentina y breve, y después se acabó el martini—. No tengo casa. —Y se levantó de la mesa.

Cuando pasó junto a la barra, su pecho amplio chocó con el hombro de Selene y provocó que derramara el champán.

Jacques lo interceptó.

—Compórtese, Luca. Lo están observando.

Luca Caldeira resopló.

—Como siempre.

Empujó a Jacques para pasar y después se detuvo para estirarse las solapas y apartarse los gruesos rizos de la frente. Entonces fue cuando se fijó en Selene. Las cuencas de sus ojos eran como una oscura caverna en medio de una cara bronceada y curtida.

Su mirada vacía y atormentada le puso a Selene los pelos de punta.

—Mis disculpas —dijo con brusquedad—. Espero que disfrute de este espectáculo del absurdo. —Y señaló la sala que lo rodeaba con cara de asco—. Si puede.

Y dicho eso, se fue.

Ella sacudió la cabeza para apartar la mirada torturada de Luca de su mente y se miró el vestido. Unos segundos después apareció a su lado una mujer, con un vestido rojo de lentejuelas, que le ofreció un pañuelo.

—Gracias. —Se secó el champán que le había caído en el vestido.

—Pero qué maleducado. —La voz de la mujer tenía un sonido aterciopelado.

Era increíblemente bella, con la piel de color marrón intenso, el pelo negro peinado a la perfección y unas pestañas tan largas que le rozaban las mejillas—.

¡Hombres! —Su risa era melodiosa—. Es que ya no quedan caballeros en este mundo, se lo aseguro.

Jacques se echó a reír.

—No me lo voy a tomar como algo personal, Marguerite.

—Tú nunca lo haces, querido.

Marguerite y Jacques se besaron en ambas mejillas.

Mientras lo hacían, Selene se fijó en el broche que llevaba Marguerite en el escote del vestido. Era una orquídea con incrustaciones de diamantes. La flor que le habían dicho que buscara. Se le aceleró el pulso.

—Tengo que volver al salón de baile —anunció Marguerite—. Debo empezar mi segundo número.

—La voz de sirena de Marguerite nos mantiene a todos felizmente cautivos —le explicó Jacques a Selene.

Ella le agarró la barbilla.

—Ya sabes que tengo debilidad por los aduladores. —Se giró para irse, pero entonces se detuvo—. Oh, se me olvidaba. —Le tendió un pintalabios a Selene—. Creo que se le ha caído esto.

El corazón le dio un vuelco. Era la señal convenida.

—Sería una lástima perder mi Rojo de la Victoria. Es mi color favorito. —Pronunció las palabras correctas con soltura y después se guardó el pintalabios en el bolso—. Gracias.

Marguerite les tiró un beso a ambos mientras se alejaba.

—Acaba de conocer a mi segunda mujer favorita de este establecimiento —anunció Jacques.

Ella se echó a reír, aunque no dejaba de pensar en el pintalabios.

—Es preciosa y me ha salvado la noche con el pañuelo. ¿Pero quién era ese bestia? Casi me estropea el vestido.

—¿Luca Caldeira? Es el personaje más triste de Lisboa.

Era cónsul general de Salazar. Trabajó en España durante un tiempo, pero ahora…

—Jacques sacudió la cabeza—. Es un magnate caído en desgracia.

Su hermano, André Caldeira, es uno de los asesores más cercanos a Salazar.

También es el propietario de la mayor mina de wolframio de Portugal.

El comercio de ese mineral es lo único que importa en estos tiempos.

Pero, por un irónico giro del destino, Luca se ha quedado en la miseria.

—¿Qué ha pasado?

—Un asunto horrible. Este lugar no es apropiado para hablar de eso. Es tabú entre los acólitos de Salazar. —Apagó su cigarrillo aplastándolo en el cenicero—. Además, no quiero estropearle el resto de la noche con una historia trágica como esa.

—No, será mejor que no lo haga. —Selene volvió a sonreír y apartó a Luca de sus pensamientos—. Voy a empolvarme la nariz. Pero cuando vuelva, me encantaría tomarme otra copa de champán y —añadió, y entrelazó su brazo con el de Jacques— tener el placer de verlo ganar una mano de póquer.

—Si usted es mi talismán, ¿cómo podría perder?

Ella le guiñó un ojo y después se fue al tocador.

Se metió en un cubículo del baño, sacó el pintalabios del bolso y desenroscó la parte de abajo despacio.

Como sospechaba, dentro había un trocito de papel: un compás de notas sacado de una partitura.

Selene buscó en su bolso un pequeño vial de amoníaco y, tras abrirlo, lo pasó bajo el papel para que los efluvios acres que escapaban del tubo hicieran su efecto.

Las palabras fueron apareciendo poco a poco: «Cómprale una orquídea a Gracinha en Jardim Encantado.

En Beco da Hera. Mañana, dieciocho horas».

Memorizó la nota, la tiró por el retrete y después volvió a guardar el pintalabios en el bolso.

Sintió un gran alivio. Había encontrado a su enlace.

Se miró en el espejo y salió para volver a reunirse con aquel grupo de gente elegante. Ya sabía cuál era su juego y la partida estaba a punto de empezar.