1. Octubre de 1943 #2
En cuanto el cadáver desapareció de la vista, la música recuperó su volumen y los camareros se apresuraron a rellenar las copas.
Selene contempló incómoda cómo todo el mundo volvía poco a poco a sus cartas y sus cócteles.
Quedaron unas cuantas caras pálidas y susurros tensos, pero en general nadie se atrevió a dar la más mínima señal de que una persona acababa de morir ante sus ojos.
Sus pensamientos iban a toda velocidad. ¿Intentaría acercarse a ella la Orquídea en esas circunstancias o el riesgo era demasiado grande? Apoyó la copa vacía antes de que alguien se fijara en que le temblaban las manos.
—Disculpe, mademoiselle . —Un hombre rubio con bigote se apoyó en la barra. Hablaba en francés y la saludó con una inclinación de cabeza—. ¿Me permite que la invite a una copa? Me vendría bien una distracción después del desagradable giro que han dado los acontecimientos.
Imitando la actitud del resto de la gente de la sala, Selene respondió con una sonrisa cauta, fingiendo calma a pesar de su malestar, y le habló en un francés casi perfecto.
—Yo pongo la distracción, usted pone el champán —dijo de forma seductora, entornando los ojos y ocultando su mirada tras las pestañas. El primer tigre que mordía el cebo.
Él le hizo un gesto al camarero y enseguida aparecieron dos copas de champán.
—¿Siempre logra lo que quiere con tanta facilidad? —preguntó ella.
—Es porque le consigo ciertas cosas a Ricardo —respondió el francés señalando con la cabeza al camarero.
—Cualquier cosa para monsieur Jacques. —Ricardo le guiñó el ojo antes de irse a atender a otros clientes.
Ella tomó la copa de champán y se la acercó a su nuevo amigo.
—Salud. Por monsieur Jacques, un hombre influyente. ¡Y por a cidade da luz ! —Señaló las enormes ventanas coronadas por arcos que rodeaban todo el perímetro de la sala de juego.
Al otro lado de los cristales, divididos en cuarterones, se veían brillar las luces de los grandiosos Hotel Palácio y Hotel do Parque, en la avenida Clotilde. Le habría parecido algo hermoso si el vacío de los ojos de la mujer muerta no siguiera grabado en su memoria.
Pero tenía que centrarse, maldita sea.
Le dio un largo trago al champán para tranquilizarse y después le tendió la mano a Jacques.
—Selene Delmont.
—Ese acento… ¿Es usted estadounidense? —preguntó. Selene asintió y él inclinó la cabeza—. Jacques Renaud, artista francés convertido en filibustero. —Se acercó la mano de ella a los labios—. Cuénteme qué trae a una belle amie como usted a Lisboa.
—Me acaban de contratar como secretaria en la Comisión de Comercio de Estados Unidos —respondió ella, agradecida de haber practicado esa situación con Bea un millón de veces. La mentira le quedó muy natural.
—Vaya, vaya, un trabajo de verdad. Debe de ser usted la única persona de todo el casino que no finge ser algo que no es.
Si es que dice la verdad, claro. —A pesar del guiño travieso, ella tuvo la impresión de que la estaba evaluando—.
Se ha ido muy lejos de su casa para mecanografiar cartas.
¿Por qué? ¿Es que ser secretaria en los Estados Unidos le resultaba demasiado ordinaire ?
—La verdad es que allí era bibliotecaria. Mi amiga Bea y yo trabajábamos juntas en la biblioteca pública de Boston. A Bea le encantaba, pero para mí era solo un empleo de transición.
—¿Hacia qué?
Selene sonrió.
—Viajar. El mundo… Esto. —Lo de alistarse no le había dado la oportunidad de viajar como ella había imaginado, pero sí supuso una puerta abierta después de que se le cerraran tantas en las narices.
Y además le daba la oportunidad de luchar en aquella guerra de la única manera que podía.
Necesitaba espacio para encontrar su sitio en un lugar en el que no estuviera tan limitada.
Algo que no habría tenido si se hubiera convertido en la mujer florero de Giles, ni tampoco si se hubiera quedado dentro de los confines de la biblioteca—.
Necesitaba un cambio —continuó—. Así que he arrastrado a Bea a Lisboa conmigo y ahora aquí estamos las dos.
Jacques se puso una mano en el corazón, encantado.
—¡Pero si hay dos! —Miró alrededor en busca de Bea—. Esta noche está superando mis expectativas más optimistas.
Selene se echó a reír.
—Siento decepcionarlo, pero Bea ha decidido quedarse en el hotel.
Bea no habría aceptado ir a Portugal si no hubiera sido por la insistencia de Selene. Como su amiga no logró disuadirla para que no se alistara, insistió en hacerlo ella también.
«No pienso dejar que te vayas a la otra punta del mundo sola», fue lo que dijo Bea por fin, resignada, y entonces Selene supo que había ganado. Solo tuvieron que hacer seis breves meses de entrenamiento en la «Granja» de la oss (la Oficina de Servicios Estratégicos) y después las enviaron a Lisboa.
Selene se esforzaba por no preocuparse por el peligro al que se estaba exponiendo Bea al ir allí, sobre todo después de lo que había presenciado aquella noche.
Su amiga era reservada, y a veces parecía mucho más mayor de los veintidós años que tenía.
Había sufrido demasiadas desgracias en su vida: cuando era niña, su padre murió al incendiarse la fábrica en la que trabajaba.
Desde la muerte de su madre, solo tres años antes, ella había asumido la mayor parte de la carga de mantener económicamente a su familia.
También se ocupaba de su hermano menor, Robert, para asegurarse de que terminara sus estudios antes de alistarse.
Al menos el puesto que tenía Bea allí no era peligroso.
Ya le habían asignado un puesto de bibliotecaria en el Comité Interdepartamental para la Adquisición de Publicaciones Extranjeras, también conocido como idc.
A partir de la mañana siguiente estaría a salvo tras una mesa, archivando información y microfilmes conseguidos por la oss.
—A Bea no le gusta todo este brillo y glamur —le explicó Selene a Jacques—. Seguramente ya estará en la cama leyendo Jane Eyre .
Jacques chasqueó la lengua.
—Qué pena, pero no pasa nada. Ya la conoceré. Lisboa es como una pecera; no puedes ir nadando por ahí sin encontrarte con todos los demás peces. Por eso también es muy difícil evitar a los tiburones, como ya habrá visto por sí misma.
—A mí me encantan los juegos peligrosos —comentó Selene.
—Pues aquí no hay de ningún otro tipo. —Por primera vez, notó cierta amargura en el tono de Jacques. La miró a los ojos y se puso muy serio de repente—. Ma chérie , le aconsejo que tenga mucho cuidado aquí. Sería mejor que volviera corriendo a Estados Unidos en cuanto pudiera.
Ella notó que se lo decía con total sinceridad, pero se obligó a quitarle importancia con un gesto de la mano.
—¿Estados Unidos? C’est ennuyeux . —Y alzó la copa para ocultar su cara.
—¡Que es muy aburrido, dice! —Jacques se terminó su copa—. Madre mía, sí que es usted valiente. Yo, por el contrario, prefiero el aburrimiento a la muerte, sin dudarlo.
Mientras Jacques y ella charlaban, Selene estaba prestando toda la atención que podía para distinguir retazos de otras conversaciones.
Escuchó a un oficial de las ss uniformado alardear de la última victoria militar del Führer ante una mujer esbelta con una estola de visón.
Una mujer francesa hablaba de forma atropellada con un hombre con cara impasible sobre intercambiar joyas por visados para ir a Estados Unidos.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas cuando el hombre le respondió con una fuerte carcajada.
—Sus joyas no valen nada. Tengo montones, pero no puedo deshacerme de ellas —respondió en portugués—. Vuelva a hablar conmigo cuando tenga algo —dijo, y le agarró la barbilla con la mano— más… interesante que vender.
Antes de llegar a oír la respuesta de la mujer, Selene volvió a centrarse en Jacques, mirándolo con una amplia sonrisa. No podía hacer nada para ayudarla. Mostrar compasión, aunque fuera solo un poco, supondría un gran riesgo.
Jacques volvió a chasquear la lengua mientras miraba a la mujer, para que ella supiera que él también había oído lo que decía.
—Pobrecilla, le dará lo que quiere en menos de una hora. —Se inclinó hacia ella y bajó la voz—. Está usted rodeada de toda la escoria imaginable. Contrabandistas, policía secreta, secuestradores. Solo diga el pecado y encontrará aquí al pecador.
Ella parpadeó varias veces, fingiendo inocencia.
—No tenía ni idea —mintió—. Pero, si es así, ¿por qué está usted en Lisboa?
—Mientras el Reich y Vichy sigan en Francia, no puedo regresar. Pero no quiero dejar el continente tampoco. Así que he decidido quedarme aquí. Pinto y espero. —Se encogió de hombros y susurró, mirando de soslayo a un oficial de las ss que estaba allí cerca—: Hay destinos peores, como todos sabemos.
El oficial miró hacia donde estaban ellos y a Selene se le heló la sangre cuando vio que la atravesaba con la mirada. Pero Jacques lo saludó con la cabeza con toda tranquilidad.
—Buenas noches, herr Stellmacher. Debo decir que su uniforme parece especialmente despótico esta noche.
—Tan ingenioso como siempre, Renaud. — Herr Stellmacher inclinó la cabeza y después se alejó.
—Es muy hablador —bromeó Jacques, y le ofreció un cigarrillo de una pitillera plateada y elegante.
Ella lo rechazó. Él se encendió uno y soltó un aro de humo desganado—.
Como mi arte es de naturaleza antiautoritaria, Stellmacher y el régimen de Vichy estarían encantados de verme instalado en uno de sus campos de internamiento.
Pero aquí no pueden tocarme. Al menos por ahora. Y me encanta restregárselo.
De repente, el grupo de gente que rodeaba la mesa de póquer más cercana dejó escapar un gemido colectivo.
—Me da miedo mirar —dijo Jacques con un suspiro—. Creo que ya hemos tenido bastantes imágenes macabras por esta noche.
—No es eso.
Selene vio como un hombre de pelo oscuro, con un esmoquin muy usado, le pasaba una moneda al croupier .
—Deme carta —dijo el hombre en portugués.
—Se ha vuelto loco —murmuró alguien, mientras el grupo se arremolinaba para ver mejor.