1. Octubre de 1943
Selene Delmont apoyó un brazo en la barra y examinó la elegante sala de juego del casino, preguntándose quiénes de los presentes querrían bailar con ella y quiénes pretendían matarla.
Notaba contra la piel el frío de la hoja del puñal que llevaba bajo la liga, una sensación extraña.
Nunca salía sin él. Las palabras de despedida del coronel Briggs, el último día de su entrenamiento en la Granja, no dejaban de resonar en su cabeza: «El ingenio hará que descubráis secretos. La confianza conseguirá que os maten».
Aquella noche debía tener muy presente ese consejo.
Por fin estaba en Lisboa, a miles de kilómetros de todo (y de todos) lo que quería olvidar.
Qué alivio haber dejado atrás su apellido.
En Boston nunca podría haberse librado de él; a pesar de que ya habían pasado tres años desde que la desheredaron, allí seguía siendo una rica heredera caída en desgracia que había tenido que rebajarse a trabajar en una biblioteca pública.
Algo inaudito. En su ciudad no podía escapar de su apellido, ni de las limitaciones que le imponía.
Pero en Lisboa no la conocía nadie. Y ese anonimato era fundamental para su trabajo actual.
—¿Quiere tomar algo más, senhora ? —El camarero señaló con la cabeza su copa vacía.
—Champán, por favor.
Selene le dio un sorbo a la copa que le acababa de rellenar el hombre mientras examinaba despacio a la gente, con los oídos bien abiertos para enterarse de cualquier información.
Le habían dicho que su enlace estaría allí. Solo tenía que encontrarlo.
«Tu contacto llevará una orquídea», decía el telegrama del coronel Briggs.
Identificó a una docena de personas incluidas en el conjunto de personajes que había memorizado, pero, hasta el momento, «la Orquídea» no se había presentado.
El Casino Estoril era el sol alrededor del que giraba Lisboa, y estaba lleno de mujeres impresionantes con vestidos lujosos y hombres apuestos con esmoquin.
Se desplazaban entre las mesas de juego con movimientos elegantes y deliberados, como si se tratara de actores sobre un escenario.
Llegaba música de jazz desde el salón de baile, a la que acompañaba el ruido de la ruleta al girar y el repiqueteo de los dados.
Nadie diría que la gente que había allí fuera tan peligrosa como le habían dicho, pero Selene sabía muy bien que las apariencias engañan.
Desde que António de Oliveira Salazar, presidente de Portugal, había declarado la neutralidad del país, Lisboa se había convertido en un hervidero de operaciones aliadas, pero también del Eje.
El extenso puerto de Lisboa, junto al río Tajo, era uno de los pocos accesos de Europa que seguían abiertos, y la capital estaba llena de refugiados que solo buscaban un lugar donde estar a salvo y de oportunistas que pretendían aprovecharse de ellos.
Esa noche estaba allí el barón von Hoyningen-Huene, el embajador alemán, que estaba ganando (haciendo trampas, sospechaba Selene) en la mesa de bacarrá.
La condesa francesa Elise Archambeau jugaba a la ruleta colgada del brazo de su amante, José Barbedo, uno de los asesores de mayor confianza de Salazar.
Rafael Delgado, un noble exiliado español, que se rumoreaba que era simpatizante nazi, llevaba a una mujer de cada brazo y jugaba al chemin de fer .
Esos eran solo unos cuantos de los más destacados miembros de la élite que conformaban el retablo social esa noche: nobleza desterrada, devotos del Reich y marionetas de Salazar.
En ese despiadado semillero de espías, la información era la mercancía más cotizada. Selene se había convertido en uno de ellos, y vivía del engaño, como el resto.
Los examinó a todos mientras bebía y respondió a las miradas de admiración de los hombres con sonrisas.
Todavía no sabía la razón tras las instrucciones que había recibido: escuchar, observar y seducir.
La Orquídea le facilitaría los detalles de su misión más adelante.
Su actuación de aquella noche como tentadora distracción, o, mejor aún, inocente confidente, sería la primera de las muchas pruebas que tenía que superar.
Había elegido con mucho cuidado el vestido de lentejuelas, porque sabía que destacaba sus curvas y realzaba sus ojos azul claro.
Cuando era niña le fascinaba la pose, ligeramente coqueta, de su madre, y el efecto que tenía en los hombres.
No tardó en imitarla con la esperanza de conseguir por fin su aprobación.
Nunca la logró, pero sí descubrió el poder que su cuerpo podía ejercer sobre los demás.
Durante su entrenamiento, el coronel le había indicado que «usara sus bonitas piernas como herramienta de engatusamiento».
La mirada con la que las recorrió Briggs le resultó repugnante, pero Selene no se engañaba.
Había conseguido ese trabajo por su apariencia, aunque lo iba a dominar gracias a su inteligencia.
Ser cebo para los tigres podía ser peligroso, pero también perversamente divertido.
A su alrededor oía una cacofonía de idiomas (portugués, francés, alemán, japonés) mezclada con risas, música y el tintineo de las copas de cóctel.
Selene escuchó con atención para detectar pistas que le sirvieran para identificar a la Orquídea.
Solo había podido dar un mes de clases de apresurado portugués antes de salir de los Estados Unidos y, aunque era capaz de mantener una conversación, no lo dominaba.
Pero sí hablaba con fluidez francés y alemán, gracias a las clases de idiomas que recibió en Wellesley.
Durante su primer año de universidad, Selene intentó con todas sus fuerzas que le permitieran hacer la carrera de Botánica, pero la única ciencia que su madre estaba dispuesta a aceptar era Biblioteconomía.
Entonces el dinero de sus padres ejercía un control total sobre su vida.
La batalla sobre su educación era una de las muchas que había perdido contra su madre.
«Los hombres quieren esposas que den respuestas ingeniosas en las cenas, no que sean más inteligentes que ellos. Tu objetivo más importante en la vida será el matrimonio y la maternidad», le había dicho a Selene.
Eso fue seis años atrás, antes de que abandonara para siempre la estéril propiedad de sus padres en Newport, de que conociera a su mejor amiga, Bea, en la biblioteca de Boston, y de aquel trascendental día en el que vio el póster de la oficina de reclutamiento para la guerra, que animaba a mujeres cultas y con «un estampado de barras y estrellas en el corazón» a unirse a la lucha.
Todo aquello quedaba a seis años y un universo de distancia de aquel lugar.
Selene revisó la sala una vez más. Había una mujer, con una flor roja en el pelo, que iba hacia ella desde la mesa de chemin de fer . ¿La Orquídea? Los ojos de la mujer y los de Selene se encontraron.
Contuvo la respiración mientras esperaba la señal convenida.
La mujer aceleró el paso, pero su expresión se volvió siniestra según se iba acercando.
Tenía algo brillante en la mano derecha.
¿Un cuchillo? Tal vez no se trataba de una amiga, sino de una enemiga.
Por instinto, Selene metió la mano en el bolso y agarró la Colt 1908.
«Pequeña, pero letal», había asegurado el coronel Briggs.
Selene se apoyó el bolso en la cintura, preparada para disparar si la otra sacaba el cuchillo.
De repente, dos hombres con esmoquin agarraron por ambos codos a la mujer.
Selene reconoció al de pelo oscuro y bigote de los archivos que había estudiado durante su entrenamiento.
Era el capitán Agostinho Lourenço, el director del pvde, la Polícia de Vigilância e Defesa do Estado, la policía secreta portuguesa.
—No tiene sentido que monte una escena —aseguró el capitán Lourenço mientras esposaba a la mujer—. Será mejor para usted que venga con nosotros sin llamar la atención.
La sonrisa tranquila de la mujer contrastaba con la situación en la que se encontraba.
—Qué pena tener que abandonar la fiesta ya. Con lo bien que me lo estaba pasando…
Dio tres pasos escoltada por los hombres; de repente, se detuvo y palideció. Empezó a salirle espuma por la comisura de la boca, se tambaleó y cayó sobre la alfombra.
— Merda , lo ha hecho —exclamó el capitán Lourenço mientras el cuerpo de la mujer se sacudía por las convulsiones.
Unos segundos después estaba muerta. El objeto brillante se le cayó de la mano. No era un cuchillo, sino un collar con un colgante en forma de bala.
Selene mantuvo la expresión impasible, aunque se le había acelerado el pulso. Sabía lo que se ocultaba dentro del colgante: una cápsula de cianuro. A ella le habían entregado un accesorio tan letal como ese.
Se hizo un silencio incómodo en la sala y todas las caras se volvieron hacia la figura tirada en la alfombra.
—Suicidio —se oyó susurrar a alguien entre la gente.
Selene se estremeció. Esa mujer, aunque perteneciera al enemigo, no iba a por ella. Pero tampoco era la Orquídea. La flor que llevaba en el pelo era una rosa. Tenía que ser otra agente (que se había visto comprometida, obviamente), y se acababa de llevar sus secretos a la tumba.
Sin decir ni una palabra, el capitán Lourenço y su compañero sacaron el cadáver de la mujer de allí.
Selene sintió miedo por primera vez desde que firmó en la línea de puntos que le puso delante el tío Sam y accedió a perder su identidad.
Bea y las demás reclutas estaban recelosas de lo que les esperaba, pero Selene no.
Ella quería una vía de escape, emociones, anonimato.
Sin embargo aquello no era como las situaciones que había ensayado con las demás aspirantes en la Granja.
Habían pasado solamente de puntillas por el tema de su potencial muerte, pero acababa de enfrentarse a esa posibilidad cara a cara.