Las bibliotecarias de Lisboa
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Prólogo. Septiembre de 1993
Prólogo
Llegaba una leve brisa desde el río Tajo, que traía el aroma salobre del verano.
Se llenó los pulmones con ella y los recuerdos hicieron que le hormigueara todo el cuerpo.
En cuanto bajó del avión, se transformó de nuevo en Selene, y su antiguo alias la envolvió como si fuera su abrigo favorito de entonces.
Casi no le parecía posible, pero estaba otra vez en Portugal.
Cuando cayó la noche, los bañistas cansados, todavía cubiertos de arena de la playa Dafundo, recogieron y volvieron a sus casas.
Las parejas tomaban cócteles en las galerías mientras los lisboetas y los turistas paseaban por Rossio.
Las luces de los hoteles y los restaurantes que había junto a la plaza Dom Pedro IV parpadeaban como luciérnagas con el cielo de fondo.
Selene se tomaba despacio su bica * , disfrutando del sabor amargo del café, y estudiaba a la gente. Ninguna de las caras era la que ella estaba esperando.
— Aqui está, senhora . —El garçon le puso delante un pastel de nata.
Ella le dio las gracias, aliviada al comprobar que todavía entendía el portugués y también era capaz de hablarlo. No había tenido muchas oportunidades de practicarlo después de la guerra, desde aquella noche en la que abandonó Lisboa jurando que no volvería jamás.
Aunque había pasado casi medio siglo desde su entrenamiento, no había perdido ni un ápice de su capacidad de observación.
Había elegido esa mesa de la Pastelaria Suíça porque era el punto desde el que mejor se veía el paseo, y además en ella podía sentarse de espaldas a la pared, una vieja costumbre que adquirió durante los años de la guerra.
Sentada allí, contempló cómo se revelaban unos cuantos secretos ante sus ojos.
Un hombre que había en una mesa cercana se guardó la alianza en el bolsillo antes de saludar a su amante con un beso. Un niño se puso a pescar escudos del agua de las Fontes Monumentais y después se los guardó en la chaqueta sin que su madre se diera cuenta.
Tanta gente con vidas ocultas.
Por fin apareció la cara familiar de Bea.
Llevaba el pelo, que una vez fue de color ámbar y ondulado, corto y de un elegante color plateado.
Su cuerpo menudo parecía más frágil, pero sus ojos de color avellana transmitían la misma inteligencia brillante de siempre.
Las miradas de las dos se encontraron, y todos los años y los kilómetros que las habían separado desaparecieron.
—¡Bea! —Abrazó a su amiga más querida mientras se le caían las lágrimas y soltaba carcajadas de alegría.
—Hola, Selene —saludó Bea limpiándose los ojos.
Selene se separó un poco para ver bien las arrugas de sus ojos y la constelación de manchas solares que tenía en la cara. Ella no se sentía muy mayor, pero ver el efecto que los años habían tenido en su amiga hizo que le resultara imposible olvidarse de su edad.
—No me lo puedo creer. Otra vez en Lisboa. Han pasado cincuenta años y mira lo poco que hemos tardado en recuperar esos nombres. —Bea sonrió ante lo absurdo que resultaba volver a meterse en sus antiguos personajes.
Selene llamó al garçon para pedirle otra bica para Bea.
—Ya sabes lo que dicen de que es difícil librarse de las viejas costumbres.
Bea cubrió la mano de Selene con la suya.
—Estás tan guapa como siempre.
Selene rio.
—Nunca se te ha dado bien mentir. Pero… tuve mi momento.
—Cuando era joven, el encanto y la figura de Selene eran suficientes para que toda una sala llena de gente se girara para mirarla; ella era como una potente llama que atraía a todas las polillas.
Pero la pérdida había aplacado su naturaleza.
Sintió la mirada de Bea fija en ella y se preguntó si podría ver las heridas que aún tenía.
Las cicatrices de un corazón roto tantos años atrás.
—Durante décadas no he sabido si estabas a salvo o no. Ni siquiera si seguías viva. No tenía forma de contactar contigo.
—Lo siento. —El arrepentimiento hizo más profundas las arrugas de la cara de Bea.
Selene asintió. Durante los primeros años tras su regreso a Boston echó mucho de menos a su amiga.
Se sentía sola, llena de dolor, y cargaba con secretos que no podía compartir.
Había noches en las que levantaba el teléfono y le pedía a la operadora que la conectara con el número de Bea en Charleston, hasta que unos segundos después recordaba que ella no le iba a responder.
Le escribió cartas que nunca se entregaron porque no tenía dirección a la que enviárselas.
A veces incluso se pasó horas sentada en un rincón tranquilo de la biblioteca pública de Boston, recordando los días en que trabajaron juntas allí, rodeadas de estanterías.
En alguna ocasión le llegó una postal de Japón, Rusia o Cuba, sin firmar, pero con la letra inconfundible de Bea y un mensaje en clave para que lo descifrara y supiera que su amiga estaba bien.
Pero ni un detalle en todo ese tiempo sobre la vida que estaba llevando.
—No pasa nada, pero te he echado muchísimo de menos —reconoció.
—No podía decirte dónde estaba yo… Bueno, nosotros. Han sido docenas de países y de alias. Pero me he acordado de ti todos los días. Y he podido venir a verte ahora porque por fin mi trabajo ha terminado. O al menos yo he acabado con él. Puedo volver a formar parte de tu vida.
Selene se quedó pensando.
—¿Y por qué aquí, en Lisboa? Después de tantos años…
La expresión de Bea se volvió insegura.
—Porque él quería verte.
A Selene se le paró el corazón.
Levantó la vista y vio a un hombre al otro lado de la plaza.
Se le aceleró el corazón mientras observaba al fantasma.
Tenía el pelo salpicado de canas, ya no era del negro lustroso que ella recordaba, pero allí estaba la misma mandíbula angulosa, la mirada atrevida y los hombros anchos.
Se cubrió la boca con la mano y se quedó pálida.
—No… no puede ser —tartamudeó—. No puede ser él.
—Selene, no… —Bea se arrodilló al lado de su silla—. Hay algo que tengo que decirte. Sobre la noche en la playa. La del asesinato.
—Fue hace tanto tiempo… —murmuró Selene.
—Pero lo cambió todo.
Le agarró la mano a Bea y los recuerdos la transportaron a batallas secretas que se libraban en salones de baile resplandecientes y en callejones oscuros, a lugares en los que las verdades y los engaños se mezclaban con las burbujas del champán, y en los que todo el mundo tenía algo que esconder.
Un rincón lleno de joyas deslumbrantes en medio de un mundo de oscuridad sangrienta. Lisboa, 1943.