62
Lemus
A quello se había convertido en una escena de ficción. Lemus sabía que Randall estaba loco, había escuchado historias sobre su egolatría, pero eso, eso era algo que iba mucho más allá.
El hombre tendido sobre un charco de sangre era su padre. Asesino o no, él lo acababa de matar a sangre fría por poder.
El brazo de Lemus no había bajado, y su arma seguía apuntando, esta vez hacia la cabeza de Geoffrey. A su lado, Rose sacó su arma y siguió mirándolo con total y absoluta sorpresa; eso no lo vio venir.
—¿En qué mundo crees que podemos necesitarte? —preguntó Lemus.
Él tenía un mal presentimiento con todo esto, las ansias por el poder nunca eran buenas. La historia de la humanidad era un vivo ejemplo de aquello. Tenía que buscar la manera de sacar a Rose de ahí. Tenían que encargarse de Randall.
—Pues verás, a diferencia de mi padre, yo no tengo ningún problema con que exista la monarquía —habló Randall mirando a Rose—. Tengo todo mi interés puesto en el otro cargo.
Todas las piezas comenzaban a encajar para Lemus. El loco quería ser presidente, esperaba gobernar junto a Rose. ¡Oh, Dios mío, eso era absurdo! después de todo lo que había hecho, ¿cómo era posible que creyera que Rose aceptaría algo así?
—Estás loco —habló Rose por primera vez desde lo sucedido—. Algo está muy, muy jodido dentro de ti, Geoffrey.
La cara de Randall se distorsionó, las facciones parecían haberse convertido en mueca y la ira pura se filtraba a través de cada uno de sus movimientos. Lemus necesitaba pensar en algo rápidamente; el corazón le latía demasiado rápido y las ideas parecían deshacerse en su cerebro.
—Yo soy lo que él creó —dijo Randall señalando a su padre—. Él fue quien me dañó Lyn, pero ahora ya no está y las cosas pueden mejorar.
La manera en que él dijo su nombre hizo que la piel de Lemus se erizara, la familiaridad con que le habló. Como un par de amigos que se estaban reencontrando luego de muchos años de haberse visto.
—No, no es así —contestó Rose bajando su arma—. Tu papá era un maníaco y un asesino. Pero lo que tú eres no es obra suya, yo te recuerdo Randall, recuerdo cómo capturabas los pájaros del patio de mi casa; pasabas horas jugando con ellos y luego cuando te aburrías, les rompías el cuello.
Un estremecimiento pasó por el cuerpo de Lemus, ¿qué tan sádico tenía que ser un niño para hacer eso?
—Esas eran cosas de niños, no significa nada.
—Esas —dijo Lemus atrayendo a Rose hacia él—. Eran las actitudes de un asesino en formación.
Randall ignoró por completo sus palabras, sus ojos estaban fijos en Rose, en el arma que había bajado.
—No soy lo que crees Lyn, he vivido siguiendo órdenes. —Geoffrey estaba tratando de llegar a ella, de eso se dio cuenta Lemus, el maniático trataba de congeniar. Sabía que Rose no mataría a sangre fría.
—Rose… —Lemus la miró y notó la incertidumbre en su mirada.
—Tienes que entregarte Geoffrey, no soy yo quien decide si tú serás el próximo presidente.
Randall permaneció en silencio, parecía a punto de entregar el arma, sin embargo, algo no iba bien, Lemus podía sentirlo en la manera en que el hombre se movía y sus expresiones. No se iba a rendir. No había matado a su padre para luego solamente entregarse.
—Tienes razón, Lyn —Randall levantó la cabeza—. No eres tú quien lo decide. Por ende, no te necesito.
Lemus vio exactamente lo que iba a ocurrir incluso antes de que pasara. Su cuerpo se movió por voluntad propia abalanzándose hacia Rose. El sonido del arma llegó hasta sus oídos al mismo tiempo en que el impacto lo golpeó. El grito de Rose fue lo siguiente que escuchó.
Un dolor agudo se extendió por todo su torso, no podía mover el brazo y el líquido caliente que cubrió rápidamente su ropa comenzó a manchar el suelo. A su lado, Rose tenía el rostro pálido y la vista fija en su herida.
—Eso es lo que solemos llamar daño colateral —dijo Randall mirando con burla la escena—. Por cierto, lamento mucho lo de la abuelita, otro daño colateral.
Un odio dañino se apoderó de Lemus y el grito que salió de sus labios no pareció del todo humano. Quiso olvidar la herida, el dolor, la sangre… Estaba listo para incorporarse y acabar con Randall cuando un destello pasó a su lado.
Rose se levantó del suelo a una velocidad increíble, y se lanzó sobre Randall. Un jadeo fue lo único que se escuchó. El hombre no alcanzó a levantar siquiera el arma.
Rose tenía una mano sobre el pecho de Geoffrey, y con la otra sostenía su cabeza.
Se acercó a su oído y murmuró algo que Lemus no pudo escuchar.
Entonces ella retrocedió un poco y Lemus pudo verlo todo: las jambias incrustadas en el pecho del general, y él sujetando su mano, como quien trata de agarrar agua entre los dedos.
La pelirroja pateó con fuerza el revólver que Randall había dejado caer, y sin miramiento retorció la jambias. El grito que salió de sus labios hizo que todo el cuerpo de Lemus se erizara, era un lamento, un grito de puro dolor.
—Bella…
Lemus trató de llegar hasta Rose para separarla de Randall. Aquello no iba hacerle ningún bien. Torturarlo solo terminaría atormentándola a ella, y él no lo valía. No valía una sola noche de desvelo, ni una sola lágrima pensando en lo que hizo.
Puso todo su esfuerzo para lograr incorporarse y llegó hasta Rose, que aún estaba retorciendo el arma en Randall.
—Bella —repitió Lemus con la mano en su hombro—. Es suficiente, ha sido suficiente.
Entonces ella lo miró. Había odio puro en esa mirada. Odio y venganza, no solo por haberlo lastimado a él, sino por todos esos años de sufrimiento. De estar escondida, y no haber podido llorar como era debido a la familia que le arrebataron.
Lemus colocó su mano sobre la de Rose, separándola de la daga en el pecho de Randall. Solo bastó eso para que la chica explotara en llanto.
Eran las lágrimas de una vida de dolor. Él la sostuvo en sus brazos y la dejó llorar, le permitió soltar todo aquello que no había sacado. A su lado, tendido en el suelo, la vida de Geoffrey Randall se extinguió.
La puerta de la habitación se abrió y Varían apareció ante ella, golpeado y con sangre seca llenando su uniforme. Los ojos de los uniformados viajaron de la herida de Lemus a los dos cuerpos tendidos en el suelo.
—Se ha acabado —dijo Lemus—. Informa a todo el mundo que esto ha terminado.
—No —dijo Rose, al tiempo que se secaba las lágrimas. Luego retiró las jambias del cuerpo de Randall—. Yo lo haré, vine preparada —agregó con voz temblorosa—. Necesitaré un computador. Y un botiquín.
—¿Tú con un computador?, realmente esa nunca ha sido una muy buena combinación —dijo una voz desde afuera de la sala.
A los pocos segundos, un muy golpeado Gabe apareció en escena, seguido por Melik, quien no se encontraba en mejor estado.
Tras ellos, una mujer de cabello rojo que Lemus no reconoció.
Rose atravesó la habitación y se lanzó a los brazos del moreno. Mientras, Lemus llegó hasta Melik y lo fundió en un abrazo, uno de esos que hacía mucho tiempo no le daba.
—Te he echado de menos, hermano —dijo el castaño sin soltar al recién llegado.
Melik lo abrazó con más fuerza y un jadeo se escapó de los labios de Lemus, fue justo ahí cuando notó su herida.
—Estoy bien —se apresuró a decir al notar la expresión de Melik—. Se ve peor de lo que es.
Melik se separó y echó un vistazo por la habitación, deteniéndose en los cuerpos inertes en el suelo. Lemus se dio cuenta de como el rubio se tensionó. Su hermano nunca había sido una persona violenta, no realmente.
Luego miró hacia Gabe y Rose, ya frente al portátil, y había algo en su mirada que él no había notado antes…
—Tengo algo que decirte, hermano. —Los nervios eran evidentes en sus palabras. Sin embargo, no dejó que el castaño dijera nada antes de proseguir—. Soy gay.
La incertidumbre se veía en todo el rostro de Melik, mientras observaba detenidamente la reacción de Lemus. Este, por su parte, le regaló una sonrisa de medio lado y posó su mano en el hombro del chico.
—Has sido mi amigo desde los tres años, te convertiste en mi hermano a los quince, y has vivido conmigo desde entonces, ¿y tú realmente creíste que no sabía que eres gay?
—dijo Lemus negando con la cabeza—. No importa si te gustan los hombres, las mujeres o los extraterrestres.
Melik, eres mi hermano y eso nunca va a cambiar.
El rubio le dio una sonrisa agradecida y Lemus notó como los ojos se le empañaron por un momento. Pero antes de poder abrazarlo de nuevo, un hombre mayor llegó con un botiquín en sus manos y le indicó que tomara asiento para poder curar la herida, o al menos cubrirla mientras llegaba a un hospital.
—Estoy lista. —La voz de Rose se escuchó a su espalda.
Gabriel estaba sosteniendo una cámara que sabrá Dios de dónde habían sacado y se encontraba conectada al portátil. Rose limpió la sangre de sus manos y dio una señal a Gabe para que iniciara la grabación.
—Ciudadanos de Inglaterra, el presidente Robert ha caído. El enfrentamiento ha terminado. Todos los soldados deben retirarse de las ciudades de inmediato. De lo contrario, el peso de mi corte caerá sobre ustedes. Este es un mensaje de Rosalyn Brown, Reina de Inglaterra.