Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 61
97%

61

Rose

C inco minutos después Rose se encontraba metida en un uniforme horrendo de mucama, una bata blanca hasta los pies, y con un ridículo gorro de tela que recogía su cabello mientras empujaba un carrito para transportar comida, solo que esta vez iba mucho más que a eso.

Bajo el mantel estaba Lemus. Raúl había dicho que la única manera de llegar era volviéndose invisible, y ya que ahí todos se creían demasiado importantes para mirar dos veces a la servidumbre, esa era la fachada perfecta.

Rose aún llevaba el traje y las armas ocultos bajo el vestido. Con cada paso, tenía que resistir el impulso de llevar la mano hasta sus jambias.

A sus espaldas iban Varían y Saúl, pues era común que todo el que entrara hacia el ala del presidente fuese vigilado de cerca.

—Es la puerta a mano derecha —dijo Varían en voz baja detrás de ella—. Toca dos veces y espera a que te autorice entrar.

Rose asintió con la cabeza sin girarse a mirarlo, tanto ellos como los demás guardias y los empleados habían prometido mantener a los otros a raya. Y ella solo tenía como opción confiar en su palabra.

Trató de controlar su respiración, iba a ver de frente al asesino de sus padres, de su hermano… reunió toda la valentía que poseía en su interior y tocó la puerta.

El sonido de un televisor se filtraba desde el interior y, unos segundos después, se escuchó un “adelante”. Rose giró la manilla y entró.

En la pantalla se transmitía el caos que consumía las ciudades vecinas. Más allá de ella, hundido en un sillón reclinable como si el mundo le perteneciera, estaba Robert Randall.

El hombre no apartó la vista del televisor cuando ella entró. Siguiendo su papel, Rose dejó el carrito junto a la entrada y llevó los platos hasta la mesa cercana.

Lo tenía demasiado cerca. Podía acabar con todo ahí mismo, de un solo movimiento limpio con sus jambias.

—Ya puedes retirarte —dijo el hombre haciendo un ademán con su mano hacia la puerta.

Rose se alejó y se colocó justo delante de Robert, el hombre por primera vez desde que ella entró a la sala inclinó la mirada para verla y fue entonces cuando el reconocimiento llegó a sus ojos, dando paso después al odio.

—Tú —dijo el hombre, poniendo todo el desprecio posible en cada una de esas letras.

—¿No me esperaba, señor presidente? —habló Rose a la vez que se quitaba el vestido de mucama.

Por el rabillo del ojo había visto a Lemus levantar el mantel.

—Sinceramente, no pensé que fueras tan estúpida —dijo el hombre haciendo el amago de levantarse—. Este edificio está lleno de soldados, no lograrás salir de aquí.

Rose le dio una sonrisa de medio lado al hombre, mientras jugueteaba con una de sus jambias.

—Eso mismo me dijo tu hijo en una ocasión y bueno… aquí estamos.

La cara del presidente se convirtió en una mueca de desagrado. Frunció el ceño y cada una de las arrugas de su rostro se marcó.

—No nos compares niña, yo no soy como el estúpido de mi hijo. Yo sí me encargaré de que no salgas.

Al otro lado de la sala, Lemus había salido de debajo de la mesa y ahora avanzaba hacia ellos empuñando sus armas.

—Bueno, realmente me gustaría ver como lo hace —habló el castaño con su usual tono burlón—. Porque si mis matemáticas no me fallan, estás en desventaja.

La cabeza de Robert giró hacia Lemus, luego miró a Rose y una sonrisa se formó en sus arrugados labios.

—Entonces princesa, ¿viniste hasta aquí solo para matarme a sangre fría?

Eso era lo que ella había ido hacer, ella quería acabar con esto, debía hacerlo; no solo por ella sino por todas aquellas personas que estaban luchando afuera, en las calles de su país, dando su vida por lo que creían correcto.

Pero ahora, estando ahí, las cosas no eran tan sencillas como ella pensaba, él no los estaba atacando, y matarlo así sería…

sería volverse igual a él, a todo lo que ella odiaba.

—Solo lo haré si me obligas a hacerlo —dijo Rose—. Lo que vengo a hacer aquí, es a quitarte del poder, no seguirás siendo presidente Robert, vas a pagar en vida todo lo que has hecho, al igual que tu hijo.

Rose, podía sentir los ojos de Lemus fijos en ella, y se atrevió a echar una mirada en su dirección.

Orgullo era lo que había en su mirada, ellos no eran asesinos, no de esta forma.

El hombre soltó una estruendosa carcajada mientras la observaba, y en un abrir y cerrar de ojos estaba de pie, con un arma que apuntaba justo a la sien de Rose.

Se había movido tan rápido y sin ninguna señal, que ella no lo había visto venir.

La había desarmado; al otro lado de la sala, Lemus soltó una maldición y apuntó a Robert.

—Suéltala —dijo el castaño con los dientes apretados.

—Mira a tu alrededor muchacho, los números te fallan.

Lemus, avanzó con el revólver, aun apuntando hacia la frente de Robert. El odio y la determinación se filtraban a través de sus ojos. Él estaba enojado, muy enojado.

—Tal vez los números me fallen, pero estoy bastante seguro de que la puntería no lo hará.

Él no iba a retroceder. Rose forcejeó desesperadamente, tratando de alcanzar las jambias amarradas a sus muslos mientras el agarre de Robert se hundía cada vez más en su brazo.

Entonces sintió el frío del acero rozarle los dedos, ahí, con un último tirón logró sacar una de las jambias de la funda y, antes de que Robert pudiera reaccionar, lanzó el corte. La hoja atravesó su brazo y la sangre salpicó al instante.

El grito del hombre retumbó en la habitación, pero el disparo vino después.

La bala pasó tan cerca de la cabeza de Rose que el estruendo le hizo zumbar los oídos.

Lemus ya se abalanzaba sobre Robert cuando una puerta, oculta hasta ese momento al fondo de la sala, se abrió de golpe.

Y el general Geoffrey Randall entró en la habitación.

Melik

La resistencia que el Régimen tenía entre la frontera de Watford y Londres había caído, la gente de Lilith había logrado llevarlos hasta el límite, estaban armados hasta los dientes y respondían con todo lo que tenían al ataque de los soldados, además los infiltrados que había conseguido Gabriel realmente habían marcado la diferencia.

Ahora mismo iba junto a Lilith, dos de sus hombres y Gabriel camino a la casa presidencial, el resto, había quedado defendiendo la frontera y atendiendo a las personas que habían salido heridas.

Mucha gente había muerto ese día: soldados, rebeldes y personas inocentes que estaban en el lugar equivocado, a la hora equivocada.

La mente de Melik no dejaba de ir hacia su hermana, desde hacía unas horas un mal presentimiento se había instalado en él; necesitaba hablar con ella y saber que estaba a salvo. Enzo dijo que la cuidaría.

—Aquí, rápido. —Gabriel estaba sosteniendo las puertas abiertas de una camioneta todo terreno, había conseguido encenderla sin las llaves.

Uno tras otro entraban en el vehículo mientras afuera el cielo se había tornado gris y los rayos lo iluminaban. Debían darse prisa, la casa presidencial se encontraba al otro lado de la ciudad.

El motor del vehículo se puso en marcha y las casas empezaron a desaparecer ante sus ojos.

Estaban yendo realmente rápido, gracias a Dios la ciudad había entrado en alerta y las calles estaban bastante despejadas, a excepción de una que otra patrulla de la policía, pero en vista de lo que estaba ocurriendo en la frontera, a nadie se le hacía raro que estuviesen manejando una camioneta como si el diablo los persiguiera.

No podían esperar, Rose y Lemus iban a necesitar ayuda.

Geoffrey Randall

Lo habían engañado. Orquestaron toda una función y él había caído redondito en ella. Pero lo iban a pagar. Si Rose no se encontraba con su gente, solo había un lugar posible donde estaría, y Randall sabía exactamente cómo llegar.

La casa Presidencial fue remodelada según las peticiones de su padre, agregando pasadizos que daban a vías de escape y calabozos personales, para aquellos a quienes él quería ver sufrir de cerca.

Ahora mismo su padre debía encontrarse en la comodidad de su estudio y si Geoffrey no recordaba mal, había un túnel que lo llevaría directo hacia él.

El sonido de voces fue advertencia suficiente para saber que su padre no estaba solo. Ella había llegado.

Con una sonrisa nada fingida en sus labios, Randall abrió la puerta del despacho y disparó, pero Rose había logrado moverse justo antes y su padre se echó hacia atrás.

—Mira nada más que agradable reunión —dijo ingresando en la habitación.

Paseó la mirada por el lugar y notó a uno de los amigos de Lyn, también notó la sangre en el brazo de su padre. Sin embargo, la chica y las jambias en sus manos le interesaban más.

—Hijo —habló su padre, y una enorme sonrisa creció en su rostro—. Nunca habías sido más oportuno que ahora.

La princesa rodó los ojos y el disgusto era evidente en su cara cuando lo miró. Sin embargo, una media sonrisa se asomó en sus labios

—Si estás aquí, supongo que ya recibiste mi sorpresa —dijo Rose con burla.

Randall pudo sentir como la sangre en su interior hervía de cólera, se atrevía a burlarse de él en su cara.

—Y entonces corriste, para ayudar a tu papi —agregó el compañero de Lyn, que había logrado moverse hasta llegar a su lado—. ¿No te cansas de ser su perro faldero?

Pero ellos no tenían idea de cuan aburrido estaba Geoffrey de serlo. No tenían ni la más mínima idea de que él no había venido para salvar a su padre, al contrario; estaban, para su total sorpresa, facilitando todas las cosas, limpiarían la basura por él.

Una risa alta y estruendosa salió entonces de su padre. El hombre parecía muy divertido con toda la situación. Se sostenía el brazo herido, pero ya había avanzado lo suficiente para alcanzar un revólver que tenía escondido.

—¿Por qué lo estaría? —dijo el hombre aun riendo—. Él sabe que existen los que nacieron para gobernar, y los que nacieron para ser gobernados.

En esos momentos la ira y humillación crecían en el interior de Geoffrey. Se moría de ganas por ver el rostro de su padre cuando se diese cuenta de que no había venido para ayudarlo. Pero antes de poder decir algo, la princesa se le adelantó.

—Cierto —dijo la chica viendo fijamente a Robert—. Pero tú no haces parte de los primeros. Así que podemos terminar esto por las buenas, entrégate.

—¡¿Qué?!

La incredulidad se apoderó de Geoffrey. «¿Acaso no había ido hasta ahí para matarlo? No. No, no, no».

Aquello arruinaba todo lo que tenía planeado. Lo dejaba fuera del juego. Si su padre se entregaba, él también caería; sería removido… o castigado. Necesitaba que muriera de una forma que lo dejara bien parado a él.

—¿Piensas que va a entregarse? —preguntó Geoffrey, aun sabiendo la respuesta.

—Espero que lo haga —contestó Rose—. Así sería más agradable para todos, ¿no crees?

Su padre estaba cada vez más cerca del arma oculta bajo la mesa, y el tiempo se le escapaba entre los dedos. Geoffrey tenía que decidir ahora.

Robert logró sacar el arma y apenas empezó a levantarla cuando Geoffrey disparó primero.

El impacto le atravesó el pecho. Podría haberle volado la cabeza y terminar con todo de inmediato, pero eso habría sido demasiado misericordioso.

Los ojos de su padre se abrieron con sorpresa. Tanto Lyn como su compañero quedaron paralizados, incapaces de ocultar el estupor. Geoffrey avanzó un par de pasos sin bajar el arma.

—¿Qu… qué hiciste? —alcanzó a balbucear Robert desde el suelo. La sangre empezaba a desbordarse por sus labios.

Geoffrey lo observó sin un rastro de duda.

—Nací para gobernar, padre.

Y entonces disparó otra vez. El tiro le atravesó la frente y el cuerpo de Robert cayó pesado contra el suelo, inmóvil, mientras la sangre comenzaba a extenderse debajo de él.

Geoffrey sintió la satisfacción abrirse paso lentamente por su cuerpo. Había esperado ese momento durante años soportando humillaciones, desprecios y la sombra interminable de su padre. Pero eso se había acabado.

—¡Oh, Dios mío! —dijo el castaño, que lo estaba apuntando directamente con un arma, mientras Lyn tenía su boca tapada con ambas manos—. Eres un monstruo.

—Puede ser, pero soy el monstruo que necesitan.