Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 60
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“Dentro de poco tendremos una famosa victoria sobre los enemigos de mi Dios, de mi reino y de mi pueblo”

—Isabel I de Inglaterra

Rose

L as alcantarillas eran un desastre. A Rose le costaba comprender cómo habían podido utilizarlas durante más de dos meses sin hacer nada al respecto. El olor a podredumbre le revolvía el estómago; las náuseas subían con cada respiración, arrastrando un sabor amargo hasta su garganta.

Algo se movió en la oscuridad unos metros atrás —una rata, quizá—, y prefirió no mirar demasiado.

Si a eso se sumaba que avanzaba directo hacia una posible muerte, entonces sí… estaba al límite.

Sentía el sudor deslizar por su espalda debajo de su vestimenta de pelea y el cuerpo lo sentía pesado, necesitaba sacudirse, tenía que estar despierta y lista para cuando llegaran al palacio y enfrentaran a Robert.

Él iba a pagar de una vez por todas, todo lo que les había hecho.

A su lado estaba Lemus, tan imperturbable como siempre, o al menos eso quería hacerle pensar.

Ella sabía que todo esto le afectaba igual o incluso más que a ella, pero él no lo demostraría, jamás dejaría ver nada que la hiciera sentir mal o culpable y solo ese gesto hacía que su cuerpo se estremeciera; a veces pensaba que no lo merecía.

—Bella, querrías compartir conmigo ¿cómo vamos a hacer para colarnos en la residencia presidencial, la cual estará custodiada hasta los dientes de guardias, y no ser atrapados en el intento? —preguntó Lemus, viéndose tal vez un poco inquieto.

Y ahí, en medio de toda la mierda que invadía el lugar, una sonrisa se abrió paso en el rostro de Rose. Ella aun no le había contado nada a Lemus sobre su plan y aun así, el castaño había accedido sin siquiera objetar. Ese chico estaba incluso más loco que ella.

—Todo es cuestión de organización, FitzGerald —habló Rose, en tono ligero—. Cuando tú me diste la idea de meternos directamente en la casa de Robert, me puse en contacto con algunos de los infiltrados que consiguió Enzo y conseguí algo de ayuda extra.

—¿A qué te refieres con ayuda extra? —inquirió el castaño, con el ceño fruncido.

—Digamos que tenemos más que soldados infiltrados en el Régimen —dijo ella haciéndole un guiño.

La caminata se prolongó unos quince minutos más, durante los cuales intercambiaron bromas cargadas de una tensión suave que les ayudaba a aligerar el peso que llevaban encima.

Hasta que la luz volvió a aparecer. Tal como Thays les había advertido, al entrar en Londres una gran rejilla se alzaba sobre sus cabezas, dejando filtrar la claridad desde la superficie.

Pero no fue eso lo que les indicó que estaban cerca, sino los gritos y el sonido de pasos cada vez más próximos. Rose miró al castaño y él le devolvió la sonrisa.

Confiado, seguro, así lo veía ella. El cabello castaño claro recogido en una cola, algunos mechones sueltos moviéndose sobre su rostro… y en sus ojos, una tormenta contenida.

Lemus alcanzó la escalera que se hallaba a un costado del camino y la ubicó justo debajo de la rejilla.

—Yo iré primero y veré qué está pasando allá arriba, espera hasta que vuelva para salir.

Ya Rose estaba dispuesta a abrir la boca para quejarse, cuando el castaño levantó una mano para hacerla callar.

—No era una sugerencia, bella, déjame hacer esto.

La chica puso los ojos en blanco y le hizo un ademán con la mano para que subiera por las escaleras.

Realmente no tenía problema con que mirara primero los alrededores; lo único que le molestaba era tener que aguantarse ese olor por medio segundo más.

Rápidamente la figura de Lemus subió y se perdió a través de aquellas rejillas, dejándola completamente sola bajo tierra.

La desesperación estaba volviéndola loca, sentía que había pasado una eternidad desde que Lemus salió por la rejilla y la dejó allí.

«¿Y si le pasó algo? ¿qué pasa si necesita ayuda?» . Las preguntas se repetían como un disco en su cabeza una, y otra, y otra vez; pero lo verdaderamente malo de estar sola en ese lugar eran los recuerdos.

Miles de recuerdos de esa noche pasaron por su cabeza. Aquel día en que todo empezó, y ella y Gabriel habían tenido que utilizar el pasaje bajo tierra del castillo para poder escapar. Ese lugar, aunque no se le parecía en nada, la hacía recordar todo; y eso no le gustaba.

Un sonido sobre su cabeza la hizo ocultarse en las sombras, pero con las jambias listas. Escuchó a alguien aterrizar en el agua, era la advertencia de que alguien había bajado. Podía ser Lemus, o podía ser cualquiera.

—¿Qué demonios estás haciendo allí? —preguntó Lemus.

—Nada —dijo. Salió de su escondite y se acercó a él.

Una sonrisa divertida bailaba en el rostro de Lemus, mientras que una de sus estúpidas y perfectas cejas se inclinaba en un gesto burlón.

—¿Qué te hicieron las ratas para que te escondieras?

—¡Jódete, FitzGerald! —contestó la chica con un gesto vulgar, y se encaminó hacia las escaleras mientras el chico reía a sus espaldas.

La rejilla pesaba más de lo que pensaba. La retiró con cuidado y asomó primero la cabeza antes de salir del todo.

A lo lejos, se veían algunos soldados hablando entre sí, pero nada más. La calle era perfecta: oscura y poco transitada. Ya tendría que agradecerle luego a la americana por su ayuda.

Detrás de ella, Lemus salió con cuidado y colocó la rejilla en su lugar. El castaño miró hacia donde estaban los soldados y Rose pudo notar enseguida el brillo en sus ojos.

—¿Qué es, FitzGerald? Escúpelo.

La sonrisa que él le dio fue suficiente para saber que no le iba a gustar nada lo que le iba a decir.

—¿Qué te parece si evocamos nuestro primer golpe?

Ella volvió a girar su cabeza hacia los soldados y una sonrisa perversa se posó en sus labios.

—Que sea rápido.

Lemus se había encargado de hacer ruido para atraer a los soldados hacia un callejón.

Con la ayuda de Rose, y el factor sorpresa a su favor, los dejaron “durmiendo” por un buen rato.

Por las dudas también los había dejado encerrados en un cobertizo que se encontraba en esa calle; sin radios, armas o teléfono.

Veinte minutos después, con la cabeza gacha y el cabello dentro de una boina militar, ambos se acercaban a la casa presidencial portando el uniforme de los soldados del Régimen. Y tal como Lemus le dijo, el sitio estaba completamente asegurado, era hora de llamar a los cómplices.

Rose sacó el móvil y envió el mensaje a los contactos que Enzo había hecho. También a los adicionales. A los pocos segundos el móvil en su mano vibró y un mensaje apareció en la pantalla.

“Puerta trasera. 2 minutos.”

Rose enseñó el teléfono al castaño y juntos comenzaron a avanzar hacia la casa presidencial.

Las manos le sudaban y cada vez que algún soldado inclinaba la cabeza a manera de saludo el corazón de Rose latía desbocado. «Tal vez esta no fue una muy buena idea» .

Aceleraron el paso, y la puerta trasera estaba cada vez más cerca. Ni ella ni Lemus se habían atrevido a hablar en todo el trayecto. Estaban a punto de llegar. Lo iban a lograr.

De pronto, una mano se posó en el hombro de Rose y cada músculo de su cuerpo se tensó.

—Credencial a la vista —dijo el soldado que sostenía el hombro de Rose.

Ella se atrevió a dar un vistazo a Lemus y notó que otro soldado estaba haciendo lo mismo con él. Sin embargo, al igual que ella, el castaño aún no había levantado la cabeza y la boina tapaba la mayor parte de su rostro. Las cosas se iban a poner muy feas.

Rose levantó la cabeza y miró al soldado a la cara, los ojos del uniformado se ampliaron en reconocimiento y justo cuando ella se disponía a dejarlo inconsciente, el chico hizo una reverencia ante ella. «¿Qué demonios?».

—Estábamos esperando —dijo el soldado—. Raúl, de la cocina, nos pidió ayuda para hacerla entrar.

—Tú eres con quien he estado hablando —dijo Rose observando al uniformado, que no podía tener más de veinte años.

El muchacho asintió enérgicamente con la cabeza y señaló a su compañero, que ya había soltado a Lemus.

—Yo soy Varían y él es Saúl.

El segundo uniformado inclinó un poco la cabeza a manera de saludo, los dos se veían bastante jóvenes, demasiado.

—Deben darse prisa, Robert estará en su despacho —dijo Saúl mientras abría la puerta.

Tanto Rose como Lemus dudaron por un segundo. Podía ser una trampa, y estarían entrando en ella por voluntad propia. Pero, a esas alturas, no tenían muchas alternativas. Así que, arriesgándolo todo, atravesaron el umbral.

Del otro lado no solo estaba Raúl, el cocinero; sino un grupo de unos diez soldados y otras quince personas, todos empleados de la casa. De inmediato hicieron una gran reverencia apenas Rose entró. De pronto el gesto le hizo sentir incómoda; hacía muchos años que la gente no hacía eso al verla.

—Vimos el video —dijo uno de los uniformados, dirigiéndose a Rose—. Nosotros no sabíamos lo que había hecho, eso no fue lo que nos dijeron.

Las manos de Rose estaban inquietas, y su corazón se voló un latido al escuchar al soldado. Lemus se acercó a ella y la tomó de la mano.

—Eso era lo que pensábamos —dijo el castaño—. Por eso mismo mostramos el video, todos merecían saber la verdad.

—¿Cómo llego hasta Robert? —La voz de Rose era clara y firme, casi había sonado como orden. La orden de una reina a su guarda.

—Él está en su despacho, pero hay muchos guardias en el camino —habló el cocinero—. Sin embargo, si me lo permite, yo tengo una idea que podría servir para llegar sin que los vean.

—Te escucho.