59
Enzo
H abían lanzado un misil, Dios, habían lanzado un misil.
Enzo sintió que el estómago se le revolvía al ver lo que el Régimen había hecho, era una locura.
Ahora mismo había mujeres llorando los cuerpos calcinados de sus esposos o hijos, las personas habían quedado en un estado de shock que el Régimen aprovechó, y comenzó a avanzar.
A su lado Melisandre estaba pálida, las lágrimas corrían por su rostro mientras observaba todo con los puños apretados.
Ella había peleado, tal y como había dicho que haría, lo había dado todo en el enfrentamiento… y ahora esto.
—Mel, vamos, tenemos que salir de aquí —dijo Enzo, enseguida agarró del brazo a la rubia y la arrastró lejos.
Ella no había dicho una sola palabra desde que el misil cayó. Esto tenía que acabar, Enzo rogaba porque Rose estuviera ya en el Banco rumbo a Londres para poner fin a esto.
De un momento a otro, Melisandre dejó de avanzar, se quedó completamente inmóvil y cuando Enzo se giró para verla, la encontró con los ojos fijos en los soldados y una granada potente en las manos.
—Mel, ¿qué estás haciendo?
La rubia giró la mirada hacia él, aún estaban cayendo lágrimas por su rostro, y en Enzo se acrecentó un sentimiento de angustia que hacía mucho no sentía. Tenía un mal presentimiento.
—Lo lamento —dijo ella mirándolo a los ojos—. Pero tengo que faltar a mi promesa.
Antes de que Enzo entendiera a que se refería, Melisandre se lanzó a correr con la granada en la mano, justo hacia los soldados del Régimen. El pánico se apoderó de Enzo, y de inmediato se lanzó tras ella, pero fue demasiado tarde.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, quitó el seguro de la granada y se giró para mirarlo a los ojos. Le regaló una última sonrisa que hizo cortocircuito en su cuerpo, mientras él seguía esforzándose por alcanzarla.
Entonces, Mel extendió el brazo hacia atrás con fuerza y luego lanzó la granada, directo a los soldados… y el mundo explotó.
La detonación hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Esa no era una granada común, Melik se los había advertido. El chico les dijo que solo la usaran en caso de emergencia.
El humo generado por la explosión le dificultaba encontrarla. De pronto todo el mundo se había quedado callado por un instante, mientras veían caer a los soldados, y eso fue todo lo que se necesitó.
De los balcones de los edificios que rodeaban las calles aparecieron francotiradores. Al principio, Enzo pensó que eran del Régimen, por el uniforme, pero entonces los soldados empezaron a caer uno por uno y las personas volvieron a levantarse con más ímpetu.
Cuando al fin logró hallarla y llegó hasta ella, tenía la mirada fija hacia el lugar donde la granada había caído.
—Mel —dijo, la rodeó entre sus brazos y la estrechó contra él—. ¡Estás loca! —exclamó con orgullo, y a la vez, el pánico se filtró en su voz. Luego murmuró en su oído—. Eso fue genial.
La rubia correspondió al abrazo y se aferró a él por un instante, para luego sacar el rostro de su pecho y besarlo. Lo besó con fuerza y determinación, y Enzo sintió como cada partícula de su cuerpo reaccionaba ante eso, reaccionaba ante ella.
Lo siguiente ocurrió demasiado rápido…
Se escuchó el sonido de un disparo en la distancia, las manos de Mel apretaron con fuerza su camisa, mientras un grito ahogado se escapaba de sus labios en total agonía.
Enzo se separó y notó la humedad en sus manos, ahí donde la sostenía por la espalda ahora había sangre, la sangre de ella.
La chica se derrumbó en sus brazos y cuando él levantó la mirada encontró al soldado aun con el arma fuera de su funda y una sonrisa en los labios.
Otro sonido fuerte y claro de disparo resonó en sus oídos y el soldado cayó con un tiro en su frente, fue un francotirador, pero eso ya no le importaba. Le habían disparado a Melisandre… agonizaba en sus brazos.
Lemus
El camino hasta el banco fue corto. Se encontraban a pocas cuadras, pues había sido construido cerca de la frontera con Londres para que sirviera en ambas partes.
Ya en el banco, Lemus se preguntaba ¿qué era lo que se suponía que iban a encontrar allí? Rose le dijo que la ayuda los estaría esperando para llevarlos hasta Londres, pero él no veía más que casas y edificios.
—Enzo dijo que habría una señal —comentó Rose a su lado, más para ella misma que para él.
Ella miró en todas las direcciones con el ceño fruncido, y al igual que él, la incertidumbre se vislumbraba en su rostro.
Lo que ocurrió hacía unos momentos aún se estaba repitiendo en la mente de Lemus una y otra vez.
El misil, los gritos, el dolor… Pero no podía demostrarlo, Rose ya se encontraba mal, y verlo a él de aquella manera solo la haría desmoronarse.
Así que prefería quedar como un idiota sin corazón ahora mismo, para poder sacarla de allí y terminar con esto; ya después, cuando el temblor pasase, podría desmoronarse junto a ella, para luego levantarse a su lado.
—Tal vez… —Las palabras murieron en los labios de Lemus, cuando vio un leve resplandor desde el interior del banco.
Con pasos lentos fue acercándose cada vez más, podía sentir la mirada de Rose sobre él, siguiéndole.
De nuevo volvió a aparecer aquel destello de luz, esta vez Lemus si estaba seguro de que lo había visto, aunque aquello podía ser una trampa.
Sin embargo, ¿qué posibilidades había de que el Régimen los estuviera esperando en el mismo lugar al que los envió Enzo?
—¿Qué es? —preguntó Rose con impaciencia colocándose a su lado—. Daniel se unió a ellos al poco tiempo.
—Ahí —dijo Lemus señalando hacia el interior del banco. Aunque ahora mismo se veía oscuro y vacío.
—Yo no veo nada —dijo ella frunciendo el ceño.
—Paciencia, bella, ya verás.
Rose soltó aire al lado suyo con impaciencia, pero permaneció viendo detenidamente al interior del banco, hasta que unos segundos después la luz volvió aparecer, parpadeante y clara igual que hacía unos minutos.
Rose inhaló con fuerza a su lado y Daniel soltó una palabrota; luego tendrían que hablar con el chico sobre su lenguaje, se había pasado todo el viaje con la boca llena de groserías.
—¿Esa es la señal? —preguntó el chico, mirando con detenimiento hacia el lugar donde se había visto la luz.
—No lo sé —contestó Rose sin mirar a nadie—. Pero vamos a averiguarlo.
Y sin decir nada más sacó sus jambias de las fundas y se adentró en el banco atravesando las puertas sin mirar atrás.
Lemus se quedó contemplándola un instante. La manera en que su trenza se movía, o como la ropa se le ajustaba como una segunda piel… Todo su cuerpo parecía vibrar cuando estaba cerca de ella. Y el hecho de que estaba dirigiéndose hacia lo que podía ser su final, lo hacía sentirse aterrado.
Desde el momento en que le dijo que mataría a Robert, el corazón de Lemus no había vuelto a latir con normalidad.
Había muchas maneras en que esto podía terminar, y en muchas de ellas, Rose no acababa bien.
Por eso había insistido en acompañarla, en ninguna circunstancia dejaría que se enfrentara sola a todo.
Él estaría allí y se encargaría de que estuviera bien.
Una vez dentro del banco, todo fue oscuridad.
No había ni asomo de la señal que habían visto desde fuera, pero sabían que no estaban solos.
Los tres se unieron flanqueando cada ángulo del lugar, mientras trataban de no tropezar ninguna mesa o hacer algún ruido.
Entraron con las armas desenfundadas. Si estos no eran los aliados de Enzo, estarían preparados.
De pronto vieron sombras desde la puerta del fondo y detrás de la zona de cajeros.
Lemus apretó el agarre que tenía en su revólver y se atrevió a avanzar unos pasos hacia donde se veía el movimiento.
Al poco tiempo las sombras fueron tomando forma hasta que se vieron rodeados.
Había tanto hombres como mujeres, pero lo que más llamó la atención de Lemus fue que en sus chaquetas se veía la bandera de Estados Unidos, ¿qué demonios pasaba ahí?
A la cabeza, estaba una chica de cabello rubio, y algo bajita. La mujer tenía la mirada clavada en Rose.
—Princesa —dijo la rubia haciendo una reverencia hacia Rose. La pelirroja frunció el ceño y no se movió ni un centímetro de donde estaba.
Lemus pudo notar por su acento que era americana. Por unos minutos todos se quedaron fijos donde estaban, sin moverse ni pronunciar palabra alguna, las manos de Lemus se movían cautelosas cerca de sus armas.
—Bueno… ¿Y tú eres…? —habló Daniel rompiendo el silencio que se había posado en el lugar.
La mujer rodó los ojos y le sonrió; instintivamente Lemus dio un paso al frente quedando delante del muchacho.
—Mi nombre es Thays, conozco a Enzo. Él me dijo que necesitan ayuda para llegar a Londres.
—¿Y de donde se supone que lo conoces? —preguntó Rose cortante.
Antes de que la rubia contestara, un hombre grande de cabello castaño dio un paso al frente e hizo una reverencia.
—Eso es gracias a mí —dijo el hombre que ahora estaba de pie junto a Thays—. Mi nombre es Mauricio, soy el encargado de la casa segura de Huntingdon.
Rose pasó la mirada detenidamente por el hombre y Lemus intentó por todos los medios que eso no le afectará. Sin embargo, Thays no parecía muy contenta.
—¿Terminaste de evaluarlo? —preguntó la rubia entre molesta e impaciente.
Rose le regaló a la muchacha una sonrisa con todos los dientes.
—Tranquila chica, no es mi tipo. —Y antes de que la muchacha contestara, se dirigió a Mauricio—. ¿Cómo llegamos a Londres?
El hombre parecía incómodo con la situación, sin embargo, le dio una mirada a la rubia y volvió a dirigirse a ellos.
—La ciudad está rodeada, las calles llenas de soldados, sin embargo, estamos solo a un paso de Londres y la casa presidencial está muy cerca de la frontera, apartada del resto. —Mauricio tomó una respiración profunda antes de llegar—. Deben viajar bajo tierra.
—Las alcantarillas —murmuró Lemus, y Mauricio le dio un asentimiento.
—Thays y su gente han estado moviéndose por ese medio hace ya más de dos meses. Son efectivas —aseguró el hombre.
—Y rápidas —intervino la rubia.
Rose le dio una mirada a Lemus, antes de mirar a Daniel. Ella no debía decir más, él entendió perfecto lo que quería decirle y estaba de acuerdo.
—Muy bien —dijo Rose—, pero antes voy a necesitar un favor.
—Por supuesto —comentó Thays mirando a Rose.
La pelirroja miró a la chica por un instante, luego dio un paso hacia ella y señaló a Daniel.
—Él es Daniel —habló Rose—. Quiero que lo cuides mientras estamos en Londres.
—¿¡Qué!? —Daniel brincó en el puesto y miró a Rose y a Lemus, con los ojos muy abiertos—. Yo voy con ustedes, no soy un chiquillo para que me cuiden.
—Lo sé —dijo Lemus dirigiéndose al chico—. Eres un joven increíblemente valiente Daniel, pero esto es algo que debemos hacer nosotros.