Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 58
93%

58

“Quiero morir siendo esclavo de los principios no de los hombres”

—Emiliano Zapata

Gabriel

E l aire se volvió pesado en la garganta de Gabriel, como si lo ahogara. Sentía la vida escapársele entre los dedos cuando el general Randall sujetó a Rose por el brazo para arrancarle la máscara.

«Ella no puede morir» . Se aferró a ese pensamiento mientras buscaba la forma de acercarse. No habían atravesado todo un infierno para terminar así. Él no la había salvado para verla morir.

Dio un par de pasos, pero Randall llevó las manos a la máscara y el cuerpo de Gabriel se tensó por completo. Sin embargo, no fue el rostro de su amiga el que apareció.

Bajo la máscara de zorro estaba Lilith Morrison con una sonrisa amplia y descarada. Una vieja conocida suya… y de Rose. Famosa por estafar a los ricos.

“Amiga” no era la palabra más adecuada, pero Gabriel estaba seguro de algo: le debía un favor a la pelirroja.

—¿Quién demonios es esa chica? —La voz de Melik sonó sorprendida y angustiada a su lado.

Gabe colocó una mano sobre el hombro del rubio y se inclinó para susurrar en su oído.

—Su nombre es Lilith, y estoy bastante seguro de que es tu respaldo.

Melik lo miró con el ceño fruncido y luego volvió a mirar hacia la escena: la chica frente a Randall, que en ese momento le preguntó dónde estaba Rose.

—Ella está donde tiene que estar —dijo Lilith, y con un movimiento de sus manos logró tumbar el revólver de las manos del general.

La ira fluyó por el rostro de Randall, y no tenía nada que ver con lo que Lilith acababa de hacer.

El general pegó un grito que retumbó en el aire y el infierno se desató nuevamente.

Las filas de soldados volvieron armarse, pero los ciudadanos se mantuvieron en pie.

Lilith comenzó a retroceder, y logró escapar para encontrarse con él y Melik.

Cuando se detuvo frente a ellos, con una mano presionando el hombro herido, le lanzó a Gabe una mirada poco sutil mientras lo recorría de pies a cabeza. A su lado, Melik se removió incómodo.

—Mira nada más cuánto has crecido, pequeño Gabe —dijo la chica guiñando un ojo.

Y antes de que el moreno pudiera decir algo, Lilith se giró hacia donde Melik estaba y le dio un leve asentimiento con la cabeza.

—Melik Thompson, yo soy Lilith Morrison, mi gente y yo estamos a tu servicio.

Los ojos de Melik se abrieron con sorpresa, al tiempo que Gabriel se quedaba boquiabierto. La pelirroja se giró para mirarlo de nuevo y con la frente en alto le dijo:

—No iba a seguir órdenes tuyas, pequeño Gabe.

—¿Dónde están Rose y Lemus? —La voz de Melik cortó como el acero, pero Lilith pareció no notarlo o simplemente, no le importó.

—Rumbo a Londres —contestó la chica con una mueca de dolor mientras presionaba sobre su hombro—. Dijo algo sobre acabar el mal de raíz.

Gabe y Melik compartieron una mirada preocupada. A Gabriel esto no le gustaba nada, estaba seguro de que Rose había ido directo a buscar al presidente Robert. Era una total locura. Brillante, pero una locura.

—Vamos a curarte el brazo —le dijo el moreno a la chica, haciendo un ademán hacia una de las esquinas detrás de un camión de suministros. Pero ella no lo estaba viendo a él, tenía los ojos fijos en las filas de soldados, y cuando Gabriel siguió su mirada descubrió lo que veía.

Geoffrey Randall estaba alejándose del enfrentamiento seguido por dos de sus soldados, justo hacia un convoy militar.

«Va por Rose» , el pensamiento atravesó su mente y puso todo su cuerpo en tensión. Pero antes de poder hacer algo, una explosión sacudió la tierra desde lo lejos.

—¿Qué fue eso? —preguntó Melik adelantándose a sus pensamientos.

—Esos somos nosotros atacando —contestó la chica, mientras partía un trozo de tela de su camiseta y se envolvía el brazo herido—. La bala solo me rozó, estoy bien —dijo ante la mirada desaprobatoria de Melik—. Ahora, ¿cuáles son las órdenes?

Melik volvió la mirada hacia Randall, y luego miró a Gabriel. El moreno le sonrió y le dio un pequeño asentimiento con la cabeza.

—Empujamos, presionamos y entramos a la ciudad. Rose nos va a necesitar.

Rose

Todo estaba saliendo según el plan. Habían logrado entrar en Cambridge, y justo como lo habían pensado, la ciudad estaba hecha un caos.

La gente estaba por todas partes, y aunque aún no se había llegado a abrir fuego en ninguna de las dos partes, los soldados estaban con armas eléctricas preparados para quitarse de encima a cualquiera dispuesto a dar problemas.

Los ciudadanos por su parte estaban listos, a la espera de la mínima señal para empujar; y eso fue justo lo que pasó.

Una detonación resonó a lo lejos. No era un ataque, sino un mensaje: la señal que estaban esperando.

Al instante, las campanas de las iglesias empezaron a repicar con fuerza y la gente se dispersó. Los soldados, con el ceño fruncido y las armas en mano, miraban a su alrededor.

La plaza y las calles cobraron vida, moviéndose como una serpiente que se desliza hacia su presa… hasta rodearla por completo.

Eran cientos de personas las que ahora con armas en mano, y vestidos para el enfrentamiento, daban cara a los soldados del Régimen, quienes no parecían comprar lo que estaba pasando.

—Esto va a explotar —dijo Lemus agarrando su mano y acercándola hacia él.

—Sí, y no va a ser nada bonito —contestó ella, presionando su cuerpo al torso de Lemus.

A su lado, Daniel miraba todo con los ojos muy abiertos, sin soltar en ningún momento el arma que llevaba en las manos. Los tres iban armados con varios revólveres y granadas para cualquier emergencia.

Se suponía que esa parte del plan la ejecutaría sola.

Y aun creía que era lo mejor, pero Lemus se negó a dejarla entrar si no iba él, alegando que necesitaría apoyo.

Rose estuvo a punto de refutar, pero entonces apareció ese destello en su mirada, ese algo que lo delató por completo, hasta el punto en que pudo ver lo aterrorizado que estaba de perderla.

Sintió una punzada de dolor en su corazón, así que solo se limitó a asentir con la cabeza y le permitió acompañarla.

Si a él llegara a pasarle algo, nunca se lo perdonaría. Luego estaba Daniel, que no quería separarse ni un segundo de Lemus, el chico lo veía como algo muy parecido a un héroe.

Y así fue como la misión que comenzó con uno, terminó siendo de tres. Ahora debían encontrar la manera de llegar hasta el banco principal de la ciudad, si Enzo no se equivocaba, había alguien esperándola.

—Tenemos que movernos —dijo ella. Se colocó la capucha del abrigo sobre su cabeza y le hizo señas a sus amigos para que la imitaran.

Los soldados avanzaron hacia los ciudadanos, ordenándoles retroceder o abrirían fuego.

Al fondo, Rose distinguió varios tanques militares a la espera de una señal.

La piel se le erizó al imaginar lo que aquello provocaría.

Ella había puesto todo en marcha; estaba usando esa distracción y, aunque sabía que muchos morirían, era la única forma de hacer que funcionara. Su única oportunidad.

Un grito surgió desde el fondo y más personas irrumpieron en escena, armadas y vestidas como el resto.

Entonces el Régimen atacó. Los disparos comenzaron a llegar desde todas las direcciones.

Ella y Lemus flanqueaban a Daniel, manteniéndolo en medio pese a que el chico se resistía; era incluso más terco que ella.

Los cuerpos empezaron a caer en ambos bandos y la sangre fue tiñendo las calles.

Tenían que moverse rápido: cada segundo que perdían significaba más muertos.

Lemus no dejaba de disparar a su espalda, y ella hacía lo mismo en su lado.

Más adelante, la gente había levantado una especie de barricada que ofrecía cierta protección, desde donde provenía la mayoría de los disparos.

«No pueden concentrarse todos en un solo punto» , pensó Rose.

Sería un blanco fácil para granadas o explosivos.

Lemus también tenía la mirada fija allí.

Su expresión confirmó lo que ella ya sabía: pensaban lo mismo, pero no podían detenerse.

Se abrieron paso entre la multitud y comenzaron a salir de la plaza en dirección al banco.

Las calles estaban desbordadas; los uniformados irrumpían en los locales, destruyendo todo a su paso.

La ciudad se había convertido en un caos.

En algún lugar, algo ardía, y el humo se mezclaba con el aire cargado de pólvora.

Rose se volvió para mirar por última vez la plaza. Con un extraño orgullo, vio cómo la gente empujaba al Régimen cada vez más lejos de la frontera. No faltaba mucho para que cedieran. Para que Londres quedara abierta.

Entonces algo cruzó el cielo. No tuvo tiempo de reaccionar. El impacto retumbó y el suelo vibró bajo sus pies… Un misil.

La sangre abandonó su rostro. A su lado, sintió cómo el cuerpo de Lemus se tensaba, mientras Daniel soltaba una cadena de maldiciones. El impacto había dado en la barricada. Los habían matado.

El mundo se volvió silencio dentro de su cabeza. Solo podía pensar en esas personas que, un instante antes, lo habían dado todo por su país… por ella. El ardor de las lágrimas le nubló la vista y un temblor incontrolable recorrió su cuerpo. Era su culpa. Todo.

Unas manos le sostuvieron el rostro. El calor y la suavidad del gesto la descolocaron. No lo merecía. Con esfuerzo, se apartó y retrocedió. Las lágrimas finalmente cedieron y comenzaron a correr libres por su cara.

Frente a ella, Lemus permanecía con los brazos extendidos, con una expresión en la que se mezclaban el dolor… y algo más.

—Bella —dijo Lemus acercándose a ella—. Amor, mírame. —Sin quererlo los ojos de Rose habían vuelto a viajar hacia el humo y los gritos de más allá—. Mírame —Las manos del castaño alcanzaron su rostro y gentilmente la obligaron a apartar la mirada del caos.

Y entonces lo vio. Lemus estaba preocupado, estaba tan pero tan preocupado que ya era imposible ocultarlo, era como si un velo hubiese caído y él no pudiera volver a ponerlo. Rose intentó apartarse de él, sentía que no merecía su preocupación, pero no se lo permitió.

—Es todo mi culpa —dijo ella con un hilo de voz—. Yo ocasioné todo esto, ellos… ellos están… —Las palabras se atoraron en su garganta y fueron interrumpidas por un sollozo que brotó de sus labios.

—Shh, oye amor escúchame. —Lemus había logrado acercarse aún más a ella y ahora estaban uno justo sobre el otro—. Esto no es tu culpa.

—Sí lo es —aseguró, haciendo énfasis con la cabeza—. Yo mostré el video, hice que se revelaran, ¡y ahora los están matando a todos! Así como mataron a Ruth, todo el mundo siempre muere por mi culpa.

—No. —La voz de Lemus era grave y firme; sin embargo, la dulzura seguía adherida en cada letra que decía—.

No es así, puede que tu mostraras ese video, pero esto —dijo Lemus señalando a su alrededor, el caos los gritos—, esto no es solo por ti, es por todos.

Las personas están luchando por ellos mismos, tú les mostraste la realidad y ellos decidieron pelear.

Nosotros elegimos pelear. Y Ruth. —La voz de Lemus se había vuelto pastosa, entrecortada—.

Ella también habría peleado, de hecho creo el sacrificio fue su forma de luchar.

Rose se quedó viendo a Lemus por un instante, olvidando donde estaba, solamente dejándose llevar por esos hermosos ojos de tormenta que tanto le gustaban.

¿Cómo era posible que él no la culpara? Rose extendió su mano temblorosa y recogió un mechón de cabello que bailaba sobre el rostro del castaño, y lo pasó tras su oreja.

—Yo también elegí luchar. —La voz tímida de Daniel se escuchó a su lado—. Esto no es tu culpa Rose, Lemus tiene razón.

Ella se volteó para mirar al chico que la veía con sus grandes ojos azules, y sin poder evitarlo le sonrió, y fue bastante peculiar la manera en que el muchacho se sonrojó.

Tras ella, escuchó la pequeña risa de Lemus para luego sentir sus brazos rodeando su cintura mientras la atraía hacia él.

Acto seguido la besó. Al comienzo solo fue un roce, un pequeño tacto entre sus labios, sintiendo cada uno la calidez de la boca del otro, para luego besarse lentamente, moviéndose juntos en un baile lleno de amor y ternura.

Una promesa de que había más. Al separarse él le sonrió y ella sintió su corazón expandirse.

Lo amaba, Dios lo amaba tanto que a veces sentía que le dolía. Entonces le sonrió en respuesta.

—Vamos, bella, hay un banco esperándonos —dijo Lemus tomando su mano. Se giró hacia Daniel, quien los miraba con una sonrisa triste, entonces corrieron calle arriba al banco principal.