57
“La revolución no se lleva en los labios para vivir de ella, se lleva en el corazón para morir por ella”
—Che Guevara
Melik
«O h por Dios, oh por Dios»… ese era el pensamiento que se estaba repitiendo una y otra vez en la cabeza de Melik desde el momento en que la primera detonación se escuchó.
Al parecer, cuando el video de Rose fue transmitido, las vías de acceso a Londres fueron selladas y las barricadas del Régimen se apoderaron de las entradas, una medida para evitar que la revolución llegara hasta el presidente.
Aunque ahora mismo, viendo a las personas lanzar granadas caseras contra los militares para despejar la entrada, Melik dudaba mucho de que el bloqueo durase demasiado.
Tanto él como Gabe estaban en Watford cuando el video de Rose había salido al aire la noche anterior.
Fue una locura, las calles habían comenzado a llenarse de gente en cuestión de minutos, y el rumor del bloqueo de Londres se propagó como pólvora, incrementando la rabia de las personas.
Los contactos de Marcos no habían llegado hasta esa parte del país, pero eso no fue necesario, todo el mundo había quedado indignado con las imágenes de ese video, y si bien algunos seguían guardando rencor a la realeza, ahora mismo el odio hacia el Régimen era mayor.
Esa noche se habían visto obligados a pasarla en un hostal debido a la revuelta.
Los gritos y el clamor de las personas se escucharon hasta muy entrada la mañana, sin embargo, no había sido más que una protesta.
Pero, en otras ciudades como Cambridge, donde su hermana y Enzo se encontraban, las cosas habían sido distintas.
El Régimen había tenido que intervenir, y muchos habían salido heridos.
Gracias a Dios, su hermana no había sido uno de esos.
Pero ahora, al caer la tarde, ya no quedaba nada de pacífico en lo que estaba ocurriendo. A su alrededor, la gente armada disparaba contra la barricada que el Régimen había levantado; el olor a sudor y sangre impregnaba el aire, y los gritos tomaban las calles.
—Esto es una locura. —La voz de Gabe se escuchaba amortiguada por el bullicio a su alrededor.
—Es la locura que necesitábamos —contestó él fijando su mirada en Gabriel—. ¿Estás listo? —preguntó, demostrando más seguridad de la que sentía.
Gabriel le dedicó una sonrisa llena de dientes y tiró de las solapas de su camiseta antes de estampar sus labios contra los suyos.
El vello de su cuello se le erizó al instante y Melik llevó las manos hasta la nuca del moreno, aferrándose a él mientras el beso se profundizaba. Poco a poco, Gabe fue separándose.
—Ahora sí estoy listo —habló el moreno, girándose hacia la revuelta.
Avanzaron entre la multitud sin separarse demasiado. Llevaban las máscaras puestas, y eso bastaba para atraer miradas.
Con cada paso, la masa crecía. Los gritos se intensificaban, al igual que las detonaciones. El olor a pólvora le picó en la nariz a Melik, y entonces comenzaron a ver los cuerpos esparcidos sobre el asfalto. Su respiración se volvió pesada.
Llevaban semanas preparándose para ese momento, entrenando, practicando… pero nada se comparaba con la realidad.
Y la realidad era aterradora.
—Controla la respiración, cariño. —La mano de Gabe se había cerrado sobre su hombro y lo había girado para quedar frente a él—. Mírame, Melik.
Hizo un esfuerzo y se centró en mirar solamente a Gabe mientras inhalaba y exhalaba como le indicaba. Poco a poco el aire volvió a entrar sin dificultad en sus pulmones, y se fue liberando del agarre de Gabriel.
—Lo lamento —balbuceó—. Yo…
—No hay nada que lamentar —lo cortó Gabriel—. Nadie está preparado para esto.
Antes de poder decir algo, o siquiera pensar, una honda expansiva bajo sus pies, seguida del sonido de una explosión, los lanzó a ambos de espaldas.
La arena y el humo se mezclaron en el ambiente haciendo difícil ver lo que estaba pasando.
Poco a poco Melik se levantó y junto a Gabe comenzaron a avanzar hacia el lugar de donde había provenido la explosión, pero solo bastó que dieran cinco pasos para que las filas de los soldados del Régimen aparecieran ante ellos.
La barricada solo era el comienzo. Sin pensarlo dos veces, Melik sacó sus armas de la gabardina y se puso en posición de ataque.
Las personas a su alrededor parecieron dudar si debían seguir o retroceder, pero luego de que el primero se colocara junto a Gabriel, el resto copió sus pasos.
Ahora parecían una escena sacada de alguna película, dos ejércitos mirándose frente a frente.
Uno mucho más grande y dotado que el otro, esperando la señal para lanzar el primer ataque.
Melik había traído consigo granadas y gases al igual que Gabriel y no dudaría en lanzarlos si era necesario, pero, en su interior, sabía que no era suficiente, ellos eran demasiados.
Sin embargo, Rose había asegurado que tenía gente en esa área, personas que vivían fuera del radar, en otras palabras, los llamados “indeseables”, grupos al margen de la ley.
Melik no quería saber cómo era que se conocían, la pelirroja dijo que serían fáciles de reconocer; él solo rezaba que llegaran antes de que todo acabara.
Desde el ejército contrario, las filas comenzaron a abrirse para darle paso a alguien.
La sangre de Melik se congeló cuando el general Geoffrey Randall apareció, vestido con su impecable uniforme y una sonrisa en el rostro.
A su lado, un hombre también de uniforme llevaba un megáfono en las manos, se lo extendió al general y este se dirigió a la multitud.
—Regresen todos a sus casas y eviten una masacre innecesaria. —La voz del general se escuchó plana y carente de emoción.
Por un segundo la multitud se quedó en silencio, pero luego, desde algún punto alguien gritó: “¡Cobarde!”, después de eso las voces se hicieron coros gritando al general “cobarde” e incluso “asesino”.
Desde donde estaba, Melik podía notar el disgusto y la irá creciendo en el rostro de Randall, antes de volver hablar.
—Están haciendo todo esto por una loca que dice ser la princesa, pero díganme ¿dónde está su princesa ahora? porque yo no la veo peleando con ustedes.
El murmullo comenzó a crecer entre las personas y Melik podía ver la incertidumbre entre los que estaban allí, por eso, sin darle tiempo a la duda, dio tres pasos al frente y respiró hondo.
—La princesa representa a Inglaterra —gritó Melik, llamando la atención de todos—. E Inglaterra somos todos, Así que para responder a tu pregunta, Rosalyn está aquí en cada uno de nosotros.
—Eso es patético —respondió Randall entre risas—. Además…
Un estallido rompió el aire. Una bengala surcó el cielo, bañándolo de luz, y otra detonación respondió desde el lado opuesto… luego una más. El olor a pólvora se volvió insoportable, y el humo nubló la vista de Melik.
Entonces lo sintió: pasos en marcha. El suelo vibró bajo sus pies.
Desde cada callejón y avenida comenzaron a surgir filas de figuras vestidas con gabardinas negras.
Todos llevaban máscaras de animales —panteras, osos, tigres, búhos—, pero una presencia destacó por encima del resto: una mujer de gabardina verde, cabello rojo y máscara de zorro que encabezaba la marcha.
Era Rose. Avanzó por la calle mientras la multitud se abría a su paso; algunos incluso inclinaban la cabeza en señal de respeto. Ella, sin embargo, no miraba a nadie más. Tenía los ojos fijos en el general.
Se detuvo a unos metros de él… y sonrió, desafiante. El corazón de Melik se aceleró al instante. Sabía lo que venía. El general sostuvo la mirada de la pelirroja y, sin apartarla, dio la orden:
—¡Ataquen! —Y entonces, el infierno se desató.
Todo pasó demasiado rápido. Los soldados abrieron fuego, y la gente respondió de inmediato. El suelo empezó a llenarse de cuerpos antes de que nadie pudiera reaccionar.
Entonces, un grupo de militares se separó del resto y rodeó la zona para ponerse del lado de los ciudadanos. Disparaban contra el Régimen. Los soldados dudaron, desconcertados… pero él lo entendió al instante: eran los contactos de Gabe.
Los disparos llegaban desde todas partes. Los gritos se volvieron ruido de fondo. Melik nunca había recargado un revólver tan rápido en su vida. Los músculos le ardían por el esfuerzo, pero no podía detenerse.
Frente a él, un soldado apuntaba a una mujer de espaldas, forcejeando con otro militar.
Sin pensarlo, levantó el arma y disparó.
La bala le atravesó la cabeza. Tenía las manos y el rostro manchados de sangre.
Había perdido la cuenta de cuántos había derribado…
y era mejor así. No podía pensar en eso.
No cuando aún podía perderlo todo: Melisandre, Lemus, Gabriel…
Gabriel llegó hasta él y, al verlo cubierto de sangre, empezó a preguntarle si estaba bien.
Iba a responder que no era suya, pero algo llamó su atención: un destello en movimiento.
Giró la cabeza y vio a Rose con cuchillos en mano, derribaba a los soldados uno tras otro.
Había algo distinto en ella. No se había acercado, Lemus tampoco estaba por ningún lado.
No podía pensar en eso ahora. Todo había estallado demasiado rápido. Rose acabó con los últimos y se giró hacia ellos. Les lanzó una mirada que Melik no supo interpretar… Y entonces, un grito de horror rasgó el aire. Era Gabriel.
—¡Cuidado! —Seguido del sonido de un disparo.
Rose alcanzó a moverse, sin embargo, la bala le dio en el hombro y la hizo caer. Antes de que Melik o Gabriel pudieran llegar hasta ella, Geoffrey Randall se encontraba apuntando con un arma la frente de la pelirroja.
El mundo pareció detenerse en ese instante, tanto los soldados como los ciudadanos habían dejado de pelear, y observaban la escena, algunos con satisfacción en su rostro y otros con dolor.
—Realmente creíste que te saldrías con la tuya. —La voz del General, se escuchó por todo el lugar—. Tantas muertes para nada —continuó hablando Randall.
—Yo no cantaría victoria —lo interrumpió la pelirroja, y hubo algo en su voz, que hizo que la piel de Melik se pusiera de gallina.
—¿Ah no? —El veneno y la burla estaban palpables en las palabras del general— ¿Es que acaso estás ciega? Mira a tu alrededor, ¡se acabó!
Entonces sucedió. Aún tirada en el suelo, con sangre saliendo de su hombro, la pelirroja comenzó a reírse, una auténtica y ronca carcajada salió de sus labios.
Gabriel dio un paso hacia el frente con el ceño fruncido, y un revólver en cada mano.
Melik tenía la sensación de que algo grande estaba a punto de suceder.
—De acuerdo —dijo Rose, aún sin contener la risa—. Tal vez deberías reclamar tu premio entonces —lo retó la chica incorporándose.
Randall pareció dudarlo por un instante, pero entonces esa media sonrisa volvió aparecer en su rostro, se acercó hasta Rose y lentamente, retiró la máscara de su cara.
Unos ojos amarillos aparecieron a la vista, seguidos de una nariz respingona y unos labios delgados, la chica era muy atractiva… pero no era Rose.
La cara completa del general pareció deformarse y convertirse en una mueca de disgusto.
—¿Dónde está? —preguntó con los dientes apretados.
—Ella está donde tiene que estar.
El grito que salió de la garganta de Randall hizo eco en el aire. La batalla no había terminado.