56 #2
—No lo puedo creer. —Fue lo único que salió de sus labios, antes de empezar a recoger sus cosas para salir del salón.
—No lo dije para hacerte sentir mal, Mel —dijo Enzo, a la vez que se levantaba de la banca para acercarse a ella—. Solamente que no quiero que nada te pase, sé que has entrenado, pero créeme, lo que va a pasar, no va a ser como los entrenamientos.
—Ya sé que no será como los entrenamientos, no soy idiota Enzo.
—La ira se estaba formando en el interior de la rubia, por lo que tuvo que hacer una pausa y tomar una gran bocanada de aire antes de seguir—.
Sé que te preocupas, pero es bastante insultante que no me des siquiera el beneficio de la duda en esto.
—Sé que eres buena solo que…
—Solo que nada. Voy a hacer esto —lo cortó Mel, mirándolo fijamente—. A estas alturas ya deberías saber que dejar de lado a alguien no es lo más inteligente, si no quieres hacerme sentir mal, trátame como una igual.
Y eso fue todo. Con la cabeza en alto, Melisandre atravesó la habitación, dejando a Enzo atrás. Él la observó con algo muy cercano al dolor reflejado en la mirada.
Sabía que se había excedido con ese comentario, pero estaba enojada. Y, siendo sincera, si él entendía que ese tipo de actitudes lo habían alejado de Rose, ¿cómo pensó que sí funcionarían con ella?
Cuando llegó a su habitación, sentía los ojos arder de tanto contener las lágrimas. En cuanto cerró la puerta, dejó de resistirse.
Cuando logró calmarse un poco, se dirigió al baño de la habitación para sacarse todo el sudor del entrenamiento y despejarse un poco.
Sin embargo, mientras el agua de la ducha caía sobre su cuerpo, su cabeza no dejaba de pensar una y otra vez en lo mismo.
Ellos habían matado a Ruth, le dieron una paliza a Enzo, mataron a los padres de Rose, de Gabe, de Lemus, y los suyos.
Por nada del mundo se quedaría encerrada. Iba a pelear, los haría pagar.
Cuando estaba terminando de cambiarse, dos golpes se escucharon desde la puerta de su habitación, y por alguna razón, una oleada de nervios se apoderó de ella.
Terminó de deslizarse la camisa por el cuerpo y se dirigió a abrir la puerta.
Frente a ella encontró a Enzo, quien la observaba con esos enormes ojos.
—Lo lamento —dijeron los dos al tiempo, y una tímida sonrisa se posó en los labios del castaño, haciendo imposible para ella no sonreír también.
Melisandre se alejó un poco de la puerta dándole espacio a Enzo para que ingresara en la habitación.
Con paso tímido entró, y se sentó en la cama encendiendo el televisor.
Puso el canal de las noticias. Mel se sentó a su lado y los dos se sumieron en un silencio un poco extraño, hasta que Enzo habló:
—Sé que puedes ayudar Mel, lo sé. —Enzo tenía los ojos fijos en la televisión, sin embargo, ella no podía apartar la mirada de él—.
Es solo que me aterra el hecho de que pueda pasarte algo.
Y no lo digo solo porque tus hermanos me matarían, en especial Lemus, quien creo que incluso lo disfrutaría.
Sino porque a mí en verdad me mataría ver que te pase algo.
Miles de cosas estaban pasando en ese momento con el cuerpo de Melisandre.
Las famosas mariposas aparecieron en escena y se hicieron cargo de su estómago, mientras que su corazón parecía estar corriendo una maratón para salirse de su pecho.
Con mucho cuidado extendió una mano temblorosa hasta tocar la mejilla de Enzo, y lo acarició pasando sus dedos en círculos, mientras él cerraba los ojos al tacto.
—No va a pasar nada Enzo, si ayuda en algo, prometo mantenerme cerca de ti.
Esa frase provocó que él se acercara y la mirase por lo que a Melisandre le pareció, una eternidad.
—Sí, ayuda bastante —susurró, y sus ojos bajaron hasta los labios de ella.
La mano que Mel tenía sobre su mejilla se movió hasta su cabello y enredó sus dedos en las hebras.
Poco a poco fue inclinando un poco su cabeza hasta que sus labios estaban muy cerca y sus alientos se mezclaban.
Entonces él acunó una de sus mejillas y la besó.
No fue un beso tierno ni cálido como ella creía…
fue intenso, y había una necesidad en él que la hacía querer más y más.
Cuando se separaron, ambos estaban respirando agitados.
—No. Definitivamente, no vas a alejarte de mí —dijo Enzo.
Entonces ella rió, de verdad se rio y justo cuando estaba por volver a besarlo, un anuncio de última hora en la televisión la hizo girarse. El enfrentamiento había empezado, Nottingham se había levantado.
Las campanas de la casa segura empezaron a sonar fuertemente a la medianoche sin parar y a lo lejos se escuchaba una alarma.
Sus ojos se encontraron con los de Enzo y ambos sabían lo que esto significa: el momento había llegado.
Se pusieron de pie con un salto y se apresuraron a llegar hasta el salón de las armas donde ya todos estaban a la espera. Enzo la ayudó a colocarse el cinturón para cargar los revólveres y navajas.
Por más que se había dicho que estaba lista para eso, ahora no podía detener el temblor que se había instalado en sus manos, ni el palpitar de su corazón.
Armados hasta los dientes, se dirigieron hacia las puertas de la casa segura para unirse al resto, pero antes de atravesar el umbral, Enzo le apretó la mano y la hizo mirarlo.
—Recuerda lo que prometiste Mel, no te alejes de mí.
Ella se puso de puntillas, presionó sus labios contra los suyos y le susurró:
—No lo haré.