56
Geoffrey Randall
H abía pasado casi un mes desde que descubrió quiénes eran los cómplices de Rosalyn, un mes desde que se enteró de que ella seguía viva.
Aunque ahora que lo pensaba, tenía sentido.
El día en que su padre invadió el palacio real y exterminó a toda la familia, él vio el cuerpo sin vida de la princesa tendido en el suelo, pero luego nadie se percató de que estuviera en la pira cuando todos fueron incinerados.
De hecho, si hacía memoria, podía estar casi seguro de que no lo estaba.
Desde que se enteró de todo, había mantenido sus sospechas para sí mismo, no dijo nada de eso a su padre, mucho menos a sus hombres. Eso solo provocaría una revuelta y era justamente lo que menos necesitaba.
Toda esa situación había saboteado los planes que él venía cocinando a fuego lento desde hacía muchos años.
Había dejado que su padre lo humillara, lo dejara en ridículo en público y en privado, se había convertido en el monstruo que él quiso que fuera.
Aparentemente su padre había olvidado aquel viejo dicho: “algunas veces el alumno supera al maestro”.
Y justo eso era lo que Geoffrey pensaba hacer.
Iba a superarlo, y no solo eso, se encargaría de destruirlo.
Entonces él subiría al poder sin tener que rendirle cuentas a nadie.
El sonido de un pitido lo hizo salir de su ensoñación, el ruido parecía venir de la sala contigua.
De inmediato se levantó del escritorio y se dirigió hacia la habitación justo para detenerse en seco cuando vio el televisor encendido, y a la mujer sin rostro que lo había venido persiguiendo en sueños.
Pero ahora estaba en medio de aquella pantalla… Rosalyn.
La chica parecía estar a punto de dar un discurso. La sangre abandonó el rostro de Randall, justo cuando las palabras salieron de los labios de la pelirroja, y su presentimiento se volvió realidad.
“Buenas noches, ciudadanos de Inglaterra, sé que todos ustedes me conocerán como una de las integrantes de las Bestias de Nottingham, como nos han comenzado a llamar luego de los distintos golpes que hemos hecho. Sin embargo, hoy me dirijo a ustedes para decirles quien soy…”
En ese punto la ira ya había hecho estragos en el interior de Geoffrey y la vista parecía estársele nublando.
—¡Márquez! ¡Stevenson! —El grito del general hizo eco en toda la habitación, y a los pocos segundos dos hombres uniformados y con el rostro carente de color atravesaron el umbral, mientras la voz de Rosalyn seguía inundando la habitación.
“…Durante nueve años he pasado escondida, viviendo en las sombras y teniendo que aguantar como día tras día el nombre de mi familia es difamado, teniendo que aguantar como mi gente es maltratada y privada de sus derechos; pero ya no más. Hoy estoy aquí para revelarme ante el mundo y para decirle al presidente Robert Randall que yo, Rosalyn Brown, princesa de Inglaterra y heredera del trono, sigo viva y no te tengo miedo. Deberías verificar mejor a tus muertos”.
Un eco retumbaba en los oídos del general, «esto no puede estar pasando» , ese era el pensamiento que se repetía una y otra vez como un disco rayado en su mente.
—Se… señor ¿Es eso cierto? —La voz de su subalterno lo trajo de nuevo al presente, y una ira profunda se instaló en él.
Pero antes de que pudiera decir algo, la mujer en pantalla se retiró la máscara y entonces, pudo ver de frente los ojos de su enemiga, y la encontró tan hermosa y desafiante como cuando era solo una niña.
“Entiendo que necesitan pruebas para creer lo que les digo, yo no les diría algo así de no tenerlas. Pero antes de mostrarlas, necesito explicarles algo para que entiendan de donde salieron. El castillo real estaba conectado a través de una red de emergencia a más de veinte casas seguras que se encuentran repartidas por todo el país. El día que el Régimen ingresó por la fuerza, uno de los guardias activó la alarma e inmediatamente esta comenzó a transmitir en vivo a las casas seguras lo que ocurría en el castillo y es justamente eso lo que verán a continuación”, habló Rose.
Cuando dijo esto último, su voz se distorsionó y salió más rota de lo que seguramente quería.
La ira que antes había embriagado a Randall ahora se veía reemplazada por una inmensa vergüenza por lo que hizo aquel día, y por lo que el país vería.
Él no se arrepentía de impartir castigo o matar en guerras; incluso a los desobedientes del país.
Pero aquella noche lo que su padre hizo fue una masacre.
—Apágalo —ordenó a uno de los soldados, negándose a revivir aquellos recuerdos.
—Ya lo intenté señor, no se puede.
—¿A qué te refieres con que ya lo intentaste? No te he visto hacerlo.
—El video se está transmitiendo en todos los televisores de la ciudad, creo que en todos los del país y es imposible apagarlos —respondió el soldado.
La boca de Geoffrey cayó abierta, mientras su cabeza se giraba hacia la pantalla del televisor donde se veía la matanza a flor de piel. Entonces, justo cuando se disponía a salir de la habitación, lo vio. Una pequeña niña, de la mano de un niño más grande, que ingresaban en la alcoba del servicio.
Sus ojos se abrieron como platos cuando el muchacho golpeó sin reparo la cabeza de la princesa y la acomodó junto a los cadáveres que ya se encontraban en el suelo, camuflándola con la sangre de ellos. Luego se acostó a su lado, boca abajo.
La bilis subió a su garganta cuando se vio a sí mismo, mucho más joven, observando sin reparo el que creyó en aquel momento, era el cuerpo sin vida de la pequeña princesa de Inglaterra, quien, en algún momento, fue su amiga.
—¿Qué haremos… señor? —preguntó uno de los uniformados, el disgusto era ahora palpable en sus palabras.
Eso era justo lo que ella quería. Iba a poner al país en su contra, iba a hacerlos revelarse y él estaba seguro de que funcionaría.
—Reúne las tropas, vamos a la guerra.
Melisandre
Grotesco, doloroso, repulsivo… No había una sola palabra que definiera la sensación que aquel video había dejado en Melisandre. Aunque, si tenía que elegir una, sería clara: había sido eficaz. El video había cumplido su propósito con creces.
Bastaron diez minutos para que la gente comenzara a salir de sus casas tras verlo; media hora para que empezaran a agruparse y, en apenas cuarenta minutos, una marcha solemne avanzaba hacia los puestos de seguridad del Régimen. La gente estaba enojada. Muy, muy enojada.
Mel y Enzo abandonaron Huntingdon tras recibir el mensaje de Rose y ahora se encontraban estratégicamente posicionados en Cambridge.
Según la información que manejaba, Gabe y Melik estarían apoyando la rebelión en la frontera opuesta de Londres.
La madrugada no había sido sencilla. La gente estaba inquieta, al borde, y el Régimen no tardó en responder: gases para dispersar a la multitud, empujarla de vuelta a sus casas y sofocar cualquier intento de levantamiento.
Pero aquello no era el final. Algo mucho más grande estaba en marcha, y si el Régimen creía que lo ocurrido durante la madrugada había sido todo, entonces estaba cometiendo un grave error.
Cuando amaneció, la ciudad quedó sumida en un silencio absoluto.
Las clases más humildes —y buena parte de la clase media— no se presentaron a trabajar.
El sector industrial se paralizó por completo, irónicamente sostenido siempre por aquellos que menos tenían: obreros, maestros, enfermeras, aseadores, conductores.
Incluso los dueños de pequeños negocios y mercados se negaron a abrir sus puertas.
Y ante eso, el Régimen no tenía respuesta. Porque, al fin y al cabo, no era ilegal no ir a trabajar.
Melisandre se encontraba dentro de la sala de entrenamiento de la casa segura, tenía unos pantalones de gimnasio con una camisa suelta que le llegaba al ombligo y estaba desatando toda su rabia e impotencia sobre un saco de arena que colgaba frente a ella.
Ese último mes, Enzo le había estado enseñando a defenderse, aunque demostró que seguía siendo bastante buena en el tiro al blanco, el enfrentamiento cuerpo a cuerpo era otra cosa, había aterrizado sobre sus posaderas más veces de las que a su dignidad le gustaría admitir, aunque ahora se sentía distinta, más sincronizada, había ganado músculo y sus movimientos ya no eran torpes, así como tampoco lo eran sus golpes.
Su gancho derecho aterrizó nuevamente en el costado del saco de arena, y justo cuando se preparaba para asestar otro golpe, la sensación de estar siendo observada la hizo girarse sobre sus pies.
—Aunque realmente me gustaría decirte que no te detengas por mí, es necesario que lo hagas. —Enzo se encontraba de pie en el umbral, con la espalda recostada en el marco de la puerta y los brazos cruzados sobre su pecho.
La manera en que la camisa le ajustaba en sus pectorales y resaltaba su torso hizo que Melisandre se perdiera en sus pensamientos.
—Eh, Mel, ¿me estás escuchando?
—¿Ah? —Enzo la estaba viendo con expresión divertida, y fue en ese momento en que se dio cuenta que la había visto entrenar, y el calor se precipitó por su cuello—. Sí, sí, claro, ¿qué sucede?
Enzo se quedó viéndola por un instante, luego, negó con la cabeza y entró por completo en la habitación.
—Ha habido más movimiento —dijo Enzo—, al parecer Marcos empezó a movilizar también a su gente.
—Eso es bueno ¿no?
—Si lo es, pero también significa que no falta mucho para que el enfrentamiento comience, hablé con Rose y al parecer ya están listos.
Melisandre se cruzó de brazos y enfrentó a Enzo.
—¿Cuál es tu punto, Enzo?
El castaño se pasó las manos por el cabello antes de dejarse caer en una banca frente a ella.
—No quiero que hagas parte de esto Mel, algo podría salir mal y Randall tiene sus ojos puestos en ti.
Aunque Melisandre sospechaba a qué venía todo, no pudo evitar quedar boquiabierta. Le era imposible creer que le estuviera diciendo eso. Ella llevaba más de un mes practicando a diario para ese día. Tal vez no era la más fuerte o la más ágil como Rose, pero podía ayudar.