55
“Debemos viajar en la dirección de nuestro miedo”
—John Barryman
Lemus
L os viajes por carretera tenían algo reconfortante.
Tal vez era la sensación de formar parte del mundo, o la tranquilidad que podían brindar.
Avanzar mientras los paisajes desfilaban a su alrededor.
O quizá no era nada de eso y todo dependía de la compañía.
De ser así, para Lemus tenía sentido sentirse tan cómodo a pesar de llevar un día entero manejando.
En el asiento del copiloto iba Rose, con las piernas cruzadas, tarareando una canción que sabría Dios de dónde había sacado, mientras Daniel le hacía eco desde la parte trasera.
El hijo de Marcos había viajado con ellos a la capital. El chico tenía unas pelotas bastante grandes, y lo había dejado más que claro cuando le dijo a su padre que iría a Londres y pelearía por su país.
Un fuerte aullido, de lo que parecía ser un intento de canto salió disparado de la boca de Rose y en ese momento inevitablemente una risa escapó de los labios del castaño y su mano se extendió para alcanzar la de ella quien le dio un leve apretón en respuesta.
Desde pequeño, Lemus siempre había sido fanático de los viajes por carretera.
Junto a su padre hizo uno cada año y aunque ahora sus padres no estuvieran para acompañarlo, el hecho de tener a Rose a su lado hacía que de alguna manera se sintiera con su familia; ella se había convertido en eso, en su familia.
Ellos habían salido de la ciudad horas antes que Melik y Gabriel, además, habían tomado caminos distintos para llegar a la capital.
El viaje a Londres desde Nottingham debería ser corto, a paso lento y haciendo paradas unas cuantas horas, pero ellos habían tomado la ruta más larga y en más de una ocasión tuvieron que hacer desvíos grandes para evitar soldados o puestos del Régimen donde no tenían gente.
Enzo también había empezado a movilizarse junto a Mel quienes, al parecer, habían conseguido hacer bastantes contactos.
Las cosas estaban saliendo bien, demasiado bien a decir verdad, y justamente eso era lo que no le cuadraba a Lemus.
Toda esa experiencia le había enseñado que Randall no era un hombre que se quedaría de brazos cruzados, entonces, ¿dónde estaba ahora mismo?
Su silencio solo hacía que todo fuese peor, aunque tal vez, era justamente eso lo que él buscaba.
Pero en ese momento no podían hacer nada, estaban agotados y hambrientos, debían buscar algo de comida y tal vez un Hostal donde poder pasar la noche.
—¿Qué tal si paramos en una gasolinera y de paso compramos algo de comer? —preguntó Lemus, mientras tomaba el desvío hacia la bomba, estando seguro de la respuesta de sus amigos.
—¡Por favor! —gritó Daniel, al mismo tiempo en que Rose vociferaba un:
—Ya era hora, muero de hambre.
Unos minutos después ya se encontraban con el tanque del vehículo lleno y parqueado frente al pequeño supermercado de la gasolinera, sin embargo, ninguno había puesto un pie fuera del carro aún.
—Estoy considerando seriamente que esto ya no es tan buena idea —dijo Daniel escurriéndose en el asiento de atrás—. Podrían reconocerte Lemus, y entonces sería un total desastre.
—Lo sé —contestó el castaño—. Vayan ustedes, compran algo y salen sin llamar la atención. —Esto último lo dijo clavando su vista en la pelirroja a su lado, quien se limitó a poner los ojos en blanco.
—Eso es ridículo, el sitio está desierto —habló Rose, mientras abría la puerta del vehículo y salió de este para ponerse justo frente a la puerta de Lemus—.
Además, puedo apostar lo que sea, a que tu trasero te agradecerá que te bajes del carro, así que ahora, afuera —dijo, a la vez que abría la puerta del conductor y señalaba el supermercado.
Lemus la observó unos segundos, antes de salir del vehículo y atrapar el rostro de ella entre sus manos, juntando sus labios en un beso.
El beso fue suave, y amoroso, casi infantil; sin embargo, era lo que él necesitaba y por la manera en que ella respondió y sus labios se movieron sobre los suyos podía adivinar que también era lo que ella necesitaba.
Cuando se separaron, Rose plantó una última y corta caricia en sus labios mientras el inicio de una sonrisa crecía en sus labios.
—¿Y eso por qué fue? —murmuró ella, aún a centímetros de su boca
—¿Debo tener una excusa para besar a mi chica?
Una sonora y burlona carcajada salió disparada de la garganta de Rose, mientras Lemus la miraba con una ceja enarcada.
—¿Tu chica? ¿Es en serio? —inquirió Rose con la diversión bailando en sus palabras— ¿Cuántos años tienes, quince?
—¿Debo tener quince para que seas mi chica? —atacó el castaño—. No sabía que te gustaran menores, bella.
—¡Bah! —Rose, resopló quitándole importancia al comentario con un movimiento de la mano, sin embargo, la sonrisa que llevaba marcada en el rostro la delataba.
Al final, los tres ingresaron al pequeño supermercado, y aunque nunca lo admitiría en voz alta, Rose tenía razón cuando dijo que su trasero agradecería salir del carro, Lemus podía sentir como la sangre le volvía a circular mientras caminaba.
El sitio no estaba tan vacío como pensaban, varias parejas y familias se encontraban comiendo o comprando suministros, Lemus trató, de pasar lo más desapercibido posible manteniéndose en las zonas en que hubiese menos gente, teniendo la cabeza gacha; todo parecía estar funcionando hasta que un pequeño tirón en un extremo de su pantalón lo hizo girar la cabeza, y ahí estaba, una niña que no podía tener más de siete años, viéndolo con sus enormes ojos azules y el ceño ligeramente fruncido.
—Te conozco —afirmó la pequeña, aun sin soltar su pantalón.
—No, no lo haces, ahora desaparece… —contestó en tono grave, mientras intentaba fallidamente hacer que la niña se fuera.
—Sí lo hago —contrarrestó ella con voz triunfante—. Tú eres el hombre de la televisión, del que todo el mundo habla.
Lemus se quedó observando con la boca abierta a la diminuta niña ante él, que ahora lo miraba con los brazos cruzados sobre su pecho con actitud arrogante.
—¿Es que ya no les enseñan que no se habla con extraños? —masculló Lemus al tiempo que se alejaba para encontrarse con Rose y Daniel, pero justo cuando estaba a un paso de ellos, la chillona voz de la pequeña resonó a sus espaldas.
—¡Papi, mira!, es el hombre que muestran en la televisión.
Después de eso, todo ocurrió como en cámara lenta: la cajera que estaba atendiendo a los clientes dejó caer las bolsas con la comida, mientras todas las miradas se dirigían hacia el lugar que la niña señalaba. Podía ver como los ojos de las personas se agrandaban apenas lo reconocían.
Por puro instinto metió las manos en el interior de la túnica donde llevaba sus armas. Al instante, notó a la pelirroja colocarse junto a él sin pizca de alegría en su rostro, mientras Daniel aferraba contra sí la bolsa de suministros que acababan de comprar.
Los murmullos de los clientes comenzaron a multiplicarse y en poco tiempo iban a lograr llamar la atención de quienes se encontraban afuera, y de los funcionarios de la gasolinera.
En esa situación solo tenían dos opciones, pero negarlo solo los llevaría a perder el tiempo y probablemente, causar más escándalo.
—No estamos buscando problemas —habló Lemus, y levantó ambas manos—. Solo veníamos por comida, ya nos vamos —agregó dando un paso hacia la salida del local.
—Entonces si eres tú. —Una anciana salió de las filas de atrás y los miraba con los ojos muy abiertos. Pasó la vista de él a Rose a su lado—. Son ustedes. Tú eres el zorro —agregó, refiriéndose a la pelirroja.
A su lado sintió como el cuerpo de Rose se tensó. Estaban listos para defenderse; incluso Daniel había bajado la bolsa y ahora se encontraba flanqueando el lado izquierdo de Lemus.
—No… nosotros no vamos a entregarlos —dijo entonces el que Lemus identificó como el padre de la pequeña demonio que lo había delatado.
Ninguno de los tres se atrevió a decir nada en ese momento ante el comentario del hombre, y justo cuando Lemus se disponía a hablar, otro hombre un poco mayor que el primero, y mucho más alto, de piel tostada por el sol, tomó la palabra.
—Se rumora que están reuniendo gente, que habrá una revolución —dijo el hombre, dando un paso hacia el frente—. ¿Es cierto?
Lemus se limitó a asentir con la cabeza, a manera de respuesta, para luego mirar fijamente a todos los que tenía frente a él, las personas parecían expectantes y realmente ninguna había hecho ni el amago de llamar a la policía o avisar a los supervisores del lugar.
—Bien —dijo entonces la anciana posicionándose junto al hombre joven y la pequeña—. Entonces deberían irse ya, antes de que la patrulla de la noche pase por aquí.
Esta vez los tres asintieron en dirección a la mujer que les regaló una sonrisa algo perversa.
—Gracias —murmuró Lemus antes de dar la vuelta para dirigirse a la salida, pero entonces Rose sujetó su mano y se giró de nuevo hacia las personas.
—Estén pendientes al televisor, saldrá un comunicado importante el día de hoy, justo cuando las campanas de la iglesia repiquen a la medianoche. Corran la voz.
Luego del pequeño altercado en el supermercado, no habían tenido ningún inconveniente en el camino.
Comieron lo que compraron cuando estaban en el carro, y justo como los compañeros de Gabriel les dijeron, se toparon con un retén del Régimen en el que sus cómplices estaban a la espera. Lo habían pasado sin menor problema.
Ahora mismo, estaban en busca de un lugar donde poder pasar la noche, Rose dijo algo sobre un Hostal a medio kilómetro y era allí donde se dirigían.
Una hora después, Lemus se encontraba recostado en la habitación de lo que parecía ser un Motel clandestino, y para ser sincero, no tenía intención de averiguar cómo era que Rose sabía de la existencia de un sitio como ese.
Al parecer, el sueño logró llegar a él porque cuando dos golpes sonaron en la puerta de la habitación, fue como si una alarma hubiese sonado en su oído, haciendo que se sentara de golpe y por instinto sus manos fueran a parar a sus armas mientras se incorporaba en la cama.
Rose abrió la puerta del baño y sus miradas se encontraron, a la vez que una pregunta no formulada rondaba entre ambos.
Dos golpes más, propinados con un poco más de fuerza, fueron aviso suficiente para que Lemus se ocultara detrás de la puerta con el arma ya cargada en sus manos, mientras Rose se preparaba para abrir.
—Chicos, si están teniendo un revolcón al menos podrían haber colgado una corbata en la puerta.
En ese instante los labios del castaño se curvaron en una sonrisa, mientras liberó el aire que había estado reteniendo y Rose abría la puerta, para dejar ver a un molesto Daniel de pie en el umbral.
—Qué pensamientos tan indecentes los que tienes, pequeño Daniel —dijo Rose haciendo que las mejillas del chico se tiñeran de un rosa pálido.
—Deja al chico en paz mujer, lo vas a cohibir —habló Lemus, que intentó contener la risa, pero falló estrepitosamente en el intento.
El chico aún con las mejillas un poco encendidas entró en la habitación y se sentó en uno de los muebles —si era que podían llamárseles así—, que estaban contra la pared de la habitación.
—Ya falta poco para que el video salga al aire —dijo el chico mientras tomaba un cojín y lo colocaba en el espaldar.
Ante eso, Lemus exhaló y Rose comenzó a tronar los dedos de sus manos.
Hacía unos días habían grabado la confesión de Rose, y se la habían enviado a Enzo para que se encargara de hacer que todo el mundo la viera.
El chico había dicho que podía hacer que los televisores de al menos las principales ciudades del país se encendieran a una hora específica y transmitieran la confesión. No iba a ser fácil, pero podía hacerlo.
Lemus no quería saber cómo. Solo el hecho de pensar en Enzo y sus habilidades le ponían los pelos de punta y la piel de gallina.
Y si Randall no había dado señal de vida hasta ese momento, con eso seguro que lo haría.
La aparición de la princesa de Inglaterra era algo que lo obligaría a ponerse frente a las cámaras y dar solución al problema que se le vendría encima, y, con algo de suerte, les daría una ventaja o distracción para que ellos pudieran llegar hasta Londres.
Frente a él, Rose limpiaba por segunda vez el revólver que sostenía entre las manos. Si seguía así, terminaría por deshacer el arma entre los dedos. Lemus se acercó sin decir nada y le quitó el revólver con suavidad. Luego tomó su mano y la condujo hasta la cama junto a él.
—¿Qué haces, FitzGerald?
—Es normal que estés nerviosa, bella, yo también lo estoy. No todos los días tu novia sale en televisión.
Rose giró los ojos, pero no se apartó, se reclinó contra la espalda de Lemus y dejó que sus brazos la rodearan por la cintura.
A los pocos minutos, justo cuando las campanas de medianoche rompían el tranquilo silencio, la pantalla frente a ellos se puso en blanco y el mensaje: “La realeza sigue viva” , apareció ante ellos.