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Enzo
E l sudor caía por su frente, y el cabello lo sentía empapado, en la boca podía sentir el sabor metálico de la sangre que se filtraba por su garganta mientras su corazón latía desbocado dentro de su pecho.
El sol de la mañana calentaba el suelo bajo sus pies y hacía que las heridas en su rostro ardieran con más intensidad; mientras tanto, el hombre frente a él apenas parecía estar afectado.
Enzo, llevaba dos horas seguidas entrenando con Mauricio, un aliado bastante fuerte de la casa segura de Huntingdon y debía admitir que se encontraba un poco fuera de forma.
En el mes que él y Melisandre llevaban fuera de casa, habían logrado pasar por Colsterworth, Stanford, Peterborough y ahora Huntingdon.
En este último se habían topado con una sorpresa más grata de lo esperado.
—Nada mal hombre —habló Mauricio frente a él, mientras soltaba la liga de su cabello para volver atarlo—. mañana podemos continuar, ahora descansa un poco, aún tenemos mucho que hacer.
Enzo le regaló un leve asentimiento con la cabeza al hombre.
Estaba agotado, y el simple hecho de pronunciar palabra alguna, lo desgastaba aún más.
Mauricio era un sádico con los entrenamientos, lo estaba acabando.
Arrastraba los pies mientras se dirigía hasta la casa segura y subía las escaleras hasta la pequeña habitación que le habían asignado.
Sin pensarlo dos veces, se dejó caer sobre la cama que había en medio del cuarto, por más que tenía intenciones de dormir, las ideas en su mente se negaban a calmarse y por tanto, conciliar el sueño era imposible.
Al llegar a Huntingdon y dirigirse a la casa segura, le contaron a Mauricio y al resto de los habitantes todo lo que había ocurrido durante ese año: los nuevos aliados, los golpes que habían dado, las pérdidas… todo.
Luego expusieron su plan: un golpe de Estado, derrocar a Robert y acabar con el Régimen. Mauricio escuchó cada palabra con cautela hasta el final. Después, sin decir nada, sacó su teléfono y salió de la habitación.
Ni Melisandre ni él sabían qué esperar. No tenían claro si eso significaba ayuda… o que estaban a punto de ser entregados.
Esa misma tarde, Mauricio regresó acompañado por una mujer rubia de cabello corto, de sonrisa fácil y, para su sorpresa, americana. Al parecer, no eran los únicos que habían estado moviéndose.
Thays, como se llamaba, había mantenido contacto con Estados Unidos y, con ayuda externa, logró gestionar su ingreso al país.
Se estaban preparando para dar un golpe. Eso podía jugar a su favor… o salir muy, muy mal.
Un leve carraspeo lo hizo abrir los ojos y salir de sus pensamientos. Frente a la cama se encontraba Mel, llevaba en sus manos un pequeño botiquín de primeros auxilios.
—Mauricio me dijo que tal vez podrías necesitarlo —comentó ella, a la vez que levantaba el botiquín.
Enzo le sonrió con cariño y con algo de pesadez logró incorporarse hasta quedar sentado en la cama.
En ese mes Melisandre había entrenado igual o incluso más duro que él, se había convertido en una guerrera.
Esa chica era mucho más fuerte de lo que muchos creían, y, para su sorpresa, era bastante buena disparando.
Aunque con los hermanos que tenía, no entendía cómo podía sorprenderse.
Enzo palmeó el lugar frente a él en la cama y sin dudarlo Mel se acercó hasta donde le había indicado.
Con sumo cuidado fue inspeccionando las heridas que él tenía en el rostro.
De manera involuntaria sus ojos viajaron hasta los labios de la rubia que se contrajeron con disgusto o en una mueca de dolor mientras observaba su rostro, y cuando ella mordió débilmente su labio inferior y tocó una de las heridas, un agradable hormigueo recorrió el abdomen de Enzo y sus manos se sintieron inquietas. Quería besarla.
El sonido de una alarma hizo que ambos se levantaran de sus lugares y se pusieran a la defensiva.
—Es la computadora —dijo Mel, señalando con la barbilla el aparato.
Con paso rápido atravesó la habitación y desbloqueó el computador, no era día de mensajes, lo que significaba que algo debía de haber ocurrido.
Cuando entró al programa se encontró con un enlace de un video que tenía escrito debajo: “hora de movernos”, al darle clic al video.
La mandíbula de Enzo cayó completamente mientras la sangre burbujeaba en su interior.
Melik
Una hora se había tomado Rose en contarles el plan, cuatro horas le habían llevado a Melik el asimilarlo y dos días en comenzar a llevarlo a cabo.
Ahora mismo, el rubio se encontraba a bordo de una camioneta algo anticuada, una Chevy de los noventa para ser más exactos; cortesía de Marcos.
A su lado se encontraba Gabriel, llevaban casi cuatro horas de estar manejando, los desvíos y rutas alternas para evitar soldados los estaban haciendo tomar más tiempo del debido.
Habían salido al amanecer y Melik podía sentir los nervios a flor de piel, en cualquier momento podían ser descubiertos y ni la peluca o los estúpidos lentes que llevaba iban a poder hacer algo para impedirlo.
Rose había insistido en que utilizaran las pelucas y aunque eran bastante realistas; tanto así que Melik empezaba a considerar volverse castaño; sabía que eso no iba a ser suficiente.
Su disfraz iba acompañado de unos ridículos lentes para leer, y aparte, unos de contacto que cambiaban el color original de sus ojos.
En ese momento se sentía más adornado que un árbol de navidad, y no entendía cómo Gabriel podía estar durmiendo tan plácidamente a su lado.
A él principalmente debía molestarle aún más la peluca, era calvo, así que no estaba acostumbrado a llevar cabello.
Un gruñido de molestia se escapó de sus labios mientras se acomodaba en su puesto.
—¿Y ahora qué es lo que te molesta? —habló Gabriel a su lado sin siquiera abrir los ojos.
—Todo —contestó con fastidio—. Me pica el cuello y el trasero se me volvió inexistente hace más de una hora.
El moreno se giró hacia donde él estaba y le regaló una sonrisa de medio lado, Melik pudo sentir como el calor fue invadiendo su rostro ante la mirada que el chico le daba.
—Si quieres te puedo ayudar con lo segundo —le habló Gabe, sin dejar de sonreír.
Melik puso los ojos en blanco y bufó con molestia; aunque por dentro podía sentir como el corazón le latía acelerado.
—Eres un degenerado, y ¿cómo es que estás tan tranquilo?
—Te lo dije ya la primera vez que preguntaste —dijo con calma—. Los contactos del Régimen nos están ayudando mientras nos movilizamos.
Era cierto, Gabe les había comunicado del plan a los contactos que tenían en el Régimen y estos se estaban encargando de la movilidad, abriéndoles el camino para que nadie que no fuera aliado estuviese en la carretera, sin embargo, eso no tranquilizaba a Melik, en cualquier momento podía aparecer una brigada o algún soldado fuera del plan, o incluso podía traicionarlos.
Esa idea rondaba en su cabeza desde que decidieron hacer esto, ¿qué pasaba si alguno los echaba al agua?
Sería su fin, así de sencillo, todo lo que estaban intentando hacer se iría a la mierda.
Pero decidió enviar esa idea al fondo de su mente, y volvió a girarse hacia la carretera, no obstante, de pronto sintió que la mano del moreno se posó sobre la suya.
—Déjame a mí, ya tú has manejado demasiado.
Sin poner un mínimo de objeción, Melik comenzó a desacelerar la velocidad y orilló la camioneta para luego salir de esta, sus piernas y trasero gritaron de alegría por no estar sentados por un minuto. A su lado Gabriel se recostó al capo y le sonrió con ternura.
—¿Cuándo vas a decirme que es lo que realmente te está molestando?
Melik caminó hasta hacerse al lado del moreno, y dejó escapar una gran bocanada de aire mientras se revolvía el cabello, eran muchas las cosas que lo estaban molestando, pero una sola era importante y se debía en gran parte al hombre de pie junto a él.
—Estoy aterrado Gabriel —habló en voz muy baja—. Es la guerra, y estoy realmente asustado, porque ahora que te encontré, no te quiero perder.
—Cariño. —Las palabras de Gabriel salían melódicas de su boca, y cuando Melik inclinó su rostro hacia él, vio sus ojos cristalizados—. No me vas a perder.
—No puedes estar seguro. —Fue inevitable no sonar como un niño de diez años, pero era justo de esa manera como se sentía. Como el Melik adolescente que perdió a su familia y no estaba dispuesto a volver hacerlo.
Gabriel se separó del capó del carro para posarse justo frente a él, estaban tan cerca que sus zapatos rozaban punta con punta; entonces las manos del moreno rodearon su rostro y sus alientos se mezclaron cuando Gabe habló:
—No vas a perderme —repitió con tono firme sin un solo atisbo de duda en su voz—. Porque yo me niego a perderte a ti, vamos a salir de esta Melik y entonces, vamos a vivir.
Sin decir más, como si de magnetismo se tratara sus rostros se acercaron y sus labios se juntaron, para Melik era imposible describir todo el huracán de sensaciones que Gabriel le hacía sentir, como el simple roce de sus labios parecía tener el poder de calmar la incertidumbre que crecía y se arremolinaba en su interior.
—Vámonos de aquí —murmuró Gabe en sus labios—. Espero que tu lindo trasero haya descansado.
Con una sonrisa en los labios Melik volvió a subir a la camioneta, ahora del lado del copiloto y con una determinación que antes no tenía; ellos irían a Londres, lucharían y ganarían, se negaba a que fuese de otra manera.