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“No soy producto de mis circunstancias, soy producto de mis decisiones”
—Steven Covey
Rose
E l tiempo estaba corriendo. Cada uno hacía todo lo posible por cumplir con lo que le correspondía.
Gabe había logrado contacto con sus excompañeros y desde entonces tenían ojos dentro del Régimen, al parecer, había hecho un excelente trabajo de filtrado.
Lemus y Marcos habían reunido hasta el momento un grupo de doscientas personas en Nottingham, aunque no era mucho, todas ellas estaban dispuestas a ir a la guerra.
Por su parte, Melik logró reunir un verdadero arsenal de suministros.
Rose, en cambio, se encargó de contactar a quienes, desde su llegada a la ciudad, había identificado como posibles aliados.
Sabía que no serían fáciles de convencer, por eso asumió la tarea personalmente…
y el resultado fue un éxito. Cinco de ellos, además, contaban con un sólido respaldo económico, lo que suponía una ventaja importante en una guerra.
También hizo varias llamadas: cobró viejos favores y buscó apoyo fuera del círculo de Enzo, en gente a la que él jamás habría recurrido. Pero en esa guerra necesitarían todo tipo de aliados.
De Enzo y Mel, aún no habían tenido ninguna noticia concluyente; cada semana desde hacía un mes que habían partido, Enzo enviaba un mensaje filtrado a la computadora de la casa segura para informar que estaban bien, pero no había dado ningún avance de su misión, cosa que la tenía demasiado impaciente.
Rose se encontraba sentada en el columpio que estaba colgado en la parte trasera de la iglesia, ese lugar le daba cierta sensación de paz, y aunque sabía que tal vez lo más seguro era permanecer dentro de la casa, tanto encierro la estaba enloqueciendo.
Solo salía cuando debía encontrarse con alguien, no había tenido un momento de tranquilidad desde hacía tiempo; así que ese día se arriesgaría.
El sol estaba ocultándose lentamente, y como en la mañana había llovido a cántaros, el clima frío se le colaba en los huesos.
Aun así siguió aferrada al columpio respirando todo el aire puro que pudiera de aquel lugar; tal vez no tendría otra oportunidad.
Lo escuchó antes de verlo. Sus pasos firmes y relajados llegaron desde su espalda.
Al poco tiempo, unos brazos rodearon su cintura y el característico olor a madera y a él la envolvió, erizándole la piel.
Rose recostó la espalda contra su pecho y se inclinó ligeramente hacia atrás para mirarlo.
En sus ojos se agitaba un torbellino de emociones; ambos sabían que había llegado el momento.
Llevaba el cabello suelto, y la brisa lo movía sobre su rostro. Las mejillas, ligeramente sonrojadas por el frío, delataban que acababa de regresar de su reunión con Marcos.
Lemus curvó los labios en una sonrisa ladeada antes de inclinarse y rozar los suyos. Fue apenas un contacto suave… y aun así logró que los dedos de sus pies se tensaran dentro de los zapatos.
—Deberías entrar bella, te vas a congelar acá fuera —murmuró Lemus aún a pocos centímetros de su rostro.
—No quiero —contestó volviendo la vista al frente—. Déjame quedarme un poco más.
Él no insistió. Aun así, la rodeó con los brazos, protegiéndola del viento frío.
Rose tenía la mente hecha un remolino. Desde hacía días, una idea no dejaba de perseguirla, desde aquella mañana en que el Régimen irrumpió en la iglesia y estuvieron a punto de ser descubiertos.
De no ser por Sophia, que logró avisarles a tiempo, no habrían alcanzado a esconderse en el cuarto del sótano.
Los hombres entraron, rompieron las sillas y revolvieron la habitación del padre, así como el resto del lugar. Por suerte, la casa segura estaba distribuida de tal forma que, desde la entrada, no se revelaba su verdadera función; solo parecían simples habitaciones.
Pero aquella incursión, junto con la muerte de Ruth, la del chico de la cocina y todo lo que vino después, terminó por quebrar algo en ella. Fue la última gota, y la llevó a tomar una decisión que lo cambiaría todo.
—Lo haré público —dijo Rose al fin, aferrándose a las cuerdas del columpio—. Mi identidad, la haré pública.
Lemus guardó silencio a su espalda por un momento, parecía estar sopesando el efecto que eso tendría, lo que significaba, no solo para ellos sino para todo el país.
—No será fácil —habló al fin—. Las personas querrán pruebas de ello, y el Régimen se encargará de decir que no son más que calumnias… y aparte, les habrás dado todo.
—Lo sé —contestó Rose girándose para verlo de frente—. Encontraremos la manera de probarlo, juntos.
—Si es lo que quieres, así se hará —dijo él acariciando su mejilla—. Llegó el momento de movernos bella, que el Régimen no nos haya encontrado no significa que no volverán, además, ya el trabajo aquí está hecho.
Rose elevó una ceja al cielo y miró detenidamente al hombre frente a ella, estaba bastante segura que él hacía tiempo ya tenía una idea clara de lo que debían hacer en ese momento, por algo había insistido tanto en que todos entrenaran diariamente.
—Parece que tienes algo en mente, FitzGerald. —Lemus le regaló una sonrisa que no parecía del todo humana, sino más bien de un depredador, un lobo. Asintió lentamente con la cabeza—. ¿Te molestaría compartirla conmigo? —preguntó Rose.
—Por supuesto —dijo Lemus mientras se inclinaba hacia ella, Rose dobló los dedos con anticipación por el beso que vendría, pero este nunca llegó, sin embargo, las manos del castaño fueron a sus piernas y sin previo aviso la levantó en sus brazos—.
Pero primero, vamos a meter tu lindo trasero en la casa, enferma no servirás de nada.
—¡Idiota!
Una vez dentro de su habitación, Rose se dejó deleitar por el agua caliente de la bañera que poco a poco relajaba sus músculos adoloridos; no solo por el entrenamiento, sino también por tanto correr y subir a los tejados.
Ese último mes había sido agotador y Randall no les había dado descanso alguno.
La ciudad, al igual que todos los alrededores, estaban empapelados con sus rostros.
En las noticias aparecían como los más buscados de Inglaterra, incluso, habían puesto un precio sobre sus cabezas, la única que seguía siendo un retrato mal hecho, era ella.
Su rostro aún seguía siendo un enigma, la cara de un zorro era lo único que el país y el Régimen tenían de ella; con ese último pensamiento salió de la bañera y cubrió su cuerpo con una toalla antes de entrar a la habitación donde encontró a Lemus tendido sobre la cama con un brazo cubriendo su rostro.
Por un momento se permitió observarlo: la forma en que los músculos de sus brazos se marcaban bajo la tela con cada leve movimiento, o cómo la camisa se alzaba lo suficiente para dejar ver una franja de piel dorada sobre la cintura de sus pantalones.
—Pensé que habíamos pasado todo esto de tu estar acosándome, bella —dijo Lemus retirando el brazo de su rostro y mirándola fijamente.
Rose se limitó a sacarle la lengua y enseñarle el dedo medio mientras se dirigía al closet por algo de ropa.
A sus espaldas escuchaba la risa de Lemus y el movimiento de la cama que indicaba que se había levantado.
Con mucho esfuerzo logró meterse en una camisa grande y un short corto de pijama, los músculos seguían ardiéndole con el esfuerzo, pero en ese momento el aliento de Lemus rozó su oreja y sus brazos se cerraron en su cintura.
—Vamos —murmuró mientras la llevaba abrazada hasta la cama en donde la depositó con sumo cuidado—. Date la vuelta bella.
Rose lo miró enarcando una ceja, mientras un rubor no deseado subía por el cuello hasta plantarse en sus mejillas, lo que hizo que él soltara una estruendosa carcajada.
No era como si en ese último mes no hubiesen hecho nada, de hecho habían hecho bastante, pero aun así, ella seguía sonrojándose cada vez que pasaba.
—Tienes una mente sucia, bella —murmuró Lemus con una media sonrisa asomando sus labios, y luego extendiendo frente a ella un frasco de lo que parecía ser crema—. Voy a hacerte un masaje, pero si lo quieres es…
—¡Cállate, FitzGerald! —refunfuñó Rose mientras se giraba boca abajo y se sacaba la blusa—. Ahora sí, cuéntame el estúpido plan.
—En realidad es bastante sencillo —habló mientras masajeaba los músculos de su espalda con delicadeza y precisión, haciendo que más de un gemido escapara de sus labios—.
Vamos a llevarlos a la guerra, pero nosotros no estaremos en ella.
Tal como ellos hicieron con nuestra familia, nosotros los acabaremos en su propia casa.
Las ideas comenzaron a aglomerarse en su cabeza. La guerra sería una distracción. Todos sabían que el presidente Robert no estaría presente en la confrontación; la observaría desde la comodidad de su mansión. Y sería justo allí donde lo acabarían.
Randall, por su parte, sería más complicado. Debían averiguar si iba a estar de guardia junto a su padre o al frente en la guerra. Fuera como fuera, ambos morirían.
Rose giró sobre sí misma y volvió a quedar frente a Lemus, que inspeccionaba su torso desnudo con absoluto descaro. Se apoyó sobre los codos y estiró un brazo hasta atrapar la camisa del castaño. Tiró de ella para acercarlo, enredó las piernas alrededor de su torso y lo besó.