Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 52
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“Son tus decisiones, no tus condiciones, las que determinan tu destino”

—Tony Robbins

Gabriel

D esde que Gabe despertó en la mañana, había pasado todo el día encerrado en el cuarto subterráneo de la casa segura, con los ojos fijos en las pantallas de los ordenadores, viendo que persona pudo haber pasado por alto y verificando una y otra vez que los mensajes si se hubiesen enviado correctamente; en lo que iba del día, ya lo había hecho cinco veces, todos habían sido enviados y recibidos.

La última semana había sido más movida de lo normal, después de que Enzo y Melisandre partieran en su búsqueda por aliados a lo largo de las ciudades cercanas, Gabe había empezado el contacto con sus excompañeros de trabajo, había sido lo más cuidadoso posible al respecto, tratando de llegar a quienes podían verse más inclinados a unirse a ellos, aunque siendo honestos, cada mensaje que enviaba o llamada que hacía, podía significar su fin.

Hasta el momento había enviado más de veinte mensajes encriptados a diversos militares del Régimen, y aún no obtenía ni una sola respuesta.

Nada, lo que hacía que estuviera de un humor poco agradable.

Un constante martilleo retumbaba en sus sienes, podía sentir cómo las venas le palpitaban y escuchaba el propio latir de su corazón brincando en los oídos.

Resignado, se alejó del ordenador y agachó la cabeza presionando fuertemente sus ojos con las palmas de las manos, como si quisiera asegurarse de que estos no fueran a salirse de su lugar.

El dolor de cabeza solo iba en ascenso y la impotencia se había instalado en cada hueso de su cuerpo.

Necesitaban ojos en el Régimen, y si a eso se le sumaba que aún no habían tenido respuesta positiva de Enzo y Mel sobre los supuestos aliados fuera de la ciudad, o su casi nula participación; pues ni Lyn ni Lemus estaban teniendo mucha suerte al respecto; eso solo podía significar que estaban jodidos.

La puerta de la habitación se abrió desde el lado opuesto, y la melena rubia de Melik, apareció en el umbral.

Desde una semana atrás cuando el rubio se había lanzado a él y lo había besado dejándolo en shock, habían estado teniendo una especie de relación a escondidas, y aunque él prefería que no fuera de esta manera, Melik le había asegurado que solo sería por un tiempo, mientras buscaba la forma de contárselo a sus hermanos, quienes, al parecer, no sabían sobre sus preferencias.

Gabe no lograba entender cómo o por qué lo había ocultado por tanto tiempo.

—Te traje algo de comer —dijo el rubio mientras balanceaba un plato. Cuando estuvo frente a él lo dejó en la mesa.

—Tú, siempre tan considerado —expresó Gabriel. Enseguida tomó el plato de aperitivos y lo colocó sobre sus piernas.

Melik le sonrió con orgullo, luego acercó la silla para empezar a revisar los distintos mensajes que Gabriel había estado enviando a lo largo de la semana. Pasaba un mensaje tras otro justo como él había estado haciendo desde que entró en la habitación a la mañana.

En ese momento, desde alguna de las pestañas abiertas en el computador, se empezó a escuchar el sonido de un pitido. No, no era un pitido sino una alarma. Gabriel saltó del asiento provocando que el plato se estrellase en el suelo y se lanzó hacia la computadora justo cuando Melik abría la ventana.

En la pantalla del ordenador se leía la primera respuesta a sus mensajes, la primera en ocho días. Solo tenía dos palabras: “¿Quién eres?”

Gabriel no estaba seguro de estar respirando, no estaba seguro de que Melik a su lado lo estuviese haciendo, por un momento los dos se quedaron de pie frente al computador sin mover un solo músculo de su cuerpo, asimilando lo que acababa de ocurrir; les habían contestado, habían hecho contacto ¡al fin!

—¡Contesta! —Le incitó Melik, con la emoción filtrándose en sus palabras mientras lo movía de los hombros.

Gabriel no sabía muy bien qué era lo que iba a contestar, ¿Qué podía responder ante aquella pregunta?, tenía que dejar en claro sus intenciones, pero sin que lo delatara, al menos no tan rápido. Primero necesitaba saber las intenciones de la persona.

El mensaje que él había estado enviando era sencillo: “Sé que estás cansado de servir a la tiranía, sé que eres mejor que eso… si te atreves hacer algo al respecto estaremos aquí esperando por ti. Inglaterra te necesita” . Eso era todo.

Aquellos que realmente quisieran pelear entenderían el mensaje, él había visto muchos, muchísimos de sus compañeros devolviendo el estómago luego de haber tenido que cumplir con alguna orden del general o su padre, había abrazado a compañeros que habían llorado en silencio luego de cometer los peores crímenes.

Algunos de ellos debían ser lo suficientemente valientes para hacer algo.

Tenía fe, así que, apelando a ella, contestaría.

—Muy bien —dijo, y volvió a sentarse frente al computador—. Aquí vamos.

“Soy alguien como tú, que se cansó de ver y ser parte de los horrores y ahora piensa hacer algo al respecto. ¿Lo harás tú?”. Y con eso pulsó la tecla de enviar.

La mano de Melik se cerró sobre su hombro y le dio un leve apretón, y por muy tonto que fuese el contacto, el sentirlo a él ahí, le sirvió para sentirse mejor.

Gabriel no sabía en qué momento exacto empezó todo lo de Melik, pero había algo en él, una chispa y determinación que lo atraía como un imán.

Gabe inclinó la cabeza hacia atrás y sus ojos se encontraron con los del rubio, que esbozó una media sonrisa al verlo. Sin poder evitarlo, lo tomó de la camisa y lo atrajo hacia su boca en un beso. Melik rió y Gabriel podría jurar que era el sonido más placentero que había escuchado.

Lemus

Marcos conocía a muchísima gente. Lemus no dejaba de sorprenderse cada vez que este llegaba a reunirse con él, llevando en mano una lista con las personas que él creía que podrían aportar a la causa.

Ese día la reunión no sería en la casa segura, Marcos había logrado reunir una cantidad considerable de personas y los había citado a todos en su casa, por lo que Lemus tuvo que salir de la iglesia encapuchado y escondiéndose en la sombras para evitar que lo viesen.

Lemus notó que la ciudad estaba inquieta mientras atravesaba la plaza y el mercado.

Las personas se veían más despiertas que semanas o meses atrás, el toque de queda estaba próximo y aun así, las calles estaban a reventar, algo que nunca había visto.

Una sensación agradable y acelerada se instaló en su pecho, mientras veía luz en un local o las de una casa aún encendida, y entonces la realidad lo golpeó de frente, las personas iban a luchar.

Sin darse cuenta cómo, terminó frente a la que hasta hacía una semana había sido su hogar.

La casa se encontraba vigilada por varios soldados del Régimen, las ventanas y puertas estaban selladas con madera, y las luces o los sonidos que antes se sentían, ahora eran inexistentes.

Daba la impresión de que nadie la hubiese habitado en años.

Aquella sensación agradable que hacía poco había sentido se vio reemplazada por pura y fría ira.

Ese había sido su hogar, el lugar donde había tenido una familia, donde había reído, llorado…

amado, y se lo habían quitado. No quedaba nada de lo que había sido, ni siquiera había nadie a quien buscar.

El rostro de la última vez que vio a su abuela se instaló en su mente. La habían matado, ellos se la habían quitado.

Justo cuando iba a encaminarse hacia la casa, una mano se cerró sobre su hombro y todo su cuerpo se tensó ante la idea de haber sido descubierto, ya se estaba preparando para luchar, no se dejaría atrapar tan fácilmente, pelearía con todo su ser…

pero entonces, la mano en su hombro le dio un leve apretón haciendo que él se girara a mirar; era Daniel, el hijo de Marcos.

—Creo que mejor deberías ir ya a la reunión —musitó el chico.

Daniel era aún bastante joven, dieciocho años para ser exactos, pero tenía una energía igual de desbordante que la de su padre. El chico, a diferencia de Marcos, tenía el cabello claro y los ojos de un profundo celeste «será por la madre» , pensó Lemus.

—Ya decía yo que me parecías un chico listo —contestó Lemus regalándole una sonrisa, y le dio una última mirada a la casa antes de encaminarse junto a Daniel a la reunión.

El camino fue corto y silencioso, ambos trataron de hablar lo menos posible mientras se acercaban a la casa, pues no sabían quién podía estar escuchando, aunque tal vez también se debía a que la mente de Lemus se encontraba recreando una y otra vez distintos escenarios de lo que podría encontrar en aquella reunión.

Él le había dicho a Marcos que asistía como oyente simplemente, ya que era más seguro de esta forma, hasta no saber bien con quienes contaban.

Se detuvieron frente a una casa color beige de dos plantas, Daniel se adelantó unos pasos y tocó el timbre, el chico golpeaba nerviosa e intensamente el pie contra el suelo y de vez en cuando miraba hacia donde él estaba como si fuera a decirle algo, pero luego volvía a fijar la vista en la casa, a la tercera vez Lemus lo cortó.

—Suéltalo ya, chico.

El joven se giró y metió ambas manos en los bolsillos de sus vaqueros, parecía estar pensando la mejor manera de decir lo que fuera que le quisiera decir.

—Yo… ummm… —El chico miró una vez más la puerta aún cerrada de su casa y luego en un suspiro lo dejó salir—. ¿Tú crees que esto es una buena idea?

Lemus reflexionó un instante sobre la pregunta. ¿Era una buena idea contar lo que hacían y pedir ayuda a “extraños” para que se unieran a su lucha, y así tener una oportunidad en esta guerra? Tal vez sí, tal vez no.

No había una forma de estar seguro, pero algo sí estaba claro: debían intentarlo. Así que dio un paso adelante, volvió a tocar el timbre y puso una mano sobre el hombro del chico.

—Solo lo sabremos, cuando lo intentemos. —Le dio una sonrisa de medio lado y le guiñó un ojo, justo cuando la puerta se abrió y una mujer rubia de ojos claros, entrada en los cuarenta, les daba una sonrisa. Sin que se lo dijeran, Lemus supo quién era, la esposa de Marcos; era exacta a su hijo.

La casa era bastante acogedora y estaba muy bien decorada sin ser ostentosa, lo que le hacía notar que el negocio de los licores de Marcos debía marchar bien.

Atravesaron una linda sala y un comedor muy bien conformado hasta llegar a una habitación bastante amplia muy similar a la primera, pero mucho más grande; la habían ordenado formando un círculo con las sillas, simulando una mesa redonda, ya casi todos los invitados —que eran más de veinte— habían llegado y se encontraban en sus asientos, nada más atravesar el umbral, todas las miradas se posaron en él.

Lemus no se sacó la capucha que llevaba ni tampoco se acercó a saludar al resto, en cambio, se posicionó en una de las esquinas del salón cruzando los brazos sobre su pecho; para su sorpresa, Daniel se colocó a su lado, y cuando él lo miró levantando las cejas, el chico solo se encogió de hombros.

—Si estoy cerca, pareces menos asesino serial.

Lemus soltó un resoplido, pero una pequeña risa había trepado en su garganta; negó con la cabeza y se concentró en lo que pasaba enfrente.

Marcos cerró la puerta del salón mientras los estaba observando cuidadosamente a todos.

Ellos eran los hombres en los que él confiaba, pensó Lemus, copiando su acción.

Marcos ya les había adelantado el tema de la reunión. Como ellos, hubo muchos otros a quienes investigaron, pero al final solo los presentes fueron seleccionados… y, además, los únicos que aceptaron seguir escuchando, pues algunos se negaron.

En ese momento se aclaró la garganta y cruzó los brazos sobre su pecho, llamando la atención de todos.

—Bueno, creo que es momento de empezar —dijo Marcos, al tiempo que tomaba asiento frente a los demás.

—¿Sobre qué exactamente es que nos vas a hablar, Marcos? —preguntó un hombre canoso, que se encontraba en la esquina opuesta a la de Lemus y que, a pesar del cabello, se veía joven.

Marcos paseó la mirada por todos sus invitados, y se demoró unos segundos más cuando puso sus ojos oscuros en él, luego dijo con absoluta determinación:

—La revolución.