Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 51
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“La muerte no es la mayor pérdida en la vida. La mayor pérdida es lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos”

—Norman Cousins

Enzo

T oda la casa se había sumido en un profundo silencio, el dolor estaba impregnado en el ambiente; la abuela de Lemus había sido asesinada, Enzo no podía ni imaginar por lo que debía de estar pasando, pues, al contrario de Lemus, él nunca llegó a conocer a sus padres.

Desde que tenía uso de razón su familia siempre habían sido el padre y Sophia, más adelante llegaron Rose y Gabe; en cambio, para Lemus, todo fue tan de repente; esa mañana cuando los mellizos lo abrazaron, fue uno de los momentos más tristes que hubiera presenciado jamás.

El resto del día había sido un poco más de lo mismo, se había acercado a Lemus y había presentado sus respetos, pero, por su experiencia anterior con Rose, sabía que eso no era suficiente.

Un simple pésame no cambiaba nada, a veces las palabras no eran suficientes, a veces las palabras sobraban y era justamente por esa razón que ahora se encontraba en su habitación, seleccionando todo lo que iba a llevarse a su viaje por el país.

Lo recorrería completo si era necesario, para reunir a todos los aliados que necesitaran, ya no podían esperar más, y quedarse encerrado viendo como sus amigos sufrían no era una opción.

Así que al día siguiente a primera hora saldría de la ciudad.

Dos golpes secos en la puerta de su habitación lo hicieron girarse.

Allí, de pie junto al umbral, con la mano aún cerrada sobre la madera, estaba Melisandre.

El cabello rubio se había soltado de la cola que llevaba y caía desordenado, mientras que sus ojos, enrojecidos, dejaban ver finas venas a su alrededor.

Enzo se sorprendió al descubrir que quería acercarse, abrazarla y borrar el dolor de su rostro.

—Me han contado los detalles de todo —habló ella, la voz se le escuchaba débil, frágil, igual que su apariencia en ese momento—.

Quería saber ¿cuándo tenías pensado…? —Mel se detuvo cuando sus ojos se fijaron en la ropa esparcida por la cama y la maleta a medio salir del closet—.

¿Cuándo te vas? —preguntó esta vez con voz más firme.

Ella lo miró, él le sostuvo la mirada y la relajó lo más que pudo antes de agregar con voz impasible:

—A primera hora de mañana.

La chica no despegó los ojos de él ni por un segundo, sin embargo, Enzo podía notar cómo de alguna manera le estaba dando vueltas a todo el asunto, parecía que buscaba las palabras adecuadas para una idea que rondaba por su cabeza, cuando finalmente parecía decidida, inclinó un poco más la barbilla y sin siquiera un pequeño temblor en su voz declaró:

—Voy contigo. —No era una pregunta ni mucho menos una sugerencia, era una realidad; ella no estaba pidiendo permiso ni esperaba su aprobación, lo que hizo que sin quererlo, una muy pequeña sonrisa amenazara con aparecer en sus labios.

—Por supuesto —contestó, aún con la sombra de la sonrisa en su rostro—. Pero no seré yo quien se lo diga a tus hermanos.

Mel dejó escapar el aire que al parecer llevaba retenido, ella no esperaba que aceptara, pero la cosa era que Enzo entendía perfectamente por qué ella quería acompañarlo.

Era la misma sensación que tenía, esa necesidad de hacer algo, de sentirse útil ante lo que había sucedido; y él no era quien para negarle eso.

Con un pequeño asentimiento de cabeza Melisandre dio media vuelta y desapareció de su vista, Enzo ya podía imaginarse el grito que Melik y Lemus darían cuando se enteraran.

Melik

—Absolutamente no. —La voz de Melik salió tan firme como el acero, y tan afilada como una daga. La idea era completamente absurda, su hermana no tenía nada que hacer recorriendo las ciudades, ¿cómo se suponía que él la iba a cuidar si se iba?

Melisandre lo estaba observando con la rabia brillando en sus pupilas, mientras apretaba las manos en puños a sus costados, pero él no iba a ceder, no con esto, no después de lo que acababa de suceder.

—Mel —dijo tratando de calmarse—, ¿cómo esperas que esté de acuerdo con algo así, luego de lo ocurrido? Yo no puedo.

Los nudillos de la chica se encontraban blancos de tanto apretar los puños, Melik sentía que podía perforar la piel si los seguía apretando de aquella manera.

Él se volteó a mirar a Lemus en busca de apoyo, pero este se encontraba lejos, en algún lugar perdido de su memoria, tenía los ojos fijos en la nada y no había dicho una sola palabra desde que Melisandre había llegado con esa estúpida idea.

A su lado, Rose movía las manos inquieta y justo cuando se disponía a intervenir, Mel se le adelantó.

—Justamente por lo que pasó es que debo ir. ¿Qué esperas que haga entonces Melik? ¡Que me quede aquí encerrada mientras todos ustedes están haciendo algo! —Su pecho subía y bajaba de manera violenta, mientras la rabia y desesperación teñían sus palabras—. Voy a ir, con, o sin tu aprobación.

No, no, no… la palabra hacía eco en la mente de Melik, no la podía perder también, ¿por qué es que ella no podía entenderlo?, desesperado, volvió a mirar a Lemus, pero ahora este tenía los ojos fijos en Enzo, quien acababa de llegar y se encontraba de pie en el umbral.

—¿Tú estás de acuerdo en que vaya contigo? —preguntó Lemus, con una calma mortal.

Los ojos de Enzo viajaron hasta donde Melisandre se encontraba, y luego pasaron rápidamente por Melik hasta volver a fijarse en el castaño.

—Sí, lo estoy. —La rabia de Melik solo iba en ascenso, pero entonces Enzo clavó sus ojos en él y con absoluta franqueza agregó—. Y me voy a encargar de que regrese conmigo sana y salva, mientras esté con ella no voy a permitir que nada le pase.

Era una promesa, se dio cuenta Melik, una en la que la vida de su hermana estaba de por medio, él no sabía si debía o no sentirse mejor con esas palabras, pero por alguna extraña razón algo de tranquilidad se había instalado en su pecho; el recelo y la preocupación no habían desaparecido, pero la calidez llegó de a poco a él.

—Melik. —La voz de Lemus resonó en su mente sacándolo de sus pensamientos—.

Randall no va a descansar hasta buscar a Mel por todo Nottingham, lo mejor ahora es que ella no esté aquí y…

y yo confío en Enzo —dijo al final encogiéndose de hombros—.

Pero tú eres su hermano, no puedo decirte que pensar, esa es solo mi opinión.

Melik buscó a su melliza con la mirada, esos ojos grandes igual a los suyos, lo miraban expectante, aún tenía el contorno enrojecido de tanto llorar, pero aun así se veía fuerte y decidida.

Entonces él se dio cuenta que lo que dijo era verdad.

Se iría, decidiese él lo que fuera, ella ya había tomado una elección.

Pero sabía que su opinión le importaba, así que tomó una gran inhalación de aire y dijo con voz neutra:

—Deberías hacer las maletas, Enzo se va al amanecer.

Su hermana cerró el espacio que los separaba y lo fundió en un gran abrazo, uno que él no dudó en corresponder.

Una parte suya se rompía de solo pensar que se iría, pero entendió que si no le permitía hacerlo, tal vez la perdería para siempre.

La chica salió de la sala escaleras arriba, para hacer justo lo que él le había sugerido.

Lemus palmeó su espalda y le dedicó una sonrisa triste.

Melik sabía que para él tampoco debía ser fácil aceptarlo; siempre había protegido tanto a la rubia como a él.

Todos habían empezado abandonar la sala e instintivamente los ojos de Melik se fijaron en la figura de la esquina que no había pronunciado palabra alguna en toda la discusión.

Gabe sintió su mirada y giró el rostro, y por primera vez en aquellos ojos no vio nada.

Nada que le diera una idea de lo que estaba pensando o sintiendo.

Cuando solo quedaron los dos, él solo avanzó hacia la puerta como los demás, y tal vez fue lo que acababa de pasar, o la determinación en la mirada de su hermana y la valentía que tuvo para enfrentarlo, porque de pronto atravesó la habitación y tomó el rostro de Gabriel entre sus manos.

Los ojos del chico se abrieron hasta el límite por la sorpresa, pero inmediatamente su atención se desvió a los labios de Melik, quien podía sentir los latidos de su corazón resonando en los oídos.

Sin darle tiempo a que la cobardía llegará, cerró el espacio que los separaba y unió sus labios en un beso.