Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 50
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Gabriel

U na vez Rose dio por finalizada la reunión, Gabe tenía pensado terminar cierta conversación pendiente con Melik antes de ponerse a trabajar y que él se fuera.

Pues, aunque estaba seguro de lo que el rubio había insinuado la noche anterior, quería tener la certeza; que se lo dijera con todas sus letras.

Gabe no sabía bien por qué se sentía tan interesado hacia Melik.

El muchacho era bastante inteligente e increíblemente atractivo, pero muchos otros también lo eran y aun así, no le hacían sentir de esa forma; mucho menos en tan poco tiempo.

Por ello, apenas terminó la charla, se colocó de pie para acercarse, pero solo bastó que el rubio lo viera para que saliera casi corriendo de la habitación, lo que lo dejó aún más desconcertado que antes.

Algo enfurruñado, Gabriel se centró en hacer su investigación.

Si Melik no quería que se le acercara, él no lo haría.

No iba a preocuparse ahora por sus arranques “bipolares”, como si no tuviera más nada que hacer.

«Corrió de mí como si yo fuese el mismísimo diablo» , fue el pensamiento que quedó guardado en su mente.

Separaba en filas los nombres de aquellos soldados que podrían servirles para unirse a ellos, e intentaba distraer su mente mientras que, a la vez, su subconsciente buscaba la razón de la actitud de Melik. Iba a volverse loco si seguía así.

—No te ves nada bien. —La voz de Rose le hizo girarse.

La pelirroja estaba llegando a su lado en la cocina, donde él utilizaba la mesa a modo de escritorio, la tenía llena de papeles y fotos que había logrado sacar en una memoria desde su ingreso en el Régimen.

—Yo siempre me veo bien —contestó sin lograr disimular su enfurruñamiento.

Rose soltó una pequeña risa cuando se sentó a su lado, cruzó las piernas y al mismo tiempo lo miró con intensidad.

—Suéltalo —espetó la chica.

Gabe intentó ignorarla. Siguió separando las fotos y ubicándolos según su condición, pero entonces Rose comenzó una maldita sinfonía con sus botas haciéndolas cliquear sin cesar sobre el suelo, lo que le ponía los nervios de punta.

Al final logró su cometido y no le quedó más remedio que poner toda su atención en ella.

—No es nada —dijo él—, solo una estupidez.

—Bueno cuéntame la estupidez, soy experta en estupideces.

Gabe llevó sus dedos hasta el puente de su nariz y cerró los ojos por un instante, ella de verdad no se rendiría hasta que le dijera que le pasaba.

Cuando abrió nuevamente los ojos, encontró a Rose observándolo con la cabeza ligeramente ladeada y una sonrisa traviesa que amenazaba con salir de sus labios.

—No tendrá esto que ver con cierto rubio sexy… ¿o sí? —canturreó la pelirroja, dejándolo perplejo.

—Tú… cómo… —Las palabras se atropellaron en sus labios, ¿es que acaso Rose siempre sabía todo lo que pasaba?

Rose soltó una carcajada al verlo incapaz de hablar. Hacía tiempo que no la veía reír así y, pese a todo lo que estaba ocurriendo, tuvo que admitir que se la veía feliz.

Negó con la cabeza, pero no pudo evitar unirse a su risa.

—¿Qué es tan gracioso? —La voz de Enzo sonó a sus espaldas.

Cuando se giraron y vieron a Enzo con el ceño fruncido, observándolos, Gabe no pudo evitar volver a reír. Le bastó mirarlo para que la risa le estallara otra vez.

Pero, de pronto azotaron la puerta de la casa con violencia y las risas fueron reemplazadas por el silencio.

Hubo otro golpe, esta vez más fuerte que el anterior, que obligó a Enzo a acercarse lentamente a la puerta.

Se asomó por la mirilla y de inmediato se apresuró abrirla, Marcos atravesó el umbral llevando de la mano a una pálida y temblorosa Melisandre; al instante tanto Rose como Gabe se pusieron de pie y se acercaron a la chica que parecía estar en estado de shock.

—¿Qué pasó? —preguntó Enzo a Marcos, la preocupación era evidente en sus palabras.

—Randall y su padre han ido a su casa y…

—Está muerta —interrumpió Mel hablando por primera vez—. Muerta, muerta, muerta.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Gabriel en cuanto Mel habló, se escuchaba perdida, como si el cuerpo estuviera presente, pero la mente no.

—¿Quién está muerta? —La voz de Lemus se escuchó a sus espaldas.

Entonces Melisandre levantó el rostro, tenía los ojos sumamente hinchados y las lágrimas no dejaban de caer por su rostro, en cuanto vio a Lemus el cuerpo empezó a temblarle con violencia y entonces Gabriel lo supo, antes de que la rubia dijera el nombre, él ya lo sabía… la abuela de Lemus estaba muerta.

Lemus

Las palabras se escuchaban lejanas mientras Marcos y Melisandre se esforzaban en explicar lo sucedido.

El cerebro de Lemus se rehusaba a asimilar la información, eso no podía ser cierto, nada de lo que salía de los labios de sus amigos tenía sentido para él, o simplemente se negaba a dárselo, porque al hacerlo, todo se volvería real y entonces se derrumbaría, y no estaba seguro si podría volver a levantarse, no estaba seguro si podría asimilar otra pérdida, otra vida que se apagaba y esta vez, plenamente por su culpa.

Fue él quien involucró a su abuela en esto, debió haber previsto que algo así podía pasar y tener algún plan preparado, pero en cambio se confió, buscó medidas para él y nunca para ella, esa mujer que se convirtió en madre nuevamente y no solo de uno, sino de tres adolescentes e hizo lo mejor para que fueran felices; ahora él la había defraudado.

Una mano tocó con suavidad su antebrazo y al levantar la vista, Lemus se encontró con los ojos hinchados de Melisandre, y solo bastó ver el dolor y la culpa que se reflejaba en ellos para que él volviera a fijarse en lo que ocurría a su alrededor y escuchar de verdad lo que pasó.

La había perdido, ella de verdad estaba muerta.

El pecho de Lemus se oprimió de tal manera que creyó que podía estarle dando un ataque al corazón, se sentía mareado y un dolor que ya no era físico se había apoderado completamente de él; una sola palabra salía de sus labios una y otra vez mientras escuchaba a la rubia: “no”.

—Lo lamento tanto. —La voz de Mel salió tan rota que Lemus apenas podía entenderla—. No debí irme, no debí haberla escuchado.

En ese instante, con esa simple frase, todo estuvo un poco más claro para él, su abuela había tomado una decisión y aunque sabía que los iba a destrozar con ella, también sabía que era la única manera de que ellos vivieran; se sacrificó para ello.

—No fue tu culpa Mel, ella tomó una decisión, nos salvó; ahora debemos honrarla y acabar con ese hijo de perra.

Lemus no se había dado cuenta de las lágrimas que caían por su rostro y el temblor en sus manos hasta que habló, y sintió como la tristeza salió de él, se iba a romper, estaba seguro de eso.

Con mucho cuidado recostó el cuerpo en la pared a su lado y sin siquiera notarlo se dejó caer al suelo, mientras su cuerpo daba pequeñas sacudidas, se sentía igual que hacía muchos años cuando perdió a su madre, se había jurado que no permitiría que nada como eso volviera a pasar, pero ahí estaba, llorando por una nueva pérdida, y nuevamente a mano del Régimen.

Rose le sostuvo el rostro y, con delicadeza, lo obligó a mirarla.

Sus ojos, de un dorado intenso, lo observaban fijamente; la rabia y el dolor eran evidentes en ella, pero aun así, la suavidad de su tacto y la calidez de su mirada lograron tranquilizarlo un poco.

El dolor en su pecho empezó a ceder, al igual que el ritmo acelerado de su corazón.

—Lo lamento tanto, cariño. —Las palabras salieron tan llenas de amor, que Lemus no pudo hacer más que dejarse llevar cuando ella lo aprisionó contra su pecho—. Te juro que van a pagar, ella no habrá muerto en vano.

Lemus, al igual que un niño pequeño, se dejó abrazar, sin saber cuánto tiempo pasó.

Por una vez en su vida, no quería ocultar el dolor, no quería fingir que estaba bien, porque no era así, él estaba destrozado y ya no tenía fuerzas para mostrar otra cosa, lentamente fue correspondiendo el abrazo de Rose hasta que quedaron enredados el uno con el otro, mientras que las lágrimas rodaban por su rostro y terminaban sobre el abrigo de la pelirroja, ella no dijo nada, simplemente lo aferraba con más fuerza; Lemus podría jurar que ella también estaba llorando.

Poco a poco fue zafándose del abrazo de Rose, hasta que sus rostros quedaron uno frente al otro y con mucha delicadeza puso sus labios sobre los de ella.

—Gracias —murmuró sobre sus labios.

Rose le regaló una sonrisa triste y le dio espacio para que se colocara de pie; frente a él, Mel estaba abrazada a Melik, tenían los ojos hinchados y los rostros más pálidos de lo normal, ella había sido también su familia, su apoyo y protección todos esos años, ellos al igual que él estaban sintiendo la pérdida como una parte de sí mismos.

En unos pocos pasos se acercó, y los tres se fundieron en un abrazo lleno de dolor y duelo, un abrazo en el que se prometían que las cosas no quedarían de esta manera, un abrazo de consuelo y el recordatorio de por qué estaban peleando.