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“El valor de un sentimiento se mide por la cantidad de sacrificio que estás preparado a hacer por el”
—John Galsworthy
Melisandre
Ruth abrió los ojos con sorpresa y tapó su boca con las manos, a ese punto los ojos de Melisandre ya estaban cristalizados, pero no podía llorar, eso no solucionaría nada, así que decidió hacer algo mucho más útil.
Sacó el móvil del bolsillo y llamó a quien podría ser su única opción para escapar, mientras le indicaba a su abuela que recogiera lo indispensable en un bolso.
Nada más terminar de hablar por celular, Melisandre pudo escuchar un alboroto proveniente del exterior de su vivienda. No tuvo necesidad de asomarse siquiera a la ventana para saber de qué se trataba, ya lo tenía claro, habían llegado.
Geoffrey Randall
La enfermera había sido casi un desperdicio total de su tiempo.
La noche anterior, cuando Geoffrey envió a sus soldados a buscarla, no se demoraron en llevarla hasta su oficina, pero la chica lo único que sabía hacer era llorar y quejarse, incluso aunque él no le había dado una verdadera razón para que lo hiciera… aun.
Lo único bueno que pudo sacar de todas esas horas desperdiciadas fue la información de que el soldado Gabriel Fleming salía con alguien, y eso les daba una posible pista de su paradero, pero cuando las cosas se pusieron realmente interesantes fue cuando investigó a la supuesta novia.
Apenas el rostro de la rubia salió en pantalla, Randall tuvo la certeza de que la conocía, pero no lograba recordar exactamente de dónde.
Así que indagó un poco más y vio en su información que tenía un hermano mellizo; fue ahí donde todo encajó para él.
Ella era la rubia que había estado curando a los ancianos cuando él pidió sus servicios y sus hermanos habían saltado a defenderla, lo que hacía muy posible que si ella estuviera involucrada entonces ellos también, y entonces él podría llegar hasta Rosalyn.
Esa mañana dos camiones del Régimen habían salido en la mañana hacia la plaza del barrio marginal en que la rubia vivía, «vamos a ver quiénes serán los sorprendidos ahora» , pensó.
Su padre había llegado en la madrugada para estar presente en la captura, lo que lo ponía algo inquieto, no le gustaba tenerlo cerca, nada bueno salía nunca cuando él estaba cerca.
Ahora, ya frente a la casa de la tal Melisandre, los soldados hacían el anuncio de que debían salir o entrarían a la fuerza, pero nada sucedía.
La puerta seguía cerrada, las cortinas tapaban las ventanas y el silencio reinaba dentro del lugar.
Afuera en cambio, los vecinos habían armado una revuelta y los soldados tuvieron que hacer una barricada para mantenerlos a raya de la situación.
Justo cuando el mismo soldado iba a volver hablar, la puerta de la casa se abrió y una mujer mayor salió.
—¿Puedo ayudarles? —preguntó la mujer con voz dulce y el ceño levemente fruncido.
Los soldados y su padre clavaron la vista en él, era lógico que nadie se esperaba aquello, en su información, decía que Mel era huérfana entonces ¿quién demonios era esa mujer?
—Estamos buscando a Melisandre Thompson —habló Geoffrey acercándose hacia la mujer—. Dígale que salga o entraremos nosotros, la casa está rodeada.
—Pero ella no está —dijo la mujer, sin apartar ni un segundo sus ojos de los suyos—. Salió hace poco para el trabajo.
Geoffrey sabía que la chica trabajaba en el hospital de la ciudad, por eso mismo había enviado otro camión con soldados a rodear el lugar y revisarlo minuciosamente; con un movimiento de cabeza el general le dio una señal a uno de sus hombres que rápidamente acercó un radio a sus labios, luego de un momento el soldado lo miró y negó con la cabeza.
—Bueno pues al parecer no está allí. —Se dirigió nuevamente Randall a la mujer—. Así que, o ella le mintió, o usted me está mintiendo a mí, realmente espero que no sea la segunda opción, pues usted parece ser una mujer encantadora.
—Eso me han dicho —contestó la anciana con total descaro, mientras le regalaba una sonrisa.
Él apretó las manos, podía sentir la mirada de su padre penetrante, martillando la nuca a su espalda.
—Entren —ordenó a sus hombres—. Revisen toda la maldita casa.
Los soldados junto con Geoffrey se hicieron con la casa.
Voltearon los muebles, levantaron tablas del suelo, rompieron paredes, buscaron en cada maldito espacio del lugar un indicio de donde podrían haber ido, pero no encontraron nada.
Al final, el general ya no tenía más paciencia para juegos, así que tomó una de las fotografías que estaba rodeada del cristal roto del marco; donde aparecía la chica junto a sus hermanos, y se acercó a la mujer colocándola justo frente a su rostro.
—Voy a preguntarlo nuevamente, piense muy bien lo que va a decir —dijo Randall acercándose cada vez más a la anciana—. ¿Dónde, están?
Ruth levantó la cabeza y clavó sus ojos grises en los suyos y con una determinación que en otros momentos habría sido admirable, muy lentamente le habló.
—Yo no lo sé.
La ira ya estaba hirviendo en el interior de Geoffrey, era como si la mujer quisiera que él la matara, sabía que su padre estaba allí y que él no iba a pasar esto por alto; y aunque él tampoco permitía la más mínima falta de respeto, su necesidad por encontrar a Rosalyn era mayor que su orgullo ahora mismo, pero esa mujer se lo estaba poniendo realmente difícil.
—Veamos si el encierro te despeja la mente entonces.
Esa era la mejor solución que él podía encontrar en ese momento, la encerraría y torturaría si era necesario, pero se iba a encargar de que esa mujer le dijera absolutamente todo lo que sabía sobre Rosalyn y sus cómplices. Él se encargaría de eso…
Sin embargo, de pronto el sonido de un disparo resonó con fuerza, muy cerca de su cabeza y un líquido viscoso salpicó sobre su rostro.
Por un momento se sintió totalmente desubicado, podía sentir un fuerte pitido en los oídos, presionó con fuerza mientras cerraba los ojos y a los pocos segundos logró incorporarse.
Los gritos de los ciudadanos arreciaron, mezclados con el llanto y desesperación y fue entonces cuando vio que a sus pies yacía el cuerpo sin vida de la mujer.
Un perfecto tiro entre sus cejas había sido el responsable de su muerte, cuando se giró para buscar al culpable encontró a su padre aun apuntando con el arma mientras lo miraba.
—Ella no iba a decir nada, solo te hubiese humillado más. Debiste haberlo hecho desde el principio —dijo su padre, con el disgusto palpable en sus palabras, luego dio media vuelta y se marchó.
Randall se giró de nuevo hacia la mujer mientras un gran charco de sangre se extendía debajo de ella, y esa mirada, que hacía poco se veía penetrante, ahora se encontraba apagada.
Ella era su única pista para encontrar a Rosalyn y ahora ya no estaba.
Apretó los puños hasta tener los nudillos blancos, y habló, sin dirigirse a nadie en particular.
—Voy a encontrar a la enfermera, voy a encontrarlos a todos.