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Rose
T odos estuvieron de acuerdo con ella, pues, aunque Melik no podía integrarse de inmediato al trabajo, lo mejor sería que la gente lo viera a él y Lemus en su casa, así nada estaría fuera de lugar.
Ahora venía el punto importante, la cereza del pastel: ¿qué iban hacer?
, habían empezado una revolución y por consiguiente, tenían todos los ojos del Régimen puestos en ellos —claro esto era solo una expresión pues aún no se había descubierto su identidad—, y si bien, esto les ayudaba a aplazar las ideas de una guerra internacional, también los ponía en la mira de una posible guerra interna; aunque, tal vez, era eso lo que necesitaba el país.
Que la gente se levantara y se opusieran todos juntos al nuevo mandato.
Rose había estado pensando en ello hacía tiempo, pues cuando investigó a Lemus y los demás, también había tenido otros candidatos si ellos no resultaban ser lo que creía.
Tendrían que exponerse ante ellos; era un riesgo, pero ahora mismo no sabía qué más podrían hacer.
Así que les contó su idea a los demás, esconderse no era una solución y todos estaban de acuerdo. Eran conscientes de que Gabe debía permanecer oculto, pero eso solo hacía que fuese más urgente buscar la manera de tumbar a Robert y a su hijo del poder.
—¿Cómo haremos para llegar a más personas? No podemos simplemente tocar a su puerta —dijo Melik, acomodándose en su asiento.
—Además de que podría ser peligroso —intervino Lemus—. Si hablamos con la persona equivocada terminaremos todos muertos.
—Nadie va a terminar muerto —dijo Rose—. Tengo una lista que hice al llegar a Nottingham, se sorprenderán al saber la cantidad de gente que está dispuesta a luchar.
—De acuerdo, entonces podemos conseguir a las personas, pero ¿y los medios? —habló nuevamente Melik—. Ellos tienen todo un ejército, son la milicia. Nosotros aunque consigamos otras veinte o cincuenta personas, sin los medios estamos fritos.
—¿Quién dijo que tienen todo un ejército? —intervino por primera vez Gabe—. Yo estuve por más de dos años infiltrado en el Régimen, y te puedo asegurar que hay muchos soldados que odian lo que hacen, que solo están ahí porque la vida les jugó una mala pasada.
El silencio invadió la sala después de que Gabriel hablara, parecía que todos estaban analizando cuidadosamente lo que sus palabras podían significar para la causa.
Si lograban conseguir que algunos soldados se unieran a ellos, volverían a tener ojos dentro del Régimen, lo que en esos momentos sería una ventaja inmensa, además de que necesitarían toda la ayuda que pudiera llegarles.
—¿Crees que estarían dispuestos a luchar? —La voz de Lemus resonó en la habitación— ¿Confías en ellos?
—Sé de algunos que sí lo harían, con los demás tendría que averiguarlo.
Las ruedas del cerebro de Rose estaban girando rápidamente mientras organizaba todas sus ideas.
—De acuerdo, esto es lo que haremos —habló ella—. Gabe, contacta a tus hombres y reúne todos los que puedas, pero sé muy selectivo en ello; hazlo desde un teléfono desechable, no podemos arriesgarnos en lo más mínimo.
El moreno le dio un asentimiento con la cabeza a manera de comprensión.
—Lemus —continuó Rose—. Reúnete con Marcos, ahora mismo es el único aliado dispuesto a luchar que tenemos, cuéntale la situación y con él, junta a todas las personas en quienes confíes para esto, lo dejo a tu criterio.
—¿En serio? —preguntó Lemus un poco sorprendido.
Rose le dio una media sonrisa antes de agregar:
—Confío en ti.
Después los ojos de Rose viajaron hacia Enzo, y sin poder evitarlo un peso se instaló en su corazón.
—Enzo tu…
—Debo irme —completó él por ella—. Lo sé.
—Prométeme que te cuidarás —dijo ella en voz baja.
—Ok, chicos, no estoy entendiendo nada, ¿para dónde se va Enzo? —Melik veía a ambos alternando la mirada de Rose a Enzo.
—A hablar con los aliados —contestó Enzo sonriéndole a Rose—. Voy a estar bien.
Rose le dio un leve asentimiento con la cabeza, sin embargo no podía dejar de preocuparse, ni librarse de la sensación de presión que sentía en el pecho, Enzo se iría otra vez y ahora era porque ella se lo pedía. Rose nunca pensó que algo como esto podría llegar a suceder.
—¿Y yo qué voy a hacer? —preguntó Melik, parecía un niño pequeño.
—Tú, mi querido amigo —contestó Rose, sonriendo—. Vas a hacer nuestras municiones. Haz una lista de todo lo que necesitarás, yo me encargaré de conseguirlo.
El rubio parecía más que satisfecho con eso, de hecho se veía entusiasmado, era inevitable no sonreír cada vez que veía a Melik; y Rose no había pasado por alto que Gabe no dejaba de mirarlo.
—¿Qué harás tu Lyn? —preguntó Gabriel.
—Visitas —contestó la pelirroja—. Muchas visitas.
Melisandre
La mañana estaba fría, y una leve llovizna cubría las calles de la ciudad, algo que era muy normal en Inglaterra.
Las mejillas de Mel estaban levemente sonrosadas por el clima, y aun con los guantes puestos, sentía sus manos un poco frías; ella había salido de la iglesia desde muy temprano rumbo a su casa, con la esperanza de que le diera tiempo de llegar a su primer turno de trabajo, que era a las ocho de la mañana, y así, nadie extrañaría su presencia en la clínica.
Atravesó con mucho cuidado las aún desoladas calles de la ciudad, hasta que llegó a la puerta de su casa.
Apenas entró, Ruth salió disparada de la cocina, cuando sus ojos se encontraron con los de ella pudo notar la fina capa de lágrimas que cubría su mirada, y enseguida sintió una punzada de dolor en su corazón de solo pensar lo mal que debió haber pasado la noche, imaginando como estarían todos ellos.
Así que, sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia ella envolviéndola en un gran abrazo.
—Estaba tan preocupada —murmuró Ruth sobre su cabeza, sin soltarla.
—Lo sé, pero todos estamos bien, los chicos llegarán más tarde.
La mujer se separó finalmente de ella, la estaba observando fijamente, tenía la mirada llena de amor y preocupación; cuando sus padres murieron Ruth se había convertido en su familia al igual que Lemus, ella los había recibido en su casa, los educó y amó como sus propios nietos y de esa misma manera tanto ella como su hermano la veían como su abuela.
Cuando Melisandre se disponía a ir a su habitación para cambiarse por el uniforme de la clínica, el teléfono de la sala empezó a sonar sin descanso. Ruth se apresuró a contestar; al igual que ella, pensó que podrían ser los muchachos, pero no era así.
Un malestar le recorrió el cuerpo al notar el ceño fruncido de su abuela mientras hablaba con la persona al otro lado de la línea. Entonces, la mujer alzó la mirada hacia ella.
—Es para ti —dijo Ruth tendiéndole el teléfono—. Es una chica, suena bastante alterada.
Melisandre se apresuró a atravesar la sala hasta llegar al teléfono, y una vez lo tuvo en sus manos dudó unos instantes antes de pronunciar nada. Por alguna razón, tenía un muy mal presentimiento.
—¿Hola…?
—¿Mel? —La voz de una mujer sonó al otro lado de la línea, se escuchaba preocupada— ¿Mel eres tú?
—Sí… ¿Ana?
La voz de su amiga se escuchaba desesperada, y aunque las palabras parecían salir de sus labios a toda velocidad, la fuerza de estas no era más que un susurro, como si le diera miedo que alguien pudiera escucharla.
—Mel, escúchame… yo… yo hice algo. —Entonces Ana rompió en llanto, Mel podía escuchar sus sollozos a través del teléfono.
—¿A qué te refieres? Ana, me estás asustando. —La voz de la rubia salió más temblorosa de lo que esperaba.
—No sé en que estés metida, o si en realidad estás metida en algo, pero ellos me vinieron a buscar Mel, me sacaron de mi casa y yo… yo tuve que decir todo.
El corazón de Melisandre se detuvo por un instante, como si hubiese olvidado cómo funcionar, mientras sentía como la sangre se le helaba dentro del cuerpo. Aunque Ana no sabía nada sobre ellos y lo que hicieron, la rubia tenía la sospecha de que hacia allí era donde se dirigía esta conversación.
—Decir qué exactamente —preguntó Mel con los dientes apretados.
—Sobre tu relación con aquel soldado, ellos me preguntaron si había visto algo fuera de lo normal ese día y yo no sabía que decir, ¡me retuvieron por más de seis horas!
, amenazaron a mi familia. —Ana gritaba enérgicamente mientras sollozaba—.
Cuando vi una foto de tu novio en el escritorio del General él me preguntó si yo lo conocía, entonces todo vino a mi mente y yo simplemente lo dije.
Melisandre se había quedado muda, su cerebro al parecer se negaba a procesar aquellas palabras y lo que conllevaban, lo que la asociación con Gabe implicaría.
—Melisandre. —La voz de Ana la hizo reaccionar—. No sé qué andas haciendo, pero debes irte, ellos van para tu casa, me hicieron darles tu dirección… tienes que salir de ahí.
El teléfono se resbaló de las manos de la rubia, mientras que su corazón amenazaba con atravesar su pecho: iban hacia allí. El recuerdo del relato de Rose se hizo presente en sus recuerdos provocando que un escalofrío le atravesara la columna vertebral.
—¿Qué ocurre? —Las palabras de Ruth la sacaron de sus pensamientos.
—Debemos salir de aquí —dijo la chica en voz baja—. Lo saben, el Régimen lo sabe.