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“Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo, y saldrás vencedor en mil batallas”
—Sun Tzu
Rose
E ra su cumpleaños número siete y estaba emocionada por estrenar su vestido. Su madre había mandado a confeccionarlo exclusivamente para ella. Era del más rico de los verdes, lo que hacía resaltar el rojo de su cabello y el dorado de sus ojos.
La fiesta se había realizado en su jardín favorito del palacio.
Todos los hijos de las principales familias de Inglaterra y países aliados se encontraban, al igual que ella, desfilando en sus mejores galas.
Sin embargo, la princesa solo tenía ojos para uno de los invitados.
Lemus FitzGerald. Aunque sus padres solían decir que era muy grande para jugar con ella, él siempre le dedicaba gran parte de su tiempo cada vez que visitaba el castillo, y luego se iba al estudio de música con su hermano.
Sin embargo, cuando atravesó el jardín decidida a impresionar a todos con sus galas, se encontró mirando de frente los ojos azul hielo de Geoffrey, el hijo de uno de los generales.
Rosalyn siempre había sentido cierto miedo hacia el chico.
No olvidaba la manera en que él le había roto el cuello a aquel pequeño pájaro para luego fingir que había sido un accidente. Ella sabía que no había sido así.
Pero estaban esos otros momentos dónde él parecía ser un chico normal, era divertido y amable con ella, lo que hacía imposible que lo odiase.
—Hola, Geoffrey.
El chico, que debía tener ya unos doce o trece años, se veía cómo todo un adulto.
Llevaba un traje azul cobalto impecable y el cabello negro y abundante, peinado hacia atrás.
Los ojos azules clarísimos estaban fijados en ella y una pequeña sonrisa, que se veía más sincera que cualquier otra, adornaba sus labios.
—Feliz cumpleaños, Lyn.
La sonrisa que le dio en respuesta fue amplia, y cuando el pinchó una de sus costillas diciendo que ya no era tan pequeña, le fue inevitable reír.
—Es cierto, ya soy una niña grande.
Geoffrey la miró por unos segundos y en un parpadeo tuvo su rostro a centímetros del suyo.
—No deberías tener tanto afán por que el tiempo pase, Lyn. En especial si eso solo te acerca más a la muerte.
—Vo… ¿Voy a morir?
Geoffrey la miró con lo que pareció auténtico pesar, antes de asentir una vez en su dirección.
—Todos vamos a morir. Solo que algunos lo harán primero que otros. Feliz Cumpleaños, princesa.
Los rayos del sol comenzaban a filtrarse por la ventana de la alcoba, haciendo que Rose abriera muy lentamente los ojos.
La sensación de tener algo presionando su abdomen la hizo removerse incómoda y al bajar los ojos hacia su cuerpo, descubrió el motivo de esa presión: Lemus la tenía abrazada fuertemente de la cintura.
Los recuerdos de todo lo ocurrido la noche anterior la hacían acalorarse.
Volteó su rostro nerviosa y se topó de frente con el rostro dormido del castaño.
Se giró entre sus brazos y se permitió verlo mejor, de aquella manera se veía tan indefenso.
Tenía el cabello totalmente desordenado y las pestañas rozaban el inicio de sus pómulos, un gran morado se había formado alrededor de su ojo derecho.
Su pecho desnudo subía y bajaba de manera tranquila indicando que estaba rendido en los brazos de Morfeo.
Estaba encantada con cada pequeña cosa que veía, desde la manera en que sus labios carnosos estaban entreabiertos y el aire de su nariz movía levemente el cabello de su rostro, hasta la quijada definida con el rastro de barba cubriéndola; un hormigueo se apoderó de sus manos y se encontró deseando tocarlo, quería trazar con sus dedos el contorno de su cara.
Rose levantó su mano hacia él, pero no se atrevió a hacerlo, no quería despertarlo.
No todos los días se podía ver a Lemus tan tranquilo.
Sin embargo, sí se atrevió a mirar un poco más abajo y se topó con su pecho y abdomen desnudo, la sábana estaba enredada en sus caderas…
El recuerdo de él entre sus piernas le puso la piel de gallina y un sonrojo involuntario se instaló rápidamente en su cuello y mejillas; la noche anterior había sido maravillosa en muchos aspectos.
—Bella, me estás mirando tan intensamente que hasta invadiste mis sueños —dijo un soñoliento Lemus, sobresaltándola y abriendo los ojos.
El calor se multiplicó en el rostro de Rose, se suponía que era una experta en ver a la gente sin que lo notaran, pero imaginaba que estar a tan solo centímetros de la otra persona lo complicaba todo. Así que ahí estaba ella, con la cara incendiada y el corazón latiendo a mil.
—No te estaba mirando —mintió, rodando los ojos.
—Sí, lo estabas haciendo —ronroneó Lemus con una sonrisa, aprisionándola contra su cuerpo.
Rose puso los ojos en blanco y trató por todos los medios de no sonrojarse más y así poder conservar al menos algo de su dignidad.
—Como digas —murmuró fingiendo fastidio, pero la sonrisa que empezaba a colarse en sus labios la dejaba en evidencia.
Se giró para ponerse de pie, pero el brazo de Lemus se afianzó más en su cintura y la obligó a voltearse de nuevo hacia él.
—Te ves linda cuando te sonrojas —comentó a centímetros de su boca.
De forma inconsciente Rose bajó la mirada hacia esos labios carnosos y su corazón se disparó contra su pecho.
«¿Qué es lo que me hiciste, FitzGerald?» La pregunta llegó a su mente tan rápido como Lemus juntó sus labios en un cariñoso y corto beso.
Todo el cuerpo de Rose se relajó como respuesta, y esta vez sus manos si se permitieron viajar hasta su rostro y acunar la mejilla del castaño.
—Buenos días, cariño —murmuró Lemus sobre sus labios.
Sin autorización alguna de su parte, sus labios se ladean en una tonta sonrisa enamorada.
—Buenos días, FitzGerald.
Lemus le devolvió la sonrisa, y la aprisionó más cerca de él, tanto así que su rostro descansaba contra su cuello y sus manos rodearon el torso desnudo del castaño, mientras él dejaba caricias en su espalda.
Por unos minutos, Rose se dejó fundir en sus brazos y cerró los ojos ante el contacto, escondiendo su rostro en el pecho de él.
Estar entre sus brazos tenía en ella el mismo efecto que había tenido cuando niños, era mejor que cualquier remedio y siempre, siempre le hacía olvidar sus males.
Esto era justo lo que Rose quería seguir haciendo, sin embargo, no era lo que debía.
Ella tenía que bajar y enfrentarse al resto de sus amigos, debían planear qué harían y buscar una manera de ocultar a Gabe.
Lo complicado de la situación la hizo soltar un gruñido de frustración contra el pecho de Lemus, haciéndole reír un poco.
—Supongo que te acordaste de que debíamos bajar. —Lemus estaba acariciando cariñosamente su espalda.
Rose asintió contra su pecho como una niña pequeña y dejó salir groserías por lo bajo.
—Y por tu gruñido me imagino que no quieres hacerlo —prosiguió, divertido.
Otra confirmación silenciosa por parte de ella. Lemus la separó un poco de él para encontrarse con sus ojos.
—Todo va a estar bien, bella. Esos locos de abajo son tus amigos, nadie va a juzgarte.
Rose soltó la respiración que estaba conteniendo y asintió de nuevo en silencio.
Luego, miró fijo a Lemus y ladeó la cabeza.
Los ojos del castaño estaban brillando, haciendo que el gris en ellos se volviera más intenso.
Ella inclinó un poco el rostro hacia arriba y le dio un tierno beso en los labios.
—Gracias —murmuró en sus labios—. Por todo.
Lemus besó su frente en respuesta, y ella prosiguió a ponerse de pie.
El fuerte sonido de un repique de campanas les avisó que eran las siete de la mañana; Rose abrió una gaveta, sacó una toalla y se dirigió hacia el baño para darse una rápida ducha antes de bajar, pero entonces Lemus se atravesó en su camino sonriendo de oreja a oreja.
—Deja de hacer eso, me estás asustando —dijo Rose frunciendo las cejas.
—Sabes bella, la situación del país no es la mejor, yo creo que deberíamos ayudar.
—Lemus avanzó sigilosamente hacia ella—.
Tenemos que tomar conciencia y ahorrar un poco de agua.
—Al terminar de decirlo la levantó por los muslos y ella instintivamente enredó las piernas en sus caderas.
De esa manera la llevó hasta el interior del baño mientras cerraba la puerta.
Una vez en la planta baja, Rose y Lemus se dispusieron a buscar a sus amigos, aunque este último insistió en hacer una parada antes en la cocina argumentando que tanto “ejercicio” lo estaba matando de hambre, ella colocó los ojos en blanco y lo acompañó.
Al final encontraron a Melik, Enzo y Gabriel reunidos en la sala de siempre sosteniendo tazas de té, bueno Gabe tomaba café, nunca había sido amante al té.
Apenas entraron todos los ojos se posaron en ella, Enzo la veía con preocupación, pero en cambio Melik y Gabriel…
—¡Oh! veo que por fin han solucionado cierta tensión sexual —comentó el rubio sonriendo y moviendo las cejas hacia su amigo.
En la mesa, Gabriel casi se ahoga con su café cuando soltó una estruendosa carcajada; a pesar de estar roja como un tomate, Rose agradeció aquella distracción, la necesitaba, hacía que la conversación que debían tener fuese mucho más fácil y ayudaba a disipar su miedo a que estuvieran enojados con ella.
Rose volteó a ver a Lemus, pero este solo le sonreía como cualquier macho orgulloso a su hermano, aunque ella divisó una pizca de travesura en su mirada.
—¿Cómo sigues? —preguntó Rose a Melik.
—Estoy excelentemente, su alteza —contestó su amigo, haciendo una pequeña reverencia.
A Rose se le erizó la piel al escuchar aquel calificativo, y no pudo evitar sacudir un poco el cuerpo.
—No —dijo sacudiendo—. No soy la alteza de nadie, y mucho menos de ustedes, soy solo Rose, o… Rosalyn, como prefieran.
Melik la evaluó con la mirada por unos segundos, antes de darle una sonrisa y asentir hacia ella.
—Como gustes, guapa.
Rose le sonrió cariñosamente, de alguna manera ese chico había logrado colarse en sus huesos, tanto él como su hermana eran realmente especiales.
Ella volteó a mirar a Enzo, él la estaba observando detenidamente, como asegurándose de que estuviera bien, así que caminó decidida, atravesó la habitación hasta estar frente a él y allí le dio un fuerte abrazo.
—Gracias —le dijo en voz baja.
—Ni lo digas —contestó él, devolviéndole el abrazo.
Cuando Rose se separó de Enzo, se giró para encarar a sus amigos, mientras tomaba una profunda respiración.
—Bueno, es hora de hablar —dijo, al tiempo que tomaba asiento frente a la mesa—. Tal vez deberías ir a buscar a Mel. —Se dirigió a Melik.
—Ella se ha ido —comentó Enzo.
—¿Qué? —gritaron Rose y Lemus al unísono— ¿Por qué?
—Para evitar sospechas, después de lo ocurrido lo mejor es llevar las cosas lo más normal posible, y todos saben que ella estuvo en la fiesta, sería muy extraño si ahora desapareciera.
—De acuerdo. Entonces lo mejor será hacer esto rápido para que ustedes también vuelvan a casa.