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Lemus
E so fue justo lo que hizo. Capturó sus labios en un beso que ella no dudó en corresponder.
Abrió su boca para él y dio paso al roce de sus lenguas y mordiscos ansiosos, que enviaban ráfagas de deseo por todo su cuerpo.
Rose se aferró a su cabello mientras se colocaba a horcajadas sobre él, tomándolo completamente desprevenido.
Era la primera vez que la tenía tan cerca, la primera vez que la sentía de esta manera y le encantaba, lo enloquecía.
Lemus le rodeó la cintura con sus brazos, mientras soltaba su boca para besar suavemente el inicio de su oreja e ir dejando besos húmedos por toda la línea de su cuello.
Rose cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás dándole vía libre, y cuando Lemus besó la curva de su hombro, ella soltó un pequeño gemido que hizo despertar todo en él, y olvidar el mundo a su alrededor.
La acostó en la cama con el cuidado de una pluma, y quedó sobre ella mientras sus labios volvían a devorarse con devoción.
Sus manos viajaban y delineaban el cuerpo de la pelirroja como si fuera un lienzo.
Cuando se separó de sus labios y la miró, quedó embobado con la imagen de Rose.
Ese rostro completamente rojo, y los labios hinchados, los puntos verdes en sus ojos se había intensificado y se mezclaban con el amarillo formando un color ámbar intenso; lo amaba.
Ella le dio una sonrisa traviesa y levantó ambos brazos sobre su cabeza en una petición silenciosa.
Lemus sabía que su corazón nunca había ido tan rápido, y que sus manos nunca habían temblado mientras desnudaba a una mujer.
Tomó la blusa de Rose con ambas manos y muy lentamente fue deslizando la tela hasta quitarla por completo.
El panorama que tenía frente a él era perfecto, toda ella era perfecta, y su cuerpo no hacía más que reaccionar ante ese hecho.
Y por la sonrisa en los labios de ella, supo que lo había notado.
—Parece que alguien está emocionado.
Él le regresó la sonrisa, no pensaba negar lo que era obvio, ni mucho menos esconder todo lo que le despertaba, aunque sabía que, sin quererlo, se había sonrojado.
Pero es que toda esa situación era nueva para él.
Nunca había estado con una mujer por la que realmente sintiera algo más que deseo pasajero.
Pero con Rose sentía sus emociones desbordarse, todo estaba intensificado.
—Yo podría decir exactamente lo mismo —dijo Lemus sin poder sacarse la sonrisa de estúpido que llevaba pegada en el rostro, mientras empujaba sus caderas, robando un gemido de Rose.
Rose negó con la cabeza. Aun con las mejillas encendidas, tomó la camisa de Lemus entre sus manos y se impulsó hacia arriba, capturando sus labios en un beso, antes de despojarlo de la prenda.
—Tu turno —le susurró Rose, con una mirada traviesa y la respiración acelerada.
El corazón de Lemus nunca había latido tan fuerte en su vida, ya ni los golpes que llevaba le molestaban.
Sonrió mientras se inclinaba sobre ella y le daba un pequeño beso en los labios.
Cuando soltó su boca pasó hasta sus mejillas, borrando el rastro que las lágrimas habían dejado allí hacía unos minutos.
Luego bajó por su cuello dejando besos húmedos por todo su cuerpo, a la vez que la recostaba de nuevo en la cama.
Con lentitud, le desabrochó los pantalones, y los fue retirando hasta dejarla nada más que con su ropa interior. Lemus creyó en esos momentos que la anticipación podía matarlo; estaba tan excitado que le dolía.
Rose se arrodilló sobre la cama frente a él y pasó las manos por su cabello antes de acercarse y dejar besos por sus mejillas y cuello, tal como él acababa de hacer con ella.
Las manos de Rose se sentían frágiles y delicadas mientras bajaban por su pecho descubierto hasta encontrarse con el inicio de sus pantalones; Lemus dejó soltar un gemido mientras la sostenía de la cintura. Ella iba a matarlo.
—Eres hermoso, FitzGerald —murmuró la pelirroja sobre su boca.
Y antes de que Lemus pudiera decir algo, sus bocas volvieron a unirse en un beso hambriento y lleno de deseo.
La acostó de espaldas sobre la cama sin soltar sus labios un solo instante; fue acariciando cada curva de su cuerpo, dejándose llevar por la sensación que de la piel desnuda bajo sus manos.
Cuando llegó a sus muslos muy lentamente comenzó a trazar círculos con sus dedos.
Rose soltó un gemido de frustración y Lemus no pudo evitar sonreír sobre sus labios.
—¿Pasa algo bella? —preguntó con voz ronca.
—Estás jugando con fuego, FitzGerald.
Las palabras murieron en sus labios cuando él se alejó y, con toda la delicadeza que pudo, la despojó de su ropa interior. La suya también se fue, y de inmediato los ojos de Rose lo examinaron de tal manera que pudo sentir cada centímetro de su cuerpo endurecerse en respuesta.
Lemus quería hacer tantas cosas, y al mismo tiempo tenía miedo de arruinarlo.
Esto era nuevo para él, necesitaba mirarla a los ojos para asegurarse de que no estaba pasando ningún límite, no quería que ella sintiera que se estaba aprovechando de la situación.
Pero Rose le sonrió, con esa sonrisa hermosa y salvaje que a él lo volvía loco.
Ella volvió a tomar su rostro entre las manos y juntó sus labios.
Él le devolvió el beso y Rose le rodeó el torso con las piernas dejándole vía libre hacia su intimidad.
Cuando sus cuerpos se unieron, encajando perfectamente uno en el otro, el interior de Lemus explotó en una lluvia de sensaciones que nunca había experimentado, que no pensó que alguna vez sentiría.
Había estado con muchas mujeres a lo largo de su vida, pero nunca una mujer lo había hecho sentir todo lo que sentía con Rose.
Ella hacía que cada caricia y roce de sus labios cobrara vida.
Convertía el estar dentro de ella, en una conversación de amor donde ambos se encontraban en la misma sintonía y, por primera vez en su vida, notó la diferencia entre el sexo y hacer el amor.
Por primera vez, en mucho tiempo, era realmente feliz.
Geoffrey Randall
Eso no podía estar pasando. ¿Cómo era posible? La duda no dejaba de dar vueltas en la mente de Geoffrey mientras la imagen de aquella pelirroja regresaba una y otra vez. ¿De verdad podía ser ella? Él la vio muerta muchos años atrás, tendida en el suelo del palacio.
Aquella noche su padre lo había despertado y le dijo que lo llevaría a una misión, su primera y más importante prueba para convertirlo en un hombre de verdad.
Aunque conocía la tensión entre el ejército y la realeza, Geoffrey ya formaba parte de ese juego como el mayor infiltrado del ejército dentro del palacio.
Lo que nunca imaginó fue que terminaría presenciando una masacre.
Estuvo allí cuando su padre asesinó al príncipe, el hermano de la joven. Aún recordaba cómo el muchacho le suplicaba que hiciera algo, que lo detuviera. Una risa amarga escapó de sus labios, como si él hubiera tenido algún poder para impedirlo.
Los príncipes nunca fueron de su agrado, ninguno de los dos.
No eran más que niños mimados, acostumbrados a que se les diera todo, nunca sufrieron como él lo hizo.
Aunque, debía aceptar que ese podía ser, muy seguramente, el pensamiento que se obligaba a tener, porque, a su pesar, aceptaba que los pocos buenos recuerdos que tenía de su infancia siempre la involucraron a ella.
Por eso, cuando vio el pequeño cuerpo sin vida de la princesa aquella noche, le fue imposible ocultar en su rostro la repulsión que sintió por lo sucedido.
Ahora Geoffrey no dejaba de dar vueltas por la habitación pensando qué hacer al respecto. Necesitaba capturarlos, toda la situación se le estaba saliendo de las manos y ponía en juego todo lo que llevaba tanto tiempo esperando: la guerra.
Tenía todas sus fichas puestas en esta guerra, necesitaba desestabilizar al pueblo de Inglaterra mientras movía los hilos en América y fortalecía su posición. Iba arrebatarle a su padre lo más preciado que tenía, le quitaría todo el poder.
Alguien tocó la puerta y ese sonido lo sacó de sus pensamientos. Giró, reacio y gritó:
—¿Qué?
Desde el otro lado de la puerta se escuchó el carraspeo de un hombre; uno de los soldados.
—Se… señor, su padre ha llamado, dice que lo espera mañana en Londres para el almuerzo, señor.
El general se apresuró a abrir la puerta para encarar al soldado que se encontraba al otro lado del umbral. El rostro del uniformado estaba tan blanco como el papel.
—¿Ha dicho algo más? —preguntó con voz lúgubre. Tenía los dientes apretados y su rabia solo iba en aumento.
El soldado se veía indeciso en responder aquello, pero era muy consciente de que, si no lo hacía, solo le iría peor. Así que dio un asentimiento con la cabeza y agregó:
—Ha dicho que espera que no llegue con las manos vacías… señor.
Lo sabía, él de alguna manera sabía que eso era lo que le iba a decir.
Dio un vistazo rápido al reloj de su habitación, eran las diez de la noche; por el toque de queda todo el mundo debería estar en su casa.
Geoffrey clavó los ojos en el soldado y con la voz tan fría e impenetrable como el acero le ordenó.
—Tráeme a la enfermera y a cualquiera que represente una debilidad para ella. Si sabe algo voy a hacerla hablar.
El soldado le dio una sonrisa de lado y asintió respetuosamente en su dirección antes de perderse entre los pasillos de la casa.
Si los soldados tenían razón y una de las enfermeras se veía sospechosa, entonces él iba hacer que le dijera todo, ya sea por las buenas o por las malas.