Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 45
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Lemus

L emus estaba en estado de shock en ese momento. Ella sabía quién era él. Siempre lo supo, lo recordaba y tal como lo pensó, él la había lastimado con todas las cosas que dijo sobre sus padres.

—Bella —la interrumpió—. Cariño, mírame.

Rose abrió los ojos y los fijó en él. Lemus le regaló una pequeña y sincera sonrisa, mientras seguía acariciando su rostro.

—Primero que nada —habló, acercándose un poco más a ella—.

Yo no te odio; te lo dije hace tiempo, yo nunca podría odiarte.

No voy a negar que estaba enojado y dolido, porque sí, fue así.

Pero no te odio, ¿de acuerdo? —Rose lo estaba mirando con atención y cuando él la miró esperando su respuesta, ella se sonrojó y asintió lentamente con la cabeza—.

Segundo —continuó hablando Lemus—. Yo también quiero disculparme contigo.

—Pero si tú no has hecho nada —negaba enérgicamente con la cabeza, haciéndolo sonreír.

—Culpé a tus padres por mis desgracias y muchas otras cosas más, pero resulta que estaba equivocado, era un niño dolido que pasó a convertirse en un hombre rencoroso y jodido que necesitaba desesperadamente alguien a quien culpar; y por eso te pido perdón.

El agradecimiento estaba reflejado completamente en la mirada que Rose tenía en ese instante.

Lentamente fue separándose de sus rodillas, hasta quedar totalmente erguida sobre la cama, su cabeza se inclinó hacia un lado, de esa manera que hacía a Lemus volverse loco y sin previo aviso se acercó hacia él y depositó un pequeño beso al inicio de su boca.

El simple roce de los labios sobre su piel logró acelerar completamente su ritmo cardiaco, pero ahora mismo no podía dejarse llevar por las emociones, había algo más que necesitaba saber primero.

—Necesito que me contestes algo —dijo él, apelando a todo su autocontrol, para no lanzarse sobre ella y besarla—. Y necesito que me digas la verdad, ¿De acuerdo?

—De acuerdo —asintió Rose, mirándolo curiosa.

—Cuando fuiste a verme a la taberna, ¿ya sabías quién era yo?

La pregunta pareció haberla cogido de sorpresa. Rose abrió la boca y luego desvió unos segundos la mirada antes de enfrentarlo nuevamente.

—Lo sospechaba —dijo al fin, intentando sonar despreocupada, pero falló rotundamente en el intento. Un leve sonrojo cubrió sus mejillas—. Estaba casi segura.

Lemus la miró entrecerrando los ojos y se acercó un poco más hacia donde ella estaba. En esos momentos ya estaban tan cerca que sus cuerpos se rozaban.

—¿Cuándo estuviste segura? —Lemus necesitaba saber. Tal vez no fuera tan importante, pero él quería saberlo.

—Tu cicatriz —contestó Rose, señalando la pequeña marca que Lemus tenía en el inicio de la ceja, y entonces dudó, cómo si no estuviera segura de querer seguir hablando.

Sorprendió a Lemus, y su rostro se sonrojó antes de que desviara la mirada—.

Yo te había estado buscando durante mucho tiempo, pero no estabas en Londres, y entonces recordé que tu abuela vivía en Nottingham, y aunque no sabía si seguían con vida, tenía que intentarlo.

Así que le pedí al padre que se trasladara de casa segura e investigara.

Cuándo él creyó que te había encontrado viajé hasta aquí y me mudé a la iglesia.

Llevaba varios meses espiándote a ti y a los mellizos, pero nunca los había tenido realmente cerca para comprobar si eras tú, siempre los veía desde las sombras.

El día que fui a esa asquerosa taberna y te vi, entonces lo supe.

La cicatriz. Por supuesto que ella sabía de su marca, había estado allí cuando se la hizo.

Fue hace muchos años atrás cuando Lemus visitaba el palacio con su padre.

A ellos los enviaban a jugar siempre en los jardines.

Y un día, tratando de impresionar a la princesa, intentó treparse a la copa de un árbol para recuperar la cinta de su cabello, pero cuando varios pájaros se espantaron con su presencia, perdió el equilibrio y se cayó.

Se había partido el brazo izquierdo y la ceja en aquella ocasión.

—Pudiste haberte matado —dijo Rose, como si hubiese estado, al igual que él, recordando el momento.

Lemus la miró y sonrió ante ese comentario.

—Eso fue lo mismo que me dijiste aquel día. Después de haberme golpeado por haberme caído, claro.

Rose dejó escapar un poco la risa y a esas alturas ya estaba totalmente roja.

—¿Por qué no me lo dijiste cuando me reconociste? y no me digas que era por miedo, porque sé que hay algo más.

La pelirroja hizo una mueca en su rostro. Sus manos se movían con nerviosismo y parecía estarse debatiendo entre si debía o no decir algo al respecto.

—No sabía qué esperar —soltó al fin y Lemus reconoció una pizca de frustración en su voz—. Tú estabas tan cambiado, había pasado tanto tiempo, cuando te vi me di cuenta de que ya no éramos unos niños. Yo… yo estaba enojada contigo.

De todas las cosas que Lemus pensó que podría escuchar, esa no era ninguna de las posibilidades. ¿Por qué demonios estaría ella enojada con él? Antes de ese día ni siquiera habían cruzado palabra alguna en diez años. Era absurdo.

—¿Enojada? —Lemus le miraba incrédulo, sus cejas casi tocaban el inicio de su cabello— ¿Por qué estarías enojada?

Rose lo miró como si la respuesta fuese obvia y estuviera justo en sus narices.

—Porque te habías convertido en un completo idiota —dijo Rose, mirándolo fijamente.

Tal vez si era algo obvio después de todo—.

Hiciste de tu vida un desastre. Aunque te matabas por ayudar a los demás, siempre te olvidaste de ti.

—Rose hizo una pausa y en voz baja agregó— : todas esas mujeres, las relaciones de un día, las peleas…

¡Dios!, te estabas destruyendo. Cuando confirmé que eras tú me enojé demasiado, así no era como se suponía que tendrías que estar viviendo tu vida.

Se suponía que al menos uno de nosotros debía ser feliz.

Lemus estaba mudo, realmente no tenía ni idea de qué decir al respecto.

Todo lo que ella acababa de decir era verdad; había vivido su vida de manera vacía, sin apegarse a nada ni nadie más que su familia y en muchas ocasiones ni siquiera ellos podían llegar a él.

No del todo, no en realidad. Hacía todo lo que podía para que los demás estuviesen bien, pero nunca le dio mucha importancia a su propio bienestar, no pensó que lo mereciera.

A fin de cuentas se había quedado inmóvil el día que mataron a su madre, sin hacer nada para ayudar, y creyó que merecía ser miserable por eso.

Era algo que Melik y Melisandre siempre le reprochaban, pero ahora, viniendo de ella, tenía un matiz de dolor distinto al de sus amigos, en Rose podía notar la decepción y eso lo mataba.

—No sabía cómo hacerlo —se sinceró con un hilo de voz—. Ser feliz, me refiero. No sabía cómo. No creí que lo mereciera.

Rose estiró la mano y atrapó entre sus dedos uno de los mechones sueltos de su cabello y lo peinó con cariño hacia un lado.

—Lo mereces, más que nadie Lemus.—Sus palabras llegaban a su corazón cómo una caricia— Y aunque yo tampoco sé cómo serlo, estás últimas semanas, sin planearlo, lo he sido más de lo que puedo recordar en mucho, mucho tiempo. Si quieres podemos buscar la manera de ser felices… juntos.

Lemus se quedó viendo a Rose por un instante, mientras sentía su corazón acelerándose en sintonía con su respiración.

Sus palabras, su mirada y su sola presencia tenían el poder de mover su mundo por completo.

Sin apartar sus ojos, se inclinó hacia delante y enredó una de sus manos en ese cabello rojizo, y rozó con ternura su nariz con la de ella.

—Sería todo un placer ser feliz a tu lado, Rosalyn.

Rose cerró la pequeña distancia que los separaba uniendo sus labios en un beso.

Pero no era un beso como ningún otro que hubieran compartido antes.

En ese beso había reconocimiento y anhelo.

Estaba lleno de necesidad y amor. Porque si, él estaba bastante seguro de que estaba enamorado de ella.

Lo sentía en cada fibra de su ser. En el cosquilleo de sus dedos cada vez que la veía.

En el latir de su corazón cuando la hacía sonreír.

En la paz que recorría su cuerpo cuando la tenía entre sus brazos.

En la perfecta tormenta en que se convertían cuando la besaba.

Era una sensación que nunca había sentido, pero que a la vez era como si siempre hubiese estado ahí, a la espera de despertar, y él podría apostar que ella se sentía de la misma manera.

Y sintiéndose valiente se atrevió a romper esa barrera que siempre había puesto entre él y la felicidad, dejando salir las dos palabras que llevaba ancladas en el alma y sabía que eran solo para ella.

—Te amo.

La pelirroja se separó lo suficiente para poder mirarlo a los ojos. Tenía la confusión y la alegría brillando en sus ojos, y Lemus se sorprendió de lo mucho que había aprendido a leer aquellos ojos que en un comienzo tanto le costaba entender.

—¿Qué dijiste? —preguntó Rose con un hilo de voz.

Lemus le sonrió y se acercó hasta que sus alientos se mezclaron.

—Que te amo. Te amo, Rose. —Lemus soltó una risa nerviosa antes de seguir—. Te amo como nunca pensé que la vida me permitiría amar a alguien. Te amo tanto que me asusta. Y sé que puede ser pronto para ti,  entiendo si tu no sien…

—Ni siquiera se te ocurra terminar esa frase —espetó Rose antes de volver a juntar sus labios—. Yo también te amo FitzGerald, desde hace mucho tiempo, más de lo que quisiera admitir… —murmuró sobre su boca—. Ahora, bésame como si el mundo se fuera a acabar.