44
“Una lengua puede herir más que un cuchillo, y una caricia, sanar más que un médico”
~Sergio Lubel
Lemus
E staba intentando mantener la cabeza fría y no dejarse llevar por los sentimientos, pero no podía.
Él mismo era, en esos momentos, un torbellino de sentimientos que estaban liderados por el dolor, el engaño y la rabia.
Este último iba dirigido, en su mayoría, a él mismo, porque debió haberlo sabido.
Se sentía estúpido por no haberlo visto, por no haberla visto a ella.
Y eso solo hacía que el dolor fuera más grande.
Él siempre sospechó que lo que fuera que ella escondiera debía ser algo profundo, pero nunca se le ocurrió que sería algo como eso.
¿Cómo fue posible que no la reconociera?
Esa era la pregunta que estaba haciendo eco en su cabeza y a la vez era lo que hacía que toda la mentira le doliera tanto.
Ellos habían sido amigos cuando pequeños.
Jugaron juntos, pelearon, rieron innumerables veces detrás de las puertas del palacio.
Apenas Lemus descubrió lo que Rose les quería decir quedó helado, no dejó que ella se explicara, y aunque sabía que no tuvo la mejor reacción, estaba en shock; ¡ella era la princesa de Inglaterra, por Dios!
Ella era la amiga que había elegido olvidar.
La cantidad de veces que habló mal de los reyes y la manera en que gobernaron llegó de golpe a sus recuerdos, todas esas palabras desmedidas que, sin saberlo, la estaban lastimando.
Lemus presionó sus ojos con las palmas de sus manos hasta que vio puntos negros. Quería desaparecer, quería que todo esto fuera un mal sueño porque, de lo contrario, estaba muy jodido.
No quería retroceder todo lo que había avanzado con Rose, él sabía, a pesar de todo, que no cambiaría un solo segundo de lo vivido a su lado. Pero no podía mentirse a sí mismo y decir que esta revelación no le dolía; por ella, por él y por los niños que fueron.
—Hola, muchacho. —La voz del padre Sirilo a su lado lo hizo bajar las manos de su rostro.
Ni siquiera había sentido sus pasos, el hombre tenía el mismo sigilo que Rose cuando quería.
—Hola.
El sacerdote se acercó y tomó asiento a su lado. Estaba viendo hacia el suelo y tenía la mirada perdida, por un momento Lemus pensó que no diría nada, pero entonces habló:
—Cuando Rose llegó a la iglesia de la mano de Gabriel, bañada en la sangre de sus familiares, yo no sabía cómo reaccionar o qué hacer.
Eran solo niños, y habían vivido algo horrible, traumático.
Pensé que tal vez no se podría recuperar nunca, que ninguno de los dos lo haría.
—El padre guardó silencio un instante y Lemus se giró en su asiento para darle toda su atención—.
Sin embargo, ella solo lloró la primera semana.
Después, algo en su interior cambió, fue como si la niña que era se hubiese muerto aquella noche en el palacio para traer en cambio a una mujer con un solo propósito…
—Venganza —dijo Lemus en un murmullo.
El padre le dio un pequeño asentimiento, mientras masajeaba el puente de su nariz.
—Pasaron diez años. Diez años para que yo volviera a ver a aquella niña —continuó el hombre ahora con los ojos fijos en Lemus—. Tu hiciste lo que ninguno de nosotros pudo hacer: la trajiste de vuelta. Por eso te pido que recuerdes lo que un día te dije.
Lemus no tenía idea de a qué se estaba refiriendo el padre, pero entonces, sin darse cuenta, casi como si las palabras del sacerdote lo hubiesen invocado, el recuerdo de una conversación invadió su memoria.
— “Trata de no juzgar tan fuertemente a las personas, recuerda que la mayoría de los actos se hacen por amor” —dijo Lemus con la voz rota.
El hombre le regaló una sonrisa triste y posó su mano sobre la suya.
—No creíste que el hecho de que ella se acercara a ti; que fuiste su amigo más querido en la infancia; fuese pura coincidencia, ¿o sí?
El cerebro de Lemus no lograba asimilar toda la información lo suficientemente rápido. Entonces, el padre se colocó de pie, dejándolo aún más confundido.
—¿Qué quiere decir? —La pregunta le salió desesperada, ansiosa por saber la verdad de todo.
—Oh no, eso debe decirlo ella —dijo el padre antes de perderse detrás de las puertas que llevaban a la verdadera iglesia de la casa.
Nuevamente solo, sentado en la sala de la casa segura, no podía sacarse de la cabeza las palabras del padre, ¿sería posible que ella lo recordara?
¿Que esto no fuera una cruel broma del destino?
Una risa triste y carente de humor salió de sus labios, mientras meneaba la cabeza y se ponía de pie para dirigirse al único lugar dónde encontraría respuestas.
Lemus nunca había estado en la alcoba de Rose.
Desde que comenzaron a salir ella nunca lo había invitado y él nunca se lo había pedido.
Las cosas iban lentas entre ellos y eso le gustaba.
Ya había tenido suficiente de lanzarse al vacío, esta vez, a pesar de estar metidos hasta el cuello de problemas, no quería correr.
No con Rose; quería memorizar cada segundo que pasaba con ella y tomarse su tiempo para conocerla.
Sin embargo, debía admitir que tampoco es que hubiesen tenido muchas oportunidades para darle un vistazo a la alcoba. Ahora la estaba viendo por primera vez.
Paseó los ojos por todo el lugar. Desde la alfombra de fibra aguamarina que ocupaba casi la mitad de la alcoba, hasta el gran tocador victoriano de tres espejos en uno de los laterales, terminando en la cama blanca con dosel turquesa donde en el medio se encontraba Rose.
Se veía más pequeña de lo normal acurrucada contra su cabecero victoriano.
Lemus no sabía qué decir. Por dónde empezar; nunca había sido realmente bueno con las palabras; o al menos no lo había sido hasta que la conoció y empezó a intentarlo.
El hecho de que ella ni siquiera lo mirará empeoraba todo.
Con algo de duda, dio un paso hacia adelante para acercarse a ella, y entonces ocurrió: Rose levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.
Lemus pudo sentir cómo su corazón se contrajo al ver las venas rojas sobresaliendo de sus ojos y las marcas de lágrimas secas adornando sus mejillas.
Sin pensarlo dos veces, atravesó la distancia que los separaba hasta llegar a su lado y con mucho cuidado se sentó junto a ella en la cama.
—Hola, bella —dijo en un murmullo, pues era lo único que había logrado salir de sus labios.
Esas eran palabras inofensivas que, de alguna manera, él esperaba que ella supiera interpretar como su manera de demostrarle que todo seguía bien.
Pero Rose continuaba sin decirle nada. Solo se limitaba a mirarlo y ni siquiera eso parecía poder hacerlo, cada vez que lo hacía sus ojos se alejaban rápidamente y caían nuevamente en la cama; de alguna manera todo el enojo que Lemus tuvo momentos antes se había esfumado y ahora solo le quedaba la enorme necesidad de que ella estuviese bien. Que volviera a sonreír.
—Por favor, cariño. Háblame. Insúltame, golpéame si quieres. Pero no te quedes callada. Me estás matando, bella.
Cada minuto que Rose permanecía en silencio, los nervios destrozaban su interior. Se estaba volviendo loco. Esa vez cuando Rose volvió a inclinar la cabeza, sus ojos estaban húmedos y la mirada era la más triste que Lemus alguna vez le había visto.
—Lo lamento tanto, Lemus —dijo ella con la voz rota.
No sabía qué hacer. Porque aunque no quería hacerla sentir peor, ni quería verla sufrir, él necesitaba saber la verdad. La verdad sobre ellos.
—¿Qué es lo que lamentas?
Rose se encogió aún más y llevó sus piernas hasta su pecho apoyando la cabeza en sus rodillas mientras lo observaba.
—Todo… —dijo con un suspiro lastimero y voz entrecortada—.
Lamento que tus padres hayan muerto por culpa de los míos.
Sé que tu papá estaba ese día en el palacio y murió con todos los demás.
—Lemus sintió como la piel se le puso de gallina con el solo recuerdo de su padre—.
Lamento mucho haber sobrevivido y que ellos no lo hicieran, yo no sa…
—¡Para! —Lemus gritó, mientras acercaba sus manos a las mejillas de Rose.
Su pulso se había acelerado y la incredulidad y el dolor lo invadía—.
Nunca, bella. Escúchame bien: jamás te vuelvas a disculpar por estar viva.
Porque si no lo estuvieras, entonces yo no te habría encontrado, o bueno, no lo habrías hecho tú, y entonces seguiría siendo miserable, porque tú le diste luz a mi vida.
Con mucho cuidado separó las manos del rostro de Rose. Las lágrimas ya habían empezado a caer de esos ojos ámbar, y él, con sus dedos, limpió la humedad de sus mejillas. Rose cerró los ojos, estremeciéndose notoriamente ante el contacto, mientras respiraba con dificultad.
—Lamento no haberlo dicho antes —continuó la pelirroja en voz muy baja, una vez que se había tranquilizado—.
Pero tenía miedo. Sabía que cuando supieras quien soy ya no sería como antes.
Me odiarías; siempre estabas diciendo que los reyes arruinaron a tu familia, así que yo… yo solo estaba asustada.