Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 43
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Enzo

«E stúpido, Lemus, por reaccionar así, y más estúpido aún Gabriel, por haberla hecho hablar».

Eso era lo único que podía pensar Enzo al ver cómo se encontraba Rose.

No es que pensara que Lemus iba a reaccionar de otra forma, él de algún modo lo entendía.

Sin embargo, no podía soportar ver a Rose así.

Se adelantó a Gabriel, que ya comenzaba a ponerse de pie, se acercó hasta donde Rose estaba y la envolvió en sus brazos. Luego se giró a sus amigos.

—Gabriel les dará lo que necesiten por si desean pasar la noche acá —dijo, lanzando una mirada significativa en su dirección.

Y, sin mediar más palabra, salió de la habitación junto a Rose; se dirigieron hasta la recámara de la pelirroja que se encontraba en la última planta, cerca al campanario. Apenas atravesaron la puerta y la cerraron a sus espaldas, Rose se lanzó sobre su cama en total silencio.

Las lágrimas seguían cayendo por su rostro, pero Enzo ya no estaba seguro de que todas se debieran a la reacción de Lemus. Con mucho cuidado se acercó y se sentó a su lado. Rose se volteó y apoyó su rostro sobre el pecho de Enzo, que no dudó ni un instante para estrecharla con fuerza.

—Los echo tanto de menos —murmuró la pelirroja contra su pecho.

Enzo sintió como el corazón se le contrajo. Hacía mucho tiempo que Rose no hablaba de sus padres con él, o del dolor que aún sentía por su ausencia, pero él sabía que todo lo que hacía era por ellos.

—Sshhh, lo sé. Lo sé.

De esa manera estuvieron tanto tiempo que pudieron ser horas, minutos o segundos, Enzo no estaba seguro, solo sabía que ella lo necesitaba, y él no iría a ningún lado mientras fuera así. Aunque debía admitir que, apenas tuviera la oportunidad, intercambiaría algunas palabras con cierto castaño.

—Me debe odiar —soltó Rose de repente, separándose de él.

Ella tenía la nariz roja y los ojos hinchados de tanto llorar, parecía la misma niña pequeña que conoció la fatídica noche de hace casi once años. Y él se sorprendió al notar, que nunca la había vuelto a ver tan frágil desde que la conocía.

—No, no te odia —contestó sabiendo exactamente a quién se refería—. Ese chico está demasiado enamorado para odiarte. Simplemente está dolido, necesita tiempo para pensar bien las cosas.

Rose parecía estar analizando sus palabras, y su rostro se había puesto significativamente rojo. Entonces, con algo de timidez levantó la mirada hacia él y preguntó en voz muy baja.

—¿Y tú me odias?

Enzo le devolvió la mirada y fue entonces su turno de analizar las palabras que le decía.

Él era consciente de que ella le preguntaba por su relación con Lemus, y, a pesar de que debía admitir que cuando llegó se le hacía insoportable solo pensar en ellos dos juntos, en ese momento ya no estaba seguro.

Tal vez Rose tenía razón, las cosas ya no eran como antes.

Él se había dado cuenta de los sentimientos de Lemus hacia ella, incluso antes que la propia Rose lo aceptara; y sabía que eran auténticos.

Enzo se sorprendió al darse cuenta de que ya no le disgustaba de igual manera el hecho de que Rose estuviera enamorada de alguien más.

—No, no te odio. Y antes de que lo preguntes, tampoco odio a Lemus.

Rose lo estaba mirando, tratando de encontrar un atisbo de mentira en sus palabras, pero cuando pareció convencida de que eran honestas, le sonrió y volvió a recostar la cabeza sobre su pecho.

—¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué vamos a hacer todos ahora? —La desesperación se filtraba en las palabras de la chica y Enzo debía aceptar que la situación era un poco alarmante.

—Para empezar, debemos ocultar a Gabriel. A estas alturas ya sabrán que uno de los militares falta y no se demorarán en atar cabos.

Rose se sentó erguida en la cama de un brinco. Su ceño fruncido se intensificaba cada vez más.

—Melik y Lemus deberían ir a trabajar para evitar sospechas… pero Melik está herido y enviarlo a la ciudad de aquella manera sería demasiado obvio… tenemos que pensar en algo.

—No es necesario que vaya hoy —contestó Enzo con una sonrisa.

—¿Por qué no? —Rose lo estaba viendo intrigada. Su nariz roja y ojos hinchados la hacían ver menos amenazante de lo que la chica quería.

—Pues al parecer el plan de Lemus de las máscaras dio resultado.

Cuando el Régimen envió los militares afuera a buscar a los sospechosos, se encontró con que todo el mundo llevaba puestas las máscaras de los rebeldes, lo que llevó a Geoffrey a imponer un toque de queda por todo el día de hoy, no se aceptará a nadie en las calles.

En el rostro de Rose se extendió una sonrisa y Enzo notó cómo su cuerpo empezaba a relajarse un poco.

—Perfecto —dijo la pelirroja—. ¿Alguna idea de qué hará él para encontrarnos?

—Bueno… Gabriel cree que lo utilizarán a él para tratar de atar los cabos, por eso la prioridad ahora es desaparecer todo lo que nos conecte con él.

Rose comenzó a afirmar con la cabeza, mientras con el ceño fruncido miraba un punto en la pared; parecía estar ideando algún plan al respecto, Enzo casi podía ver como las ruedas en su cerebro funcionaban uniendo cabos y creando alguna idea.

—Parece que tienes algo en mente —dijo sonriendo.

—Oh sí… podría tener una que otra idea.

El sonido de dos golpes les indicó que alguien tocaba a la puerta; antes de que Rose se pusiera de pie, Enzo se levantó de la cama y caminó hacia la entrada de la habitación.

Con el rabillo del ojo pudo ver como Rose se removía nerviosa desde donde se encontraba.

Cuando estuvo frente a la puerta, jaló del pomo y la silueta de un abatido Lemus apareció en la entrada.

El castaño pareció desconcertado al ver a Enzo en la alcoba, pero antes de que pudiera hacer algún juicio apresurado, Enzo lo tomó gentilmente del brazo.

—Te estabas demorando, amigo.

La mirada de Lemus se suavizó al instante, mientras que desde el interior de la habitación se escuchó la voz de Rose:

—¿Quién es? —preguntó, con la voz ronca debido a las lágrimas.

Enzo miró unos segundos a Lemus antes de hacerse a un lado para que ella lo viera.

—Los dejaré solos —dijo mirando a Rose. Y antes de salir, susurró en el oído de Lemus—: no lo arruines.

Lemus lo observó un instante antes de asentir con la cabeza hacia él y murmurar muy por lo bajo mientras entraba en la habitación.

—Gracias, Enzo.