Epilogo
Tres meses pasaron desde que el restablecimiento llegó a su fin.
Para Inglaterra comenzó una nueva etapa, aunque junto a ella también llegaron la pérdida y el dolor.
Cientos de vidas se apagaron durante el levantamiento que les devolvió la libertad: hombres, mujeres y niños inocentes que lucharon por el derecho a vivir libres. Aun así, sus muertes no fueron en vano.
Después de tanto tiempo resistiendo, los ciudadanos por fin empezaban a ver una luz al final del túnel.
La monarquía había regresado. Rosalyn Brown, a quien todos creían la princesa muerta del país, resurgió de las cenizas y estaba a punto de ocupar el lugar que le correspondía.
Las puertas del palacio volvieron a abrirse bajo su mando, ofreciendo refugio y apoyo a quienes quedaron desamparados tras el enfrentamiento.
Las reglas absurdas y los toques de queda fueron abolidos.
Una nueva constitución comenzaba a tomar forma, al igual que el futuro nombramiento de un nuevo presidente.
Y por primera vez en mucho tiempo, la gente volvió a sentir esperanza por un mundo mejor; uno más justo y equitativo.
Pero, para que todo eso pudiera lograrse, hubo muchos sacrificios que hacer y muchas pérdidas que afrontar, y aunque cada vida vale lo mismo, cuando el dolor es por aquellos a quienes más amas, se siente mil veces peor.
Cuando el enfrentamiento llegó a su fin hacía tres meses, Melik le había preguntado, por qué a pesar de haber ganado se sentía tan mal; y fue en ese momento cuando Rose lo entendió. La guerra no dejaba ganadores, sino sobrevivientes.
—Bella ¿estás lista? —La voz de Lemus como siempre hacía que el cuerpo de Rose se estremeciera de solo escucharlo.
Ella levantó la mirada hacia el espejo que tenía enfrente y la imagen del castaño llenó todo el espacio. Rose, no pudo dejar de pensar en lo apuesto que se veía llevando uniforme.
Hacía poco más de un mes, Lemus se ofreció para ocupar el puesto que en otro tiempo perteneció a su padre: convertirse en la mano derecha del Rey y la Reina. Sin embargo, Rose rechazó la idea de inmediato, alegando que sería absurdo que algún día terminara sirviéndose a sí mismo.
Y así fue como acabó siendo ella quien se declaró formalmente ante el otro, detalle que el castaño no había dejado de recordarle a todo el que se cruzara en su camino. Finalmente, el cargo terminó en manos de Enzo.
Melik y Gabe también ocupaban puestos importantes dentro del palacio: jefe de armas y jefe de espías.
Hoy sería el día en que todos esos títulos —incluido el de la propia Rose— se formalizarían oficialmente. El único puesto que seguía vacío era el de Melisandre.
La rubia había recibido un disparo en la espalda durante el enfrentamiento y, aunque Enzo hizo todo lo posible por ayudarla, el daño ya estaba hecho. Desde entonces no había vuelto a caminar.
Eso destrozó a los muchachos, especialmente a Melik, que descargó toda su rabia sobre Enzo y lo culpó por lo ocurrido.
Con el paso de las semanas las cosas se calmaron un poco; ambos volvieron a hablar y Rose puso a Melisandre bajo el mejor tratamiento que la tecnología del antiguo Régimen podía ofrecer.
Los médicos aseguraban que existían altas probabilidades de que volviera a caminar, pero el proceso era lento… y doloroso.
Y cada gesto de dolor en el rostro de la rubia hacía que la culpa se retorciera dentro de Rose. Ella se sentía responsable de todo lo ocurrido y nada podía convencerla de lo contrario.
No iba a descansar hasta verla caminar otra vez. Era una promesa, y pensaba cumplirla.
—Estoy lista —contestó ella, poniéndose de pie.
—¿Estás bien? —inquirió Lemus, su ceño se había fruncido ligeramente, podía sentir que algo no estaba bien en ella.
Rose le regaló una sonrisa antes de llevar una mano hasta su mejilla. Los ojos de Lemus recorrían su rostro con una intensidad que todavía lograba desarmarla.
Ella se inclinó hacia él y lo besó. Apenas sus labios se encontraron, las manos del castaño se deslizaron hasta su cintura para atraerla más cerca, como si no soportara dejar espacio entre los dos.
Rose sintió cómo el calor le recorría el cuerpo mientras el beso se profundizaba lentamente, envolviéndolos en esa sensación vertiginosa a la que jamás terminaban de acostumbrarse.
Cuando finalmente se separó un poco, le costó incluso recuperar el aire. El cuerpo le pesaba y flotaba al mismo tiempo.
—Ahora lo estoy —murmuró en sus labios—. Vamos, se nos hace tarde.
Los nervios empezaban a instalarse en el cuerpo de Rose mientras esperaban que los anunciaran. Y, por la tensión en los hombros de Lemus y la forma inquieta en que se movía a su lado, sabía que él se sentía igual.
No era para menos. Estaba a punto de ser coronada como reina de Inglaterra y Lemus sería presentado ante el mundo como su prometido.
La mirada de Rose descendió hasta el anillo que reposaba en su mano. Había pertenecido a su madre… y después a Ruth.
Un estremecimiento le recorrió el cuerpo, y las lágrimas comenzaron a acumularse lentamente en sus ojos mientras los recuerdos de sus padres acudían a su mente. Durante años imaginó que, llegado un momento como ese, su madre estaría a su lado y su padre sería quien la guiaría hasta el frente.
La puerta detrás de ellos se abrió, y la melena rubia de Melik apareció ante sus ojos, seguido de Gabe y Enzo, este último iba empujando la silla de ruedas donde venía Melisandre.
—¡Estás preciosa! —gritó la chica al ver a Rose.
A pesar de todo lo que había ocurrido, Mel no se había dejado caer, no se derrumbó en ningún momento ni se arrepentía de lo que había hecho. Había permanecido fuerte y con la ayuda de Enzo estaba yendo a las terapias y haciendo los ejercicios de recuperación; hacían una pareja muy hermosa.
Rose la admiraba, sentía un profundo respeto hacia su amiga, y por eso, y el amor que le tenía, era que estaba haciendo todo por ayudarla.
—¿Yo? —preguntó Rose, enarcando una ceja—. Mírate tú, estás estupenda en ese vestido.
La rubia le regaló una sonrisa cariñosa y luego pasó su vista hacia Lemus.
—Mírate, te ves hasta decente —comentó con alegría.
Melik y Gabe soltaron una pequeña risa, solo Enzo fue lo suficientemente educado para fingir que tosía.
—Muy graciosa —dijo el castaño.
Melik se acercó hasta su amigo y sin decir palabra empezó arreglar la corbata que Lemus llevaba. Rose estaba segura de que esta se encontraba perfecta. Sin embargo la imagen era bastante linda. La pelirroja se separó de ellos en cuanto empezaron a hablar y se dirigió a Gabriel.
—Te ves hermosa, Lyn —dijo el moreno, depositando un mechón de su cabello detrás de su oreja—. Tus padres estarían muy orgullosos de ti. Lo sabes, ¿verdad?
Un nudo se había creado en la garganta de Rose, y le picaba debido a las lágrimas que amenazaban con subir. Ella le dio un asentimiento con la cabeza y exhaló el aire que estaba reteniendo.
—Yo… yo solo quisiera que estuvieran aquí; todos ellos —dijo la chica en un hilo de voz.
El rostro de Gabriel se transformó por completo. La aflicción estaba presente en cada uno de sus rasgos; sin embargo, la determinación en su mirada seguía intacta cuando habló.
—Lo están, tal vez no en cuerpo, pero sí en alma. Ellos siempre vivirán con nosotros, mientras sean recordados, estarán vivos.
Rose lanzó sus brazos alrededor del cuello de Gabriel y lo abrazó con fuerza, él había cumplido el papel de hermano, y protector para ella. Todo lo que era ahora mismo se lo debía a él, estaba viva gracias a Gabriel.
—Gracias.
La puerta frente a ellos se abrió y Varían apareció ante sus ojos.
—Llegó el momento —dijo el uniformado haciendo una reverencia en dirección a Rose.
Tanto Varían como Saúl, los dos soldados que les ayudaron a infiltrarse en la casa presidencial, habían presentado sus servicios ante la corona, y ahora pertenecían a la armada real; Melik y Gabriel eran los encargados de supervisarlos.
Después de estos, muchos otros igual que ellos habían llegado a las puertas del palacio para ponerse a disposición.
Lemus llegó hasta Rose y entrelazaron sus manos. Juntos avanzaron y atravesaron las puertas, mientras sus amigos seguían sus pasos.
El salón que se abría paso ante ellos era inmenso, y estaba decorado completamente con los colores de la bandera de Inglaterra. Había coronas de flores, banderas izadas, y muchas sillas ocupadas en su totalidad por los invitados a la ceremonia.
Al menos quinientas personas se encontraban en el lugar, quienes llegaron desde distintas ciudades del país.
Aun así, una entre todas ellas sobresalía en primera fila.
Con una sonrisa en sus labios estaba Daniel, quien agitaba ferozmente sus brazos para que lo vieran.
Tanto Rose como Lemus le devolvieron el gesto, el chico estaba sentado junto al padre Sirilo y Sophia, que lo reñían para que se quedara quieto.
Lemus le había cogido mucho cariño al chico y a su padre; por eso, cuando recibió la noticia quedó devastado.
Marcos murió en combate. El Régimen había ingresado a su casa a terminar el trabajo. Mataron a todos los que se encontraban allí, incluida la madre de Daniel.
Desde entonces, el chico se había apartado, estaba destrozado. El padre Sirilo se había hecho cargo de él desde aquel día, justo como lo hizo con Rose, pero aun así, no lograba que se abriera.
Hasta que un día Lemus se presentó en la casa segura y recogió toda la ropa del chico en una maleta, luego extendió su mano hacia Daniel y le dijo:
—El dolor es tuyo y nadie te pide que lo dejes, pero hoy, aquí, te pido que me dejes estar contigo. No pienso reemplazar a tus padres, nunca podría. Pero puedo ser lo que tú quieras que sea, lo que necesites que sea.
Ahora Daniel vivía en el palacio junto a ellos.
Era como un hermano pequeño para todos, y justo como Lemus le había dicho, el dolor no se había ido, sin embargo estaba mejor.
Ahora era otro tipo de dolor; uno con el que se podía vivir y sentirse bien, era el tipo de dolor que dejaban los buenos recuerdos y el amor.
Rose y Lemus caminaron hasta quedar en medio de una fila de uniformados que los respaldaban, frente a ellos se encontraba un ministro, y varios de los principales jueces de la corte Inglesa. Y en medio de todos ellos, sobre un cojín, dentro de una caja de cristal estaba la corona.
Esta no era una ceremonia tradicional, normalmente este es un acto que se hacía entre la realeza, sin ministros o jueces, sin embargo no había nadie más que oficiara la ceremonia, no había quedado nadie de su familia y tampoco tenían un presidente formal en el país, por ello hicieron lo mejor que pudieron con lo que tenían.
Detrás de los jueces se hallaban los representantes de las distintas casas seguras, el padre Sirilo se había puesto de pie y ahora se encontraba frente a Rose.
—Has recorrido un largo camino para llegar hasta aquí, ambos lo han hecho —dijo el cura, mirándolos a ambos—. Han logrado revivir a todo un país.
—Tuvimos ayuda —expresó Rose, mirando a sus amigos.
—Lo sé, mi niña —dijo el hombre con una sonrisa cariñosa—. Ha llegado el momento, ¿están listos?
Las manos de Rose estaban sudando, su corazón había comenzado una maratón y cada golpe que daba contra su pecho parecía ser más fuerte que el anterior, ella estaba bastante segura de que podía estar teniendo una crisis de pánico.
A su lado, Lemus tomó una de sus manos y la llevó hasta sus labios, fue un beso suave, un roce, y aun así pudo calmar un poco el maremoto de emociones que la estaban consumiendo.
—Puedes hacerlo amor, has pasado todo un infierno, mira esto como una pequeña recompensa. —Lemus la observaba con la cabeza ladeada y una sonrisa en los labios.
Rose no podía dejar de pensar en lo atractivo que estaba. Le sonrió en respuesta y le dio un asentimiento al padre para que comenzara la ceremonia.
El padre ofició una misa por los que murieron en la revolución, por los que salieron heridos y por el país y la recuperación que venía de ahora en adelante y que estaba en manos de todos.
Al finalizar, el ministro presentó el tratado que oficializaba la abolición de las antiguas leyes y la suspensión definitiva del toque de queda impuesto por el Régimen.
El documento recibió el nombre de “Marcos Unión”, en honor a todo lo que aquel hombre hizo y al papel fundamental que desempeñó durante el levantamiento del país.
A espaldas de los presentes, Enzo retiró un gran manto blanco que cubría una estatua de tamaño real de Marcos.
Daniel se puso de pie de inmediato. Sus ojos se llenaron de lágrimas apenas vio la figura frente a él.
El ministro caminó hasta donde estaba el muchacho y le entregó una medalla en agradecimiento por todo lo que su familia había hecho por Inglaterra. Para entonces, las lágrimas ya corrían libremente por las mejillas de Daniel y, a su lado, Rose sintió cómo Lemus contenía la respiración.
El ministro lo abrazó brevemente y luego se dirigió hacia la caja de cristal. Justo cuando estaba a punto de tomarla entre sus manos, Gabriel lo interrumpió.
—Con todo respeto, señor Ministro —dijo el moreno mientras se acercaba—. Pero creo que debo ser yo quien haga los honores.
Sin esperar una respuesta, Gabriel abrió la caja de cristal y tomó la corona entre sus manos, al girarse hacia Rose, notó las lágrimas en sus ojos.
—Tal vez tus padres no están hoy Lyn, pero estoy yo, Lemus, y muchas otras personas más. Y aunque no seamos tu familia de sangre, somos la que tú escogiste.
Gabriel levantó la corona que sostenía en sus manos y la llevó hasta la cabeza de Rose, el moreno no dejó de mirarla en ningún momento.
—Larga vida a la Reina —dijo Lemus. justo antes de hincarse frente a ella.
A su gesto lo siguieron Enzo, Melik y el propio Gabriel. Desde donde se encontraba, Rose alcanzó a ver a Daniel arrodillarse junto al padre y Sophia.
Entonces alzó la mirada hacia la multitud reunida frente a ella. Recorrió lentamente los rostros de las personas que esperaban que los guiara fuera de las ruinas en las que el país había sido hundido. Y en ese instante, lo entendió.
Ese era su lugar, su propósito. Todo aquello por lo que había luchado… y lo mismo que sus padres antes que ella intentaron proteger.
La guerra había terminado, y una nueva era acababa de comenzar. Una en la que pelearía con uñas y dientes si era necesario para impedir que la historia volviera a repetirse.
Porque ahora el mundo entero sabía de lo que esa Reina era capaz de hacer por su país, y las campanas seguirían sonando para recordárselo a todos.
FIN.