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Lo que vemos cambia lo que sabemos. Lo que conocemos cambia lo que vemos”
—J. Piaget
Geoffrey Randall
E l olor a sangre era lo único en lo que podía pensar, y el sonido de sus botas de combate bajo el suelo mojado lo único que escuchaba. Nunca había visto tanta muerte, nunca pensó que su padre haría algo así, o eso quiso pensar a lo largo de los años mientras lo ayudaba a reforzar su plan.
La noche anterior cuando su padre, por primera vez en dieciséis años, lo felicitó y le dijo que estarían juntos en la misión más importante de sus vidas, había estado extasiado, ahora viendo los cadáveres de aquellas personas a las que había conocido mientras crecía, sentía que estaba a punto de devolver la comida.
En especial cuando veía el pequeño cuerpo inerte de la niña en camisón infantil, que se confundía entre los charcos de sangre del suelo y el rojo, alguna vez vivaz, de su cabello.
No había una sola chispa de vida en ella, y mientras él se quedaba ahí, de pie, observando el cadáver de la que en algún momento fue su única compañía, sintió cómo la poca humanidad y respeto por sí mismo se desvanecía de su cuerpo. Después de eso no había marcha atrás.
Miró a su padre por el rabillo del ojo, conversaba con sus soldados cómo si los cuerpos regados a su alrededor no fueran nada y en ese momento Geoffrey se prometió a sí mismo que algún día lo mataría y entonces le robaría toda la gloria por la que tanto ha trabajado.
Cuándo volvió a mirar el cadáver de la niña, la pena fue menor, y pensó que, aunque no quisiera aceptarlo, su padre había sacado la pieza más importante de la partida, y él ya sabía muy bien cómo tenía que jugar de ahora en adelante.
A fin de cuentas, era el mismo papel que llevaba interpretando desde que nació.
Rose
Los nervios estaban haciendo estragos en su interior.
Sentía como todo se le revolvía en el estómago y amenazaba con salir disparado por su boca; se sentía enferma.
No sabía cómo iba a hacer para que las palabras lograran acudir a sus labios.
Hacía años que no hablaba de eso con nadie y ahora no solo tendría que hablar de ello, sino que, además, todos sus amigos y Lemus estarían ahí.
De solo imaginar la expresión de sus rostros cuando les contara todo, hacía que quisiera salir al bosque y correr hasta que sus pies se deshicieran.
Ahora mismo, Melik se encontraba medio sentado en la cama con su melliza a su lado, ambos estaban observándola con curiosidad, ella sabía que estaban a menos de nada de preguntar algo…
—¿De qué va todo esto, guapa? —Todo en el rostro del rubio denotaba curiosidad, lo que solo hacía que los nervios de Rose fuesen cuesta arriba.
—Pronto lo sabrán, esperen —contestó, dándoles una sonrisa nerviosa a ambos.
Entonces la puerta de la alcoba se abrió y Gabriel apareció seguido por Lemus, que, ni bien entró, dirigió su mirada hacia donde Melik se encontraba. Era la primera vez desde que habían vuelto del golpe que Lemus lo veía despierto.
—Yo… yo… —Las palabras se atropellaban en la boca del castaño, tenía la mirada cristalizada y Rose sentía el corazón fracturado por él—. Lo lamento tanto —logró articular por fin, dando unos pasos hacia él.
—Yo no lo lamento —contestó Melik dándole una enorme sonrisa—. Demonios, Lemus, dejaría mi cuerpo como un colador por ti. Eres mi hermano.
Melisandre se puso de pie y en un solo movimiento llegó hasta donde Lemus estaba.
Enseguida se lanzó hacia él y lo estrechó entre sus brazos.
Rose pudo notar como toda la tensión que el castaño llevaba contenida se fue relajando a medida que le devolvía el abrazo a su hermana; la chica le estaba susurrando cosas al oído, mientras Lemus asentía repetidas veces.
A su lado, Gabe dejó salir una tos mal disimulada haciendo que sus amigos voltearan a mirarlo.
—Lo lamento chicos, pero de verdad debemos hablar.
—De acuerdo —habló Lemus, separándose de Mel y poniendo toda su atención en Rose—. Adelante, bella.
El corazón de Rose estaba golpeando tan fuerte contra sus costillas que empezaba a dolerle; sus manos habían olvidado cómo actuar y estaban danzando de un lado a otro de su cuerpo, mientras sus ojos buscaban desesperados un punto fijo en la habitación donde concentrarse.
Entonces se encontró buscando a alguien en particular, alguien que no estaba allí.
—¿Dónde está Enzo? —La pregunta salió atropellada de sus labios, dirigiéndose a Gabriel.
La mirada de Gabriel se suavizó con su pregunta y al otro lado de la habitación, podía sentir los ojos de Lemus clavados en ella.
—Ya le he avisado que venga, Lyn, subirá en cualquier momento.
Pero ella no podía empezar sin que él estuviese ahí, ahora mismo tanto él como Gabriel eran su único soporte, ya que no estaba segura de cómo reaccionarían los demás.
—Lo necesito ahora —expresó ella.
El ambiente se sentía pesado, y los ojos de Lemus le estaban martillando la nuca.
Rose sabía que posiblemente el castaño se sentiría lastimado con sus palabras, pero no era como él lo pensaba.
Enzo era ante todo su amigo, el único a quien le había contado toda la verdad alguna vez, era quien la había consolado junto a Gabriel todos estos años, y ahora mismo necesitaba que estuviera ahí.
La puerta de la alcoba volvió abrirse y Enzo entró en la habitación.
—Acá estoy. —El chico entró a la habitación agitado, cómo si hubiese venido corriendo escaleras arriba. Dirigió su mirada a todos los que estaban presentes, antes de caminar hacia ella y colocarse a su lado.
Enzo le dio un pequeño apretón en el hombro, que ella sintió como un pequeño empujón para que empezara a hablar, pero lo que ni él o ninguno de los presentes entendía, era que realmente no sabía cómo hacerlo.
Las imágenes de lo sucedido llegaron a su cabeza de manera desmesurada y sin orden alguno, saturando y bloqueando su garganta; abrió su boca pero ninguna palabra inteligible salió de ella.
Fue entonces, cuando Lemus se colocó en su campo de visión.
—Cariño, empieza por organizar tus ideas ¿de acuerdo? —No había ni un solo rastro de enojo en Lemus, solo preocupación en esos ojos grises que la miraban sin saber qué hacer—. Recuerda que somos tus amigos, puedes decirnos cualquier cosa.
—Es cierto guapa —habló Melik desde la cama, haciendo maniobras para sentarse un poco más y ver mejor lo que ocurría—. No hay nada que no puedas decirnos.
Melisandre asentía al lado de su hermano y le hacía señas con las manos para que comenzara a hablar. Realmente no había más nada que hacer, así que, apretó los ojos, y, respirando profundamente, se enfrentó a sus demonios internos.
—Deberían ponerse cómodos —dijo antes de iniciar.
Lemus caminó cautelosamente y se sentó en el borde de la cama más cercano a dónde ella estaba. Gabriel, en la silla que estaba junto a la cabecera, quedando así junto a Melik. Enzo se limitó a recostarse a la pared junto a ella.
—A todos los que estamos aquí presentes, nos han pasado cosas malas.
Todos hemos sufrido el dolor de la pérdida, a todos nos han arrebatado algo o alguien —empezó a hablar Rose con voz temblorosa—.
Quiero que sepan que en ninguna circunstancia considero mi dolor más importante o fuerte que el de ustedes, que el de nadie; lo único que lo hace distinto, es la historia detrás de él.
—¿A qué te refieres? —La voz de Melisandre no era más que un susurro nervioso, la chica parecía dudosa de preguntar.
—Hace diez años y once meses mis padres fueron asesinados. Hace diez años y once meses yo fui asesinada.