Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 40
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Lemus

N o había dormido nada en toda la noche.

Tenía la mitad del rostro tan hinchado que incluso le dolía cuando respiraba a profundidad y no podía ver bien por el ojo izquierdo.

Llevaba el labio partido y golpes en el torso, pero ninguna de esas heridas lo lastimaba tanto como lo que sentía por dentro.

La culpa lo estaba carcomiendo, cada segundo en el que Melik seguía inconsciente en esa habitación, mientras él esperaba en esa sala, hacía que algo en su interior se quebrara.

Había pasado los últimos años evitando que cualquiera de sus hermanos sufriera, siempre trató de hacer de la vida un lugar agradable para ellos, ahorrándoles todo el sufrimiento que pudiera porque ellos lo merecían.

Tanto Melik como Melisandre eran de las mejores personas que él podía conocer, y lo que había ocurrido no era justo, esa bala debió haberle impactado a él, y además estaba el muchacho…

—Deja de culparte. —El asiento a su lado se hundió y la voz de Rose llegó a sus oídos llena de reproche y preocupación.

Rose tenía algunos golpes en su rostro, pero no era nada grave. Sin embargo, la chispa vibrante que siempre se veía encendida en su mirada parecía haberse extinguido.

—No estoy haciendo nada.

—Claro que lo estás haciendo, FitzGerald. —Rose tomó delicadamente su rostro entre sus manos y lo obligó a mirarla—. Lo que Melik hizo por ti, es exactamente lo que tú habrías hecho por él, ¿o me equivoco?

Lemus no contestó, sabía que ella tenía razón, si la bala hubiese ido dirigida a Melik, él no habría dudado en atravesarse.

Pero ahora mismo eso no evitaba que se sintiera culpable.

No solo era el estado en que el rubio se encontraba lo que lo atormentaba, sino también la reacción que Mel tendría cuando se enterara; ella estaba en ese momento con él, y Lemus no había sido muy comunicativo cuando la chica preguntó qué había ocurrido; “todo ha sido mi culpa” era lo que se había limitado a decir, así que cuando supiera cómo fueron las cosas, no sabía cómo iba a tomarlo y eso lo estaba angustiando enormemente.

—Cuando Mel se entere… —un murmullo fue lo que salió de sus labios, incapaz de mirar a Rose a los ojos.

—Cuando Mel se entere —lo interrumpió la pelirroja, levantando el rostro de él entre sus manos—, va a apreciar lo valiente que es su hermano y ni por un instante va a culparte por esto. ¿Eso es lo que te preocupa?

Lemus fijó sus ojos en ella. Aunque estaba más apagada de lo habitual, la mirada de Rose seguía pareciendo fuego, mientras la preocupación y la rabia bailaban en ella.

Rose no se había separado de él ni un solo instante desde que habían llegado a la casa segura y al mismo tiempo, le había dado el espacio que necesitaba, era como si ella pudiera saber, sin hablar, qué era lo que necesitaba.

—Gracias, bella. —Un intento de sonrisa salió de Lemus, antes de posar sus labios sobre los de la pelirroja en un casto beso—. Por todo, gracias.

Entonces Rose, sin previo aviso lo atrajo hacia ella y hundió su rostro en la curva de su cuello.

Estaba abrazándolo tan fuerte que los moretones del cuerpo del castaño estaban gritando en protesta.

Sin embargo, él no hizo el mínimo intento por alejarse, y, sin pensarlo un instante, le correspondió.

La rodeó con sus brazos y la atrajo hasta tenerla sentada encima, con los brazos alrededor de su cintura y el rostro de ella hundido en su cuello.

En ese momento, sintió el corazón de Rose latir contra el suyo, y un poco del peso que sentía sobre sus hombros desapareció. En los brazos de ella todo desaparecía.

—Eh… chicos, aunque creo que hacen una pareja realmente adorable. —La voz de Gabriel resonó a sus espaldas, haciendo a Lemus y Rose separarse—. Y realmente me duele haber interrumpido su momento especial…

—Ve al grano, Gabriel. —Lemus ya estaba de pie, con su mano anclada a la de Rose, frente al moreno que los estaba viendo entre divertido y preocupado—. ¿Pasó algo con Melik?

—Melik está perfecto —comentó Gabriel recobrando la seriedad.

Los ojos de Gabriel viajaron hacia Rose y ambos intercambiaron una mirada que Lemus reconoció al instante. Él la había utilizado muchas veces con sus hermanos; era esa mirada con la que te decían que el momento había llegado.

—Entonces —dijo Lemus con cautela—. ¿Qué ocurre?

Rose se zafó de su agarre y empezó a estrujar sus manos con nerviosismo. Lemus podía jurar que la respiración se le había acelerado. Eso no era bueno.

—¿Recuerdas cuando te dije que tenía secretos que no te podía decir? —preguntó la pelirroja en un murmullo.

Él se limitó a asentir con la cabeza. Algo estaba mal, lo podía percibir en la forma en la que Rose estaba actuando; y aunque seguía teniendo intriga por saber qué era lo que ella ocultaba, debía aceptar que tenía miedo de averiguarlo.

“Me odiarías si lo supieras” , sus palabras habían quedado grabadas en la memoria y ahora mismo le estaban enviando un mensaje de alerta.

—Bueno, llegó el momento de decirlo —continuó Rose—. De contarlo todo.

Por más que quisiera saber todo sobre ella, este no era el día ni el momento adecuado para hacerlo, él no estaba mentalmente apto para escuchar nada. Todo lo de Melik lo tenía a punto del colapso, no sabía cómo reaccionaría en ese instante si lo que Rose le decía era algo grave.

—Bella, no tienes que…

—No, si tengo que, Lemus. —Determinación pura y una súplica en los ojos de la chica hicieron que Lemus cerrara la boca.

—Nos están esperando arriba —dijo Gabriel en voz baja a ninguno en particular.

Rose le dio un asentimiento al moreno, y se encaminó hacia la parte superior de la casa segura, donde Melik y los demás ya se encontraban. Antes que Gabriel la pudiera seguir Lemus lo tomó del brazo.

—Espera.

El moreno lo miró confundido, antes de que su ceño fruncido se despejase, negó con la cabeza repetidas veces.

—No puedo, hombre. Ella es quien tiene que decirlo, es su secreto.

Lemus no tenía idea de a qué se estaba refiriendo el moreno, y suponía que este último se dio cuenta de ello, pues su expresión se fue relajando a medida que lo observaba.

—¿No quieres que te cuente lo que Rose les va a decir? —dijo Gabriel sin ocultar la sorpresa y la confusión en sus palabras.

Esta vez fue el turno de Lemus de negar con la cabeza. Se acercó un poco más hacia Gabriel y colocó su mano en el hombro.

—Quería agradecerte —dijo Lemus palmeando amigablemente al chico—. Melik es mi familia, Gabriel, y lo que tu hiciste por él nunca lo voy a olvidar.

—Hice lo que debía hacer, se lo debía —habló con seguridad Gabriel—. Además, estoy bastante seguro que de no haberlo hecho tú me habrías matado —agregó encogiéndose de hombros.

Lemus negó con la cabeza, y le sonrió al moreno con afecto.

A pesar de todo lo sucedido hacía un tiempo con Melik, Lemus no podía negar que Gabriel le agradaba y más que eso, él lo respetaba.

No era cualquiera el que hacía un sacrificio tan grande; podía ver perfectamente por qué Rose lo quería tanto, eran las dos caras de una misma moneda.

—Gabriel, si algún día quieres hablar sobre lo que ocurrió en la cocina, puedes contar conmigo. —Lemus lo miró fijamente—. No es fácil acabar con una vida, ni siquiera si era despreciable, y no hay vergüenza en ello porque eso es lo que nos hace mejores.

Gabe le devolvió la sonrisa y en sus ojos, Lemus notó que había cierta melancolía.

—Eres un buen hombre, Lemus. —En sus ojos Lemus podía ver que quería decirle algo más, pero se estaba debatiendo en si debía hacerlo o no—. Trata de no ser muy duro con Rose cuando te lo diga —agregó en voz baja—. Eres especial para ella, yo nunca la había visto así.

—¿Así cómo?

—Enamorada.

El moreno se giró y se dirigió hacia las escaleras dejándolo más nervioso y confundido que nunca, y no sabía si era por lo que Gabriel le acababa de decir, o por lo que sea que Rose diría.

Con cada paso su corazón latía en una sinfonía desaforada dentro de su pecho.

Cuando llegaron a la habitación, Lemus dudó un instante antes de atravesar el umbral.

Ahí dentro se encontraba Melik con una herida de bala que iba para él, el rostro de Melisandre viendo a su hermano en cama y la verdad de Rose que, por alguna razón, sabía que lo cambiaría todo.

Así que, tomó una larga inhalación, se armó de valor y entró en la habitación.