Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 39 #2
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Las palabras entraban a sus oídos pero él no lograba procesarlas. ¿A dónde había ido Melisandre? Ella nunca se separaría de él en una situación como esa.

—¿A qué te refieres con que Mel está por llegar? —Un mal presentimiento se caló en sus huesos— ¿A dónde ha ido?

La mirada de Gabriel se suavizó y se acercó un poco hacia donde él estaba.

—No ha ido a ninguna parte, simplemente no ha vuelto aún.

Los recuerdos de lo ocurrido en la mansión fueron llegando de a uno a la mente del rubio. Los gritos, la transmisión del video, los disparos y la muerte… ¿Cómo era posible que su hermana siguiera metida en ese maldito infierno y él estuviese ahí acostado?

—No es posible. —Melik tenía los ojos clavados en Gabriel esperando que en algún momento dijera que todo era una mentira. Pero no lo hizo—. ¿Qué hora es? —preguntó cuando estuvo seguro de que el moreno no bromeaba.

—Las nueve de la mañana. —Gabriel dejó salir el aire que retenía y dio un paso más hacia él—. Después del golpe, Randall mandó a cerrar todas las puertas de la mansión y no han dejado entrar ni salir a nadie desde entonces. Están revisando videos de seguridad y haciendo requisas al personal.

La sangre abandonó por completo su rostro. Cuando Gabriel terminó de hablar, cruzó la habitación de inmediato, con el ceño preocupado, y se sentó con cautela a su lado.

—Ella se encuentra bien, Melik. Es una chica lista —agregó Gabriel con tranquilidad—. Enzo la ha estado monitoreando y estuvieron hablando; antes de subir a revisarte, ya había salido hacia acá.

“Revisarte” . la palabra hizo eco en la mente de Melik, y no pudo evitar voltear sus ojos hacia el vendaje que cubría su torso. Si Melisandre no estaba, entonces…

—Tú me curaste. —No era una pregunta.

—Yo te curé.

La habitación volvió a llenarse de silencio mientras que el cerebro de Melik se volvía loco, hasta que al final dejó salir la única pregunta que parecía importarle en ese momento:

—¿Por qué? —Aunque sabía que era una pregunta estúpida, pues ambos estaban en el mismo equipo, Melik se encontró deseando escuchar la respuesta.

Gabriel lo miró y le regaló una sonrisa que no le llegó hasta los ojos; era una sonrisa triste.

—Porque quiero arreglar lo que hice, Melik.

No debí haber permitido que te golpearan y está más que claro que yo no debí haberlo hecho.

—Una risa carente de humor salió de los labios del moreno antes de agregar—.

Pero no soy de los malos, Estoy, estoy… Dios, yo no voy por ahí pateando cachorritos.

En serio lo lamento y no sé qué hacer para que te des cuenta y no me veas con temor.

Gabriel se veía afligido, y aunque no quisiera aceptarlo, Melik sabía perfectamente a lo que el moreno se estaba refiriendo cuando decía que él lo miraba con temor.

Pero no creía que el motivo de eso fuera lo que Gabriel acababa de mencionar, aún no sabía bien qué era lo que lo estaba atemorizando tanto, quizá ni siquiera tuviera que ver con Gabriel.

—No te disculpes, hiciste lo que tenías que hacer. —Había logrado incorporarse hasta lograr una posición sentada en la cama y ahora estaba a la misma altura que Gabriel—. Y por esto y lo de aquella vez, estoy agradecido.

El rostro de Gabriel era todo un poema. Lo estaba observando como si a Melik le hubiese crecido una segunda cabeza.

—Entonces, ¿por qué lo haces? —la confusión bailaba en la mirada del moreno— ¿Por qué me miras como si no soportaras hacerlo?

Melik no dijo nada. ¿Qué podía decir cuándo ni él mismo se entendía en aquellos momentos?

Además, en algunas ocasiones las palabras pueden decir todo lo opuesto a lo que quieres expresar.

En cambio, se limitó a mirarlo y trató de transmitir con sus ojos aquello que no se atrevía a decir en palabras; ni siquiera para él.

No tomó demasiado para que Gabriel abriese la boca en un gesto de sorpresa, Melik pudo notar que se había ruborizado, lo que provocó que él se ruborizara también, y justo cuando Gabriel le iba hablar, la puerta de la habitación se abrió y su hermana entró.

—Oh, Dios mío ¡Melik! —Melisandre entró al cuarto con el rostro pálido y los ojos aguados por las lágrimas.

—Estoy bien, se ve peor de lo que es.

A su lado pudo escuchar la suave risa de Gabriel, y no pudo evitar que sus labios se inclinaran formando una sonrisa. Su hermana se sentó a su lado revisando cada centímetro de su rostro hasta que llegó a la herida vendada sobre su pecho. Poco a poco su expresión se fue relajando.

—¿Quién lo ha hecho? —preguntó la rubia, luego de inspeccionar el vendaje.

—Yo lo hice. —Gabriel se había retirado nuevamente hasta la ventana y estaba observando detenidamente a los hermanos.

Melisandre pareció apenas haberse percatado de su presencia. Sin embargo, al verlo, le regaló una sonrisa; era una auténtica y agradecida.

—Eres bueno, el vendaje y el curado son perfectos.

—Yo soy bueno en todo, linda. —Gabriel le regresó la sonrisa a la rubia y en ese momento Melik no supo qué fue exactamente lo que ese gesto le hizo sentir. Pero no le gustó.

Melisandre puso los ojos en blanco y volvió a fijar la atención en su hermano.

—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Mel a su mellizo en voz baja—. Lemus no deja de decir que todo es su culpa.

—Lemus siempre cree que todo lo malo que ocurre es su culpa —le contestó sonriendo, pero su hermana no le devolvió la sonrisa. Así que resignado se decidió a resumir lo sucedido—. Me coloqué en medio de él y una bala.

Parecía que los ojos de Melisandre se iban a salir de sus órbitas, mientras volvían a llenarse de lágrimas. Melik estaba esperando el grito, la histeria. Sin embargo, lo único que su hermana hizo fue abrazarlo mientras las lágrimas caían en un tortuoso silencio sobre su rostro.

Si alguien podía entender el porqué de sus actos, esa sería su hermana.

Ella lo entendía, sabía que de haber sido lo contrario Lemus habría hecho exactamente lo mismo, ella sabía, como él, que Lemus quemaría el mismo cielo por ellos de poder hacerlo.

Y que si uno de ellos llegase a salir lastimado, entonces él movería los infiernos de ser necesario para hacer pagar al responsable.

—¿Fue Randall? —Mel habló con voz temblorosa separándose al fin de su hermano.

—No, fue el mismo soldado que me golpeó, creo que su nombre es Malcom —contestó Melik, mientras pasaba los dedos por el cabello de su hermana.

—¿Y, cómo lograron escapar de él?

Melik se quedó en silencio tratando de hacer memoria al momento del escape, pero lo último que recordaba era haber escuchado a alguien gritar seguido del sonido de más disparos. Después de ahí quedó todo negro, en lo que supuso fue el momento en que perdió el conocimiento.

—Malcolm está muerto. —La voz de Gabriel resonó en la habitación—. Yo lo maté, por eso pudimos salir.

Los ojos de Melik fueron de inmediato hacia donde estaba Gabriel. La piel se le había erizado y un ligero mareo le nublaba la cabeza. Quería ver su rostro, más bien lo necesitaba, asegurarse de que estuviera bien, pero él evitó mirarlo en todo momento.

—Voy a decirles a los demás que suban, Rose tiene algo importante que decir —dijo Gabriel antes de atravesar la habitación y salir.