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“Nada nos vuelve tan solitarios como nuestros secretos”
—Paul Tournier
Rose
E l viaje en el camión fue horrible. Rose no veía la hora de llegar por fin a la iglesia, estaba preocupada por Melik que estaba perdiendo demasiada sangre; Sangre…
Rose se miró las manos manchadas de rojo, y fue imposible no revivir aquel día cuando tenía nueve años y sus padres fueron asesinados, cuando ella misma, de algún modo, también murió.
Aún podía recordar el olor de la sangre filtrándose en el ambiente, la espesura cubriendo su ropa y su rostro mientras que todo un grupo de hombres armados caminaban a su alrededor como si no fuera más que basura.
Ahora, dentro del furgón, el aire tenía ese mismo olor.
Pero Melik no iba a morir, no podía hacerlo, ella se negaba a permitir que él muriera.
Miró de reojo a Lemus que no había dicho una sola palabra desde que entraron al vehículo, tenía el cabello mojado con la sangre del rubio que descansaba en su regazo.
Él había rasgado su camisa para hacer presión sobre la herida de Melik; las lágrimas caían en un silencio arrasador por su rostro al mismo tiempo que el corazón de Rose se fracturaba al verlo.
—No pienses en la sangre —le dijo Gabe en voz baja envolviendo su mano sobre las de ella.
Rose desvió la mirada hacia el moreno a su lado. Se veía cansado y sumamente preocupado. Igual que todos.
—Estoy bien. —Sonrió sin muchas ganas a su amigo.
Gabe sabía perfectamente que ella había estado reviviendo aquel día en su mente durante todo el viaje, lo sabía porque también había estado allí junto a ella cuando todo ocurrió, y era gracias a él que seguía con vida.
La camioneta frenó en seco haciendo que todos se sacudieran y Melik emitiera un gemido de dolor, al poco tiempo la puerta se abrió mostrando a un preocupado Marcos sosteniendo las cerraduras del camión.
—¿Cómo sigue? —preguntó el hombre mientras abría por completo la puerta.
—Va a estar bien. —La voz calmada de Gabriel hizo que tanto Lemus como ella, se voltearan a mirar.
—Súbelo a una habitación, yo me encargaré de su herida. —El moreno se bajó del vehículo sin decir una sola palabra más.
Lemus no parecía muy confiado en dejar a Melik en manos de Gabriel, pero realmente no tenían otra opción, porque si esperaban a que Melisandre saliera de la fiesta podría ser demasiado tarde y no podían arriesgarse.
El riesgo ahora mismo no era opción. Por eso Lemus aceptó, tomó a su hermano en brazos e ingresó a la casa segura; Enzo ya estaba allí para cuando llegaron, y al verlos, corrió a ayudar a instalar a Melik.
Antes de que Rose pudiera subir las escaleras junto con los demás, Gabriel la interceptó y la hizo mirarlo. Él se veía abatido, tenía el uniforme cubierto de sangre, la sangre del soldado que disparó a Melik, el soldado que él había matado.
—Es hora, Lyn. Ya no puedes seguir guardando esto por más tiempo.
—Lo sé.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra más y subieron en silencio las escaleras hasta que entraron en la habitación que Enzo había preparado para Melik.
—Alcohol, pinzas, guantes y muchas toallas… si tienen algo para el dolor tráiganlo también —habló Gabriel sin dirigirse a ninguno en particular.
Rose salió disparada de la alcoba y se apresuró a buscar entre los suministros todo lo que Gabriel había solicitado, lamentablemente no les quedaba nada para el dolor.
Con todo el afán de este último golpe no habían vuelto a buscar suministros, de todas formas, cogió algunos antibióticos que servirían para una posible infección, y en reemplazo del medicamento para el dolor, agarró una botella de vodka y se apresuró a llevar todo; como pudo colocó todas las cosas en un banco junto a Gabriel que en ese momento se encontraba inclinado sobre Melik, revisando la herida.
El rubio había sido despojado por completo de su camisa, y su piel, pálida como la porcelana, se veía ahora manchada por el rojo de la sangre.
Rose al verlo sintió como si fuera uno de esos cuadros trágicos que se podían encontrar en los museos.
Al otro lado del rubio, Lemus continuaba sosteniendo la mano de su amigo, mientras seguía cada uno de los movimientos que hacía.
—Creo que deberíamos salir para que Gabriel pueda trabajar —habló Enzo recostado desde la ventana.
—Me quedaré con él —dijo Lemus sin levantar la vista hacia ellos.
Rose se acercó con cuidado y apoyó la mano en el hombro de Lemus. Él alzó la cabeza para mirarla. Entonces notó el enrojecimiento alrededor de sus ojos y la dilatación de sus pupilas.
Con suavidad, Rose deslizó la mano desde su hombro hasta su mejilla. Luego se agachó frente a él y apoyó la frente contra la de Lemus.
—Melik va a estar bien, pero debes dejar que Gabe haga su trabajo.
—No le estoy agarrando las manos —gruñó Lemus haciendo a Rose sonreír, y, sin importar que hubiese público, se acercó un poco más hacia él y depositó un beso en sus labios.
—No, pero lo estás mirando como si quisieras matarlo, FitzGerald.
Lemus gruñó sobre su boca y le echó una última ojeada a su amigo antes de volver a mirarla y asentir con la cabeza. Desde el otro lado de la cama Gabe le agradeció con la mirada mientras Enzo atravesaba la habitación y salía.
01 de noviembre del 2068
Melik
Todo había sucedido demasiado rápido, y se sentía demasiado confuso. Recordaba haber sentido un fuerte dolor atravesarle el cuerpo, al mismo tiempo que alguien gritaba de forma desgarradora su nombre al compás de más disparos, pero luego de eso, todo se había vuelto oscuridad.
Ahora sentía los párpados pesados y el cuerpo totalmente adolorido.
Melik estaba luchando por abrir los ojos, pero la luz le llegaba de frente haciendo imposible la tarea.
En un intento de cubrirse para evitar la luz, levantó el brazo y enseguida una ráfaga de dolor lo golpeó causando un quejido lastimero que escapó de sus labios.
A su lado, sintió el colchón hundirse mientras una mano le tocaba el rostro con delicadeza.
—Hey, tranquilo, nada de movimientos bruscos. —La voz calmada de Gabe llegó como una melodía a sus oídos.
En ese momento se obligó a abrir los ojos para percatarse por sí mismo de que no estaba soñando o delirando.
Lentamente fue levantando los párpados hasta encontrarse de frente con la mirada tranquila de Gabriel.
Este lo veía de una manera que hizo que se le acelerara el corazón.
Estaba detallándolo, como si quisiera, al igual que él, comprobar que no lo estaba imaginando.
Luego, como si pudiera notar lo que estaba causando en él, una sonrisa ladeada pasó a decorar los labios del moreno.
—Me alegra que despertaras —expresó Gabe, alejando la mano que aún tenía sobre su rostro—. Era muy probable que de no hacerlo tu hermano me asesinara.
Melik parecía haberse olvidado de cómo hablar, y aunque sabía que Gabe esperaba a que dijera algo, ninguna palabra acudía a sus labios. Sin embargo, sus ojos si se permitieron viajar y detallar con minuciosidad el rostro del moreno.
Se le veía cansado. Incluso en su piel canela se marcaban las ojeras violáceas bajo sus ojos, y su mirada estaba apagada, aunque intentara disimularlo con una leve sonrisa.
Siguió explorando un poco más abajo y se encontró de frente el abrigo militar de Gabriel cubierto de sangre, y en ese instante los recuerdos llegaron de golpe.
Instintivamente se inclinó para mirarse el pecho, donde halló un vendaje que cubría una gran parte hasta su espalda. Le habían disparado.
Cuando sintió que la habitación empezaba a darle vueltas, una calidez inesperada se extendió por su cuerpo. Al bajar la mirada descubrió la mano de Gabriel rodeando la suya.
Le resultó extraño. Tenía las manos sorprendentemente suaves para alguien que pasaba el día empuñando armas.
—Estás bien, ahora estás bien —dijo Gabriel sin soltarlo en ningún un momento.
Los nervios volvieron a revolverse dentro de Melik, como siempre que Gabriel estaba demasiado cerca. Esta vez sabía que no tenía nada que ver con lo ocurrido semanas atrás. Era otra cosa.
Giró con cuidado la mano que él le sostenía hasta lograr entrelazar sus dedos con los suyos. El gesto fue torpe, inseguro, como si en silencio le estuviera pidiendo permiso para hacerlo.
Gabriel no se apartó. Al contrario, pareció sorprendido, y eso provocó en Melik una extraña y placentera sensación.
Cuando sus miradas se encontraron, Melik soltó su mano de inmediato. Sintió el calor subirle al rostro y encenderle las orejas.
«Idiota» , se recriminó en silencio.
—Asumo que Lemus se encuentra perfectamente, si está lanzando amenazas —susurró, escuchando su propia voz extraña en sus oídos. Ronca y pastosa, como si hubiera estado horas sin haber hablado.
—Asumes bien. Tú te encargaste de que así fuera —contestó el moreno, y en sus palabras Melik pudo detectar una nota de reproche—. Lo que hiciste fue estúpido e imprudente, lo sabes, ¿verdad?
—Hice lo que tenía que hacer. —Estaba molesto, aunque no sabía muy bien si era por el reproche de Gabriel, o por lo que estaba sintiendo.
Gabriel lo examinó por un instante, una sonrisa torcida empezó a crecer en sus labios, y justo cuando se inclinó para hablar cerca del oído de Melik, este sintió a su corazón volarse un latido dentro de su pecho.
—Y también fue una de las cosas más hermosas y desinteresadas que he visto.
Y así, como si no hubiese dicho palabra alguna, volvió a alejarse, se puso de pie y se acercó hacia la ventana que estaba en el lateral de la habitación.
Melik no sabía que contestarle, seguía sintiendo un cosquilleo en la nuca donde el aliento del moreno había tocado su piel.
Aún ni siquiera entendía por qué reaccionaba como lo hacía cuando estaba cerca a Gabriel, o tal vez si lo supiera y simplemente escogía ignorarlo.
—Tu hermana está por llegar —volvió a hablar Gabriel, llenando el silencio que se había instalado entre los dos—. Debería buscar a los demás. Hay algo importante que discutir.