Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 38
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Lemus

M elik estaba golpeando al uniformado sin piedad alguna y aunque Lemus estuvo a punto de intervenir, su cerebro solo pensaba en una sola cosa: Rose.

Se incorporó con dificultad, podía sentir como su rostro empezaba a hincharse y la visión se le estaba haciendo difícil por el golpe en el ojo, pero nada de eso le impedía buscar a Rose, y cuando la encontró no pudo disimular su sorpresa al encontrarla encima del general con una de sus cuchillas presionando el cuello del hombre.

Como pudo caminó hasta ella y le dio una rápida revisión a su estado:  tenía el rostro magullado y el escote de su vestido estaba más abierto y las mangas estaban teñidas de rojo, lo que hizo que a Lemus se le acelerara el corazón y se le revolviera el estómago.

La boca de Randall estaba bañada en sangre, tenía golpes y arañazos en sus mejillas así como cortes en su pecho y antebrazos. Una risa demente salió de sus labios salpicando el rostro de la pelirroja.

—Más te vale que me mates, porque si no lo haces, me encargaré de buscarte hasta el último día de mi vida —dijo Geoffrey, mientras la sangre fluía de sus labios—. Hazlo, ¿no es esa la razón por la que viniste hasta aquí?

Rose parecía no inmutarse con las palabras del hombre, pero tampoco aflojaba la fuerza que hacía sobre la navaja en su cuello.

Tenía los ojos fijos en los de Randall; sus pensamientos parecían perdidos a miles de kilómetros de distancia.

Lemus se inclinó hacia dónde Rose estaba y colocó una mano sobre el hombro de ella.

—Bella.

Los ojos de Rose se desviaron hacia él y pudo notar las lágrimas que corrían por su rostro, y el enrojecimiento de sus ojos aún con el antifaz puesto. Ella lo observó por un instante y luego volvió a fijar su atención en el general.

—No vine a matarte, Geoffrey, al menos no hoy —habló Rose, haciendo presión con la navaja sobre su cuello. Un hilo de sangre descendió hasta la camisa, manchando todo a su paso—. Primero vas a pagar por todo lo que has hecho.

Después de decirlo, giró la navaja que presionaba en su yugular y con la empuñadura lo golpeó con fuerza sobre la sien dejándolo inconsciente. Lemus se inclinó sobre ella y la ayudó a levantarse con cuidado. Melik llegó a su lado con el ceño fruncido y los labios apretados.

—¿Están bien? —preguntó el rubio centrando su mirada en el hombro de Lemus que estaba lleno de sangre donde la bala le había dado.

Pero Lemus miraba a Rose, quien parecía perdida en sus pensamientos.

—Estamos bien. Gracias, Melik. —Melik se acercó hasta él y apartó la tela de la camisa para poder ver la herida—. Estoy bien, la bala solo me rozó. ¿Cómo supiste dónde estábamos?

Cuando el rubio estuvo convencido de que la bala no había causado mayor daño, le contestó:

—Enzo —dijo—. Al parecer estaba tratando de hablar con ustedes pero no lograba comunicarse, estaba como loco. Así que me contó lo que pasaba y aquí estoy —concluyó encogiéndose de hombros.

Lemus lo miró un instante, recorriendo cada centímetro del rostro de su hermano para confirmar que estuviese bien antes de sonreírle y atraerlo hacia él en un abrazo.

—Me alegra que estés bien —le murmuró sin soltarlo.

Melik le respondió el abrazo con cuidado de no lastimarlo y se limitó a asentir con la cabeza. Lemus no se habría perdonado si a él le hubiese pasado algo, y cómo si de un interruptor se tratara, de inmediato un rostro sonriente apareció en su mente y todo su cuerpo se tensionó.

Frunció el ceño y lentamente se fue apartando de Melik.

—¿Dónde está Melisandre?

Rose pareció volver a la realidad con esa pregunta e igual que él, fijó su atención en Melik, que había empezado a desordenar su cabello con ambas manos mientras caminaba de un lado a otro.

—Ella dijo que debe salir con el resto de enfermeras, si no lo hace, será sospechoso.

Lemus apretó los ojos y respiró profundo.

Aunque eso era lo más lógico; y lo que habían acordado hacer; no terminaba de gustarle la idea de dejar a su hermana ahí metida.

Como pudo, le dio un asentimiento a Melik y fijaba su atención en los soldados y Randall que estaban inconscientes y tendidos en el suelo

—Debemos salir de aquí —concluyó.

De esa manera los tres comenzaron a avanzar sigilosamente por los pasillos del lugar, mientras Enzo le indicaba a Melik a través del micrófono por dónde debían avanzar para que no los atrapasen.

Al parecer, Lemus había perdido su micrófono en algún momento de la pelea.

La puerta del servicio, al igual que todas las demás, había sido bloqueada por orden del Régimen.

Pero ellos tenían a Enzo, quien al parecer, podría activar el funcionamiento de una de las salidas sin que las demás se vieran alteradas, así que habían decidido salir por la misma puerta por la que ingresaron.

Cuando se encontraban en la entrada de la cocina, Lemus abrió las puertas de par en par dejando entrar a Rose y Melik.

Estaban listos para salir de esa maldita casa, su trabajo ahí estaba hecho, pero entonces se encontró viendo de frente los ojos aterrados de un joven de unos dieciocho años que llevaba una escoba y un recogedor en la mano.

Al parecer, era el encargado de la limpieza de la cocina.

El chico dejó caer la escoba que llevaba en la mano y con los ojos abiertos completamente les analizó sus ropas llenas de sangre y las marcas en sus rostros.

—Ustedes, ustedes son… —Al muchacho se le hacía imposible completar una frase.

Rose dio un paso hacia adelante y encaró al chico que aún no salía del asombro.

—¡Hey! —gritó la pelirroja chasqueando los dedos frente al muchacho—. Tenemos que salir de aquí. Si alguien te pregunta, tú no nos viste, ¿entiendes?

El muchacho asintió con energía, y señaló la puerta lateral de la cocina por donde ellos habían ingresado más temprano.

En el rostro de Lemus se creó una leve sonrisa al ver al muchacho que, de un momento a otro, parecía bastante entusiasmado por ayudar.

Se apresuraron a atravesar la cocina, y justo cuando estaban por poner un pie fuera de la casa, la puerta volvió a abrirse y el uniformado que había peleado con Lemus apareció en el umbral.

—¡Corran! —El grito provino del muchacho. Quien observaba con los ojos muy abiertos al militar, y de la forma más valiente —o estúpida—, que Lemus había visto, dio un paso al frente con los brazos extendidos y se colocó como un muro, protegiéndolos.

Los ojos de Lemus se abrieron de sorpresa, pero antes de poder reaccionar, el sonido de un disparo llenó el lugar y el cuerpo del muchacho cayó tendido en el suelo mientras la sangre brotaba de su frente.

Estaba en shock, no podía dejar de observar cómo la vida del chico que hacía unos minutos estaba mostrándoles la salida, se extinguió por completo.

Sentía el corazón latiendo a mil dentro de su pecho y, sin tomarse un segundo para pensarlo, se lanzó hacia el soldado, justo cuando otro disparo salía del arma. Entonces, todo sucedió demasiado rápido, pero para él, fue como verlo en cámara lenta.

Melik corrió hacia donde él estaba, y la bala, que era para él, impactó en el pecho del muchacho tumbándolo al suelo.

Desde el otro lado de la cocina se escuchó un grito seguido de más disparos que hicieron que el soldado cayera al suelo.

Un gran charco de sangre se formó debajo de su cuerpo.

Lemus se arrodilló junto a Melik, mientras temblaba y le hacía presión en la herida que estaba demasiado cerca del pecho.

Levantó la vista y se encontró de frente con Gabe, quien aún sostenía el revólver que terminó con la vida del uniformado. Rose llegó hasta Gabriel y tomó el arma de sus manos, cuando volvió a mirar, los ojos de la chica, bañados en lágrimas, se encontraron con los de Lemus.

—Tenemos que salir de aquí. —La voz de Rose estaba entrecortada, la mano con que sostenía el arma le temblaba sin control—. Ayuda a Lemus con Melik, Gabe. Marcos nos espera afuera —concluyó dirigiéndose a Gabriel.

Así, con ayuda de Gabe, levantaron con cuidado a Melik del suelo, mientras los cuatro salían de la casa y se encontraban con el camión de Marcos que ya estaba esperándolos afuera; antes de subirse, Lemus dio un último vistazo hacia donde unos minutos atrás otro inocente cayó por culpa del Régimen, y en su interior se prometió a sí mismo hacer todo lo posible porque nunca más volviera a suceder.