Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 37
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Geoffrey Randall

T enía que ser una pesadilla. Eso era lo único que su mente podía repetir, mientras las demás posibilidades se arremolinaban en el fondo de su subconsciente.

Nada de lo que estaba ocurriendo tenía sentido para él.

Porque de tenerlo, entonces eso solo podría significar que los muertos habían vuelto a caminar en la tierra.

Él sabía que la Lyn que había conocido estaba muerta.

Estuvo presente cuando ocurrió, así que lo más probable es que esto solo se tratara de algún truco.

Alguien que sabía lo que había hecho, que era consciente de lo que había ocurrido aquella noche y estaba dispuesto a atormentarlo.

Él no se lo iba a permitir. Pero había algo que era mucho peor que la impostora: Su padre.

Si se llegara a enterar de que había quedado un cabo suelto desde hace diez años…

Randall no podía ni pensar en lo que le haría de ser así.

Aunque eso fuera, en definitiva, culpa de su padre y no de él.

Los lloriqueos de las mujeres y los gritos de los guardias y militares que ocupaban la fiesta no ayudaban a mantener su temperamento a raya, y si a eso le sumaban que se habían vuelto a cargar su seguridad y se infiltraron en un evento público, entonces él bien podía mandar a ejecutar a todo su equipo de seguridad por esto.

A su lado un grupo de militares pasaron corriendo con las armas desenfundadas y sin pensarlo dos veces tomó al primero que pudo por la solapa del uniforme y lo estampó contra la pared a su lado, con la misma velocidad en que desenfundó su propia arma y la apoyaba contra la sien del uniformado.

—¿Dónde está la mujer? quiero respuestas, y a menos que las tengas, vas a pasar a convertirte en la próxima decoración de pared.

El rostro del joven se había convertido en un blanco fantasmal y antes de que pudiera decir una sola palabra, el radio que traía en las manos dio un pitido y la voz de unos de sus oficiales resonó por el parlante.

—Los encontramos, señor. Están en la plan… —Un pitido siguió al grito de dolor y la comunicación se cortó.

La ira y la preocupación empezaron a crecer en su interior; no iban a salirse con la suya. Apretó el agarre que tenía sobre el uniformado y acercó su rostro al suyo.

—¿En qué planta se encuentra Bohorquez? —Ese era el apellido del oficial que hace unos segundos le había hablado por radio. Él reconocía las voces de sus hombres, estaba entrenado para ello.

Podía ver cómo el joven trataba de respirar bajo el agarre que tenía en su cuello, pero él no hacía el mínimo esfuerzo por aminorar la presión.

Cómo no tuviera la respuesta a la pregunta entonces podría darse por muerto.

Con dificultad el uniformado tragó y de su garganta salieron dos palabras, que en esa ocasión, salvaron su pellejo:

—Planta inferior.

La luz era un problema. O mejor dicho la falta de ella.

Porque, aunque él había memorizado cada pasillo y rincón del lugar antes de asistir a la estúpida gala, justo como su padre le había enseñado, el hecho de estar corriendo a oscuras suponía un atraso, pero sabía que así como lo era para él, también lo sería para sus infiltrados.

Eso solo dejaba ver lo acelerado de su plan, y demostraba que no tenían el control de todo cómo querían aparentar.

La luz iba y venía dejando ver solo pequeños retazos de lo que eran los pasillos y el caos en que se había vuelto todo.

Sin embargo, en la planta inferior, donde se encontraban los empleados y la cocina, las cosas estaban más calmadas que en el resto de la casa.

Uno de sus hombres de confianza se había encontrado con él en el camino y ahora corría a su lado, hacia el lugar dónde esperaba encontrar las respuestas.

La luz seguía a oscuras cuando el sonido de un disparo lo dejó estático en su lugar antes de retomar la carrera, justo cuando el pasillo se iluminaba y la silueta de la mujer pelirroja, Lyn y su acompañante, aparecían frente a él.

Lemus

Siempre existió una enorme posibilidad de que algo como eso ocurriera, pero sinceramente Lemus prefería evitar pensar en ello, y mucho más considerando que Rose estuviera con él.

El solo hecho de pensar en lo que Randall o sus hombres podrían hacerle le hacía sentir enfermo; y ahora ahí estaba, frente al hombre que tenía control sobre la vida de todos, y junto a este se encontraba el uniformado que Lemus ya había identificado como el castaño que golpeó a Melik.

—¿Realmente creyeron que saldrían de aquí con vida? —comenzó a hablar el General con gesto de diversión disfrazando la rabia en sus palabras mientras los observaba—. ¿O incluso pensaron que llegarían a salir? Eso los hace realmente estúpidos.

Lemus dio un paso hacia delante y colocó su cuerpo delante del de Rose.

—Pues usted entenderá, que tomando como referencia sus escasas habilidades para encontrarnos, nos sentíamos bastante optimistas. —Lemus se encogió de hombros y miró al General y su soldado con la burla y el reto plasmado en el rostro.

A su lado, Rose lo miró por un instante con ambas cejas elevadas antes de que la risa se escapara de sus labios.

Lemus no sabía si la risa era por los nervios o no, pero lo increíble era que ella de verdad se estaba riendo; lo que hizo que el rostro de Randall subiera varios tonos y se convirtiera en una mueca de ira e indignación.

—¿Te parece gracioso? —La mirada desorbitada del General y la voz baja que empleó cuando dio un paso hacia el frente, hicieron que Lemus reafirmase su posición delante de Rose— ¿Cómo fue que dijiste que era tu nombre? Aaah cierto, Lyn.

En cuanto las palabras salieron de su boca, el recuerdo de Gabe llamando a Rose de aquella misma manera atravesó a Lemus e hizo que sus ojos se desviaran por un segundo hacia donde ella estaba.

Los labios de esta se habían convertido en una fina línea y las manos las tenía empuñadas, sin embargo, en su mirada seguía aquella determinación de siempre.

Pero lo que ahora mismo intrigaba a Lemus era saber qué significaba aquel nombre “Lyn” y por qué demonios era que a él, se le hacía tan familiar.

—Sabes, yo conocí una vez a una Lyn —siguió hablando el uniformado—. Era una niña malcriada que vivía escondiéndose detrás de su hermano. Tenía el cabello muy similar al tuyo, y hasta hoy, estaba bastante convencido de que tanto ella como su familia ya no eran un problema.

En ese punto, Lemus ya no entendía nada de lo que estaba pasando, ¿Geoffrey conocía a Rose?

¿Lyn era Rose realmente? No tenía idea de que mierda era lo que estaba ocurriendo.

Pero de lo que sí estaba seguro, era que debía encontrar la manera de sacarlos de ahí, después podrían aclarar el resto, primero debían vivir.

—Regodeándose de haber asesinado a una niña —intervino él, tratando de hacer tiempo mientras ideaban un plan para salir de allí—. Cada vez te superas más, aunque no puedo decir que me sorprenda.

Lemus fue consciente de cómo un músculo en la mandíbula del General se tensionaba, aunque este ignoró su comentario. Solo le dio una única mirada de desagrado e hizo una señal a su subalterno con la cabeza.

—Tráelos —dijo con los dientes apretados—. A ella la quiero viva, con él haz lo que quieras.

El soldado asintió a su general y sin pensarlo dos veces apuntó el arma hacia donde él estaba y disparó.

Se movió en el momento justo para evadir el impacto y miró a Rose de reojo, sus ojos ámbar brillaban más que nunca y aquella determinación se convirtió en una fiereza que atemorizaba, ya no había atisbo de la chica de diecinueve años.

Ella le dio un asentimiento y en voz muy ronca agregó.

—Randall es mío.

Entonces Rose corrió justo hacia Geoffrey, mientras Lemus esquivaba y devolvía los disparos, tratando de apartar su atención de la pelirroja. Aunque el enfrentamiento cuerpo a cuerpo siempre había sido lo suyo, sabía moverse con las armas.

Se encontraba a varios metros de Rose, que seguía avanzando hacía Randall, lanzando más de sus navajas y esquivando los disparos del general; por su parte las balas estaban llegando a su fin y un escozor empezaba a molestarle en su brazo izquierdo.

El maldito soldado le había dado. Logró escabullirse hasta una columna que le sirvió de escudo mientras el uniformado continuó disparando, desde lo lejos se podía escuchar la pelea entre Rose y Randall.

—Sal de ahí, bastardo —gritó el soldado—. Deja de esconderte como una rata.

Una tras otra, las balas golpeaban la pared al lado de donde Lemus estaba. El muro se resquebrajaba en sus narices. Todo el ambiente se había llenado con el olor de la pólvora y el polvo, afectando aún más la visión. Sin embargo, él solo estaba esperando su momento y ese acababa de llegar.

—No me escondía. Esperaba —dijo saliendo de detrás de la columna—. Deberías cuidar tus municiones, soldado —agregó, justo antes de soltar el arma sin balas y lanzarse hacia él.

El uniformado intentó, en vano, disparar hacia Lemus, pero justo como el castaño dijo, ya no tenía balas.

La pelea se había vuelto cuerpo a cuerpo y ahora Lemus estaba en su elemento.

Llevaba años peleando por dinero, para sacar toda la rabia que llevaba dentro, y ahora, en ese preciso momento, tenía frente a él a una parte de aquellos que se habían encargado de destrozarles la vida y no iba a desaprovechar la oportunidad.

Empezó a sentir la sangre resbalando por su rostro y el sudor en su piel que le escocía las heridas.

El soldado estaba dando pelea, pero no podía decir que le estaba yendo mal; Uno a uno sus puños fueron impactando el rostro del uniformado y por cada golpe la voz de Rose se repetía en su mente: ya no más, ya no más, ya no más.

Hacía mucho tiempo que Lemus estaba esperando una oportunidad para desquitarse por toda la mierda en que habían convertido su vida; ahora, ese era el día.

Los movimientos del uniformado debajo de él se habían vuelto más lentos y estaba seguro de que no iba a resistir mucho más.

Notó sus nudillos destrozados, estaba listo para dar un último golpe, cuando el grito de Rose llegó hasta sus oídos.

Instintivamente fijó su atención hacia ese lugar, y encontró a Randall encima de ella sosteniéndole los brazos sobre su cabeza.

De inmediato algo se revolvió en su interior y la ira comenzó a cocinarse a fuego lento en él, pero antes de que pudiera hacer algo un puño impactó sobre su sien.

Los golpes llegaron a su rostro uno tras otro, sin darle oportunidad de reaccionar; tenía la boca llena de sangre y sentía un agudo pitido en los oídos.

Aunque sabía que estaba recibiendo la paliza de su vida, en lo único que su cerebro podía pensar, era en el grito de Rose.

De un momento a otro el peso del soldado sobre él desapareció, y una voz familiar llegó a sus oídos.

—¿Dónde están tus pelotas ahora, soldado?