36
Rose
G eoffrey tendió una mano a Rose. Ella dio un último vistazo a Lemus para luego tomar la mano del General y permitir que el hombre la guíe hacia el centro del salón; de fondo sonaba un vals antiguo y si la situación hubiese sido distinta, habría sido agradable contemplar el panorama completo de los comensales enmascarados bailando al son de un vals.
El General ubicó la mano que tenía libre en la espalda baja de ella mientras se desplazaban ágilmente por la pista y su vestido volaba al son de la música. Luego de varios minutos de silencio él le habló:
—¿Me concedería el placer de saber su nombre? —susurró en el oído de Rose.
Los ojos de Rose estaban clavados en ese par de bloques de hielo que le devolvía la mirada y sin darse tiempo a pensar demasiado, respondió a la pregunta de la mejor manera que podía hacerlo.
—Lyn, señor. Mi nombre es Lyn.
El ceño de Randall se frunció levemente por una milésima de segundo, antes de volver a su sonrisa permanente.
—¿Lyn? —repitió. La confusión estaba presente en sus rasgos por más que tratara de disimularlo.
—Sí, ¿por qué? —preguntó levantando la vista hacia Geoffrey.
El General negó con la cabeza, y le dio una sonrisa que logró que cada molécula de su cuerpo se pusiera alerta.
—No es nada. —El uniformado hizo un gesto con la mano para restarle importancia—. Lo que sí debo decirle, es que es usted la mujer más bella de todo el lugar.
Rose le sonrió en respuesta y acercó su rostro un poco más al de él.
—Usted tampoco está nada mal, General.
El hombre rió con el comentario, mientras le daba una vuelta al son de la música y luego volvía acercarla a él.
—Atrevida —le dijo—. Me gusta.
De esa manera siguieron bailando el vals que estaba de fondo, Rose podía ver a Lemus desde donde estaba y él no había separado los ojos ni un instante de donde ella y Geoffrey se encontraban.
Cuando la canción estaba por llegar a su fin, Rose se separó un poco del hombre para poder verlo a los ojos.
—Y dígame, General, ¿pudieron atrapar a los responsables del robo del camión?
La pregunta pareció haberlo cogido por sorpresa, la estaba mirando con el ceño fruncido y su expresión se endureció por un instante.
—Aún no, pero estamos bastante cerca.
Rose levantó una ceja expectante, y gracias a Dios que llevaba una máscara porque si no su expresión junto con la risa que amenazaba con salir de sus labios la habría delatado.
—¿En serio? —inquirió ella— ¿Qué tan cerca?
Geoffrey había dejado de bailar y ahora la estaba mirando con el ceño fruncido. La canción había acabado de sonar y estaban de pie uno frente al otro.
—¿Por qué tantas preguntas?
—Considéreme una ciudadana preocupada —dijo Rose paseando su dedo por el uniforme del hombre.
Randall siguió la trayectoria de su mano, y su ceño fruncido poco a poco se vio reemplazado por una sonrisa coqueta.
—Entonces, es mi deber dejarla más tranquila. Esa pandilla está controlada, no tiene de qué preocuparse.
Rose lo miró ladeando la cabeza y le regaló una sonrisa más perversa que coqueta.
—Siempre has sido un buen mentiroso, Geoffrey —dijo Rose dejando de lado los mimos y palabras bonitas; mientras ubicaba el micrófono en el cero para dar la señal a todos—. Las mentiras fluyen de tu boca igual que el fuego se propaga.
Los ojos de Randall parecían estar fuera de sus órbitas mientras observaba a Rose, la estaba viendo como si fuera un fantasma, aunque tal vez era eso para él.
—No, esto es imposible —dijo el hombre aún sin salir de su asombro—. ¿Quién eres?
Y justo en ese momento las luces del lugar se apagaron y todo el salón se sumió en una profunda oscuridad, los invitados comenzaron a alarmarse y los guardias y militares gritaban órdenes y pedían explicaciones sin parar. Rose, se acercó lo suficiente al general y murmuró en su oído.
—Soy y seré tu peor pesadilla, mi querido Geoffrey.
Rose retrocedió tan rápido como llegó, hasta que una mano se cerró sobre su brazo. Era Lemus, quien ahora la guiaba hacia la salida del salón; salieron justo cuando el grito del general inundó el lugar y llegó hasta sus oídos.
—¡Traigan a esa mujer! —El pánico y la cólera eran palpables en sus palabras— ¿Y qué pasa con la maldita electricidad?
Los guardias y militares parecían no tener idea alguna de a qué mujer se estaba refiriendo su General y aunque lo supieran el lugar estaba completamente oscuro, o así lo estaba hasta que Enzo entró en acción.
En cada sala en que Melik y Gabe dejaron los proyectores, una pantalla gigante apareció transmitiendo su declaración. Rose y Lemus empezaron a avanzar hacia el punto de encuentro.
El corazón de Rose estaba corriendo una maratón dentro de su pecho y aunque no quisiera aceptarlo, los nervios estaban a flor de piel en cada paso que daba, la mano de Lemus sosteniendo la suya era lo único que la mantenía anclada al presente y lo que estaba sucediendo.
Mientras tanto, el video estaba rodando en los diferentes salones; Aunque les hubiera encantado quedarse a apreciar la expresión de Geoffrey cuando lo viera, era un riesgo demasiado grande que no podían tomar.
Pero lo podían escuchar por todos los altavoces, Enzo sin duda se había lucido.
“Buenas noches, mi querido General. ¿Nos extrañó? ...” La voz de Rose llenó la mansión que se sumió en un silencio sepulcral. Los comensales miraban atemorizados a su alrededor mientras se agrupaban al fondo del lugar.
“Esta noche hemos querido hacer algo especial ¿sabe? Queremos presentarle a todos sus invitados, la Nottingham en que vivimos; esa ciudad que usted nos ha regalado, donde el miedo nos arrulla y la angustia nos levanta. Un lugar donde la ley tomó un camino oscuro y los inocentes pagan con sangre; esta noche presentaremos su verdadero rostro”.
En ese momento el rostro de Rose con su máscara de zorro fue reemplazado por imágenes de la ciudad, de ancianos golpeados, niños durmiendo en las calles, familias enteras mendigando en los mercados, soldados azotando jóvenes en la plaza pública como si estuvieran en otra era.
Las imágenes parecían tan irreales como funestas, pero así era la situación actual de ellos.
En este punto, ya los militares y guardias parecían al borde de la locura, estaban cerrando todas las salidas del lugar y haciendo requisas en cada rincón de la casa. Para suerte de ellos, Enzo aún tenía control sobre la electricidad, lo que hacía mucho más fácil mantenerse ocultos.
El sonido de sus pasos sobre el suelo de mármol era lo único que se escuchaba en los pasillos de la mansión.
Ahora era Lemus quien aparecía en pantalla.
“Esta noche, General, no vinimos a llevarnos nada”, dijo el lobo sonriendo en pantalla. “Todo lo contrario, hoy es un día para dar. Nosotros le estamos dando la oportunidad de hacer las cosas mejor. Esta es una advertencia, estamos aquí”.
En ese instante la pantalla se llenó de enmascarados.
“Y no pensamos irnos a ningún lado hasta que esta era de tiranía acabe”.
Eso fue lo último que se proyectó, la imagen se apagó y la poca luz que iluminaba el lugar se extinguió. No habían pasado ni cinco segundos cuando los gritos de Randall retomaron su rumbo, solo que esta vez iban acompañados por los de los invitados que cada vez entraban más en pánico.
—¡Voy a encontrarte Lyn! a ti y a todos tus cómplices y juro que pagarán por esto.
Lemus y Rose seguían avanzando con sigilo entre los corredores del lugar. Tal vez quitar la electricidad había sido una buena estrategia para mantenerse ocultos, pero también hizo más difícil encontrar la salida. Aunque, para ser justos, no tuvieron mucho tiempo para pensar en ese tipo de cosas.
—Rose, hacia la derecha. —La voz de Enzo llegó clara en su oído.
Hizo caso a lo que su amigo le decía y comenzó a seguir las instrucciones que le daba a través del micrófono, esquivando a los guardias y ocultándose cuando era necesario.
Unos minutos después ya podían ver el pasillo en que estaba ubicada la puerta del servicio al fondo, y estaban muy cerca de llegar, cuando la luz fue restaurada y con ella aparecieron tres guardias que caminaban justo hacia donde ellos estaban.
El rostro de los uniformados estaba tan sorprendido como el de ellos, y por un segundo pensaron que tal vez podían fingir ser otros de los invitados, pero entonces uno de los soldados sacó un arma y la apuntó directo hacia donde ellos estaban.
—Maldita sea —escuchó a Enzo quejarse por el micrófono—. Lo lamento, me están quitando el control.
—Yo me encargo desde aquí —dijo Rose mientras sacaba de su vestido las jambias que llevaba ocultas y a su lado Lemus sacaba dos pistolas del saco.
—Esto será divertido. —El castaño tenía una sonrisa salvaje en el rostro cuando se colocó al lado de Rose y miró directo a los uniformados.
Rose hacía girar las cuchillas en sus manos con la mirada fija en los movimientos de los uniformados. Los tres soldados seguían apuntando hacia ellos, pero ninguno había hecho el amago de querer disparar. En eso, uno se llevó el radio que tenía en la mano hacia los labios y habló:
—Los hemos encontrado, señor, están en la plan…
Antes de que pudiera terminar la frase, Rose había lanzado una de las jambias y se había incrustado en la mano del uniformado haciéndolo soltar el radio mientras un grito de dolor brotaba de su garganta.
—Eso debió doler. —Lemus se acercó poco a poco a los guardias, parecía un depredador rodeando a su presa y por las facciones de los soldados ellos también lo veían.
Uno de los soldados había puesto toda su atención sobre el castaño y apuntó directo hacia el pecho de Lemus, quien no había dejado de avanzar hacia los hombres.
—No dé un solo paso más. —Los nervios estaban jugando una mala pasada al soldado y tanto Rose como Lemus podían notarlo.
Rose estaba a punto de lanzar nuevamente una de sus cuchillas, cuando la luz del lugar volvió a irse.
Sus ojos captaron con algo de dificultad un repentino movimiento a su lado, el reflejo de un brillo seguido de gritos, golpes y el inconfundible sonido de un disparo que resonó en sus oídos.
Todo su cuerpo se paralizó, y el miedo invadió su interior.
Sus ojos apenas se estaban amoldando a la oscuridad y no lograba encontrar a Lemus por ningún lado.
Se aferró a sus armas y empezó a avanzar con cuidado hacia donde estuvo Lemus por última vez, cuando, de repente, una linterna alumbró su rostro.
Ahí estaba él, con el cabello completamente desordenado y los tres guardias tendidos en el suelo a su alrededor.
—No me mires así, bella —dijo Lemus acercándose a ella—. No están muertos, solo tendrán una larga siesta.
El aire volvió a llenar los pulmones de Rose y su corazón recordó cómo funcionar, sin pensarlo dos veces se lanzó a los brazos de Lemus y se fundió en un abrazo. Luego de unos segundos impactó su puño sobre el brazo del chico.
—No vuelvas a hacer eso, FitzGerald.
Antes de que Lemus pudiera decir algo, el sonido de pasos detrás de ellos los hizo girar y en ese momento el mundo bajo sus pies tembló.
—Vaya, vaya, pero mira nada más que escena tan conmovedora. —Las palabras se escucharon llenas de veneno, y llegaron a Rose como una bofetada apenas salieron de los labios de Geoffrey Randall, que ahora mismo estaba viéndolos a ambos con una sonrisa en los labios.