Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 35
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Rose

L a casa era una locura. Había meseros por todas partes llevando bandejas y carritos con comida de un lado a otro, los militares del régimen se paseaban por dentro y fuera del lugar y la seguridad privada contratada por los anfitriones era absurda, y todo esto sin mencionar las esculturas, cuadros, lámparas y adornos costosos que decoraban el interior del lugar, Rose había estado ya en lugares como aquel, aunque en esa casa todas esas cosas se sentían equivocadas.

Pero nada de eso iba a impedir que ellos llevasen su mensaje, los tenían que escuchar. Los iban a escuchar.

—Mira toda esta comida —murmuró Lemus a su lado cuando estuvieron en el salón del banquete. La voz del castaño se escuchaba consternada—. En casa, los niños mueren de hambre en las calles, Rose.

Giró su rostro hacia él, tenía la boca hecha una fina línea y ella podía notar la tensión en su mandíbula, en sus hombros y el coraje que toda esa situación le generaba.

Lemus hacía hasta lo imposible cada día por ayudar a espaldas del Régimen, lo hacía desde antes que ella llegara, desde antes que ella se interesara en ayudar.

Rose acercó su mano a la de él y le dio un pequeño apretón.

—Nunca más —le dijo sin soltarlo.

—Nunca más —respondió él entrelazando sus dedos y guiándola al interior del lugar.

De esa manera atravesaron la marea de invitados y las lujosas estancias de la mansión en las que todos los ciudadanos acaudalados lucían distintas máscaras y atuendos exóticos.

En más de una ocasión se toparon con algún invitado que llevaba un zorro o un león en su rostro, tal como lo pensaron: los ricos verían toda la situación como un chiste.

Ese era el segundo salón que recorrían a la espera de la señal de Melik y aún no habían visto a Geoffrey por ningún lado; ella empezaba a ponerse nerviosa, el tiempo estaba corriendo, necesitaban darse prisa.

—Chicos, está todo listo. —La voz de Melik sonó por el micrófono.

Rose sintió como la presión en su pecho se aminoró cuando lo escuchó y fue reemplazada por la adrenalina de lo que estaba por suceder.

—Entendido —contestaron Rose y Lemus al unísono.

—Por cierto —habló Gabriel esta vez—. Te ves hermosa en ese vestido, Lyn.

Rose casi podía ver la sonrisa burlona del moreno mientras hablaba. A su lado, Lemus murmuró algo que no sonó educado antes de poner los ojos en blanco.

—No te pases, soldadito —gruñó Lemus, mientras reforzaba el agarre que tenía en la mano de Rose.

—Parecen cavernícolas —murmuró—. Estén atentos.

Rose jaló de Lemus antes de que pudiera refutar algo, y comenzaron a mezclarse entre la multitud: degustando champagne y acercándose a las conversaciones sociales que se llevaban a cabo en el lugar, las cuales consistían en lo mismo: chismes, dinero, vacaciones y placer.

Era como si estas personas vivieran en un mundo completamente ajeno al que estaba a su alrededor, parecían ignorantes a la situación del pueblo, a las incontables muertes, a los castigos absurdos y torturas innecesarias por parte del Régimen.

Esas personas estaban ahí reunidas festejando con los responsables de una era de sangre y dolor, los responsables del dolor de muchas personas incluido el suyo.

Rose no supo en qué momento su respiración comenzó a acelerarse, ni mucho menos cuando apretó el agarre sobre la mano de Lemus.

—Bella, vas a partirme la mano si sigues apretando así, y créeme, cariño, tu no quieres privarte del placer de mis manos —le dijo Lemus, y Rose notó un atisbo de preocupación en su voz.

Él nunca la presionaba, trataba de distraerla cuando la veía mal, siempre la hacía sentir segura para que luego ella se abriera, eso era una de las cosas que más le gustaban de él.

Rose levantó la vista, lista para contestarle con alguna expresión sarcástica, cuando sus ojos se encontraron con la figura de un pelinegro al fondo del lugar.

Geoffrey Randall estaba ahí. Ella siempre pensó que la próxima vez que lo vería sería para hacerlo pagar todo lo que él y su familia habían hecho, pero en ese momento el cuerpo se le paralizó y lo único en que podía pensar era en sus padres, en la manera en que murieron y como la familia Randall era la responsable de ello.

A su lado, Lemus siguió el trayecto de sus ojos y al percatarse de quien era el causante de su reacción, la obligó a darse la vuelta y verlo a la cara.

—Oye, todo está bien, cariño. —La voz de Lemus era suave pero firme a la vez y estaba trazando círculos con los dedos sobre su hombros—.

Él nunca te ha visto, no sabe quién eres, nosotros tenemos la ventaja —continuó hablándole, mientras los latidos de su corazón se normalizaban; él siempre lograba eso—. Pero si no quieres hacerlo…

—Sí quiero —se apresuró a decir Rose, levantando la vista hacia Lemus, y mirando directamente hacia el gris de sus ojos—. Quiero hacerlo —repitió esta vez, con decisión.

Lemus la miró fijo por un instante. Una tormenta se movía en sus ojos. Él llevó una de sus manos hasta el mentón de Rose y la acarició con ternura, haciendo que una corriente eléctrica atravesara su columna vertebral.

—Es muy probable que me encuentre al borde de la locura cuando lo hagas.

—Comenzó a hablar Lemus—. Si soy sincero, no soy un fan de esta parte del plan —continuó sin dejar de acariciarla—.

Pero sé perfectamente que si hay alguien que puede hacerlo, eres tú, cariño.

Llevas en el interior una fuerza que dejaría en ridículo a las más grandes de las tormentas.

En ese momento ya estaban tan cerca, que Rose casi podía saborear su aliento dentro de su boca, todo su cuerpo estaba reaccionando en respuesta a su cercanía, ella quería que la besara.

No, no lo quería, lo necesitaba, así como se necesita el aire o el agua para vivir ella lo necesitaba en ese momento.

Y cómo si Lemus lo supiera, bajó más su rostro y juntó sus frentes, máscara contra máscara, y Rose vio que una sonrisa traviesa empezó a formarse en sus labios.

Él sabía el efecto que tenía sobre ella y lo estaba disfrutando, y aun recurriendo a todo su autocontrol, Rose no pudo detener a sus labios cuando se separaron para pronunciar una única palabra.

—Lemus.

La sonrisa se ensanchó en el rostro del castaño, sus ojos estaban brillando mientras la observaba. Él no era tan inmune como quería aparentar.

—Dime, bella —contestó con una sonrisa descarada. La voz ronca le erizó la piel.

Y eso fue todo lo que Rose necesitó para enviar de vacaciones a su autocontrol.

—Bésame de una maldita vez.

Lemus dejó escapar una pequeña risa sobre su boca, antes de juntar sus labios en un beso que logró transportarla fuera de esa casa, la misión y el mismísimo presente que esa noche se encontraba de frente con el pasado. Era ese tipo de besos que quieres hacer durar para siempre.

Muy lentamente, Lemus fue deteniendo el beso hasta separarse de ella lo suficiente para verla a los ojos.

—Sé que puedes hacerlo y si te sirve de algo yo estaré aquí para apoyarte.

Rose le regaló una sonrisa y le dio un casto beso en los labios, se enderezó y giró el cuerpo hasta encontrarse de frente a su enemigo.

El General Geoffrey Randall, se encontraba en el extremo opuesto del salón, estaba manteniendo una animada charla con una rubia de pechos grandes que no paraba de acariciarse el cabello y pestañear frente a él.

Rose necesitaba llamar su atención y “pechos enormes” no iba a impedírselo, así que tomó a Lemus de la mano, caminó en dirección hacia donde el uniformado se encontraba y se colocó justo frente a él. Lemus la miró levantando una ceja.

—Confía en mí —le murmuró, y fijó la mirada a donde el general se encontraba.

—Siempre —contestó Lemus tendiéndole una copa de champagne.

Rose tomó la copa entre sus manos, y jugueteó con ella mientras reía tímidamente e intercambiaba la mirada entre Lemus y el uniformado que continuaba hablando con aquella rubia.

—Se te da muy bien el coqueteo, bella.

—Por favor, FitzGerald, yo no necesito esforzarme demasiado —contestó llevándose la copa a los labios e hizo que Lemus se ahogara con su bebida.

Cuando Rose volvió a mirar hacia el general, se topó de frente con dos bloques de hielo que la miraban con atención.

Ella le sostuvo la mirada por un instante, luego ladeó la cabeza y con una tímida sonrisa enfocó los ojos de nuevo en Lemus.

En ese instante no fue necesario que le dijera nada, sin hablarle, él entendía que había llegado el momento.

—Enzo, ¿me escuchas? —dijo Rose por el micrófono.

—Fuerte y claro —contestó Enzo a través de la línea.

—Estate atento, el momento está por llegar.

—Ya era hora, me estaba aburriendo aquí afuera. ¿La clave sigue siendo fuego?

—Sí, y no vuelvas a decir que es ridícula, ya no hay tiempo.

—De acuerdo… pero lo es —refutó Enzo antes de cortar el contacto.

Rose puso los ojos en blanco y negó con la cabeza antes de enfocarse nuevamente en Lemus. El castaño estaba observando algo a sus espaldas, sin siquiera voltear ya ella sabía de quién se trataba, y estaba lista para enfrentarlo.

Los pasos se escuchaban cada vez más cerca, hasta que pudo sentir su presencia a pocos centímetros de ella.

—Buenas noches. —Geoffrey Randall estaba justo detrás de Rose. Muy lentamente ella giró su cuerpo hasta encararlo por completo.

El hombre llevaba un traje entero de color azul oscuro, que resaltaba la tonalidad hielo de sus ojos y el blanco de su piel, su cabello azabache lo tenía perfectamente peinado hacia atrás, y mientras les sonreía se podían apreciar cada uno de los ángulos de su rostro.

—Buenas noches. —Lemus bien podía merecerse un premio a mejor actuación mientras sonreía y le regalaba al hombre un respetuoso asentimiento de cabeza.

Al mismo tiempo, ella hizo una pequeña reverencia y dijo:

—General.

—¿Han disfrutado la velada? —Randall paseó los ojos de Lemus hasta ella y la examinó con absoluto descaro.

Rose tuvo que retener el estremecimiento que su cuerpo sintió bajó la evaluadora mirada de aquellos ojos fríos.

—Ha sido encantadora, general —contestó Rose sin dejar de jugar con la copa en sus manos.

Los ojos de Randall se quedaron fijos en ella, la estaban detallando con conciencia. Sus ojos viajaron hasta donde Lemus tenía puesta su mano en la espalda baja de la chica y una sonrisa retorcida decoró su rostro al instante.

—No sabe cuánto me alegra que lo esté disfrutando —comentó con coquetería y pasó su mirada de Rose hasta Lemus—. ¿Le molestaría si su acompañante me concede esta pieza? —Geoffrey le regaló al castaño la mejor de las sonrisas falsas.

Hubo varios segundos de silencio consecuentes a esa pregunta, y Rose no pudo evitar mirar a Lemus de reojo.

Él estaba haciendo un esfuerzo sobrenatural por no moler a golpes al general y ella lo sabía; entonces en un parpadeo, antes que Rose pudiera decir algo, Lemus sonrió con todos los dientes a Randall.

—En absoluto, General, adelante.