Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 34
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“La causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutarla”

—Mahatma Gandhi

Melik

«E s como estar en un ataúd», eso era lo que no dejaba de pasar por la mente de Melik cada segundo que permanecía dentro de la caja de madera.

Había sentido el camino hasta la fiesta inmensamente largo y luego la espera a entrar fue peor, lo que solo le hacía pensar que algo malo debió haber pasado, que Melisandre de seguro estaba en problemas y que él se encontraba metido en una estúpida caja sin poder hacer nada.

Una pequeña sacudida le hizo dar un respingo y una conocida voz llegó hasta sus oídos: Gabriel. Eso significaba que estaban dentro. La parte superior de su caja sonó, así que dedujo que habían puesto a Rose y Lemus encima de él. Se estaban moviendo, el plan estaba en acción.

—Estaremos afuera —escuchó decir a Mel, en cuanto se quedó quieto y el peso sobre su caja se había ido.

Con un poco de dificultad, Melik introdujo su mano en el bolsillo del pantalón y sacó una navaja con la que cortó el amarre de la parte superior de la caja, hasta que logró abrirla por completo y salir de ella lo más rápido posible.

El aire nunca le había parecido tan reconfortante.

Aún tenía encima la sensación del encierro, no dejaba de sacudir el cuerpo con movimientos estrambóticos, la sensación de haber estado en un ataúd no se iba,  hasta que un carraspeo lo hizo girar: Lemus y Rose lo estaban viendo fijamente.

Su amigo tenía el ceño fruncido y una ceja casi en el inicio de su cuero cabelludo, en cambio la pelirroja tenía una incipiente sonrisa naciendo en los labios.

—¿Qué mierda estás haciendo? —preguntó Lemus notablemente confundido, antes de dejar salir una pequeña sonrisa—. Esto no es Animal Planet, Melik.

Entonces Rose, sin advertencia alguna, golpeó a Lemus en el brazo con su puño.

—Déjalo en paz, a mí tampoco me gustan los lugares reducidos.

—¡Pero si no le he hecho nada! —El quejido de Lemus resonó en el minúsculo lugar, haciendo que Rose lo mandara a callar.

—Verdad, Lemus, déjame en paz —agregó, solo para echar leña al fuego.

—Dense vuelta, es hora de arreglarnos —dijo Rose, poniendo punto final a la discusión.

Aunque no habían dicho nada de manera oficial, Melik sabía perfectamente que algo había pasado entre esos dos; la sola presencia de la pelirroja le iluminaba totalmente el rostro a Lemus y a ella ya no parecía irritarle.

Además, sus fuentes confiables (Sophie) le habían dicho que tuvieron una salida hace poco.

Melik se giró y volvió asomarse dentro de la caja de madera sacando la mochila de deportes que estaba dentro, la abrió y retiró el saco negro y la camisa del mismo color que habían llevado para mezclarse entre los invitados, se despojó del suéter que tenía puesto y rápidamente se vistió con las prendas elegantes.

Esperó unos instantes antes de voltear con algo de pena la cabeza hacia atrás.

Para su alivio, Rose ya se encontraba vestida.

La chica estaba usando un vestido elegante de color crema brillante, que resaltaba su silueta.

Tenía un escote pronunciado en el frente y unas lindas mangas que cubrían sus tatuajes; una honesta y cálida sonrisa se dibujó en él cuando vio a Lemus subiendo la cremallera del vestido de la pelirroja.

Por un momento sintió que estaba invadiendo un momento íntimo entre sus amigos, sin embargo, no apartó la mirada, se dedicó a detallar los gestos de cada uno y se encontró anhelando más que nunca poder compartir aquello con alguien.

El amor era lo que todos buscaban y pocos encontraban.

«Tú serás de los que lo encuentren» , las palabras de la pelirroja llegaron a él como un vendaval.

—¿Está todo bien? —La voz de Lemus lo trajo de regreso, haciéndolo salir de sus pensamientos.

El castaño llevaba puesto un saco color petróleo que hacía juego con su pantalón y una camisa negra. Y en ese momento lo miraba entre preocupado y confundido. Pero bueno, Lemus siempre estaba preocupado.

—Sí, todo bien.

—¿Aún te está molestando? —Rose miraba entre él y Lemus—. Si es así, no dudes en decírmelo.

Rose dio una última mirada de advertencia a Lemus antes de acercarse a Melik y salir por la puerta. Él ya no pudo aguantar y se echó a reír.

—Estás tan muerto —murmuró Lemus cuando pasó a su lado. Lo que solo incrementó la risa del rubio.

Lo primero que encontró al salir fueron un par de ojos verdes que lo estaban mirando fijamente.

—¿Por qué se tardaron tanto? —preguntó Mel lanzándose hacia sus brazos. Y luego a los de Lemus.

—Tu hermano tuvo una crisis, algo sobre Animal Planet —contestó Lemus abrazando a la chica.

Tanto su hermana como Gabriel lo vieron con el ceño fruncido.

—¡Auch! —gritó Lemus en cuanto Rose volvió a golpearlo— ¿Y ahora qué fue lo que hice, mujer?

Melik le regaló una sonrisa de victoria a su hermano, quien se giró hacia Rose ladeando una sonrisa.

—Solo buscas excusas para tocarme, amor —le dijo Lemus a Rose—. No puedes quitarme las manos de encima.

—Ya quisieras —contestó la pelirroja, antes de encarar a Gabe y Mel. Aunque la sonrisa en su rostro dejaba claro que algo de lo que dijo su hermano era verdad—. Reporten.

Melik se giró para mirar a sus compañeros e involuntariamente sus ojos se desviaron hacia el moreno y sus ojos color esmeralda, cuando este le devolvió la mirada, Melik cortó el contacto.

Había algo en él que lo ponía nervioso, tal vez el hecho de que hubiera ayudado a que le propinaran una golpiza aún le afectaba.

—Tienen dos guardias armados en la entrada de cada salón. —Comenzó a explicar Mel. Ganándose la atención de todos.

—Y al menos tres merodeando el interior de cada uno —continuó Gabriel—. Lo bueno es que nunca van a estar esperando esto.

—¿En cuál voy a instalar el proyector? —Quiso saber Melik mientras pensaba en el tiempo que le iba a tomar recorrer cada salón.

—Donde sea más probable que Randall esté —dijo Lemus.

—Eso sería en más de una sala, tenemos que asegurarnos de que lo vea —intervino Rose.

Melik asintió hacia sus amigos y revisó los bolsillos de su saco.

—Traje dos proyectores —anunció—. Los colocaré en el salón del baile y el del banquete.

Melik llevaba en el bolsillo de su saco tres discos similares a los utilizados en los partidos de hockey, pero mucho, mucho más pequeños.

Eran tecnología de última generación. Enzo los clasificó como multi proyectores portátiles.

Aunque el rubio sospechaba que solo quería presumir con el nombre.

Su misión era instalarlos estratégicamente en los salones para que, llegado el momento, Enzo los activase desde fuera y los manipulara sin dejar rastro.

—Yo te puedo ayudar con eso —se ofreció Gabriel, regalándole una sonrisa.

Se limitó a asentir con la cabeza, las palabras parecían desvanecerse en sus labios cada vez que se trataba de Gabriel, lo cual lo hacía sentir como un completo idiota.

—Yo debo irme —comentó Mel, mientras se mordía el labio inferior y miraba nerviosa los alrededores del lugar.

Inmediatamente todos imitaron su acción. Estaban tan concentrados en su conversación que habían descuidado la vigilancia, lo cual pudo haberles costado la misión, o incluso la vida.

—Espera un momento —habló la pelirroja. Estaba rebuscando dentro de la mochila de deporte que aún llevaba en las manos y sacó un pequeño círculo transparente, muy similar a los topos de un audífono y un lindo pulso de plata que tenía dibujado números a su alrededor—.

Colócalo —le dijo a Mel tendiéndole el aparato.

La rubia extendió las manos y sostuvo el círculo y el pulso entre sus dedos, mientras lo examinaba con el ceño fruncido se dio cuenta que la pulsera se giraba.

—Es un micrófono —declaró Gabriel señalando el topo transparente—, colócalo en tu oreja y podremos estar en contacto, con la pulsera cuadras la sintonía que quieras escoger.

Enzo está en la uno, Rose en la dos, tu hermano en la tres, Lemus en la cuarta.

Tú eres la quinta sintonía, y la mía la seis; pero si quieres enviar un mensaje a todos, déjala en cero.

Melisandre obedeció y colocó el micrófono donde le indicaron al igual que el pulso, luego les dio un último asentimiento de cabeza a todos, antes de mirar directo a Melik y Lemus.

—Tengan cuidado. Y por lo que más quieran, no hagan ninguna estupidez. —Con esa última advertencia se apresuró hacia el corredor, hasta que su silueta no fue más que una mancha.

—Muy bien, llegó el momento. —Rose tendió las máscaras y los micrófonos a todos—. Mostrémosles quienes somos.

Melik tomó entre sus manos la máscara que Rose le dio, esa noche no actuarían con las de siempre, sino que usarían antifaces sencillos, para mezclarse entre la gente, al menos hasta que todo explotara y ahí sí llevarían las verdaderas.

—¿Estás listo? —dijo Gabriel a sus espaldas, colocando una mano sobre su hombro.

—Andando —le respondió.