Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 33
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Enzo

I ngresar al sistema de seguridad de la fiesta no había sido nada del otro mundo, las cámaras estaban puestas simplemente para grabar todo lo que ocurriera en el lugar, pero no tuvieron la precaución de instalar ningún cortafuego a su sistema de seguridad. Grave error.

Mel y Gabriel ya se encontraban listos para ingresar a la cocina y dar inicio al espectáculo, en el cual él estaría como espectador, literalmente, pues vería todo a través de las cámaras.

Había creado un bucle en el que se repetiría la misma situación que ocurría en la cocina antes que sus amigos entraran, y lo montaría en el sistema de seguridad para que los guardias no los reconozcan ni vean a los demás entrar.

Eso mismo lo haría con situaciones distintas y los transmitirá en secuencia en cada sitio por el que sus compañeros pasaran.

Sería como si nunca hubieran estado allí.

Las puertas de la cocina se abrieron y sus amigos entraron adquiriendo el papel que les correspondía.

La comida iba de un lugar a otro, los chefs gritaban en coro y absolutamente nadie parecía percatarse de la presencia de Mel y Gabriel, nadie excepto el chico que lavaba los platos, que los estaba mirando a ambos con el ceño fruncido.

Era un jovencito que apenas si estaba entrando en la mayoría de edad.

—Maldición, miren a su derecha —murmuró Enzo con los nervios haciendo estragos en su cuerpo.

—¿Puedo ayudarle, señor? —preguntó el chico, acercándose hacia donde Gabriel y Mel estaban.

Inmediatamente Mel tomó distancia y fue ayudar a acomodar los platos a los demás meseros que estaban en el lugar, dejando a Gabriel solo con el chico.

—Sí —contestó el moreno, con esa actitud despectiva característica de los militares—. Al parecer uno de los proveedores se atrasó y apenas va llegando, va a ingresar por esta puerta, la señorita que está allí —agregó señalando a Mel—, me ayudará con el recibo.

El jovencito volteó hacia donde la rubia se encontraba, y esta le dio una sonrisa completa, de esas que la hacían parecer un ángel, la cual fue correspondida de la misma manera por parte del muchacho. Difícil sospechar que alguien tan angelical, pudiera estar tramando algo en su contra.

Enzo vio fascinado como Melisandre empezaba una conversación con el chico de los platos, quitando toda la atención de lo que hacía Gabriel.

Una sola mirada a la cámara exterior le hizo saber que todos estaban en sus posiciones, era hora del show.

Melisandre

Acababan de dar tres toques consecutivos en la puerta trasera, y ella no pudo evitar que sus ojos se desviaran de inmediato hacia el lugar, aunque enseguida volvió su atención al chico con quien hablaba.

—Parece que llegó el contratista —dijo Mel sin dejar de sonreír.

Uno de los chefs se acercó y abrió la puerta del recibo dejando a la luz la silueta de un hombre de cabello negro entrando en sus cuarenta, y con unos ojos tan oscuros como la noche.

Era Marcos, quien hacía casi un mes había ayudado a Enzo y a Rose cuando casi fueron atrapados por el Régimen al repartir las provisiones.

Ahora mismo el hombre estaba vistiendo un overol gris desgastado con guantes negros, al igual que los otros tres chicos que estaban tras de él, aparentando ser sus ayudantes, pero el toque final era el bigote y barba falsa que llenaba casi por completo su rostro, y los anteojos de montura gruesa que le ayudaban con el camuflaje.

—Traemos el encargo de licor especial —dijo Marcos al cocinero que lo miraba con el ceño fruncido.

—Déjame verlo —dijo Gabriel acercándose a ambos hombres.

Marcos sacó una navaja de uno de los bolsillos de su overol y destapó una de las cajas dejando ver una colección de botellas de vino.

—Perfecto, entren todo.

Mientras el chef y algunos cocineros y el chico de los platos ayudaban a entrar todo el pedido, Marcos le señaló, muy sutilmente con los ojos, tres cajas de madera que estaban al costado derecho de él.

Con disimulo, Melisandre se acercó al transportador y enganchó una de las cajas, lo complicado sería subir las otras dos, pero como siempre, Gabe se había percatado, y se acercó a ella y con poco o nada de disimulo, le indicó a Marcos que le ayudara a enganchar las cajas restantes.

Nadie en la cocina pareció alarmarse, al parecer todos estaban lo suficientemente ocupados bajando cajas del camión que Marcos había traído, así que aprovechando la distracción, una vez estuvo la carga lista salió de la cocina, llevó el encargo hasta el armario donde Gabriel había sacado la mochila de deporte.

—Buen trabajo —dijo mientras le sonreía de lado.

—Gracias, aunque sin ti hubiese estado perdida.

Esa era una verdad absoluta. De no haber sido por Gabriel ella seguiría escuchando los delirios de su amiga en aquella habitación y todo el plan habría sido un fracaso.

—Sin mí, el mundo estaría perdido, linda.

Mel no pudo evitar la sonrisa al blanquear los ojos y negó con la cabeza. Cuando uno pensaba que no había nadie peor que Lemus y Rose, venía y aparecía Gabriel.

—Tan humilde como Rose —murmuró entre dientes, haciendo reír al moreno.

Cuando al fin llegaron hasta el clóset,  se apresuró a entrar y cambiar su atuendo por el uniforme de enfermera que tenía anteriormente.

Podía sentir la energía recorriendo sus venas.

Los nervios la hacían mantener alerta y el miedo la impulsaba a no detenerse.

Al salir, ayudó a Gabe a entrar las cajas en el armario.

—Estaremos afuera —dijo ella en voz baja antes de cerrar la puerta.

Nada más cerrar la puerta, visualizó una conocida y corta cabellera castaña acercándose hacia donde ella y Gabe estaban.

El moreno no se había percatado, estaba de espaldas y si los llegaban a descubrir sería su fin.

Sin medir palabra Mel atrajo a Gabriel hacia ella y lo besó en los labios antes de que Ana tuviera tiempo de hacer alguna pregunta.

Al comienzo, Gabe pareció quedar en estado de shock, pero al notar la presencia de la castaña a su lado, le siguió el juego.

Melisandre debía admitir que besaba bastante bien, aunque no despertó en ella lo que se suponía que despertaba un beso.

Un carraspeo a sus espaldas los hizo separarse, Ana los estaba mirando fijamente a ambos y movía las manos de manera nerviosa.

—Lamento mucho interrumpir —dijo la castaña—. Pero es que te estabas demorando demasiado y me empecé a preocupar. ¿Está todo bien? —agregó con cierto recelo en la voz mirando al moreno.

—Sí, todo bien —contestó Mel—. Ana, él es Gabriel. Un… amigo.

—Un amigo especial —agregó Gabe pasándole el brazo por los hombros y dejándola colorada. Él definitivamente estaba disfrutando eso.

Los ojos de su amiga estaban abiertos por completo y un sonrojo cubría su cuello y mejillas. Por su parte Melisandre estaba empezando a arrepentirse de lo que había hecho.

—Oh, yo… yo no lo sabía —dijo la chica notablemente apenada.

—Sí, es que no se lo he dicho a nadie —contestó Mel retorciendo sus dedos.

—Y queremos que permanezca así —agregó Gabriel, adquiriendo el tono militar.

Ana asintió rápidamente con la cabeza en dirección a Gabriel, mientras Mel le lanzaba una mirada reprobatoria al chico.

—Por supuesto —se apresuró a contestar la castaña—. Yo… volveré al salón, los dejaré solos.

—Gracias —contestó Mel que, sin quererlo, se había sonrojado.

Cuando Ana se perdió de vista liberó el aire que tenía retenido y Gabriel soltó una estruendosa carcajada.

—¡Eso es a lo que yo llamo pensar rápido!

Melisandre hundió el rostro entre sus manos.

—Fue vergonzoso.

—¿Vergonzoso? —El tono indignado del moreno, la hizo levantar la cabeza—. Besarme a mí no tiene nada de vergonzoso, querida; déjame decirte que muchos te estarán envidiando.

Mel lo miró e inclinó una ceja divertida.

—Con que Muchos  ¿Eh?—Dijo haciendo énfasis en la “o”

—Muchos, muchas, la verdad es que en la variedad está el placer, linda.

Esta vez fue ella quien soltó una carcajada, mientras negaba con la cabeza, pero su risa se vio interrumpida cuando la puerta del armario se abrió y tres siluetas salieron a la luz; el equipo estaba completo.