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“La mayor aventura que puedes tomar, es la de atreverte a vivir la vida que siempre soñaste”
—Oprah Winfrey
Melisandre
E l gran día había llegado. Melisandre se encontraba haciendo la fila con el resto de empleados que estarían en el evento; había meseros, aseadores, camarógrafos, cocineros, catering y enfermeras.
Estas últimas cumplían un papel poco llamativo en el festejo; las ocho chicas elegidas sólo estaban presentes por si sucedía alguna complicación; como hacía unos años, cuando uno de los invitados era alérgico a los mariscos y casi murió al probar salsa de camarón.
Sus ojos no dejaban de viajar por toda la instalación, detallando cada uno de los rincones de la casa.
Era exactamente igual a los planos que Rose había conseguido.
Mel había memorizado cada pasillo y puerta del lugar.
Estaba lista para entrar en acción, los nervios y la adrenalina le bullían en el interior.
Sin embargo, en cuanto el encargado del evento las hizo pasar y el peso de la seguridad cayó sobre ella, su optimismo flaqueó un poco.
La seguridad del lugar era altísima; tenían escáner para detectar armas, cámaras de vigilancia, guardias de seguridad y como si fuera poco, habían traído algunos militares del Régimen a vigilar el evento.
A Melisandre, se le hacía un poco exagerado todo teniendo en cuenta que Nottingham no era una ciudad importante y que, antes de que ellos actuaran, tampoco había sido problemática; lo único bueno de todo esto, era que Gabe estaba entre los militares presentes.
Los nervios crecían acorde los minutos y la espera pasaba.
Todo el plan dependía de la habilidad de ella para hacerlos entrar sin ser detectados.
Su rostro era la máscara que el Régimen no conocía, ella era su caballo de Troya.
El otro punto del plan recaía en Enzo, quien, desde afuera, se encargaría de burlar las cámaras de seguridad, jugando con las pantallas y todo lo electrónico que tuviese este lugar, creando un bucle que permitiría que ella abriera la puerta para que los demás entraran sin que quedase evidencia.
Cuando Melisandre lo supo, se sorprendió de lo bien que se le daba todo el rollo de la tecnología.
En cada paso que daba en la fila, su cerebro repetía la misma pregunta: ¿cómo había llegado a eso? Hacía cuatro meses estaba sentada en un bar tomando algo con sus hermanos y ahora estaban colándose en una fiesta del gobierno con el fin de crear una revolución.
—Siguiente. —La voz áspera del guardia la puso alerta.—. Abra el bolso y pase por el escáner.
Obedeció las órdenes, abrió el pequeño bolso de mano en el que no llevaba nada importante y de inmediato caminó al escáner dónde ya sabía que nada ocurriría.
En un parpadeo estuvo dentro de la gran casa o, más bien, debería decir la mansión, pues era inmensa y mucho más lujosa que la casa segura.
Ella ya lo sabía, por los planos que había estudiado, pero eso no se comparaba para nada con verlo en persona.
Tenía incrustaciones de oro en las escaleras y estatuas de mármol a lo largo y ancho del lugar, era increíble y no en el buen sentido.
En especial considerando la cantidad de gente que moría de hambre en ese sector.
—Muy bien. —Un hombre de piel trigueña y anteojos se había instalado en frente de todos—. Este es un evento muy importante, las mejores familias de la ciudad estarán aquí, así que todo debe estar perfecto, ¿entendido?
Todos los presentes asintieron con la cabeza.
—El día de hoy por primera vez en la historia del restablecimiento, el general Geoffrey Randall, hijo del gran Gobernador y presidente estará con nosotros —continuó hablando el hombre—. Así que no quiero problemas.
El corazón de Mel se aceleró con la sola mención del hombre.
Gabe ya les había dicho que había sido una decisión de última hora que estuviese ahí, pero aún era difícil pensar en él, recordar su mirada helada puesta en ella, y que los nervios no salieran a flote; esto podría ser la muerte de todos.
Sin embargo, imaginar su expresión de horror si el plan daba resultado le brindaba algo de regocijo.
—Ahora diríjanse a sus puestos, es hora de trabajar —concluyó el hombre con su discurso.
Apenas el grupo se dispersó, Melisandre comenzó a avanzar silenciosamente hacia la zona este de la casa para encontrarse con Gabe, se suponía que él le daría un móvil con el cual ella podría comunicarse con los demás cuando tuviera todo listo para hacerlos entrar.
No había logrado avanzar ni cinco pasos cuando una voz conocida la interrumpió desde el otro lado del salón.
—¿Hacia dónde vas? —Ana la estaba viendo con el ceño fruncido—. Acaban de indicarnos que nuestra posición está al lado de la sala de baile y banquete, y eso queda hacia allá.—Concluyó señalando en el lado opuesto al que ella se dirigía.
Melisandre miró nuevamente en dirección a donde Gabriel debía estar esperándola, y luego se giró para encarar a su amiga con una sonrisa.
—¿Ah sí? Creo que estoy un poco desubicada, esta casa es enorme. —Nadie podría decir que lo que salía de su boca era una mentira. Y su amiga no era la excepción.
Ana dejó salir su risa y le indicó con la cabeza que la siguiera.
—No te preocupes, yo me encargo de que no te pierdas. Vamos.
Caminó junto a Ana y con cada paso que daba estaba alejándose más de su destino, mientras los minutos corrían en su contra. Lo único bueno fue que pudo ver la ubicación exacta de los guardias y militares. Algo que más tarde le serviría para informar a los demás.
Habían pasado diez minutos desde que habían llegado al cuartel de enfermería de la fiesta y aún no lograba salir del lugar.
La desesperación se estaba apoderando de ella.
A su lado, Ana no dejaba de hablar de lo emocionante que era todo y lo afortunadas que eran por estar ahí.
Melisandre no sabía qué le desesperaba más, si la situación de su atraso o la irritable alegría de su amiga.
En eso la puerta de la habitación se abrió y la silueta de Gabriel apareció en la entrada.
El moreno estaba vistiendo el típico uniforme militar. Aunque a él, tenía que admitir, le quedaba bastante bien. Cosa que no pasaron por alto sus compañeras.
—Buenas noches, señoritas. —La voz del moreno era un ronroneo de seducción, mientras sonreía de oreja a oreja a todas las chicas.
Melisandre hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no poner los ojos en blanco. Sin embargo, todas las demás parecían encantadas con la visita de Gabe. Contestaron un “buenas noches” en coro, y ajustaron sus uniformes mientras observaban embobadas al moreno que estaba en la puerta.
—No es mi intención molestarlas —prosiguió hablando Gabe. Adentrándose más en el salón—. Pero en vista que son las que están más desocupadas me veo en la penosa posición de pedir prestada a una de ustedes para que ayude a desmontar las cosas en la cocina.
Solo bastó que el chico terminase de hablar para que cada una de las presentes se ofreciera como voluntaria. Esta vez la rubia sí que giró los ojos.
El moreno sonrió y paseó la vista por todas las mujeres del lugar hasta que sus ojos se encontraron con los de Mel.
—Usted señorita. ¿Le molestaría ayudarme?
Ella sintió la mirada del resto de sus compañeras como agujas sobre su piel. Si tan solo supieran a qué iba todo eso.
—En absoluto, señor. —Mel le regaló una sonrisa de boca cerrada y se acercó hasta ubicarse a su lado, sumisa como un ratón.
—Perfecto, sígame.
Caminaron en silencio por los corredores de la mansión.
Evitando en todo momento el contacto visual o que Melisandre estuviese bajo demasiadas cámaras.
Cuando estuvieron lo suficientemente lejos del resto de personas aminoraron el paso.
Gabriel metió una mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un móvil que luego le tendió a ella.
—Estás atrasada, así que date prisa. —Toda la coquetería de hacía unos segundos se esfumó.
Melisandre entornó los ojos hacia el moreno y tomó el aparato entre sus manos.
—Ya sé que estoy atrasada.
—Ok. Solo quería recalcarlo.
Melisandre lo estaba asesinando con la mirada. Gabriel podía ser realmente odioso si se lo proponía. Hicieron una parada frente a un gran armario de madera que se encontraba empotrado en una de las paredes, Gabe abrió las puertas y sacó un pequeño bolso de deporte negro y se lo entregó.
—Andando —dijo ella sosteniendo el bolso contra su pecho.
Una vez que estuvieron frente a la cocina, los nervios volvieron aparecer, ahora venía la parte complicada: Rose, Lemus y Melik debían ingresar por la puerta del servicio que estaba ubicada al lado de la cocina, y tendrían que hacerlo sin que los notaran.
Gabriel y ella debían crear una distracción mientras que Enzo hackeaba las cámaras de seguridad.
Sentía como los dedos le cosquilleaban y el corazón le latía desenfrenado contra el pecho mientras entraba en el armario.
—¿Lista? —preguntó Gabe desde afuera.
—Lista —dijo, cuando salió luciendo el uniforme de mesera que llevaba en el bolso de deporte.
Melisandre tomó el celular que le dio Gabriel y marcó el número de Enzo. Había llegado la hora.
—Mel. —El chico contestó al primer timbre.
—Ya estoy en posición, ¿tú ya lograste entrar?
—Por supuesto, y déjame decirte que te ves muy bien con ese uniforme —contestó Enzo haciéndole saber que ya había hackeado las cámaras.
—De acuerdo. Estate atento, vamos a entrar.
—Claro, y, Mel… Ten cuidado.
Cuando la llamada terminó, envió un mensaje de texto a Melik para que estuviera en posición.
—Bueno, aquí vamos.