Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 31
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Lemus

L emus llevaba prácticamente toda la tarde recorriendo la ciudad.

Estaba reuniendo información sobre la fiesta que se llevaría a cabo al día siguiente, mientras llegaba a su destino; al parecer, ese año sería mucho más grande que los anteriores.

Algunos vendedores estaban rumoreando que lo hacían con el fin de conseguir patrocinadores para obras benéficas de la ciudad.

Lo que él sabía, no era cierto. Lo único que el Régimen buscaba patrocinar, era la guerra.

Al final de la avenida principal, una de las pocas zonas de comercio que sobrevivió al régimen,  se alcanzaba a ver una tienda de ropa que, en esta época del año vendía disfraces y máscaras; esta era la tercera tienda de este estilo que Lemus visitaba, y justo como en las anteriores, en el lateral derecho del tejado, una silueta envuelta en una gabardina verde lo estaba esperando.

Rose llevaba toda la tarde trabajando con él.

Sin embargo, casi no habían cruzado palabra, realmente no habían tenido mucho tiempo.

Por eso estaba ansioso por llegar a esa tienda, era la última que tendrían que visitar.

Después se dedicaría a averiguar por qué ella lo estaba evitando, porque definitivamente eso hacía.

La Rose de ayer por la noche no era esa.

Una campanilla resonó sobre su cabeza cuando ingresó en el local. Una morena con el cabello teñido de blanco, le sonrió sin ganas desde el mostrador.

—Bienvenido, ¿en qué puedo ayudarte? —La chica no separó la vista de la revista que estaba sosteniendo.

—Gracias, estoy buscando un disfraz para la noche de brujas. —Lemus se acercó a la montaña de disfraces que estaban lo más lejos posible.

—¿Quieres alguno en especial?

La encargada fue mostrándole sin mucho entusiasmo los distintos estilos que tenía de disfraces; mientras él, con fingido entusiasmo, le hacía sacar más y más vestuarios.

Con el rabillo del ojo detectó el momento justo en el que Rose entró por la puerta trasera para evitar la campanilla.

Lemus no entendía cómo ella lograba saber esas cosas.

Depositó la caja cerca al cajero, y luego desapareció tras la puerta sin siquiera hacer un sonido.

Habían estado dejando cajas como esa en distintas tiendas de disfraces, todas ellas contenían máscaras de zorros, lobos, leones y mapaches, si todo salía de acuerdo con el plan, la ciudad estaría llena de enmascarados iguales a los que el régimen buscaba. Sería el camuflaje perfecto.

—¿Llevarás alguno? —preguntó la dependienta cada vez menos amable.

—Mmm… no. Creo que ninguno es mi estilo, pero gracias.

La morena lo miró entrecerrando los ojos, notablemente molesta por haberla hecho perder el tiempo. Lemus se disculpó y salió justo por donde entró. Al salir del local se encontró con Rose sentada en un banco frente a la tienda.

—Estaba segura de que te golpearía —dijo, viéndolo con diversión.

—Puede que no me golpeara, pero puedo apostar a que me asesinó con la mente —le contestó tomando asiento junto a ella en el banco.

Rose se rió y el simple hecho de escucharla reír hizo que él sonriera.

—Me agrada —declaró la pelirroja después de un momento—. Es una mujer con carácter.

—Es una asesina en formación —masculló haciendo que Rose riera con más ganas.

Él se quedó viéndola. Cuando reía se veía mucho más joven, y le hacía recordar que ella solo tenía diecinueve años; inconscientemente extendió la mano y tomó entre sus dedos un mechón de cabello que volaba sobre el rostro de Rose.

La chica dejó de reír al instante y lo miró; realmente lo miró por primera vez en toda la tarde.

—Hola —dijo Lemus sintiéndose un adolescente. Su ritmo cardiaco incrementó significativamente.

—Hola. —Las mejillas de Rose se habían puesto de un tono rosa. Y por primera vez desde que Lemus la conocía podía decir que se veía tímida.

—¿Por qué me estás evitando, bella? ¿Qué fue lo que hice? —Él sabía que podía ser un bruto la mayoría del tiempo, pero esta vez estaba casi seguro de que no la había cagado—. Lo de ayer en el museo… pensé que todo estaba bien

Fue directo a lo que quería saber. En realidad lo necesitaba saber.

Las últimas semanas sin verla habían sido una maldita tortura y la cita de ayer fue como poder respirar después de haber estado sumergido bajo el agua, ese era el efecto que ella tenía en él.

Pero entonces, desde que se vieron, ella lo había evitado y eso lo estaba enloqueciendo.

Rose parpadeo dos veces en su dirección antes de dejar salir un suspiro frustrado.

—No has hecho nada, Lemus. Lo de ayer fue perfecto, te lo dije.

Esa respuesta, aunque lo tranquilizaba un poco,  solo le generaba más preguntas, pero ella se adelantó antes de que él pudiera preguntarle qué era entonces lo que pasaba.

—Necesitaba pensar. Estar concentrada para lo que teníamos que hacer —le contestó encogiéndose de hombros.

Muy lentamente una sonrisa fue tirando de sus labios y acercó su cuerpo un poco más hacia donde ella se encontraba

—Y, ¿es que acaso yo no te dejo concentrar? —Le estaba sonriendo con coquetería. Siempre había sido así entre ellos y el que ahora estuvieran juntos no iba a cambiar eso. Al contrario, solo hacía que fuese incluso, más atrevido.

Rose lo miró a los ojos y ladeó la cabeza con ese gesto felino que a él tanto le gustaba. Esos ojos ámbar detallando cada centímetro de su rostro, como si pudiera conocer todos sus secretos.

—No, no lo haces —lo dijo con simpleza. Sus ojos no se apartaron ni un segundo de los suyos—. Todo esto entre nosotros es… intenso, nuevo para mí. Y aún tengo que aprender, porque no sé qué hacer con todos estos sentimientos.

Lemus liberó el cabello rojizo que aún sostenía entre sus dedos, y rozó la mejilla de Rose con el dorso de su mano.

Le encantaba cuando ella se abría para él, cuando lo dejaba verla sin máscaras ni sarcasmo, cuando solo era Rose, la chica endemoniadamente valiente que no sabía qué hacer en una relación.

Él debía aceptar que en ese aspecto ya eran dos.

Nunca había tenido una relación estable.

Una donde los sentimientos lo absorbieran y sus pensamientos se nublaran con solo ver a la persona.

Nunca había sentido tanto, desde que el mundo se fue a la mierda, era como si hubiese estado dormido y ella hubiera llegado a despertarlo.

—Eso no es algo que decides aprender, bella; simplemente ocurre.

Lo sientes dentro de ti. —Lemus acunó su rostro y se acercó un poco más a ella—.

Tú me investigaste, sabes cómo era mi vida con las mujeres, estoy tan en blanco cómo tú aquí, Rose.

Pero te puedo asegurar que todo eso que fui se desarmó apenas te conocí.

Lemus la vio abrir y cerrar la boca al menos tres veces. Una pequeña sonrisa se tiró de sus labios al verla así, tan transparente. Parecía estar pensando en las palabras indicadas para decir.

—Y, ¿cómo supiste? —dijo al fin. Su voz no era más que un susurro— ¿En qué momento te diste cuenta de que querías hacer esto conmigo?

Esa era la cuestión. A él le había costado darse cuenta de lo que estaba sintiendo hacia ella o más bien aceptar lo que sentía, pero al final todo cayó sobre su peso. Desde que la conoció, no era el mismo de antes sino, una versión mejorada de él.

—Yo estaba perdido. Me metía con mujeres solo por la idea de sentir algo, lo que fuera.

Sobra decir que todo fue en vano. Olvidé quién era, lo que me habían enseñado y me dejé llevar por la oscuridad que hay en mí.

Pero entonces tú apareciste y cambiaste mi mundo; abriste mis ojos, y por primera vez en mi vida sentí que había algo en la tierra por lo que merecía la pena luchar, ya no era cuestión de sobrevivir. Era vivir, hacerlo de verdad.

Rose se veía estupefacta, no había dicho una sola palabra, simplemente lo veía y eso estaba consiguiendo ponerlo nervioso.

Lemus podía sentir su corazón latiendo de manera desmesurada en su pecho.

«¿Qué pasa si dije demasiado? Tal vez la asusté…

» . Un vendaval de pensamientos lo estaban invadiendo y sin embargo, en esos momentos, se estaba muriendo por besarla.

Quería que estuviera segura de que no le mentía, de que ella era especial para él.

Pero seguía callada, observando y él no sería un bruto arrojándose a ella.

Estaba por volver a hablar, pedirle que dijera algo, cuando la esquina de sus labios se inclinó formando una sonrisa, en un parpadeo tuvo su rostro a centímetros del suyo.

—No sabía que fueras un romántico FitzGerald. —Rose estaba tan cerca que Lemus sentía su aliento sobre sus labios.

—Yo tampoco lo sabía, bella. —Su voz salió ronca. Ella lo estaba torturando. Rose bajó la vista hacia sus labios y en ese instante Lemus se perdió.

—¿Puedo besarte, FitzGerald? —Él no podía describir las miles de emociones que esas tres palabras le generaron.

—Tú puedes hacer lo que quieras conmigo —respondió.

Ella rió por un instante antes de cerrar el espacio entre ambos, y, como ocurría cada vez que se besaban, el mundo se detuvo y solo ellos existieron en una perfecta sincronía; donde sus corazones latían unidos mientras se exploraban juntos en la boca del otro.

Lemus se sorprendía cada vez más con todo lo que Rose le hacía sentir, era como si llevaran esperando esto hacía muchísimo tiempo.

Como si sus cuerpos, corazones y mente se hubiesen conocido antes y este fuera el reencuentro.

Y ahora que la tenía con él se preguntaba ¿cómo había podido vivir tanto tiempo sin ella?

Lentamente fue deteniendo el beso, se permitió mordisquear su labio inferior sacando un pequeño gemido de Rose que casi lo hace enloquecer. El beso había cesado, pero no separó sus labios de los de ella, y ella afianzó el agarre sobre su cuello antes de volver a rozar sus labios.

—Estabas equivocado, cariño. —Su aliento cálido rozó la boca de Lemus—.

Cuando una persona se ha cerrado tanto tiempo como yo, olvida cómo dejar entrar a los demás, hasta que entonces aparece un torbellino como tú y lo atraviesa como una bala.

Recordando que vale la pena atreverse. Tú me enseñas como hacerlo.

Lemus se separó unos centímetros para poder ver su rostro.

Sentía que el mundo a su alrededor había empezado a ir más lento.

Rose nunca decía cosas como esa, y el hecho de que se las estuviera diciendo a él, en ese instante, lo hacía sentir afortunado.

Y en el momento en que ella le sonrió, supo que podía perderse en esa sonrisa para siempre.

Estaba a punto de besarla otra vez, cuando la vibración proveniente del pantalón de ella cortó el momento e hizo que ambos se separaran. Rose sacó el móvil del bolsillo y leyó el mensaje que acababa de recibir. Una enorme sonrisa se formó en su rostro.

—¿Qué pasa?

Rose guardó nuevamente el teléfono y se levantó de la banca extendiendo una mano en su dirección.

—Debemos irnos. Estamos dentro.