30
Melik
E sa mañana había tenido que declararse enfermo para poder faltar al trabajo. Debía reunirse con Enzo para armar las provisiones que llevarían la noche siguiente.
Tanto él como Rose tenían un extraño gusto por las armas antiguas, en especial la ballesta, navajas y espadas. Era una completa locura, y, por esa razón, se encontraba haciendo su mejor trabajo fabricando flechas de madera con punta de hierro explosivo.
Aquello era algo nuevo que estaba probando, pero quería que tuvieran en su arsenal algo que los hiciera salir de un aprieto, y a la vez, generase una buena distracción, así que algunas de las flechas de Enzo las estaba cargando con líquido explosivo, y haría un detonante manual para que él escogiera cuando hacerlas estallar.
No podía negar que estaba bastante entusiasmado por hacer algo distinto a balas; que era lo que usualmente fabricaba; y entre las navajas de Rose y las flechas de Enzo, lo habían tenido bastante entretenido.
—¿Dónde aprendiste a hacer todo esto? —Enzo estaba sosteniendo en sus manos las balas que él había estado haciendo la noche anterior. Eran una belleza.
—Siempre he sido curioso —contestó encogiéndose de hombros—.
Cuando era pequeño y veía algo que me parecía interesante, hacía todo lo posible por desarmarlo o dañarlo.
Así podría armarlo después por mí mismo.
Luego mi padre me enseñó a disparar y me interesé por las armas y su fabricación. Así que investigué, desarmé y aprendí.
Enzo lo veía intrigado mientras tocaba todo lo que estaba a su alrededor, cosa que estaba por terminar de ponerlo de los nervios. En el fondo, Melik se sentía bastante halagado de que se interesara por lo que hacía.
—Bueno, debo decir que tu curiosidad es muy útil en estos momentos.
—Estoy de acuerdo. —Melik le tendió a su amigo una flecha de las que acababa de hacer—. Ten, prueba esto a ver qué tal.
Enzo tomó la flecha entre sus manos y la giró varias veces. Sus ojos examinaron cada parte de esta. Con mucho cuidado la insertó en la ballesta y apuntó a la diana. Antes de soltarla Melik se acercó y puso una mano en su hombro.
—Mejor la probamos afuera, tengo preparada una diana. —Dicho eso, lo alejó del interior del taller donde trabaja y lo llevó rumbo al patio trasero, solo por si las cosas no salían bien.
Enzo lo miró extrañado unos segundos, antes de seguirlo hasta la parte trasera y mirar la diana, entonces, sin decir nada más soltó la flecha. Esta atravesó perfectamente el centro insertándose en un árbol frente a la pared del taller.
El taller de Melik, estaba ubicado en una vieja casa abandonada por los barrios más pobres de la ciudad.
El rubio había hecho un trueque hacía más de dos años con el dueño para poder rentarlo sin que nadie lo supiera.
Rose, había insistido en que lo mudaran a la iglesia y Melik debía admitir que era una buena idea, pero no había tenido tiempo de hacerlo.
Por eso ahora ensayaban tiro al arco en el patio de la casa, que daba justo a una pequeña colina arborizada.
—Estás flechas son estupendas, Melik. —Enzo estaba preparando la siguiente flecha.
—Y eso que no has visto lo mejor. —Su entusiasmo casi podía tocarse. Le tendió el pequeño dispositivo que, debía admitir, Lemus le había ayudado a fabricar.
—¿Qué es?
—Oprime el botón y lo verás.
No tuvo que pedirlo dos veces. Enzo se encogió de hombros y oprimió el botón sin siquiera dudarlo. Al instante una explosión los hizo temblar. Melik vio cómo su amigo se lanzaba al suelo llevándolo consigo y tuvo que morderse el labio para no reír.
Sin embargo, no pudo aguantar más y se largó a reír al ver el rostro desencajado de Enzo buscando a los enemigos.
—¿Qué demonios ha sido eso? ¿por qué te ríes Melik?
Melik trató, pero falló en calmar su risa. Lo único que pudo hacer fue señalar hacia el árbol marchito donde habían puesto la diana. De inmediato, los ojos de Enzo fueron al lugar y su boca se desencajó mientras veía el agujero que había quedado en la corteza y el humo y fuego que salía de este.
Antes de explicar cualquier cosa, Melik tomó la manguera que mantenía en el patio, era mejor prevenir, y apagó el fuego antes de que se hiciera mayor, solo entonces se giró para encarar a su amigo. Este seguía anonadado pasando su vista del árbol al chico.
—Tus flechas explotan. —Enzo casi parecía a punto del éxtasis. Sus ojos brillaron cuando la realización lo golpeó.
—No amigo, tus flechas estallan.
Un grito salió de la boca de Enzo; Melik estaba seguro de que nunca lo había visto tan feliz.
—Eres increíble, hombre.
—¿En serio lo crees? —No pudo ocultar el entusiasmo filtrándose en su voz.
Él sabía que tenía talento, pero siempre era gratificante que otra persona lo reconociera.
—En serio lo creo, esto es una putada —le sonrió desde el otro lado de la sala—. Ya veo por qué Rose te ha cogido tanto cariño.
Eso sí lo dejó sorprendido. ¿A qué venía ese comentario? O sea él y Rose siempre habían compaginado, y se llevaban bastante bien, incluso antes de que ella y Lemus iniciaran algo; pero no veía como lo que él hacía tenía algo que ver.
—¿Por qué? —preguntó sin reparos.
—Verás, Rose… Ella ha tenido una vida difícil, como muchos; hace algunos años, su hermano mayor falleció.
—Melik ni siquiera sabía que ella había tenido un hermano.
Perderlo debió haber sido horrible, él no se imaginaba que haría si perdía a Mel o a Lemus—.
Tú te pareces mucho a él. También le gustaba hacer inventos y siempre construía juguetes para ella; supongo que ve un poco de su espíritu en ti.
Melik dejó que sus pensamientos viajaran hasta la pelirroja y le dolió pensar en lo que tuvo que pasar luego de la pérdida de su hermano. Nadie merecía algo así.
—Yo también le tengo mucho cariño ¿sabes? —Melik seguía perdido en sus pensamientos cuando el sonido de su teléfono lo trajo de vuelta.
Cuando sacó el celular del bolsillo del pantalón, vio que era un mensaje de su hermana. Al abrirlo encontró las dos palabras que habían estado esperando: “Estoy dentro”.
Él no podía separar los ojos del teléfono, casi no podía creer lo que estaba leyendo. Melisandre lo había logrado.
—¿Qué pasa? —Enzo había llegado hasta donde él se encontraba; con ceño fruncido y mirada cautelosa—. ¿Qué es lo que dice?
Melik separó los ojos de la pantalla y miró a su amigo. Una sonrisa comenzó a curvar sus labios.
—Mel lo ha hecho. —Los ojos de Enzo se abrieron en sorpresa—. Santa madre ¡Lo logró!
Enzo le arrebató el celular de las manos y leyó el mensaje por él mismo.
Melik entendía el asombro del chico. Era una tarea casi imposible de lograr entre tantas candidatas.
Y por más que Gabriel le hubiera dado algunas ayudas, aún existía una gran probabilidad que ella no fuera seleccionada y ellos tuvieran que acudir al plan b.
El cual era mucho, mucho más complicado.
Así que esta noticia era un verdadero alivio.
—Es increíble —balbuceó Enzo con la vista en la pantalla. Luego levantó la cabeza hacia él y agregó—. Tu hermana es increíble —concluyó lanzándole el celular.
Melik agarró el aparato en el aire, y se quedó observando a Enzo un instante con una sonrisa amenazando con formarse en sus labios.
—Sí, ella es bastante especial —dijo finalmente.
Enzo pareció percatarse de lo que acababa de decir y la incomodidad se asentó en él. A Melik se le hacía difícil contener la risa.
—Creo que deberíamos avisar a los demás —comentó Enzo, mientras comenzaba a recoger sus cosas y un leve sonrojo se posaba en sus mejillas.