Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 29
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Rose

E staban a tan solo veinticuatro horas del gran día, los nervios estaban a flor de piel.

No podían tener errores. El golpe se daría en noche de brujas para aprovechar que todos los años el régimen realizaba una mascarada en la casa de uno de los representantes de cada sector y solo asistían los más influyentes de la ciudad.

Esto les brindaba el escenario perfecto para enviar su mensaje.

Si todo salía según lo planeado, al otro día tendrían algunos invitados inesperados entre ellos.

—¿Qué te parece? —Sophia levantaba entre sus manos una hermosa máscara de zorro hecha en gamuza con pedrería incluida.

Rose le sonrió a la mujer y asintió con entusiasmo tomándola entre sus manos. Pasó las yemas de sus dedos por la máscara.

—Es perfecta.

Hacía más de tres días que ella y Sophia estaban haciendo nuevas máscaras para todos, y tenía que aceptar que estaban quedando realmente increíbles.

Rose siempre había admirado la habilidad que tenía aquella mujer con las manualidades, y esta vez, sin ninguna duda, se estaba luciendo.

Les agregaba gamuza del color de cada uno de los animales para simular el pelaje, y las expresiones y rasgos eran perfectos.

—Me alegra que te guste, ya que están todas terminadas. —La mujer introdujo la máscara en una caja de madera que tenía frente a ella—. ¿Estás bien, querida? Te veo algo nerviosa.

Rose definitivamente estaba nerviosa; estaban a solo un día del gran golpe. Pero eso no era todo, después de lo ocurrido la noche anterior, la cita con Lemus, sus nervios estaban a flor de piel. Nada en la vida resultaba nunca cómo ella esperaba y temía que Lemus no fuera la excepción.

Desde que aceptaron sus sentimientos solo se habían visto una vez, en la cita,  y  las cosas se pusieron acaloradas.

Su corazón quería salir de su pecho cuando lo vio, latía tan fuerte que hacía eco en sus costillas.

Estaba aterrada, todo era demasiado intenso y nuevo para ella.

Con Enzo todo había sido mucho más sencillo y no se sentía como una enferma mental sin control de sus emociones cada vez que lo veía.

—Oh querida. —La voz de Sophia la aterrizó y la hizo salir de sus traicioneros pensamientos—. Todo va a ir bien, tienes a tus amigos contigo. No estás sola mi Rose —agregó, y depositó un beso en su coronilla.

—Lo sé.

Eso la hizo sonreír, porque era cierto; ella no estaba sola. Ya no más.

Geoffrey Randall

Estaba en el sector 6, Londres. Había tenido que quedarse junto a su padre luego de la visita en que le presentó los avances de su plan en América, esos que eran lo único que le importaban realmente.

Sin embargo, las cosas no fueron para nada como Randall esperaba.

Su padre, no solo estaba molesto por lo sucedido en el sector 3, Nottingham.

El maldito hombre estaba colérico, pero a diferencia de él, que hacía evidente su enojo, con su padre nunca se puede saberlo hasta ser víctima de la ira.

Y eso fue justo lo que tuvo que soportar en las últimas casi dos semanas.

El gran gobernador o “maldito bastardo”, como a Randall le gustaba llamarlo en su mente, había tomado toda su investigación hecha sobre los movimientos Americanos, las cifras y fuentes, se la había dado a uno de sus perros de confianza y no volvió a tocar el tema.

Él sabía que ese iba a ser su verdadero castigo, su padre se adueñaba de todo aquello que él codiciara.

En esos momentos se encontraba en el palacio, el mismo que hace diez años perteneció a la realeza.

Randall odiaba estar ahí. Le había tomado años lograr esconder todo lo que le generaba ese lugar, conseguir borrar los recuerdos, malos y buenos, que tenía del castillo; el lugar lo hacía sentir débil y no le gustaba.

Sin embargo, sabía que todo había pasado por algo.

Si las cosas no hubiesen sido cómo fueron, él no tendría el poder que tenía en esos momentos y no hubiese podido iniciar su camino hacia América, donde más pronto que tarde conocerían lo que era una verdadera monarquía.

Sus pasos eran lo único que se escuchaba mientras caminaba por los majestuosos pasillos hacia el estudio de su padre, donde éste requirió su presencia “de inmediato”.

Caminaba con la vista al frente, ignorando ver más allá, hacia donde él sabía se extendía el ala familiar que tiempo atrás había conocido tan bien.

Sin embargo, ya no quedaba nada de lo que había sido el palacio.

Las paredes estaban limpias de retratos, cuadros, o cualquier cosa que generase calor humano.

Ahora parecía más bien una base militar con enchape de oro.

Una vez frente a las puertas dobles de madera, se permitió respirar y adoptó la expresión más neutra que fuese capaz de lograr, elevó la mano y tocó.

—Entra.

El estudio tenía al menos cuarenta metros cuadrados, el olor a cuero y madera era lo primero que llegaba a él cada vez que ponía un pie dentro del lugar, y como de costumbre sus ojos iniciaban un recorrido por cada pequeño espacio del estudio, como si fuese la primera vez que lo veía, evitando llegar a su destino final. El cuál era inevitable.

El hombre tras el escritorio tenía una mirada dura, y fija en él.

Los ojos azules —sus mismos ojos—, lo veían con desdén desde el otro lado de la habitación.

Tenía cabello cano, como siempre, peinado hacia atrás, y estaba usando el uniforme militar que lo identificaba como Gran Gobernador.

Los años no le habían afectado en lo más mínimo.

Seguía viéndose tal cómo Randall lo recordaba en su infancia: fuerte, apuesto y mortal.

—Padre, solicitaste mi presencia.

Manejar su voz frente al hombre que tenía enfrente, había sido la primera lección de su madre cuando este empezó a hablar.

—Por supuesto que lo hice. Sino ¿por qué otra razón estarías aquí?

Randall contó mentalmente. Manejó su respiración y trabajó en mantener su rostro estoico. Esas provocaciones no eran novedad para él.

—Sabes, muchacho. Tal vez, si te decidieras algún día a dirigirte a mí como un maldito hombre y pudieras entrar en una habitación y mirarme de frente, en lugar de tener que ver cada pared antes de enfrentarme, entonces tal vez, yo dejaría de mirarte como una decepción.

Los dientes de Randall podrían partirse debido a la forma en la que estaba apretando la quijada.

Sabía que todo seguía siendo parte de la provocación.

Enfrentarlo era lo que él quería, pero nunca lo dejaría ganar.

De alguna manera eso solo sería peor, lo había aprendido en sus veintiséis años a la perfección.

Así que calló, permaneció en silencio, hasta que vio como los labios de su padre se curvaron con satisfacción hacia arriba.

Para él toda la provocación no era más que un juego perverso.

—Escúchame bien, Geoffrey. Vas a tomar tus cosas y vas a largarte al sector 3 y arreglar la mierda que se ha creado ¿Entiendes?

—Sí, padre. Ya tengo todo arreglado para ir apenas pase la mascarada,  ento...

—¡No! — El grito lo tomó desprevenido. Ver a su padre, erguido frente a él, casi un metro noventa de pura amenaza, lo dejó sin reacción.

Los puños habían golpeado la madera del escritorio reforzando el arrebato—.

Vas a irte ahora, y vas a estar en la mascarada con esa gente de mierda, tal vez así empieces a aprender algo.

—Hizo una pausa y luego añadió—: Retírate, no quiero verte hasta que hayas resuelto esto y créeme, Geoffrey, no vas a querer verme si no lo haces.

Nada más salir del estudio pudo sentir cómo su cuerpo vibraba entre la rabia y el miedo. Él sabía que el hombre que había dejado atrás no amenazaba en vano y también sabía que ser su hijo no le daba ningún beneficio contra sus castigos.

—Señor, ya tengo todo listo pa…

—Busca el jet privado. —Randall interrumpió a su soldado de confianza, los planes que había hecho tendrían que aplazarse—. Vamos a Nottingham de inmediato, prepara todo, vamos a levantar el infierno.

Melisandre

Hacía media hora habían avisado que nombrarían a las elegidas, y aún no tenía ninguna noticia; estaba por hacer un agujero en el suelo de tanto caminar en círculos.

—¿Por qué se demoran tanto? —Su voz salió desesperada. Definitivamente las mujeres no nacieron para esperar.

—Están evaluando más de cien historiales, es normal que se demoren —contestó Ana, la compañera de trabajo de Mel.

La jovencita se encontraba sentada en uno de los sillones del salón que habían asignado como sala de espera para las candidatas. Los ojos de Ana parecían estar presenciando un partido de tenis mientras seguía a Mel con la mirada.

—Entonces no deberían decir que ya dirán resultados sin tenerlos aún —protestó sin dejar de caminar.

Mel necesitaba estar en esa lista. Gabriel le había dicho con antelación cuáles eran los requisitos y aptitudes que más tendrían en cuenta para que ella los agregara a su historial y trabajara en ello al momento de la entrevista, la cual, había realizado hacía dos días.

Toda la estabilidad del plan dependía de que ella pasara esa entrevista y consiguiera el puesto.

Así estaría infiltrada en la fiesta del Régimen y podría dar acceso a sus compañeros desde dentro sin levantar sospechas.

Porque todos estaban en búsqueda de los enmascarados, pero nadie sabía que su máscara siempre había sido su propio rostro.

El sonido de una puerta que se abría la hizo dar un respingo y casi caerse de bruces por frenar sus pasos.

Un hombre de unos cincuenta años, de cabello entre cano y anteojos, salía de la oficina con una hoja en la mano.

Con paso de tortuga se acercó a la pared sin importarle la incertidumbre que estaba creando y fijó la hoja en una cartelera; sin mediar palabra con nadie, dio media vuelta y volvió dentro de la oficina.

Apenas la puerta se cerró a sus espaldas una avalancha de mujeres se lanzó hacia la lista.

Con algo de esfuerzo Melisandre se fue abriendo campo entre sus compañeras, hasta que finalmente estuvo frente al listado.

Lo recorrió de arriba abajo con los ojos y ahí, en el quinto puesto, estaba su nombre: Melisandre Thompson.

El alivio se hizo en ella y le permitió relajar los músculos de su cuerpo.

Aunque una nueva sensación la invadió, una más fuerte y primitiva.

—¡Felicidades! —chilló Ana a su lado. La chica la miraba en ese momento con una gran sonrisa.

Ellas eran amigas desde hacía algunos años, cuando Mel había empezado a trabajar en el hospital.

Uno de los pocos que quedaban en buen funcionamiento.

Ana era una chica muy amable, con un lindo cabello castaño que llevaba siempre corto, sus ojos, también castaños, tenían la mirada fuerte, aunque ella era muy dulce.

Ana la había ayudado mucho cuando recién entró a trabajar y estaba agobiada con el estrés del hospital. Era una buena amiga.

—Gracias —contestó, y volvió a girar la cabeza al listado para comprobar que justo bajo su nombre, estaba el de su amiga: Ana Parker—. Felicidades para ti también.

Su amiga sonrió y le tendió la mano para ayudarle a salir de aquel revoltijo de mujeres. A Mel no le extrañaba que Ana fuera seleccionada, la joven hacía un trabajo excelente en el hospital, pero esperaba que su presencia no fuera a complicar las cosas.