28
“Lo imposible solo es complicado”
~Carles Puyol
Rose
H abían pasado un poco más de dos semanas desde que ella se permitió dejarse llevar por sus sentimientos con respecto a Lemus.
Dos semanas desde que Gabriel había vuelto con el régimen y sus días consistieron en planear y ejecutar todo para el próximo golpe.
No había tenido un solo momento de privacidad con Lemus en todo ese tiempo, y aunque estaba empezando a frustrarse, también lo agradecía.
No sabía cómo se suponía que debía actuar ahora alrededor de él, y eso le frustraba más que no verlo.
Las pocas veces que se vieron en esas semanas no habían hecho más que lanzarse sobre el otro cuándo nadie estaba viendo.
Sin embargo, él la llamaba a diario, y le mandaba estúpidos mensajes subidos de tono en todo momento que ella no sabía cómo contestar; además de que la sonrojaban a más no poder.
Y aunque al principio se sentía torpe, se descubrió esperando ese momento de la noche en que su teléfono sonaría para hablar con él, y contestar sus mensajes de la misma manera atrevida en que él los enviaba.
Pero ese día era distinto, porque Lemus había decidido que tendrían una cita, y ella realmente no sabía que esperar al respecto.
Con Enzo todo fue distinto. Vivían juntos, fueron amigos durante años y la relación simplemente se fue dando casi de manera inevitable.
Estar con Enzo era un bálsamo para sus problemas, era relajante, un lugar seguro.
Pero Lemus era una tormenta. Él llegaba a revolver sus pensamientos y poner en evidencia sus sentimientos.
Hacía que su cuerpo despertara y quisiera más.
Nunca se había sentido así, y cuando intentó contarle a Gabe, su brillante consejo fue que se dejara llevar, que si tenían que implosionar, entonces lo hicieran. Eso, no la ayudaba en absoluto.
Ella había intentado negarse a la cita alegando que el golpe era en tan solo cinco días y no era prudente perder el tiempo, pero Lemus, siendo él, había dicho que esa era la mejor manera de gastar el tiempo, en especial si el golpe era en cinco días.
Ella no pudo rebatir nada, porque sabía lo que sus palabras habían querido decir.
—Necesitaban esta cita por si las cosas se iban a la mierda— Así que ahí estaba ella, viendo fijamente la pantalla de su móvil esperando que él le dijera si debía o no arreglarse de alguna forma en especial.
Parecía una chiquilla de quince años a la que le estaban empezando a despertar las hormonas.
Cuando al fin su celular vibró anunciando que tenía un nuevo mensaje, no pudo evitar sonreír al leer la respuesta de Lemus.
“Podrías venir en pijama y a mi igual me encantaría.
Pero lo mejor sería que uses algo cómodo”.
¿Qué demonios es la ropa cómoda? ella bien podría sentirse cómoda usando tacones. Soltó un resoplido, se movió hasta su armario y empezó a arreglarse con lo que pensaba estaría bien para la ocasión.
Al final se había decidido por un par de jeans rotos azules, una blusa de mangas cortas negras y su cazadora de jean.
Eso fue lo más cómodo que pudo encontrar.
No se había dado cuenta de que su armario consistía, en su gran mayoría, en vestidos regalados por Gabe o ropa de combate.
Nada más bajó las escaleras, y su estómago se removió como si tuviera bichos dentro, al escuchar la voz de Lemus hablando con Sophi, desde lo que pensaba, era la cocina.
Le desesperaba sentirse inquieta, le parecía absurdo que su cuerpo reaccionara de aquella forma, pues siempre pensó que era algo que los libros exageraban, y no ocurría en realidad. Ahora creía que era el karma.
—Más te vale estar haciéndola feliz, muchacho. Mira que siempre aposté por ti. —Rose sonrió al escuchar a Sophia decir aquello, mucho más por su tono amenazador que no llegaba a asustar ni siquiera a Misifuz.
A pesar de que ella no le había contado abiertamente a nadie sobre lo suyo con Lemus, se había convertido en un secreto a voces entre sus amigos y familia.
Ella no lo negaba cada vez que Melik la molestaba al respecto, a él era a quien más había visto esas últimas semanas.
Y bueno, Enzo vivía con ella pero las cosas seguían tensas, en especial ahora.
—Voy a intentarlo, Sophia, cada día. Es una promesa.
Si no quería terminar con un zoológico en el estómago debía cortar esa conversación.
Así que dio un paso adelante e ingresó a la cocina y se encargó de poner su mejor sonrisa, mientras con sus ojos observaba hasta el mínimo detalle en Lemus.
Eso era algo que se le había vuelto una costumbre, o placer, últimamente.
Y aunque consideraba que estaba lejos de ser alguien tímida, no podía negar que cada vez que él la descubría mirándolo sentía un estúpido sonrojo en sus mejillas.
No entendía cómo era que no se dejaba de impresionar cada vez que lo veía.
Lo formado de su cuerpo; que no llegaba a ser muy grande, pero que era cincelado y terso en cada parte, la manera en que la ropa se ajustaba a las partes perfectas para hacerlo irresistible, esos ojos grises, y los labios....
Un carraspeo fue lo único que le avisó que había sido descubierta mirando, otra vez.
Sophia la miraba apretando los labios, lo que ella sabía, era su intento de aguantar la risa y Lemus tenía una sonrisa ancha y completa en su rostro, mientras la miraba divertido.
—No te cortes, bella. Puedes continuar la inspección todo el tiempo que quieras.
Rose no tuvo que fingir la sonrisa que atravesó su rostro, y pese a sus intentos, sabía que se había sonrojado, al menos un poco.
—No, ya he visto suficiente. Vamos.
No sabía qué era lo que estaba esperando exactamente con esa cita, pero estaba segura de que nunca, ni en un millón de años, se esperaba aquello.
Al salir de la casa segura, Lemus le había abierto la puerta de copiloto del Jeep, y una vez dentro, se había negado rotundamente a decirle a dónde iban.
Eso no hubiese sido problema si Rose no hubiese notado cómo se alejaban cada vez más de las calles pobladas al tiempo que se sumergían hacia la zona más olvidada de la ciudad, aquella donde solo quedaban los esqueletos de lo que alguna vez fue Nottingham, y ahora la naturaleza era su dueña.
Allí, la llegada del régimen no había tenido piedad.
Destruyeron, demolieron y acabaron con las edificaciones más emblemáticas.
Aquellas que hacían a los ciudadanos sentirse parte de algo.
En su lugar, reubicó a los que vivían allí en otras partes de la ciudad, sin importarles las familias que eran separadas en el proceso.
Lemus aparcó enfrente de lo que alguna vez fue un teatro, y en un parpadeo ya había bajado del auto, abrió su puerta con una sonrisa y extendió la mano hacia ella. A pesar de a dónde la había llevado, los bichos en su estómago no habían cesado, y la sonrisa en su rostro tampoco se había ido.
—Muy bien, FitzGerald, espero que esto sea bueno.
—Lo será.
Lemus la llevó hasta la entrada de la edificación en ruinas y, con el conocimiento de quién ha estado allí muchas veces, abrió la puerta y la guio dentro.
El lugar, pese a estar envejecido y ennegrecido por los años, era impresionante.
Se mantenía más entero de lo que ella pudo pensar.
No parecía que el régimen hubiese metido mucha mano allí, era cómo si solo quisiera dejarlo en el abandono, sacarlo de la mente de la gente.
Rose nunca había estado en aquel teatro, ella había crecido en Londres y sus padres no alcanzaron a llevarla allí antes de que todo explotara.
Así que en ese momento, a pesar del aspecto lúgubre y el polvo, estaba fascinada con lo que veía.
Se soltó de Lemus y empezó a recorrer el lugar: Las enormes columnas de piedra, los suelos en mármol, los sillones en terciopelo rojo.
Incluso estaban los cuadros que anunciaban las obras próximas colgados en las paredes; parecía sacado de un sueño.
A su lado escuchó la risa de Lemus y de inmediato llevó sus ojos hasta él.
—Es increíble —le dijo—. Nunca había estado aquí antes. Debo decir que es un poco macabro para una cita, pero igual me encanta.
Ahora él estaba soltando una carcajada en todo su esplendor, mientras negaba con la cabeza y se acercaba a ella.
—Bueno, me alegra escuchar eso, bella. Aunque esto no es lo que vinimos a ver.
Rose sintió su ceño fruncido y miró nuevamente el lugar que los rodeaba antes de regresar la vista a Lemus.
—Entonces, ¿Qué vinimos a ver?
—Ya lo verás. Pero primero podemos recorrer el lugar y así terminas de conocerlo. Es una lástima que no pudieras haberlo visto en sus buenos tiempos.
Sin decir más, Lemus tomó su mano y empezó a mostrarle cada rincón del teatro mientras le contaba historias del lugar.
Recuerdos de cuando él era un niño y su abuela lo traía.
Rose estaba atrapada en cada palabra y gesto.
Nunca habían estado así antes. Relajados, tomados de la mano y compartiendo miradas tontas.
La realización de que, después de quince días, por fin lo tenía de frente, terminó por golpearla.
Frenó el discurso de Lemus, puso ambas manos sobre sus mejillas y se impulsó sobre sus pies para juntar sus labios con los suyos en un arrebato.
Lemus pareció sorprendido, pero no le costó sino un segundo para ponerse al día con el beso.
Le tomó por la cintura y sujetó su cuello para acercarla más a él.
Rose ni siquiera supo en qué momento perdió el control de la situación.
Lo único que podía escuchar eran sus respiraciones agitadas cuando se separaron.
—Estaba anhelando ese beso desde que apareciste en la cocina. —La voz gruesa, ronca y afectada de Lemus consiguió que cada poro de su cuerpo despertara.
—Debiste haberlo hecho. —Sintió la sonrisa sobre sus labios antes de que un beso casto fuera dejado sobre estos.
—Mi error, bella. No volverá a ocurrir. Ahora vamos, es momento de subir.
—¿Subir?
Él se limitó a darle un guiño antes de volver a tomarle de la mano y subir las escaleras.
Cuando llegaron a la segunda planta se sorprendió de ver que iba a tomar el otro tramo, el que llevaba hasta la azotea.
Elevó ambas cejas pero prefirió dejarlo ser, y subir lo que les faltaba.
Hasta que llegaron a una enorme puerta de metal que Lemus se encargó de abrir sin miramientos.
Él le dio una mirada que ella no supo descifrar.
Por alguna razón los bichos que antes estaban en su estómago se habían trasladado a su corazón, y estaban haciéndolo latir desaforado con cada paso que daba al exterior.
Cuando entró por completo en la azotea, la brisa de la noche le erizó la piel y se coló dentro de su chaqueta, pero nada de eso importó porque ella tenía sus ojos fijos en las dos tumbonas de terciopelo y la pequeña mesa ratona en la que aguardaba una lámpara de gas junto a una botella de vino y dos copas.
Bajo la mesa se podía ver una pequeña cesta de mimbre que seguramente llevaba bocadillos.
Las palabras se habían quedado atascadas en su garganta. No era el escenario más romántico de todos, no era una cena a la luz de las velas, pero era perfecto.
—Yo, yo… Esto es… —Estaba boqueando como un pez fuera del agua cuando sintió las manos de Lemus rodeando su torso por detrás, y su aliento que rozaba el lóbulo de su oreja.
—No es mucho, pero es nuestro por esta noche.—Rose giró entre sus brazos, una sonrisa tiró de sus labios y su corazón corrió un maratón dentro de su pecho—. Además desde aquí las estrellas brillan más, el aire es más puro y me gustaría, de alguna manera, presentarte a mi madre.
Rose sintió un nudo en su garganta, las lágrimas la estaban ahogando. Ella recordaba las palabras de Lemus, hace casi un mes, cuando le dijo que su madre al morir se convirtió en estrella. La estrella que lo guía desde el cielo, la que más brilla.
—Eso es perfecto, porque a mí también me gustaría conocerla.