Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 27
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Lemus

R ose elevó el rostro y lo miró sin reservas ni máscaras, y en ese momento ya no pudo contener las lágrimas, ni el pequeño sollozo que escapó de sus labios.

Lemus cerró el espacio que quedaba entre ellos y la atrajo hacia él.

La estrechó contra su pecho, y la rodeó con sus brazos como si pudiera fundirse con ella en una sola persona.

Rose estaba inmóvil entre sus brazos; sus músculos tensionados, y él estaba seguro de que iba a apartarse.

Pero entonces sus brazos fueron subiendo de manera tímida a su torso hasta rodearlo por completo.

Las lágrimas eran ahora pequeños sollozos y él no sabía qué hacer para consolarla.

—¿Por qué todos se van? —La voz de Rose se oía ahogada contra su pecho—. ¿Por qué todos me dejan?

Era dolor. Lo que Lemus escuchaba en su voz era dolor crudo, de ese que te rompe y destroza el alma. Poco a poco se separó para poder verla a los ojos, pero sin apartar, en ningún momento, los brazos de ella.

—Yo no me voy a ir a ninguna parte, bella. Nunca.

No podría, aunque lo intentara. Después de ese momento, ya no había vuelta atrás para él. En el fondo lo sabía: cayó.

No importó cuánto se esforzó tras la muerte de su madre por mantener cualquier sentimiento fuera de su vida, ella llegó como un huracán y lo cambió todo. Y ya no quedaba nada que hacer.

En realidad, tampoco quería hacer nada al respecto, salvo aceptarlo. No se iría. Tanto si ella lo aceptaba como algo más que un amigo como si no, él no la dejaría.

Había aprendido a ver, debajo de toda esa corteza, lo frágil que era. Y no dejaría que nada ni nadie la rompiera. El sería su estrella en la tierra, y haría hasta lo imposible por llevarla a su felicidad.

Ambos se quedaron ahí, viendo en los ojos del otro,  aún con los brazos entrelazados. Lemus había comenzado a trazar círculos sobre sus omóplatos y ella parecía mucho más tranquila.

Decidió que lo mejor sería hablarle sobre algo que no fuera Gabriel ni la revelación que él había hecho hace un instante y de la que ella no había dicho nada.

—No sabía que estabas con Enzo.

Rose desvió la mirada y dejó escapar un suspiro.

—No lo estaba. Al menos no desde hace mucho tiempo.

Alivio fue lo que se instaló en su pecho al escucharla.

Al menos ahora sabía que podía tener una oportunidad, aún si ella había decidido ignorar sus palabras de hace un momento.

Sabía que al menos tenía vía libre para intentar conquistarla sin parecer que le estaba quitando la novia a Enzo. A pesar de todo, el chico le agradaba.

—¿Qué pasó? —Para él estaba claro que Enzo sentía algo por Rose, y sabía que él era importante para ella.

Rose cerró los ojos por un segundo. Su cuerpo se había relajado un poco y las lágrimas habían cesado.

Cuando volvió a abrirlos y lo miró, Lemus sintió que la tierra bajo sus pies se movía.

Rose dejó al descubierto toda esa fragilidad que él sabía que tenía.

Le mostró a la chica de diecinueve años y no a la guerrera indomable.

—Él se fue, Lemus. Se fue sin mí.

Fue como si le hubiesen dado una bofetada.

Se suponía que trataba de distraerla del tema de Gabriel.

Pero, en su defensa, nunca se imaginó que Enzo habría hecho algo así.

Aunque eso respondía un poco a la reacción que ella tuvo cuando Gabriel dijo que se iría otra vez.

Lemus afianzó un poco más su presión sobre la cintura de Rose y la estrechó contra él haciendo que el rostro de ella descansara en su hombro.

—¿Lo amabas? —preguntó con un hilo de voz. Temiendo la respuesta más de lo que estaba dispuesto a aceptar.

Rose encajó su rostro en el hueco entre su cuello y el hombro y respiró sobre su piel haciendo que un escalofrío le recorriera.

—Sí —contestó sin dudar, y el corazón de Lemus crujió tan fuerte que temió que ella pudiera escucharlo—. Aun lo hago. Pero no de la manera que él merece; no como él espera que lo ame. Ya no.

—¿Qué fue lo que cambió?

Su voz había bajado tanto que parecía que estuviesen compartiendo un secreto, uno íntimo. Pero temía que si lo decía de otro modo la burbuja en la que estaban fuera a explotarle en la cara.

Rose levantó el rostro hacia él. Sus ojos buscaban algo en su mirada, como si quisieran fundirse dentro de sus pensamientos.

—Todo —soltó ella en un susurro, y sus ojos, esos que eran luz y primavera, viajaron hacia sus labios.

Un hormigueo se había instalado en todo su cuerpo.

Nunca había sentido eso antes. La montaña rusa por fin había empezado a bajar y la gravedad lo tenía de cabeza, era así cómo se sentía.

Pensó que podía estar temblando, pero no podía saberlo,  porque lo último que supo fue que había vuelto a atraerla hacia él.

Acercó su rostro al suyo y acarició ociosamente su nariz contra la de ella, respingona, hasta juntar sus frentes.

Con gentileza, casi timidez, rozó sus labios y pudo sentir la piel de Rose erizarse bajo sus manos.

Algo primitivo despertó en su interior con ese simple gesto, haciendo que todos los sentidos en él se intensificaran.

Rose agarró con fuerza su camisa, arrugando la tela bajo sus puños.

—No puedo hacerlo —murmuró ella. Estaba sosteniendo la tela de su camisa apretándola con los puños.

Su aliento rozó sus labios y eso lo estaba volviendo loco.

—¿Qué es lo que te detiene? —No lo entendía. Podía sentir como ella temblaba en sus brazos, como quería eso tanto como él—. Porque sé que sientes algo, Rose. Lo sé porque yo también lo siento.

Rose intentó alejarse, estaba a punto de volver a cerrarse con él y no podía permitirlo.

Eso significaría retroceder todo lo que habían conseguido.

Sería dejar que siguiera haciéndose daño a ella misma.

Así que la sostuvo, se aferró a ella y trató de hacerle ver que no iba a dejar que volviera al lugar donde la había encontrado: Encerrada bajo una coraza hecha por ella misma.

—Son muchas cosas —dijo al fin, frustrada—. Hay cosas que no sabes, Lemus —murmuró en voz baja—. Y que yo aún no puedo decirte.

Sabía que Rose seguía teniendo secretos.

Lo había sabido siempre y aunque en otras ocasiones eso le molestaba, hasta el punto de frustrarse y comportarse como un crío, ahora lo que le importaba era el hecho de que ella no había negado sentir algo por él.

No se estaba cerrando. Podía esperar a que le contara lo que ocultaba.

Todos tenían secretos, era parte de la esencia misma del ser humano, y él, aprendería a esperar por saber los suyos; cuando quisiera contarlos.

—Sé que tienes secretos, bella. Siempre lo he sabido —alejó las manos de su cuerpo, donde aún la sostenía, y las llevó a cada lado de su rostro, manteniendo su mirada fija en la de ella—.

Sé que puedo ser un bruto salvaje la mayor parte del tiempo, pero pensé que sabías que podías contarme cualquier cosa. Que sabías que puedes confiar en mí.

—Esto no. Esto no. —Su voz se rompió nuevamente. Sus ojos asustados fueron los que despertaron en Lemus una alarma ¿Qué demonios era eso que la ponía tan mal?

—Oye, oye. Rose mírame, cariño. —Seguía con las manos en sus mejillas y cuando ella lo miró, él le sonrió—. Dije cualquier cosa, bella.

—No lo entiendes, cuando te lo diga, me vas a odiar.

El labio de Rose tembló y Lemus sintió que un cuchillo se había incrustado en su pecho.

No sabía qué era lo que ella consideraba tan malo para no poder decirle, pero él sabía que sin importar lo que fuera no podía odiarla.

Se enojaría, era probable, podría incluso actuar cómo un bruto, pero nunca la iba a odiar.

Y ella estaba realmente asustada. Estaba sufriendo por su causa.

Lemus no sabía qué era aquello que ocultaba pero no la iba a presionar; ella se lo diría. Estaba seguro de eso, pero solo lo haría cuando estuviera lista.

—Nunca podría odiarte. —Esa era una verdad que a él mismo le asustaba, pero que no iba a negarle—.

Puedo ser un bruto que se enoja, Rose, pero nada hará que te odie, ¿me entiendes?

Nada. —Ella no parecía convencida—. No tienes que decirme nada aún, bella.

Cuando estés lista yo estaré a tu lado para escuchar.

—¿Cómo sabes que no me odiarás, si no sabes qué es lo que diré?

Esa era la verdadera cuestión. No necesitaba saberlo, era consciente de que sus sentimientos solo podían tomar un rumbo, y no era hacía atrás.

—Lo sé, porque me tienes loco, Rose. —La vio abrir sus labios con un jadeo y notó fascinado el leve sonrojo que se apoderó de sus mejillas —.

Porque lo que me haces sentir es demasiado fuerte para perderse por cualquiera que sea tu secreto.

Nada de lo que digas va a hacer que me aleje.

No vas a librarte tan fácil de mí, bella.

Ella lo seguía viendo con los labios entreabiertos, los ojos brillantes y él estaba a punto de perder la cordura.

—Pero sí voy a pedirte una cosa —continuó, y no pudo evitar acercar su rostro unos milímetros al de ella—. Déjame entrar, Rose. No te cierres conmigo, quiero ser más que un espectador en tu vida.

—Mi vida puede ser un desastre. Con demasiadas historias inconclusas y finales tristes.

—¿Y quién dice que no podemos crear nuestra propia historia? Si te atreves a escribirla conmigo te prometo que haré que cada día sea un capítulo distinto a todo lo que has vivido.

Un sollozo escapó de los labios de Rose, y Lemus la rodeó con sus brazos, la acercó a su pecho y llevó sus labios hasta el lóbulo de su oreja para murmurar:

—Lo que no puedo prometerte es un final feliz, cariño. Porque de hacerlo estaría dando por hecho que esto acabaría en algún momento y no quiero que lo haga.

Aunque Rose no le había dicho nada, sintió la manera en que se aferró a su camisa. La forma en que su respiración se aceleró y luego, de manera casi imperceptible, sintió el movimiento de su cabeza contra su pecho. El pequeño asentimiento que casi lo pone a temblar.

—Puedo atreverme —dijo finalmente Rose en voz baja.

Él pudo haber dejado de respirar en ese momento.

Muy lentamente se alejó de ella solo lo suficiente para verla a la cara.

Rose estaba completamente ruborizada, sus ojos brillaban en un color oro más oscuro que el de antes.

Lo que generó que una sonrisa de satisfacción y alivio fuera formándose en el rostro de Lemus.

Al verlo, Rose aún con la mirada llorosa volteó los ojos al instante.

—Ya estás haciendo que me arrepienta, FitzGerald.

Una carcajada salió de su garganta al escucharla. Porque seguía siendo Rose y él estaba loco por ella, y había sido un estúpido por no haberse dado cuenta antes. Fue una risa de auténtica alegría. Y en ese momento se percató de que Melik tenía razón: él estaba loco por Rose.

Ella mantenía las manos alrededor de su torso.

Aún era visible su sonrojo; sus ojos amarillos estaban más oscuros y los puntos verdes que le rodeaban el iris estaban más grandes.

Él sabía que podía perderse en esos ojos para siempre si ella se lo permitía.

Sin embargo, en esos momentos sus ojos traicioneros viajaron hacia los labios de Rose y cuando estos le sonrieron esa fue toda la respuesta que necesitó para cerrar la distancia entre ellos y juntar sus labios.

El beso fue tierno, frágil al principio.

Sus labios se sentían como seda bajo los suyos y cuando ella los abrió para él, fue como haber encontrado un manantial en el desierto, como si ambos quisieran explorar cada centímetro de la boca del otro.

Rose subió las manos de su torso hasta sus hombros, para luego llegar hasta su cuello y jalar suavemente de su cabello.

Él estaba perdido en ella. En su toque, su cuerpo, sus labios…

en todo. El beso se intensificó, parecía que habían estado esperando esto toda su vida y que nunca iba a ser suficiente; no era suficiente.

Su corazón golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que ella podía escucharlo. Y solo cuando el aire se le había acabado dentro de sus pulmones, liberó a Rose haciendo que ella soltara un suave gemido en su boca que casi lo hace lanzarse nuevamente a sus labios.

Rose tenía la respiración agitada, y se veía hermosa con el rostro sonrojado y los labios inflamados. Sus ojos brillaban y una sonrisa seguía decorando su rostro. Lemus acercó su rostro nuevamente al de ella y sobre su boca murmuró.

—No soy perfecto, bella; estoy seguro de que habrá días en que te vas a arrepentir y querrás mandarme al diablo, pero prometo que voy a compensar cada uno de esos momentos. Voy a encargarme de borrarlos. —Entonces volvió a besarla.