Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 26
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Lemus

D emasiadas cosas estaban sucediendo en un mismo día, se sentía como si estuviera a bordo de una montaña rusa que no terminaba de subir.

Para empezar, las cosas se habían puesto extrañas con Rose.

Tal vez fuera un pensamiento egocéntrico; o estúpido; pero él juraría que se había puesto celosa con la llegada de Mireya.

Y aunque al comienzo, pensar que podía despertar eso en ella fue una sensación agradable, y que no era el único teniendo sentimientos contradictorios, cuando la vio alejarse y no volver, la necesidad de buscarla se le hizo cada vez mayor.

Pero cuando iba a hacerlo la vio con Melik, y todo en él se despertó para mal.

Parecía que estaban en sintonía y Rose lo abrazaba de verdad, como nunca había hecho con ninguno de ellos, en especial con él.

Y, por absurdo que fuera, se descubrió deseando estar de esa forma con ella.

En ese momento pensó que la noche ya no podía ser peor, pero se equivocó. Las cosas sí que se pusieron peor.

En ese momento se encontraban todos sentados alrededor de la mesa redonda en la sala de la casa segura.

Frente a él estaba Gabriel quien, al parecer, tenía noticias sobre los planes del Régimen.

La aparición de este nuevo cómplice lo puso de peor humor del que ya estaba.

El tipo había golpeado a su hermano, ¿cómo esperaba Rose que él lo entendiera?

, o lo que era peor, ¿cómo era que Melik lo defendía? Él estaba confundido con todo eso.

Entendía que si el chico estaba infiltrado debía actuar para que no lo descubriesen. Sin embargo, no lo podían culpar por querer defender a su familia y tampoco iba a pedir perdón por ello. No pudo hacerlo antes, cuando era un chico, nadie le iba a impedir hacerlo ahora.

Lo único bueno que había salido de todo eso era la revelación de que Rose y Enzo no estaban juntos. Lemus no sabía qué había pasado entre esos dos; pero saber que ya no tenían nada, y que por lo visto había ocurrido recientemente, hizo que algo en su interior se removiera.

—¿Tiene que ver con lo del camión? —Escuchó a Mel preguntar a su lado.

—No exactamente —contestó Gabriel—. Es un poco más complicado que eso.

Una alarma se encendió en su interior. ¿Qué podía ser lo suficientemente malo para que el Régimen se olvidara tan pronto del suceso del robo?

—Gabe ¿qué quieres decir? —Como si leyera sus pensamientos, Rose formuló la pregunta que él estaba a punto de hacer.

—Lo que vengo a contarles son los planes que el Régimen llevará a cabo en algunos sectores y que podrían terminar de acabar completamente con el país. Según lo que averigüé, esto se ha estado planeando desde antes que ustedes hicieran el robo.

El tono que utilizó, y la experiencia que todos tenían con los alcances del Régimen, lograron hacer que la piel de Lemus se erizara.

—¿Qué tan grave es?

Una mirada de Gabriel fue suficiente respuesta para saber que las cosas estaban muy, muy mal. Eso explicaba el motivo por el cual el chico estaba ahí, arriesgando su pellejo.

—¿Quieres empezar a hablar de una maldita vez? Me tienes de los nervios —espetó Rose con fuerza haciendo que Lemus sonriera.

—Por Dios, Lyn, ¿qué es ese vocabulario? —El moreno veía a su amiga con el ceño fruncido.

«¿Lyn? ¿Qué se supone que significa Lyn?» ¿Y porque la palabra le resulta tan familiar? Las preguntas viajaron a una velocidad incontrolable en la mente de Lemus, y un recuerdo que creyó olvidado pasó fugaz por su mente…

—¿Queremos enfocarnos, por favor? —Enzo logró espantar cualquier cosa que rondaba su cabeza—. Los planes, Gabriel, enfócate.

—Sí, sí, tienes razón —contestó el moreno inclinándose hacia delante—.

Al parecer, el Régimen va a implementar nuevas reglas en los sectores del 1 al 4.

Como todos saben estos son los únicos lugares en los que está vigente el toque de queda; bueno, parece que Geoffrey, está convenciendo a su padre para implementar un pago de impuestos mensual por parte de los habitantes de estos sectores.

—¿Qué? — Melisandre se puso de pie de un salto.

—Es una locura, la gente apenas tiene para vivir, ¿cómo es que puede pensar en quitarles más? —intervino Lemus. La incredulidad y el horror hacían estragos en su interior.

La imagen de su abuela vino a su mente, y se imaginó cómo se pondría si eso que Gabriel decía era verdad.

—No pagar los impuestos tendrá consecuencias —continuó Gabriel—. Al parecer, se otorgará un plazo de ocho días después del vencimiento de la fecha para reunir el monto y cancelarlo. De lo contrario, se les acusará de revolucionarios y se les castigará como tal.

—Pero… eso es imposible. —Estaba aturdido.

Nada de lo que escuchaba tenía sentido. Sin embargo, ¿cuándo las acciones del régimen lo habían tenido?

Podía sentir a Melik tensarse a su lado—.

El castigo sería la muerte, ¿qué puede ganar él exterminando toda su mano de obra?

—preguntó, negándose a creer lo que escuchaba.

—Necesita reunir dinero —intervino Rose, pensativa. Más calmada que cualquiera de ellos—. Pero la pregunta aquí es ¿Para qué?

—Para la guerra —contestó Gabriel con simpleza.

—¿La guerra? ¿De qué guerra estás hablando? —Quiso saber Melik.

Lemus se dio cuenta de que Gabriel se veía cansado.

Tenía círculos morados debajo de sus ojos, lo que hizo que se preguntara hacía cuánto que estaría viviendo una doble vida.

La reacción que tuvo Rose al verlo pasó por su mente, y, sin preguntarlo, supo la respuesta: demasiado tiempo, había sido demasiado tiempo.

Y en ese momento, sin quererlo, sintió simpatía y respeto por el chico sentado frente a él.

—Al parecer, algunos países han intentado intervenir en la situación que estamos padeciendo en Inglaterra actualmente, lo que ha molestado mucho al Gobernador Robert y al bastardo de su hijo.

Hace algunos meses Estados Unidos declaró que intervendría si lo veía necesario, cosa que por supuesto, no supieron, porque el Régimen hizo todo en su poder para que no se filtrase.

Por eso Geoffrey presentó a su padre la propuesta de los impuestos, para reunir más dinero para armamento y municiones y así llevar a cabo una guerra.

Toda la información estaba grabándose en su cerebro como un disco duro. Esto sería el acabose, el final de todo.

—Si esto pasó hace meses, ¿por qué hasta ahora es que se decidieron? —Mel estaba asustada. Lemus lo sabía por el tono de su voz y la manera en que apretaba la mesa con sus manos y le mataba no poder hacer nada para que se sintiera segura.

—El robo. —Fue Melik quien dijo en voz alta, lo que todos estaban pensando—. Nosotros atrajimos la atención.

—Exacto. El Gobernador había rechazado la propuesta la primera vez, pero tengo información que dice que Geoffrey pasó hace poco.

Y por “poco” me refiero a hace no más de dos días, una segunda propuesta que no ha sido rechazada —apremió el moreno—.

Y es justamente por eso que deben hacer otro golpe, pronto.

—Gabriel se recostó en su silla, un suspiro cansado brotó de sus labios—.

De esa manera, podré investigar un poco más.

Todos se quedaron en silencio. Lemus no podía asimilar lo que acababa de escuchar, la cantidad de vidas que se perderían si eso llegaba a realizarse.

Y si la gente pagaba, estarían financiando inconscientemente una guerra que de igual manera podría llevarlos a la muerte.

Eran dos caminos que compartían un mismo destino.

—No. —Rose estaba mirando fijamente a Gabriel.

Lemus no tenía idea de que era lo que estaba hablando exactamente.

—No ¿qué? —El moreno se veía tan confundido como el resto—. ¿No harán el golpe?

Rose estaba apretando tanto las manos que Lemus se preocupó de que pudiera hacerse daño. Su mirada parecía encenderse mientras observaba a Gabriel.

—No vas a volver —concluyó ella en tono firme—. No vas a seguir investigando nada.

El ceño fruncido del moreno se relajó en el acto, y todo en su rostro se suavizó cuando le habló. Lemus sintió una punzada en el pecho al notar la impotencia y la rabia en la voz de Rose.

—Lyn, por favor —expresó suplicante el chico en tono bajo—. Sabes que debo hacerlo, esto es demasiado grande.

—¡Exacto! —Ella era una bomba a punto de estallar—. Es demasiado grande, ya hiciste suficiente, es momento de que vuelvas a casa.

Rose y Gabriel se miraban fijamente. Los dos estaban demasiado serios, y Lemus presentía que la respuesta que el moreno daría iba a terminar por romper a la chica frente a él.

—Pero… ¿Qué casa es esa, Lyn? —inquirió el moreno en un murmullo—. Si vamos a regresar a casa, sabes que debo volver con ellos un poco más.

Rose estaba roja. Tenía las manos blancas por estar apretadas en puños y los contornos de los ojos enrojecidos de retener las lágrimas. El corazón de Lemus había empezado a latir con más fuerza, no soportaba verla así, era como si fuera él a quien estuvieran lastimando.

Gabriel volvió a abrir la boca para hablar, pero él no pudo soportarlo, lo interrumpió antes de que pudiera empeorarlo todo.

—Es suficiente, Gabriel.

El moreno lo miró con el ceño fruncido, claramente dispuesto a refutar, pero en vez de hacerlo dio una mirada hacia Rose y pareció entender su punto, su expresión se suavizó y parecía que estaba a punto de intentarlo otra vez.

Sin embargo, Rose no le dio oportunidad, se levantó de su asiento y atravesó la sala sin mediar palabra con nadie mientras dejaba el lugar dando un portazo a sus espaldas.

Lemus se había puesto de pie en un parpadeo, y se fijó en que Enzo y Gabriel habían hecho lo mismo. Por un segundo los tres se miraron en silencio, hasta que finalmente Enzo movió la cabeza hacia él.

—Ve —le dijo dando un paso hacia atrás.

Él iba a hacerlo, no necesitaba su permiso. Pero agradeció el gesto, en especial viniendo de Enzo. Así que le dio las gracias con un leve asentimiento y salió tras Rose.

El pasillo estaba completamente solo para cuando salió del salón. Cuando se disponía a subir las escaleras para buscarla,  el recuerdo de Rose sobre el columpio llegó a su mente. De inmediato dio media vuelta y corrió hacia el bosque.

Al llegar la vio justo como la vez anterior: sentada en el columpio con la vista fija en el horizonte. Estaba aferrándose a las cuerdas con tanta fuerza que, aun desde lejos, podía ver lo blanco que tenía los nudillos.

Muy lentamente se fue acercando a ella, pues no estaba del todo seguro de cómo iba a reaccionar porque él la había ido a buscar.

—Bella.

Ella alzó la mirada hacia él y Lemus sintió que su corazón se saltó un latido al verla.

Tenía los ojos rojos y las mejillas sonrosadas.

Cuando sus ojos se encontraron un pequeño temblor se plantó en su labio inferior.

Rose sacudía la cabeza como si de esa forma lograra ahuyentar las lágrimas que amenazaban con salir.

—Ahora no, Lemus. Vete.

Él, lejos de irse, dio un paso más cerca. No podía dejarla así; no soportaría dejarla así. Todo en Rose gritaba que necesitaba a alguien a su lado en esos momentos, y todo dentro de él lo empujaba a consolarla.

—No puedo hacerlo —contestó con simpleza, regalándole una sonrisa tranquila.

El rostro enrojecido por las lágrimas de Rose lo miraba en esos momentos con toda la rabia e impotencia que él que sabía estaba reteniendo.

—Claro que puedes. Solo mueve tus pies hacia otra dirección.

Su sonrisa se agrandó un poco al escucharla. A pesar de la tristeza, seguía siendo ella. Era la Rose satírica e impertinente de siempre y eso soltó un poco el nudo que le oprimía el pecho.

—No puedo —repitió—. Lo intenté, de verdad que lo he hecho.

Y Dios sabía que no mentía. Desde que se habían conocido, Lemus había tratado de llevar todo profesional o de mantener el compañerismo con ella, pero no podía.

Era como si fueran imanes atraídos el uno al otro esperando colisionar.

Cada vez que la veía o la escuchaba, su cuerpo respondía, y esa sensación de dejavú nunca se había ido.

Desde el primer momento en que la vio y estaba cansado de luchar contra corriente, de las peleas clandestinas, cansado de sabotearse a sí mismo.

Tragó el nudo que se le había formado en la garganta y dirigió la mirada al cielo, a las pocas estrellas que lograban atravesar la espesura de la niebla, y buscó entonces esa que más brillaba.

A su madre. llevaba mucho tiempo sin hacerlo a causa de la vergüenza.

No tenía cara para buscarla después del desastre que había hecho con su vida.

No se convirtió en el hombre que iba a hacer las grandes cosas que ella dijo, pero esperaba hacerlo a partir de ese momento.

—Resulta que cada centímetro de mi cuerpo se niega a estar en otro sitio que no sea aquí. No quiero estar en ningún otro lugar.