Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 25
40%

25

Melik

«¡M ierda, Rose, solo acabas de empeorar las cosas!», pensó y se giró a mirar a Lemus, que tenía el ceño fruncido y la mirada fija en ella.

Ellos siempre eran quienes se iban juntos en la motocicleta, sin importar cuán molestos estuvieran el uno con el otro; su hermano se veía enojado, sí, pero sobre todo, se veía dolido. Eso iba a ser un desastre.

—Vamos —lo apuró Rose, dirigiéndose a la moto.

La pelirroja le tendió un casco mientras se subía y él, obediente, se lo colocó, y se acomodó detrás de ella. A su lado, Lemus y Mel entraban junto a Enzo en el vehículo, este último le hizo una señal con la cabeza a Rose y arrancó alejándose de ellos.

Después de unos segundos, ellos seguían parqueados fuera de la taberna, un silencio que comenzaba a ser incómodo los rodeaba, y Melik no dejaba de preguntarse por qué Rose hizo que él viniera con ella.

Estaba seguro que entre ella y Lemus estaba pasando algo, además de que la chica sabía que él era gay, se lo acababa de decir, joder.

—Melik. —La voz de Rose lo hizo llevar sus ojos a ella, parecía preocupada—.

La persona a la que van a conocer es de mi entera confianza; él me ayudó el día que Geoffrey te mandó a golpear —explicó, enderezando un poco el cuerpo para mirarlo—.

Quiero que lo tengas presente, ¿de acuerdo? Es un amigo.

—¿Por qué me dices esto? —No entendía nada de lo que ella decía. ¿Qué tenía que ver él en todo eso?

Rose negó con la cabeza. Parecía desesperada.

—Solo dime que lo tendrás en cuenta, por favor.

—Lo haré —dijo más para calmarla que por ser consciente de lo que le pedía.

Y eso fue todo, Rose arrancó la motocicleta y se perdieron entre las calles, las personas, y más adelante: en la espesura del bosque de Nottingham donde ya se divisaba a lo lejos el campanario de la iglesia.

El presentimiento que tenía se intensificó entre más cerca se encontraban, y sin saber muy bien por qué, se sintió totalmente nervioso; las palabras de Rose no fueron de ayuda.

Al llegar, todos se encontraban esperando en la entrada.  Rose aparcó la motocicleta junto al carro de Enzo, y apenas se bajó caminó directo a la puerta secreta de la iglesia.

—Entremos. —Rose no esperó respuesta ni cruzó una sola mirada con nadie antes de acercarse a la entrada y abrir las puertas de par en par.

Atravesaron el pasillo hasta llegar al salón en el que siempre se reunían. En el interior se escuchaban voces a través de la puerta. Una provenía del padre Sirilo, y la otra era de un hombre; si su audición no le fallaba, era joven. A Melik aquella voz le provocó un escalofrío en su interior.

Todo eso pasó a segundo plano cuando Enzo empujó las puertas y éstas se abrieron dejando ver al padre dentro del salón, tal como Melik lo había supuesto,  pero, por más que intentó, desde su posición no alcanzaba a ver a nadie más.

Uno a uno fueron entrando en la sala y su corazón, como si supiera algo que él no, empezó a martillar con fuerza con cada paso que daba.

Lemus había tomado lugar a su lado cuando estaban totalmente dentro, era su manera de disculparse por haber sido un idiota.

Rose pasó por su lado y se adentró un poco más en el lugar, se veía nerviosa, y cuando sus ojos se fijaron en el padre Sirilo, éste le regresó una mirada paternal y señaló con la cabeza la esquina opuesta del salón antes de dirigirse a la salida.

Todos siguieron el gesto del hombre, y fue en ese momento en el que lo vio.

Su cuerpo reaccionó incluso antes que su mente. Tenía cada músculo en tensión, listo para defenderse o atacar si era necesario. Un baile de emociones lo recorrió y estaba seguro que había dejado salir un jadeo involuntario; a su lado Melisandre tomó su mano jalando de esta para que la mirara.

—¿Qué sucede? —El ceño fruncido y mirada preocupada de Mel, lo hacía todo peor.

Las palabras se atropellaban en sus labios y se negaban a salir de su garganta. Tanto su hermana como Lemus lo miraban preocupados; pero entonces, toda la atención se desvió cuando Rose soltó un sollozo al otro lado de la habitación.

La chica estaba igual o tal vez más paralizada que él. Lágrimas habían empezado a resbalar por el rostro de la pelirroja y en un parpadeo el extraño —no tan extraño para él— había atravesado la distancia entre ellos y la había rodeado entre sus brazos. Melik estaba en shock.

—Shhh, oye no deberías llorar. ¿Qué te he dicho?

—El chico, porque no podía tener más de veintidós o veintitrés años, le hablaba a Rose como si fuese una niña pequeña que se había caído jugando—.

Te vas a arrugar, bastante tienes ya con ese carácter del demonio que te gastas.

Terminarás como una pasa. —A pesar de que lo disimulaba muy bien, en la voz del muchacho lograba filtrarse un poco el llanto que amenazaba con salir.

Mientras tanto, en la sala ninguno de los presentes se movía.

Ni siquiera Enzo o Lemus hicieron el intento de interrumpirlos, no se sentía correcto.

Poco a poco, Rose comenzó a separarse del chico; aunque solo lo suficiente para voltear a mirar al resto.

Sus ojos ámbar se posaron fijos y suplicantes en él, y Melik no tenía idea de cómo reaccionar.

—Recuerda lo que te dije —dijo en voz baja.

Y justo en ese instante, el extraño lo encaró. Ahora Melik no tenía duda alguna, era él. El hombre de la tienda de campaña, el moreno que había entrado cuando le dieron la paliza; aunque este también lo golpeó, siempre notó algo extraño en él.

Actuando por instinto, Melik retrocedió un paso. En un parpadeo Lemus se había posicionado delante de él, con sus manos hechas puño y la postura lista para atacar, cuando habló no hubo nada fraternal en su voz.

—¿Quién es él?

El silencio podía cortar una hoja entre los seis que estaban en la sala. Rose tenía los ojos fijos en Lemus. Su pecho que subía y bajaba mostraba que estaba tratando de serenarse.

—Es Gabriel —dijo Rose al fin, y por el tono que utilizó, Melik se dio cuenta de que ella también sabía que Lemus estaba por estallar—. Es mi amigo, nuestro infiltrado en el Régimen.

Melik tuvo que repetir aquellas mismas palabras al menos cinco veces para sí mismo para que el entendimiento llegara a su mente.

Cuando lo hizo, su rostro giró de inmediato hacia donde Gabriel se encontraba.

Todo cobraba sentido: El moreno había entrado mucho más tarde a donde el soldado lo tenía dándole la paliza, quien lo riñó por haber llegado tarde; él tuvo que haber sido quien avisó a Rose de lo que ocurría.

—Y me puedes explicar —dijo Lemus, sacándolo de sus pensamientos; su voz seguía peligrosamente en calma—, ¿por qué Melik lo mira como si fuera el anticristo?

Estaba a punto de intervenir cuando el recién llegado decidió que era un buen momento para hablar.

—Porque yo fui uno de los encargados de golpearlo. —El recién llegado, ahora identificado como Gabriel, parecía querer morirse en ese instante.

—¿Qué? —El grito de Melisandre solo hizo que Lemus endureciera más sus gestos. Él conocía a su hermano, sabía que ahora mismo era un volcán a punto de explotar. Lemus mataría o moriría por ellos, para él era de esa manera o nada.

Intentó intervenir o decir algo, pero Lemus ya había empezado avanzar hacia Gabriel.

Su hermano soltaba maldiciones por cada paso que daba, tenía las manos hechas puños y el rostro más endurecido de lo que Melik había visto nunca.

Él sabía muy bien lo que Lemus era capaz de hacer por defender a los suyos.

Lo había vendado y curado infinidad de veces.

Antes de que su hermano pudiera llegar frente al moreno, Rose se interpuso en su camino parándose en frente de él.

Un gruñido de frustración —casi animal— salió de los labios de su hermano.

—Está de nuestro lado, Lemus. —La voz de Rose había pasado a ser suave. Como si tratara de calmar a un animal salvaje.

A Melik le pareció la forma más inteligente de actuar. Lemus siempre le había parecido salvaje. Incluso cuando eran pequeños tenía una fiereza que lo hacía resaltar de los demás.

—¡De nuestro lado una mierda, Rose! —el grito de Lemus hizo eco en la estancia— ¡Golpeó a Melik¡ ¡A mi hermano!

Rose hizo una mueca de dolor al escuchar las palabras de Lemus; las cosas iban a terminar mal, Melik lo sabía. Lemus no iba a retroceder y su relación con Rose ya estaba lo suficientemente torcida para seguir jodiendo. Dio un paso al frente para intervenir justo cuando Rose volvió a hablar.

—Tenía que hacerlo, si no lo hacía hubiesen sospechado. No tenía alternativa

Rose estaba ansiosa, Melik podía notarlo en sus expresiones, en la desesperación saliendo de su voz.

Él nunca la había visto así. Y sabía que Lemus también lo veía, que él sentía su desesperación pero no sabía cómo actuar.

Al final, sus facciones se habían suavizado solo un poco mientras veía a la pelirroja.

—¿Y qué pasaría si la orden hubiese sido otra? —Esa vez fue Melisandre quien habló.

Él había estado haciéndose esa misma pregunta una y otra vez desde que todo pasó.

—Entonces yo mismo me habría encargado de sacarlo de allí —dijo Gabriel con voz alta y clara, no titubeó ni una sola vez.

Melik levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Gabriel. Se había olvidado de lo claros que eran y el contraste que hacían con su piel morena.

Antes de que alguien pudiera interrumpirlo nuevamente, o Lemus decidiera volver a atacar al chico, encaró a sus hermanos.

—Él está de nuestro lado. —Dos pares de ojos lo miraron en el acto—. Él fue quien avisó a Rose de lo que ocurría.

En ese momento reinó un pesado silencio en el salón.

Lemus tenía la cabeza ligeramente inclinada, detallando cada posible movimiento que el moreno pudiera hacer.

Rose inteligentemente seguía de pie delante del chico.

Pero Gabriel no los miraba a ninguno de los dos; el moreno no había dejado de mirarlo a él.

—Bueno, debo admitir que estoy decepcionado. —Enzo, quien no había dicho nada desde que entraron, ni había hecho el mínimo amago por defender al recién llegado,  se separó de la pared en que se encontraba y empezó a caminar hacia ellos—. Creí que esto sería más intenso.

Rose le lanzó una mirada que prometía muerte, y este se limitó a encogerse de hombros.

—¿Qué? Es la verdad —se defendió el chico.

Entonces, de entre todas las personas que estaban presentes, fue Gabriel quien soltó una estruendosa carcajada.

—No has cambiado nada, Enzo —se dirigió con familiaridad al eludido.

—Tú tampoco —contraatacó Enzo—. No llevamos ni cinco minutos y ya Lemus te quiere matar, ni siquiera yo tuve ese récord. Incluso lograste que Melisandre, que es un ángel, se pusiera en tu contra.

De reojo, Melik pudo ver como las mejillas de su hermana cobraban vida y se ponían de un leve tono rosa.

—Estarás decepcionado de que no me mataran —habló con naturalidad el moreno.

Enzo volteó los ojos en un gesto exagerado, pero no pudo evitar sonreír. Entonces fue cuando cerró el espacio que lo separaba de Gabriel y le dio un breve abrazo.

—Es bueno volver a verte. —Los ojos de Gabriel se abrieron con fingida sorpresa.

—Rose ¿qué demonios le hiciste a tu novio? Podría jurar que le agrado.

Eso fue una bomba en medio de un campo de guerra.

De inmediato todos los ojos del lugar se posaron en Rose, podría jurar que incluso Melisandre había dejado salir un jadeo al escucharlo.

Toda la situación era verdaderamente incómoda; Melik si había notado el afecto que Enzo y Rose se tenían, pero nunca logró verlos como novios.

Su relación, a sus ojos, era más parecida a la de Lemus y Mel.

No pudo evitar mirar a su hermano de reojo y se percató de que este tenía los ojos fijos en Rose. Una pregunta no dicha estaba clara en sus facciones. Ella evitaba a toda costa cruzar sus miradas.

—¿Ahora qué fue lo que dije? —quiso saber Gabriel.

—Nada. —Enzo le dio una sonrisa a Gabriel que a todas luces era tensa—. Es solo que ya no estamos juntos. Rose y yo.

Las cejas del moreno se alzaron con sorpresa y su mirada fue directa hacia la pelirroja.

—Oh. No sabía.

El momento era cada vez más intenso, así que, tratando de aliviar la tensión que era palpable por todo el lugar, Melik decidió que era momento de dejar de lado la vida romántica de su amiga, a favor por lo que ella hizo por él en el bar. Se lo debía.

—Y ¿qué estás haciendo acá? —La pregunta fue dirigida a Gabriel.

—He venido a conocerlos,  Rose creyó que ya era tiempo —dijo, sonriendo a la chica—. Pero también vine a avisarles sobre los planes que Geoffrey tiene entre manos.

Ahora eso sí había captado la atención de todos. El ceño de Melik se frunció tanto como el de Lemus.

—Y ¿cuáles son esos planes exactamente? —preguntó Lemus mucho más calmado de lo que estaba hace un momento. Melik sospechaba que eso no se debía sólo a él, sino a cierta bomba que acababan de soltar.

—Tal vez deberíamos sentarnos —intervino Rose.