24
“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad”
—William Shakespeare
Rose
E lla no entendía porque él seguía ocultando su orientación sexual cuando ella estaba segura de que su familia nunca le daría la espalda, pero, podía respetar su decisión de no decirlo.
Melik la miró a los ojos y una lenta sonrisa, real está vez, se asomó en sus labios. Luego pasó ambos brazos por sus hombros atrayéndola a él en un fuerte abrazo; uno que la hizo soltar un pequeño grito.
—Tú también serás de las que lo encuentren —le susurró al oído.
Rose se aferró unos segundos más a Melik. Era la primera vez en mucho tiempo que tenía amigos distintos a Enzo y... Gabe. Ella nunca se había permitido conocer a nadie y ahora que lo había hecho estaba aterrada. Aterrada de perderlos, de salir lastimada. De decepcionarlos.
Un carraspeo a sus espaldas la hizo separarse de Melik. Enzo los estaba viendo a ambos, y lejos de verse molesto o celoso, Rose notó que una incipiente sonrisa jalaba de sus labios.
—Lamento interrumpir, pero ya es hora.
—¡Oh mierda!, casi lo olvido. —Rose se colocó de pie de un brinco.
—¿Casi olvidas qué? —Quiso saber Melik, levantándose para ir junto a Rose que había empezado a caminar con Enzo hacia donde estaban los demás.
—Es hora de que todos se conozcan. —La pelirroja se paró frente a la mesa donde Mel y Lemus estaban—. Recojan sus cosas, tenemos una cita. Yo haré una llamada.
Casi lo olvida. El tiempo se le había pasado demasiado rápido en la taberna.
Ni siquiera había tenido oportunidad de preparar a los chicos sobre lo que estaba a punto de pasar.
Y si a eso se le sumaba que Lemus no había dejado de verla con el ceño fruncido entonces podía decirse que no estaba en su mejor momento.
—¿Estás seguro de que puedes hacerlo? —Rose paseaba de un lado a otro con el celular en la oreja—. Si es demasiado arriesgado podemos posponerlo.
—Ya lo hemos pospuesto demasiado, Lyn
Soltó un suspiro cansado mientras masajeaba su frente con la mano que tenía libre. Era cierto, llevaba meses posponiendo lo inevitable, pero ya no podía hacerlo, entre más lo hiciera peor sería cuando les contara a todos.
—Está bien —comentó al final—. Solo ten cuidado, por favor.
—Cuidado es mi segundo nombre, preciosa. —Rose podía jurar que él estaba haciendo un guiño del otro lado de la línea—. Realmente estoy ansiando verte, Lyn —agregó en un tono más bajo.
—Yo también, Gabe —repuso Rose en un tono igual de bajo. Un mundo de sentimientos no dichos se filtraba por la línea telefónica—. Ahora voy a colgar o no llegaré.
Geoffrey Randall
El espacio era demasiado pequeño y los gritos de su padre demasiado fuertes como para poder huir de ellos.
Aún desde su lugar, escondido en el cuarto de limpieza, podía escuchar los trozos de vidrio caer en el suelo y los bramidos encolerizados de su padre.
Geoffrey no entendía qué era lo que ocurría, por qué desde hace unos años para acá su padre había empezado a actuar de aquella forma.
No es que antes haya sido un padre amoroso, porque no era así, pero al menos había dejado que él y su madre vivieran en paz la mayor parte del tiempo, cuando no estaba enseñándole lecciones que luego lo dejaban incapacitado como mínimo tres días.
La puerta del cuarto de limpieza se abrió de repente y el rostro golpeado y aterrorizado de su madre apareció en el umbral.
Inconscientemente se pegó más a la pared para dejarle espacio, pensando que su madre estaba, al igual que él, buscando la manera de esconderse.
Pero su madre no estaba ahí para huir, no.
Ella lo tomó de los brazos y mientras le decía que todo estaría bien, lo llevó hasta la sala.
Pero le mintió. Sus ojos no dejaban de recorrer el desastre en que se había convertido su casa. No quedaba un solo adorno intacto tras la furia de su padre, que ahora tenía toda la atención puesta en él.
—Ven aquí, Geoffrey.
Esa no era la voz de su padre, era la del general. Y él sabía lo que ocurría cuando era el general quien estaba en casa. En vano, dio una mirada hacia su madre, que se limitó a apartar los ojos y darle un pequeño empujón más cerca del hombre frente a él.
—¡Te he dicho que vengas!
El dolor que sintió ante el tirón en su cabello le hizo saltar las lágrimas al tiempo que un grito lastimero dejaba sus labios, pero sabía que no debía llorar. Llorar era para mujeres, y por cada lágrima su tormento sería peor. Lo sabía.
—Llegó el momento de que seas útil, niño.
La voz de su padre había pasado de ser histérica a tranquila en lo que dura un parpadeo. Pero la sonrisa retorcida en sus labios le aseguraba que no debía confiarse.
— ¿A qué se refiere, padre?
— Vas a ser mi caballo de troya.
El avión en que se encontraba estaba sumido en el silencio total, nada más que el retumbar de los motores era lo que se escuchaba.
Todo el personal sabía que no le gustaba que lo molestaran, que el desorden y la suciedad lo alteraban, y si a eso se le sumaba que llevaba al menos cinco días sin dormir, tratando de solucionar el desastre en que se había convertido el sector tres, entonces podría decirse que su carácter no era el mejor.
Nunca pensó que un grupo de marginados podrían complicarle tanto las cosas, mucho menos que llegaría tan lejos sin ser capturados.
Cada día que pasaba sin tener bajo su poder a los enmascarados, alguno de los soldados bajo su mando pagaba las consecuencias.
Ese era un regalo de su padre. Una manera de recordarle que él no aceptaba errores.
Sin embargo, los deberes seguían su curso sin importar si había o no capturado a los ladrones, o cuántos soldados tenía de baja, por eso ahora, mientras volaba para encontrarse con su padre, estaba terminando de preparar la propuesta que iba a pasarle.
Esa era la segunda vez que la llevaba ante él.
La primera la desestimó cómo si no fueran más que estupideces, pero ahora los hechos estarían a su favor, y se había encargado de hacer todos los ajustes posibles para obtener vía libre.
Sabía que su padre no querría verlo después de todo lo que había pasado, pero Geoffrey llevaba un as bajo la manga.
Su padre siempre había sido un hombre de hechos y pruebas, y él había estado haciendo su tarea durante un largo, largo tiempo, y ahora, tenía todo preparado para que el viejo malnacido no pudiera decirle que no.
Solo había bastado con enviarle una carpeta a su residencia con las estadísticas que indicaban cuánto sería la ganancia, y las evidencias que demostraban que más de un país los tenía en la mira para meter sus narices en lo que su padre consideraba, era su mundo de ensueño; para que el viejo haya aceptado recibirlo.
Ni el sector tres ni toda Inglaterra tenían una idea de lo que les esperaba.
Los acontecimientos recientes le habían obligado a dar un giro a sus planes buscando la manera de matar dos pájaros de un tiro, pero eso no cambiaba nada.
Al contrario, ahora les quitaría lo poco que tenían, apretaría la correa que su padre tenía puesta sobre sus cuellos, y acabaría con cualquier mínima idea de rebelión, demostrando que tenía el poder de dejarlos sin nada.
Todo eso mientras serían ellos mismos quienes financiarían su viaje a la conquista.
Si lo que el grupo de marginados quería era provocarlo, entonces él se encargaría de estar un paso adelante.
Melik
Melik tenía un mal presentimiento con todo eso de la “cita”; Rose les había dicho que quería que conocieran a alguien y prácticamente los había sacado a rastras del bar.
Aunque, a decir verdad, no tenía toda su atención puesta en lo que sucedía, pues aún se sentía en shock con lo que había hablado con Rose.
Ella sabía su secreto. Él pensaba que si algún día alguien se enteraba, se desesperaría y no sabría qué hacer, pero no fue así.
De hecho, se sintió aliviado y agradecido de tener con quien hablar al respecto, y, para su sorpresa, resultó que disfrutaba hablando con Rose.
—¿Me quieres explicar de qué carajo va todo esto? —Lemus habló a su lado devolviéndole a la realidad—. Pensé que ya habíamos superado todo este tema de los secretos.
Lemus se veía extrañamente irritado, nada que ver con el humor que había tenido en los últimos días y por el cuál, no había dejado de molestarle. Pero lo conocía lo suficiente para saber que había algo más detrás de su enojo, y podía apostar que tenía que ver con cierta pelirroja.
—Cálmate, hombre.
Lemus entrecerró los ojos en su dirección; mirando de él a Rose. Ya Melik sabía a dónde iría con todo eso.
—¿Desde cuándo ustedes dos son tan amigos? ¿O es que acaso me perdí de algo?
Sintió a Rose tensarse a su lado y por primera vez en años le dieron verdaderas ganas de golpear a su hermano. Algunas veces podía ser realmente un idiota.
—No digas algo de lo que después te vayas arrepentir, Lemus —le advirtió, tratando de hacerlo reaccionar.
—Déjalo, no tenemos tiempo para tonterías. —Rose habló por primera vez desde que salieron de la taberna y a pesar del tono indiferente, él podía ver que el comentario la había herido— Enzo lleva a Mel y Lemus contigo. Tú —dijo señalando en su dirección— vienes conmigo, tenemos que hablar.