Las Bestias de Nottingham: Campanas de Medianoche 23
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Rose

E lla estaba segura de que él sabía que había estado a punto de sonrojarse.

Cuando llegaron, Enzo ya le estaba contando a Mel como habían hecho para hacer las entregas. La rubia se veía bastante entusiasmada; parecía una niña pequeña a la que le están hablando por primera vez del ratón de los dientes.

—Lo que hicieron fue increíble —soltó Melisandre en su dirección—. Aún no me explico cómo es que puedes trepar con tanta facilidad.

A su lado, Enzo soltó un resoplido de molestia y refunfuñó por lo bajo algo que Rose entendió como: lo hace bien porque lleva ventaja. Lo que hizo que una gran sonrisa se formara en su rostro.

—Con años y años de práctica —contestó la pelirroja, restando importancia con un gesto de la mano.

Melisandre frunció levemente el ceño por su respuesta, pero al instante su sonrisa volvió a aparecer.

Rose se quedó viendo un momento a su amiga y tuvo que aceptar que se veía hermosa, más de lo que normalmente se veía.

Llevaba un vestido blanco ceñido hasta la cintura y en la parte de abajo caía en volados hasta los muslos; el cabello liso y rubio le caía en cascada sobre los hombros.

Era una muñeca humana, un ángel de carne y hueso.

Y podía notar las miradas que Enzo le daba de vez en cuando.

—Iré a buscar las bebidas. —Lemus comenzó a levantarse de su asiento—. No es un festejo si no hay bebida.

—Te ayudo —dijo Enzo, poniéndose de pie.

Mel se quedó viendo por donde los muchachos se fueron y luego se giró hacia Rose, con la mirada confusa.

—¿Todo va bien? —La pregunta no se la esperaba y estuvo claro cuando miró a la chica con el ceño fruncido

—Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas?

—Mmm no sé. Es que me pareció que hay algo raro contigo y Enzo.

De forma inconsciente, Rose se giró hacia donde estaba su amigo.

Se encontraba apoyado en la barra hablando algo con Lemus mientras el barman les ponía la cerveza.

Enzo llevaba una camisa a cuadros negra con blanco que le quedaba como un guante y unos pantalones negros que a ella siempre le habían gustado.

La nostalgia la golpeó por un momento cuando se dio cuenta de que todo había cambiado, que nada sería como antes entre ellos, sin embargo ese era un pensamiento egoísta, por lo que inmediatamente lo sacudió.

Ella hizo justo lo que debía. Con su mejor sonrisa encaró a su amiga.

—Todo va bien —sonrió—. Tú estás estupenda, ¿hay algún chico al que quieras impresionar esta noche?

El tono fue juguetón, sin embargo, tenía sospechas al respecto. Mel se puso como un tomate y abrió tanto los ojos que pudieron haberse salido de sus órbitas. Rose no pudo resistirlo y soltó una carcajada.

—No me vestí para impresionar a nadie —protestó la rubia aún enrojecida, solo faltó que diera un pisotón para parecer una niña pequeña—.

Estamos festejando. La situación en sí lo ameritaba.

Además —agregó cambiando el tono a uno acusador y levantando una ceja en dirección a Rose—, yo te podría preguntar lo mismo.

Rose lejos de ruborizarse, le sonrió a su amiga de medio lado. Una sonrisa cien por ciento felina.

—A mí me gusta impresionar —se defendió, encogiéndose de hombros.

Mel la miró un instante y luego comenzó a reír negando con la cabeza, y ella, sin poder evitarlo, se contagió y se echó a reír también.

En ese momento pensó que se había reído en esos últimos meses más de lo que lo había hecho en los últimos años.

Ese era uno de los momentos más normales que había tenido en mucho tiempo, ahí, sentada en la silla de madera de un desastroso bar, tomando cerveza con amigos que no pensaba tener.

—¿Qué es tan gracioso? —Una ronda de cervezas apareció en la mesa junto a la figura de Lemus. A su lado, Enzo miraba a ambas chicas con curiosidad.

—Nada —dijeron las dos al unísono.

Ambos chicos compartieron una mirada y tomaron asiento. Lemus se sentó junto a ella y le acercó una cerveza; al otro lado de la mesa Enzo y Mel parecían estar en medio de una conversación bastante entretenida. Fue en ese instante que Rose se percató de la ausencia de alguien.

—¿Dónde está Melik? —preguntó al castaño frunciendo el ceño.

—Dijo que tenía algo que hacer y que después llegaría.

Rose movió la cabeza en comprensión. Aunque algo en todo aquello no terminaba de cuadrar del todo; pero antes de poder decir algo, una figura a espaldas de Lemus llamó su atención.

Era una chica pequeña, con cabellera castaña y mirada coqueta; demasiado coqueta para ser decente, que no dejaba de mirar en su dirección.

Rose sabía perfectamente de quién se trataba: Mireya Patrick.

Una chica con la que Lemus estuvo saliendo durante un tiempo; estaba más loca que una cabra, y siempre lo buscaba, no por afecto o despecho, era simplemente la urgencia de sexo desaforado lo que la hacía regresar al chico a su lado una y otra vez, sin entender lo que era un “no” como respuesta.

Todo el tiempo que lo estuvo investigando tuvo que aguantar su patético intento de relación.

—Hola, perdido. —La voz chillona y exagerada se vio acompañada de una mano con uñas pintadas de rojo, que descansó sobre el hombro de Lemus.

El aludido se volteó y miró la mano en su hombro con el ceño fruncido, parecía dispuesto a pedirle a quien quiera que fuera que dejara de tocarlo, pero al subir el rostro y reconocer a la chica, relajó el gesto y le dio una sonrisa.

—Hola, Mireya.

Lemus le estaba sonriendo a la recién llegada.

Una sonrisa de las grandes, y Rose no entendía por qué eso le afectaba.

En ese momento miles de emociones se postraron en la boca de su estómago arrasando como aves hasta llegar a su pecho.

Y no eran mariposas, estas parecían buitres despedazando su interior pedazo a pedazo, dejándola sin respiración.

Eso no debería estar pasándole. No tenía por qué sentirse de esa forma.

—¿Quieres bailar? —preguntó Mireya, empezando a mover en círculos su mano sobre los brazos del castaño, mano que ella parecía no poder dejar de mirar.

Rose estaba a punto de decirle algo a la pequeña zorra y de sacarle luego los ojos a Lemus como se atreviera a decirle que sí.

No le importaba si no era su problema, ella tampoco quería sentirse de esa manera pero, al parecer no podía evitarlo.

Por suerte unos rizos dorados entraron por la puerta captando su atención y se dirigieron a la barra, evitando así que se pusiera en ridículo, por lo que, sin decir nada, se colocó de pie y se dispuso a ir directo donde el cantinero.

—¿A dónde vas? —La mano de Lemus se había enrollado en su antebrazo deteniendo su salida. Tenía el ceño fruncido mientras la veía. Eso solo hizo que una oleada de rabia despertara en su interior.

—Tengo algo que hacer —contestó, y se liberó de su agarre. Le miró a él y luego a Mireya, para agregar en voz no tan baja—. Por lo visto tú también.

No se quedó esperando ver la reacción de Lemus.

Había actuado como una chiquilla quejumbrosa y sabía que, cuando la rabia se fuera, se iba a arrepentir de lo que hizo, y que él la molestaría por siempre debido a ello.

Se mezcló con el resto de la clientela hasta llegar a la barra, jaló un taburete y se sentó junto a la persona que estaba buscando.

—Hola, guapo —dijo golpeando el hombro del rubio con el suyo.

Melik dio un respingo al contacto pero al verla le sonrió. Aún seguía teniendo el rostro un poco maltratado por los acontecimientos recientes, pero con eso y todo, seguía pareciendo una maldita pintura.

—Hola, guapa. —Melik le sonrió de regreso. Aunque Rose se fijó en que la sonrisa no llegaba a sus ojos.

—¿Por qué tan solo? Pensaba que el día de hoy era para festejar.

Melik bajó la vista a la bebida que sostenía entre las manos. Una risa desganada se escapó de sus labios. Luego sacudió su melena y volvió a mirar a Rose.

—Tienes razón —dijo, intentando que la voz saliera con fuerza, e hizo un gesto al cantinero para que le trajera a Rose una bebida; esa vez su sonrisa fue un poco más sincera—. Por cierto, felicidades, hicieron un buen trabajo.

Le sonrió de regreso, pero quedó inconforme con su respuesta. Le pasaba algo, ella lo sabía, podía notarlo en su semblante; no tenía esa actitud activa de siempre. Así que, arriesgándose a que se enfadara, se acercó un poco más para que solo él la escuchara al murmurar.

—No estarás así por cierto romance a escondidas que tienes, ¿o sí?

La cabeza de Melik se inclinó hacia ella, sus ojos llenos de miedo la observaban con detenimiento. El miedo parecía haberse apoderado de él y por un momento, Rose quiso golpearse por haber abierto su maldita boca.

—Tú… es que... tu ¿cómo lo sabes? —La empatía que Rose ya sentía hacia Melik solo aumentó al ver la incertidumbre en los ojos del chico— ¿Qué sabes? —Esto último lo dijo inclinándose hacia su bebida y alejando la vista de ella.

—Lo sé todo —dijo Rose en voz baja. Sintiéndose mal por haber sacado el tema—. Los investigué, ¿recuerdas?

Los dedos del rubio se movían nerviosos sobre la barra. Melik aún no había querido mirarla.

—Y ¿por qué nunca has dicho nada? Ni una sola vez has dicho un comentario al respecto.

Esa vez fue ella quien esbozó un gesto triste y ausente.

—Reconozco a una persona cuando está guardando secretos; y yo no soy nadie para hacer públicos los tuyos. Además, ya tengo bastante con los propios.

Melik levantó la cabeza y por fin la miró.

Sus ojos la escudriñaron por unos segundos, como si estuviera esperando algo: el golpe final por parte de ella.

Al ver que nada más salía de sus labios poco a poco dejo salir el aliento.

Se veía cansado y extremadamente triste y ella quiso borrar ese gesto de inmediato de su rostro, por lo que se acercó un poco más a él y lo abrazó como nunca lo había hecho, llevando su rostro al lugar donde se unía el cuello y el hombro del chico.

Melik quedó inmóvil por un segundo, antes de pasar su brazo sobre los hombros de ella.

El gesto era tan nuevo que Rose tuvo que apretar los ojos y repetir que era real.

Ella tenía amigos, amigos a los cuales abrazar cuando se sentían mal.

—No voy a decir nada —murmuró contra su piel—. Pero me gustaría saber qué pasó —dijo alejándose un poco para verlo a los ojos—. La última vez que los vi se veían bastante deseosos. —Lo último lo dijo en tono juguetón, sacándole una sonrisa no del todo real al chico.

—Amor y deseo son cosas distintas. No siempre se ama lo que se desea. —El chico fijó la mirada al frente, perdiéndose en sus pensamientos—. Yo quiero amor.

El corazón de Rose dio un brinco ante las palabras de Melik. Ella entendía lo que él decía; sabía lo que se sentía querer algo más de lo que se tiene. Así que volvió a recostar su rostro en el pecho del chico.

—El amor es lo que todos buscan y pocos encuentran. Tú serás de aquellos que lo encuentren —le habló decidida, tratando de transmitirle esa misma seguridad a él.

—¿Cómo lo sabes? —Esos grandes y hermosos ojos estaban mirándola suplicante. Rose le regaló la mejor de sus sonrisas.

—Por favor, ¿qué hombre en sus cinco sentidos no podría amarte, Melik? —contestó la chica como si eso fuera lo más obvio del mundo.