22
“Somos de quien encuentra en nuestro desastre felicidad”
—J. Wailen.
Lemus
H abían pasado cinco días desde la entrega de los suministros. Cinco días desde la última vez que vio a Rose y el padre le había contado la historia detrás de la caída de la monarquía. Lemus sentía que nunca había estado tan confundido como ahora.
El día siguiente a la entrega de suministros, su hermana había entrado a su habitación dando vítores, repitiendo una y otra vez que lo habían hecho, que Rose lo había logrado.
Él tuvo que morderse la lengua para no decirle que en ningún momento dudó que lo hiciera.
Sin embargo, eso no le había impedido pasar la noche en vela pensando en si ella estaría bien, incluso debía aceptar que sintió preocupación por el niño de papi, quien para ser justos cada vez le agradaba más.
La cereza del pastel se la llevó ese día su abuela, Ruth.
Quien con el rostro tranquilo le preguntó si aquella entrega no sería obra de su amiga la pelirroja.
El pánico le tocó la puerta en esos momentos, y no porque no confiara en su abuela, sino porque el solo pensar en ella envuelta en todo ese caos le ponía los nervios de punta.
Sin embargo, la mujer no era tonta, y así se lo hizo saber cuándo le afirmó que estaba orgullosa de él y de lo que estaba haciendo, y que sabía que sus padres también lo estarían.
Esas palabras las llevaba tatuadas en su mente.
Ahora, tres días después, por ridículo que fuera, se encontraba en su casa como un niño en la etapa de la pubertad, esperando que fuera el momento de encontrarse con Rose en la taberna para llevar a cabo lo que ella denominó: “el festejo”, y celebrar el golpe y la entrega.
La anticipación que sentía al pensar en verla lo tenía desconcertado, llevaba meses conociéndola y nunca se había sentido de esta manera antes.
Para colmo de males, tuvo la pésima idea de intentar hablarlo con Melik.
Él no había dejado de reír, estaba siendo un verdadero dolor en el culo, desde el momento en qué decidió hacerla de cupido.
La vibración proveniente de su celular le ayudó a no matar a su hermano mientras revisaba el móvil, sin embargo eso solo empeoró la situación al ver que se trataba de un mensaje de Rose.
Dos palabras escritas allí eran lo único que había y aun así, fue imposible reprimir la sonrisa que ya empezaba a nacer de sus labios cuando lo leyó: “Dynasty Bar”.
—¿Quién ha sido? —La voz de Melik resonó a su lado, curiosa y burlona como siempre. Él se había olvidado por completo de su presencia—. Tienes cara de idiota —agregó sonriendo.
—No tengo cara de idiota. —El quejido lo hizo parecer un niño de tres años. Lo que hizo que el rubio sonriera aún más.
Con una velocidad impresionante, Melik arrebató el celular de sus manos y los ojos se le ampliaron en cuanto leyó el mensaje, para acto seguido estallar en carcajadas.
—¡Lo sabía! —Comenzó a gritar el rubio a su lado sin dejar de reír—. Son tal para cual, siempre lo supe.
Lemus arrebató el celular de las manos refunfuñando cosas por lo bajo.
—No sé de qué estás hablando. Solo está pasando una dirección —Puso todos sus esfuerzos en parecer indiferente, sin embargo no lo logró del todo—. ¡Y deja de reírte!
Melik frenó en seco, tenía las mejillas sonrojadas a causa de la risa y lo quedó viendo con el rostro serio.
—¡Oh! Estás en la etapa de la negación. —El rubio lo veía curioso, sabía que estaba buscando hacerlo estallar y lo estaba logrando.
La rabia empezaba a hacer acto de presencia en Lemus—.
Bueno, es comprensible. En vista que parecen perros y gatos la mayor parte del tiempo te debe costar un montón reconocer que Rose te…
—Ni siquiera te atrevas a terminar esa frase —espetó alzando la voz. El terror se filtraba en su voz.
Melik soltó una última risita y levantó ambas manos en su dirección.
Había logrado remover algo en su interior; él nunca se había parado a pensar que era lo que sentía por Rose.
Corrección, nunca se había preguntado si sentía algo por ella; porque hasta hacía unas semanas estaba seguro que no había nada más que bromas y compañerismo, con un poco de coqueteo inocente de vez en cuando, claro.
Incluso llegó a pensar que no se soportaban, pero últimamente todo era distinto; se ponía nervioso con su cercanía y a la vez no quería alejarse de ella.
Ansiaba descubrir nuevas expresiones y miradas en su rostro, que por más absurdo que sea, sentía que eran solo para él.
Ellos habían compartido algunos momentos, en especial en los últimos días, en su casa, pero nunca había pasado nada. Sin embargo ahora, mientras pensaba en la remota posibilidad de besarla algo se apretujaba en su estómago. Estaba jodido.
Rose
Estaba demasiado silencioso, todo se había enmudecido a su alrededor, pero aún con los ojos cerrados sabía que ellos estaban ahí, respirando cerca de ella. Hablando de cosas que no entendía, pero que sabía, por lo que Gabe había dicho, no eran buenas.
Su pijama estaba mojado, no solo porque se había hecho encima, sino porque la sangre lo cubría todo, podía sentirla en cada parte de su piel, viscosa y espesa.
Trató de nivelar su respiración, ellos no podían saber que estaba despierta, no podían. Los murmullos se hicieron audibles y entre todas las voces una sobresalió. Ella conocía esa voz y entonces un atisbo de esperanza se encendió en su pecho al creer que habían venido a ayudar, a salvarlos.
Con mucho cuidado para evitar que la vieran, abrió los ojos, solo una rendija, para comprobar que sus oídos no la traicionaban y entonces lo vio…
el perfil delineado, la nariz recta, y cuando se giró hacia ella casi pudo haber sollozado de felicidad de no haber sido por la mirada helada en sus ojos azules.
No había dolor, ni pesar mientras veía hacia su cuerpo y los que estaban junto a ella en el suelo. De pronto, una mano grande, cubierta por guantes negros de cuero, se posó en el hombre del chico que creyó su amigo, y supo que no había salvación.
Había llegado el día del esperado festejo. Ella estuvo dilatando la fecha todo lo que pudo, necesitaba tiempo para que todo se diera como lo tenía planeado, y si todo marchaba según el plan, ese podría ser un día decisivo para ellos.
Esa noche a pesar de llevar vestido había decidido que lo mejor era llegar al bar en la motocicleta, las cosas estaban inquietas en la ciudad y tener un escape rápido era lo mejor que se le podía ocurrir.
Enzo, quien también iría a verse con los demás, se había negado a viajar con ella y había decidido llevar el auto diciendo que era mejor tener dos opciones de huida.
Ella sabía que esa no era más que una excusa para mantenerse alejado.
Tal como venía haciendo desde su última conversación sobre ellos, aquel día en el tejado.
Rose sabía que no tenía derecho a decirle nada, él estaba llevando la situación como mejor podía, y aunque ella quisiera seguir teniéndolo a su lado como un amigo, no podía hacer nada para obligarlo. Debía esperar a que él se sintiera listo.
En todo el camino no había dejado de darle vueltas en su cabeza a lo que estaba a punto de suceder; era como dejar otro pedazo de su vida al descubierto y debía aceptar que estaba un poco aterrada.
Luego de que el padre Sirilo contara aquella historia a Lemus, se sentía vulnerable; lo cual era algo estúpido, teniendo en cuenta que él era indiferente a todo.
Era indiferente a ella; y eso también la enojaba, más de lo que quería aceptar.
Al llegar pudo sentir como algunos curiosos se giraban para verla a ella y Enzo entrar en la taberna.
Los cuchicheos de su llegada habían cesado desde que empezó a juntarse con Lemus y los mellizos, sin embargo, Enzo era otro cantar.
Él no había estado en Nottingham el suficiente tiempo para que la gente lo reconociera, antes de partir a la misión de reconocimiento en las casas seguras, por lo que su repentina llegada tenía, nuevamente, a todos hablando de ellos.
Ignoraron las miradas y entraron en la taberna dispuestos a buscar a sus amigos.
Los ojos de Rose escanearon todo el lugar esperando ver un rostro conocido, cuando aquella melena castaña clara y rebelde estuvo a la vista.
Cómo si hubiese sentido su mirada fija en él, Lemus levantó el rostro y lo paseó por la taberna hasta que su mirada se encontró con la suya.
Aquellos ojos de tormenta barrieron su cuerpo entero, desde los zapatos de tacón hasta el vestido negro y transparente que cubría su torso y que sabía no dejaba mucho a la imaginación.
Cómo un depredador a punto de atacar, Lemus se puso de pie y caminó hacia dónde ellos estaban.
Sin poder evitarlo, se encontró contemplando cada pequeño detalle de su apariencia.
Llevaba puesto un buzo color crema ceñido al cuerpo, que resaltaba cada uno de los músculos de su torso y se adhería a sus brazos como una segunda piel, encima tenía una chaqueta negra de cuero sin mangas, el cabello suelto le caía desordenado sobre la cara; cada vez que veía eso ponía todo su control para no retirar los mechones que colgaban sobre sus ojos.
Cuando lo tuvo en frente se permitió pasear la mirada de abajo hacia arriba, tal como él lo había hecho hacía un momento con ella.
Cuando llegó a su rostro, notó que seguía mirándola y, sin apartar la mirada, le regaló una sonrisa que casi la hace temblar antes de dirigirse a Enzo; que estaba a su lado, y extendió un brazo que su amigo no dudó en corresponder.
—Enzo —dijo Lemus a modo de saludo. Con una leve inclinación de cabeza.
Rose sospechaba que en el fondo a Lemus no le desagradaba Enzo como quería hacer parecer.
—Lemus.
—Lo de hace unos días, la entrega, fue impresionante, hombre. —La voz del castaño se escuchaba honesta, incluso emocionada—. Gracias.
Lemus le había dado un cumplido real a Enzo. Y por la expresión sorprendida del aludido, Rose sabía que lo había notado.
—Somos un equipo, es lo que hacemos. —Enzo sonrió y Rose quiso tomar una foto del momento y guardarla para que la vieran cada vez que volvieran a comportarse como simios—. Iré a saludar —agregó, señalando con la cabeza a Mel que estaba sentada en una mesa a unos metros de ellos.
Lemus dio un paso hacia ella cuando quedaron solos. Rose pudo notar por el rabillo del ojo que estaban a una mano de distancia y aun así ella no se atrevía a llevar sus ojos nuevamente a los suyos. Pero fue inevitable cuando sintió su aliento rozar su nuca.
—Te ves hermosa. — Y sin decir más, Lemus dejó caer un beso sobre su mejilla.
En ese instante un huracán se apoderó de su estómago.
Estaba nerviosa y realmente no entendía por qué.
Ella no era de ponerse así por un hombre, aunque ciertamente su experiencia cercana con estos se reducía a Enzo, pero con él las cosas nunca fueron así de intensas y arrolladoras, con él todo había sido lento, casi como un calmante.
Pero cuando se trataba de Lemus, nunca nada era como ella creía.
—Gracias, tú no estás tan mal, FitzGerald.
Él la estaba mirando detenidamente. No había una sonrisa burlona en su rostro, simplemente una determinación enorme en su mirada que ella no sabía cómo interpretar.
Era como si quisiera grabar cada rasgo de su rostro, buscando algo en él.
Ese pensamiento encendió algo en su interior, se permitió creer que él empezaba a entender.
Sin embargo, eso no impidió que su mirada hiciera que un rubor tiñera ridículamente sus mejillas, por lo que decidió que lo mejor era desviar la mirada hacia la mesa donde se encontraban los demás.
—¿Vamos?
—Vamos. —Lemus sonrió de lado y colocó una mano sobre su espalda baja antes de llevarla hacia la mesa.