21
Enzo
—Demonios. —Enzo estaba ayudando a Rose a incorporarse—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy bien. —A parte de verse un poco pálida, tal vez debido al susto, los ojos de Enzo coincidieron con su declaración. Estaba bien—. Tenemos que salir de aquí antes de que ellos lleguen.
Él asintió y paseó la mirada por el lugar, buscando alguna salida rápida.
Apenas empezaban con la ayuda, si los atrapaban, entonces toda la esperanza se iría con ellos.
La casa en que estaban era baja y de una sola planta, lo que hacía que fueran blancos fáciles de ver, tenían que buscar donde ocultarse y rápido.
A dos casas de ellos, en el patio de una de las viviendas, la puerta trasera se encontraba abierta. Podrían saltar al patio y luego salir por la puerta.
—¿Trajiste las máscaras? —La voz de Enzo estaba ansiosa. La luz de la linterna se veía cada vez más cerca.
—¿Ah?
—Las máscaras, Rose. —Le señaló hacia la casa donde la puerta de vaivén se movía con el viento.
Los herrajes del cerebro de ella casi se podían vislumbrar a través del brillo que atravesaba sus ojos.
Rose le dio una sonrisa traviesa que hizo que su corazón se acelerara, mientras introducía la mano en el bolso que llevaba cruzado y sacaba dos máscaras; un zorro y un mapache.
El ceño fruncido en su frente fue inmediato.
—¿Por qué soy un mapache?
—¿Qué tiene de malo el mapache? —El tono inocente de Rose solo hizo que su expresión fuese más profunda—. Tú dijiste que podía escoger el animal que yo quisiera —concluyó ella encogiéndose de hombros.
—Sí, lo sé, pero pudiste elegir un tigre o un oso, ¿por qué demonios un mapache?
Rose volteó los ojos y se colocó su máscara.
—Deja de lloriquear, Enzo, por si no lo sabías, los mapaches son animales nocturnos, tienen un agudo sentido del olfato y lo mejor de todo…
—Una sonrisa se formó en su rostro, de esas que solo le decía que lo que fuera que iba a decir ella, no le iba a gustar—.
Son excelentes trepadores. —Su boca casi pudo caer al suelo al verla hacerle un guiño y tomar los suministros e irse sin dejarlo siquiera decir una palabra.
Ambos avanzaron lo más rápido posible yendo de tejado en tejado; la luz de las linternas estaba cada vez más cerca y ya podían escuchar las voces de los soldados que se acercaban.
Cuando llegaron a la casa que tenía la puerta abierta, se miraron por un instante sopesando lo que estaban a punto de hacer, pero no tuvieron tiempo de considerarlo pues la voz de uno de los soldados se escuchó desde abajo.
—¿Quién está ahí?
Sin mediar palabra se dejaron caer en el patio de la casa, justo cuando la linterna enfocó el tejado.
—Eso estuvo cerca —dijo en un murmullo, dejando caer al suelo las provisiones
—Demasiado —concordó la chica.
Rose comenzó a avanzar hacia él para recoger las cosas y largarse de allí por la puerta trasera que, tal como habían visto hace un momento, estaba abierta.
No había dado más de tres pasos cuando escuchó el sonido de un arma cargada.
Ambos se quedaron quietos y llevaron sus manos al tahalí donde tenían sus armas antes de girar el rostro, y encontrarse de frente con un hombre en sus cuarenta años que los estaba apuntando con una escopeta.
Tenía el cabello oscuro al igual que sus ojos, pero cuando los vio con las máscaras puestas el agarre en su arma se aflojó un poco.
—Son… son… pero… —La sorpresa teñía cada palabra que salía del hombre—. ¿Qué están haciendo aquí?
Al parecer, Rose tenía razón y gracias a las máscaras se habían hecho famosos entre la gente de la ciudad. Con mucho cuidado, Enzo metió una mano dentro del saco que llevaba, lo que hizo que el hombre de la escopeta se tensara perceptiblemente, y sacó una de las cajas armadas con provisiones.
—Estamos dándoles lo que se les ha negado —dijo, tendiendo la caja al hombre.
Este miraba con algo de desconfianza lo que le ofrecían, pero antes de que pudiera negarse, Rose la tomó de sus manos, la abrió y le mostró su contenido.
—Es para usted, por favor acéptelo.
Aun con algo de recelo, el hombre bajó la escopeta y caminó hacia ellos para tomar lo que le ofrecían.
—Gracias.
En ese momento la luz de las linternas, provenientes de afuera, volvieron a iluminar el tejado y los murmullos se hicieron claras palabras audibles.
Enzo y Rose se pegaron instintivamente a la pared, sin importarles si podían o no verlos.
El dueño de la casa no demoró en percatarse de lo que sucedía y con cautela se acercó a ellos y colocó un brazo en el hombro de Enzo.
—Tranquilos, ya se cansarán de buscar. —Y sin pensarlo mucho extendió una mano hacia ellos—. Soy Marcos.
Enzo le estrechó la mano al igual que Rose; después de unos instantes Marcos se aclaró la garganta y volvió hablar.
—Y ustedes son…
Tanto Enzo como Rose rieron y negaron con la cabeza. Era mejor no involucrar a nadie más en esto. Al menos no por ahora.
—Buen intento, Marcos. —Enzo palmeó la espalda del hombre—. Pero es mejor si no lo sabes.
—Pero no dudes que estamos muy agradecidos por tu ayuda —agregó Rose con una sonrisa.
Marcos los miró a ambos por un instante y luego les devolvió la sonrisa.
—Cada vez que lo necesiten —dijo el hombre con convicción—. No lo duden.
Una hora y cuarenta minutos después de irse de la casa de Marcos, terminaron de realizar todos los repartos y los dos estaban exhaustos.
Aún les quedaba más de media hora para la medianoche, por lo que se encontraban tendidos sobre un tejado, con el cuerpo cansado y las respiraciones pesadas, mirando hacia el cielo estrellado.
El hombro sano de Rose rozaba ligeramente con el suyo, y aunque solo era un roce, hacía que la piel se le pusiera de gallina, y no supo si fue por la adrenalina de la noche o la cercanía de su cuerpo, pero las palabras salieron solas de su boca.
—Cuando dijiste que las cosas ya no podían ser como antes, no lo decías solo porque me fui, ¿no es así?
Rose se encontraba a su lado y al escucharlo volteó su rostro hacia él. Parecía haberla cogido por sorpresa, sus enormes ojos detallaron todo el rostro de Enzo; luego de unos segundos volvió a mirar el cielo dejando que un suspiro escapara de sus labios.
—No, no es solo porque te fuiste.
La voz de Rose era clara, no hubo vacilación en sus palabras y Enzo sintió como su pecho crujió al escucharla. Sin embargo, sus preguntas apenas habían empezado y al parecer ella estaba dispuesta a contestar.
—¿Es por Lemus? —Esa era una de las cosas que lo estaba atormentando.
—No. Bueno, no lo sé —dijo al fin, pasando una mano por su rostro, claramente frustrada—. Las cosas han cambiado Enzo, yo he cambiado.
Por supuesto que había cambiado. El primer día después de haber vuelto de su misión se dio cuenta. Ella seguía siendo Rose, pero una que se permitía reír más seguido, se veía más tranquila. ¡Tenía amigos, por Dios!, amigos aparte de él. Y eso lo llevó a una conclusión:
—Tus sentimientos han cambiado.
No era una pregunta, fue más bien una afirmación de lo que había descubierto. Trató sin éxito alguno de ocultar el dolor en su voz.
Rose lo miró. Sus ojos se estaban cristalizando y cuando habló, su voz salió rota.
—Lo lamento tanto, Enzo; lo último que quería era lastimarte. No lo quería así, no esperaba que nada de esto pasara, ni siquiera sé qué es lo que está pasando y eso me frustra tanto. Pero lo que sí sé es que no quiero lastimarte, pero tampoco puedo estar contigo, no como quieres.
Él se incorporó rápidamente y la hizo sentarse a su lado, tomándola gentilmente de los brazos y colocó ambas manos sobre sus hombros para hacer que lo viera.
—Lo sé. Fui yo quien te lastimó a ti —dijo acariciando con los dedos los hombros de ella—. Y si las cosas no son como antes y debemos pasar la página, es debido a mí, tú no has hecho nada mal, amor.
Ella lo miró fijamente a los ojos, luego colocó sus manos sobre las de él.
—Me gustaría pasar la página, sin tener que arrancarla. —Su voz era un susurro ahogado que logró conmover y revolver todo su interior.
Él le dedicó una sonrisa triste, y pasó la mano de su hombro a su mejilla.
—Ese tipo de páginas no pueden arrancarse, las llevamos grabadas aquí —tocó con el dedo índice la cabeza de Rose—. Y aquí —continuó, tocando su corazón.
Y sabiendo que sería la última vez que podría hacerlo, acercó su rostro al de ella. Rose lo miró fijamente entendiendo lo que él le estaba pidiendo y sin decir nada más cerró la distancia entre ellos; juntando sus labios con los de él en un vibrante, amoroso y triste último beso.