20
Enzo
Cuando volvió a ingresar en la casa, luego de su inusual, pero civilizada charla con Lemus se encontró a Rose hablando animadamente con Sophia en la cocina.
Por una fracción de segundo, mientras la observaba desde el umbral, sus ojos se encontraron.
Ella sostuvo su mirada y luego dejó escapar un leve suspiro antes de acercarse a él.
—Deja de mirarme así. —No pudo retener la sonrisa que se formó en sus labios ante el tono aniñado que utilizó Rose.
—¿Así como?
—Como si me estuvieses regañando con la mirada
Él negó con la cabeza y dejó escapar una sonrisa.
—No lo hago. Solo estoy un poco confundido.
Ella apartó rápidamente los ojos, y él supo que lo mejor sería dejar el tema ahí. Después podría volver a tocarlo, pero ahora mismo lo mejor sería pasar a otro asunto y eso era justo lo que haría.
—Hoy haremos la entrega de los suministros, ¿verdad?
Ahí estaba de nuevo la mirada sobre él, y notó como todo en ella se relajaba en agradecimiento por el cambio de tema.
—Sí, deberíamos comenzar cuando empiece el anochecer, y estar de regreso para la medianoche.
Esa sería una larga noche.
—Tal vez deberíamos repasar el plan y así empezamos a organizar todo. —Él sabía que una distracción era lo que Rose necesitaba.
Llevaba diez años de haberla conocido y podría decir que nunca había visto a alguien más fuerte que ella, que afrontaba la vida y los golpes de la manera en que lo hacía.
Él había sido no más que un chiquillo huérfano que todavía soñaba despierto cuando se conocieron, pero Rose, aún con una muy corta edad, pensaba en planes, estrategias y justicia.
Fue imposible no enamorarse. Pero eso era pasado.
Ambos se dirigieron al salón subterráneo que había en la casa segura, donde seguían escondidos los suministros.
Tenía que enfocarse en el plan. Iban a organizar paquetes con distintos alimentos y medicinas.
Los cuales se repartirían dentro de cajas de cartón, de esas que daban en el mercado, así sería imposible seguir el rastro.
Lo complicado llegaba cuando se hablaba de cómo lo harían.
Tanto Rose como él eran expertos en escalar y caminar por superficies poco convencionales; cortesía del entrenamiento en las casas seguras, así que utilizarían eso a su favor.
Dividirían las cajas en cuatro grandes sacos de lona, y las llevarían en su vehículo hasta una de las entradas menos transitadas de la ciudad, que colindaba con los barrios más pobres.
Ahí debían empezar a moverse por las sombras hasta alcanzar el primer tejado, desde donde seguirían su camino sin que los vieran, mientras iban dejando las cajas en las puertas de cada vivienda.
Estuvieron al menos dos horas repasando el plan, sacando los pros y contras de cada acción, y decidieron que, aunque sería agotador, lo mejor era llevar los sacos a mano una vez llegaran a la entrada e irse moviendo con ellos.
Enzo empezó a subir todo en el vehículo.
No pudo evitar sentirse nervioso, desde que volvió, esta era la primera misión oficial que haría con Rose y la familiaridad de todo lo envolvía, pasarían toda la noche juntos.
Como en los viejos tiempos; solo que ya nada era como antes.
El sonido de una puerta a sus espaldas le indicó que Rose había llegado y al voltear se encontró con que ella ya estaba lista y mirando todo con cuidado.
—Debiste esperarme, te pude ayudar a cargar. —En un segundo la tuvo a su lado frunciendo el ceño.
—No es necesario, ya está listo —contestó metiendo el último saco al auto—. ¿Nos vamos?
El camino en el auto estaba siendo más silencioso de lo que le hubiera gustado, creía, o más bien, esperaba que hacer esta misión les recordara a ambos cómo eran cuando estaban juntos.
Después de unos minutos se atrevió a mirar en su dirección.
Rose tenía la vista fija hacia fuera de la ventana; estaba con el semblante perdido e increíblemente callada.
No pudo evitar el impulso y acercó su mano a la de ella y le dio un leve apretón; ella se sobresaltó un poco, pero luego le sonrió.
—¿Estás bien? —preguntó, sabiendo que no debería tocar el tema, pero no pudo evitarlo—. Me refiero con lo que ocurrió en la iglesia más temprano… Con Lemus.
No era ciego y aunque le doliera admitirlo podía notar que algo estaba pasando entre esos dos.
Al comienzo ella había dicho que solo eran compañeros y así parecía, pero ahora, después de la reunión, ya no estaba seguro.
La forma en que ella reaccionó cuando el padre le contó lo sucedido a Lemus, el dolor que había en sus ojos…
ahí sucedía algo. Y lo peor de todo era que a pesar de la actitud arrogante e irritante de Lemus, Enzo notaba que le importaba.
Tal vez más de lo que el mismo chico se había dado cuenta.
Ella volvió a mirar por la ventana antes de contestarle.
—Sí, estoy bien, solo… Solo no esperaba esa conversación, todo lo que él dijo sobre las muertes de sus padres. No estaba lista.
Entendía, por supuesto que lo hacía. Ella también revivió la muerte de sus padres y eso no debe ser fácil.
Él, en cambio, creció sin padres, huérfano de nacimiento, pero ella, al igual que Lemus, había tenido un hogar, había sentido el amor de su familia y el día del golpe contra los reyes habían pasado a convertirse en uno más de los huérfanos de Inglaterra.
—Y ¿cuándo crees que tendrán la otra conversación? —Él empleó su tono más cauteloso para no parecer que la estaba presionando.
Ella estaba guardando demasiados secretos y eso nunca era bueno, en cualquier momento estos iban a estrellarse en su cara.
Y por lo poco que había conocido de Lemus, podía atreverse a decir que no era fan de aquello.
Rose guardó silencio por un momento demasiado largo que le hizo pensar que no le iba a contestar, pero luego dejó escapar un suspiro mientras negaba con la cabeza.
—Aún no es el momento, Enzo.
Eso era todo lo que necesitaba escuchar para dar por terminado el tema. No la iba a presionar para hacer algo para lo que no se sentía lista. Ya llegaría el momento, aunque esperaba que fuese más pronto que tarde.
—Entiendo, no hay problema, amor. —Apenas las palabras salieron de su boca, se arrepintió. Pero no pudo evitarlo, no fue intencional, era solo la costumbre—. Lo lamento yo… yo no quise…
—Está bien —lo interrumpió Rose, y esta vez fue ella la que apretó sutilmente su mano—. No pasa nada.
Cuando llegaron al primer barrio al que llevarían los suministros, uno de los más retirados y, para su suerte, el más cercano al bosque, aún se podía apreciar a algunas personas caminando en la calle y unos pocos soldados haciendo su respectiva ronda.
Faltaban poco más de dos horas para la medianoche, y por ende el toque de queda.
Dejaron el carro oculto en la entrada del bosque para seguir avanzando a pie desde allí y llevar ellos mismos las provisiones.
Una vez que estuvieron ocultos detrás de uno de los edificios antiguos de piedra; que años atrás había servido como oficinas de servicio público, y en la actualidad solo era un cementerio de escombros; Enzo tomó su posición para vigilar el perímetro mientras Rose trepaba ágilmente por el edificio.
La chica llevaba una cuerda de la mano que se conectaba con uno de los sacos de suministros.
Junto con ella, el saco subía silenciosamente por la edificación en ruinas; cuando estuvo en la cima, le volvió a lanzar la cuerda a Enzo para repetir la acción, hasta que él subió tras ella llevando el último saco de provisiones.
Todo estaba marchando según el plan, ya habían dejado las cajas en al menos diez casas y Rose, aunque jadeaba y estaba sudada, parecía mucho más tranquila que en la tarde o como se veía en el vehículo. Se estaba riendo y haciendo chistes, cosa que a él le encantaba.
—Sigues siendo pésimo escalando —comentó Rose entre risas.
Enzo la miró con un fingido gesto de ofendido, llevando una de sus manos hasta el pecho.
—Lo lamento, señorita, tomé clases de gimnasia por más de cuatro años. —La pelirroja giró los ojos con una sonrisa en los labios—. Se podría decir que haces trampa, me llevas ventaja. Deberías darme un rango de cinco minutos de delantera.
Rose estalló en una carcajada. Tal vez era toda la tensión acumulada que llevaba en el cuerpo sin querer salir, pero ahora la risa no cesaba de ella, tanto así que se agarraba el estómago mientras reía, y fue inevitable para Enzo no contagiarse también.
Entonces todo pasó demasiado rápido. Rose tropezó con una teja que estaba suelta y la hizo perder el equilibrio.
Enzo se apresuró a alcanzarla justo cuando caía del tejado; ella quedó colgando con medio cuerpo fuera del techo, mientras que la teja se reventaba contra el pavimento causando un estruendo.
Desde lo lejos, la luz de una linterna se encendió en su dirección… los soldados iban en camino.