19
Lemus
E l padre Sirilo se acomoda en su lugar antes de empezar a hablar con voz pausada y clara.
—Inglaterra como cualquier otro país, tenía problemas económicos y sociales.
Y al igual que el resto, hacía lo posible por superarlos.
Hace unos quince años la recesión económica nos golpeó de manera violenta, cada vez entraba menos dinero al país, los empleos se perdieron debido a que las empresas cerraban cada día y la mayoría de países aliados ya habían caído en el mismo problema; ante esta situación, el ejército presentó una propuesta a los reyes, una en la que los ciudadanos eran reasignados por sectores, en la que la gente era controlada y los salarios reducidos, ¿te suena de algo?
—preguntó el padre, quien no esperó a su respuesta para seguir con el relato.
—La realeza se negó rotundamente, tal como lo había hecho las dos veces anteriores que la propuesta les había sido presentada.
Ellos tenían la esperanza de que las cosas podían mejorar; estaban haciendo tratados de la mano del primer ministro y pidiendo ayuda a algunos de los países que seguían estando fuertes como era Escocia.
Pero entonces las cosas empeoraron y las personas empezaron a caer en la desesperación y fue en ese momento en que el Régimen se aprovechó; envenenó la mente de los más necesitados, los cuales no lo dudaron y se alzaron en armas contra la monarquía.
No hay cosa más peligrosa que la desesperación, el miedo y ellos lo sabían y lo usaron sin importarles la sangre inocente que se derramara de por medio.
Los príncipes. El pensamiento llegó tan rápido e inesperado que sintió que un peso se formó en su pecho.
Ese era otro de los recuerdos que había enterrado.
Se había propuesto culpar a los reyes, pero al mismo tiempo no supo cómo afrontar la muerte de los príncipes.
Él había jugado con ellos por años, Stephan era su amigo, eran sus amigos y en los últimos diez años se había dedicado a olvidarlo.
Cuando Lemus volvió a mirar al cura tenía los ojos húmedos, y el sacerdote se veía como una persona que había estado luchando durante mucho, mucho tiempo.
—Puede que tú sientas que ellos le dieron la espalda al pueblo —prosiguió el hombre con la voz firme a pesar de lo que transmitían sus ojos—.
Pero créeme muchacho cuando te digo que no fue así.
Simplemente no tenían una solución instantánea; sin embargo, el rey designó el 30% de su reserva personal a los sectores más afectados, pero eran demasiados y no daba abasto.
Al final, cinco años después de la propuesta, el ejército tomó el palacio y los asesinó a todos.
Ahí estaba de nuevo el pinchazo de dolor que no había sentido desde hace años, el remordimiento.
Estaba sin palabras, él no tenía ni idea de nada de lo que acababa de escuchar.
Pero no había sido su culpa, tampoco podía saberlo; era un niño cuando todo ocurrió.
Si bien puede que los reyes no impidieran la pobreza, tampoco eran los causantes.
Fueron víctimas de ella igual que el resto; inconsciente de lo que hacía, se volvió para mirar a Rose.
Ella tenía sus ojos fijos en él, húmedos, y de ellos, una solitaria lágrima resbaló por su mejilla.
—Lo lamento. —La voz de Rose era casi un susurro, había salido rota de su garganta.
Él no sabía a qué se refería, pensó que se disculpaba por su pérdida, como la gente suele decirle a otro cuando pierde un familiar. Pero ella no era la culpable de nada de lo que había pasado. Lentamente, y sin estar muy seguro de sus acciones, se puso de pie y caminó hacia donde Rose estaba.
—No tienes porqué disculparte, no es tu culpa, bella —extendió su mano y secó las lágrimas que volvían a caer por sus mejillas.
Y tal vez, guiado por la fragilidad que ella desprendía en ese momento, se permitió acunar su rostro con ambas manos, sin importarle quién más estaba en la habitación.
Sentía la arrolladora necesidad de quitar la tristeza de sus ojos.
—Tú misma lo dijiste el día en que nos conocimos: compartimos el mismo dolor. —Lemus le acariciaba con los pulgares el rostro, fascinado con el hecho de que ella se lo permitiera—. Y eso nos hace iguales, así que no vuelvas a disculparte conmigo. Nunca más.
Lo próximo que supo era que tenía los brazos de Rose rodeando su cuello y su rostro hundido en el hueco entre su cuello y el hombro.
Estupefacción fue lo que sintió en ese momento, estupefacción seguida por un sentimiento tan placentero como angustiante que lo llevó a corresponderle de inmediato.
Sus brazos se sentían demasiado grandes alrededor de ella. Demasiado perfectos.
Su corazón se aceleró tanto que temía que se saliera de su pecho y estaba seguro de que ella acurrucada ahí sobre él podría oírlo. Lentamente Rose fue separándose y cuando lo miró no pudo evitar la media sonrisa que apareció en su rostro. Tenía la cara completamente roja.
—Pareces un faro, bella.
Eso la incendió más, si es que aquello era posible.
—¡Cállate! —La palabra salió de Rose con toda la dignidad que un rostro sonrojado puede dejar—. Tú me estabas asfixiando.
No pudo evitarlo y esa vez una sonora carcajada fue lo que salió de sus labios.
—Repítelo hasta que te lo creas —le susurró al oído.
Un carraspeo a sus espaldas hizo a ambos voltearse.
La mirada curiosa del padre Sirilo y un Enzo con cara de pocos amigos los estaban viendo atentamente.
Al ver la expresión enojada de Enzo, no pudo evitar pensar, con algo de satisfacción, en que el chico se había puesto celoso.
Y por absurdo que sea, eso lo hizo sentir bien.
—Espero que lo que te he contado hoy te sirva y, tal vez, te ayude a tomar decisiones en un futuro. —El padre llenó el vacío que había quedado y Lemus se lo agradeció con una sonrisa
Lo contado por el padre le había servido para despejar sus lagunas sobre lo ocurrido años atrás, pero no sabía cómo iban a ayudarlo en el futuro. Los reyes estaban muertos, a fin de cuentas, pero prefirió guardarse ese comentario.
—Lo hizo, muchas gracias.
Los ojos de Lemus pasaron hacia Enzo que en esos momentos tenía la mirada fija en Rose, aunque ya no se veía enojado; su expresión en esos momentos más bien parecía preocupada.
—Ya debo irme. Ten, gracias. —Extendió la mano entregando las llaves del jeep que le había prestado anteriormente.
Enzo miró las llaves, luego a Lemus y negó con la cabeza.
—Quédatelas —le dijo—. Ustedes lo necesitan ahora mismo más que yo.
Con algo de recelo, asintió y guardó nuevamente las llaves en su bolsillo.
—Será mejor que me vaya, ya desaparecí toda la mañana del trabajo.
Se acercó al padre Sirilo y le tendió la mano en modo de despedida, pero, para su sorpresa, el hombre le dio un abrazo y palmeó su espalda.
—Trata de no juzgar tan fuertemente a las personas, recuerda que la mayoría de los actos se hacen por amor. —La voz llegó susurrada a sus oídos y un segundo después el padre se alejó y desapareció tras la puerta del salón.
Una mano en su hombro lo hizo desviar la atención del lugar por donde se había marchado el cura y al girarse se encontró viendo de frente a Enzo.
—¿Estás bien? Parece que hubieses visto un fantasma.
Lemus volvió a mirar por donde el padre acababa de salir ¿qué demonios trataba de decirle ese hombre?, con ese último pensamiento en su cabeza se giró de nuevo hacia Enzo y asintió.
—Sí, estoy bien. Gracias, ya me voy.
—Te acompaño a la puerta.
Con algo de recelo, ante la repentina amabilidad del chico, aceptó el gesto, pero antes se giró para mirar a Rose por última vez. Ella le regaló una sonrisa y lo despidió con la mano.
—Más te vale mover tu trasero antes de que tu socio enloquezca, FitzGerald.
La sonrisa de Lemus se ensanchó en su rostro y, de esa manera, caminó junto a Enzo en absoluto silencio, atravesando los pasillos llenos de cuadros de reyes muertos, pasando las enormes escaleras de caracol y finalmente llegando hasta la salida.
Cuando iba a subir al jeep, una mano lo agarró del brazo haciéndolo voltear.
—Espera. —Enzo tenía los ojos fijos en los suyos—. Yo quería darte las gracias —agregó soltando el brazo de Lemus—, por cuidarla.
No tenía que decir un nombre para que él supiera a quién se refería.
Y aunque el niño de papi no fuera muy santo de su devoción, debía admitir, a regañadientes, que se preocupaba por Rose y además estaba tan entregado a toda esta locura cómo ellos, había ayudado al rescate de su hermano y eso era importante para él, eso era algo que no olvidaría.
Sin embargo, no negaría que se moría por saber si aquella preocupación de Enzo era meramente de amigos.
—Gracias a ti por lo que hiciste para ayudar a Melik, no lo olvidaré Enzo.
—El chico le dio una sonrisa sincera y cuando estaba por irse Lemus agregó—.
Sobre Rose lamento decepcionarte amigo, pero creo que es ella quien me cuida a mí.
De hecho creo que nos cuida a todos. —Lemus palmeó la espalda de Enzo—.
Sin embargo, haré todo lo posible por mantenerla a salvo.
Eso pareció ser suficiente para Enzo. Sus gestos se relajaron en el acto, y correspondió a Lemus con un asentimiento de cabeza. Después de eso se subió al vehículo, encendió el motor y abandonó la iglesia.